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4 min
Karateka
Drama |
31.01.17
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Sinopsis

...

Willy escuchó ruidos misteriosos y se levantó de un salto. Caminó despacio, descalzo, hasta llegar al comedor. Y ahí los vio. Eran dos. Ambos estaban encapuchados y revolvían los cajones con cuidado. Willy era el profesor de karate más conocido del barrio y probablemente los delincuentes lo sabían. No les convenía que se despertara. Pero el dueño de casa ya estaba despierto, y los observaba con calma. Willy los dejó revolver todo lo que ellos quisieran, su frialdad era total. Eran las tres y media de la mañana.  

Los encapuchados hablaban entre ellos, muy bajito. Estaban buscando algo puntual, eso era notorio. Willy estaba a diez metros, detrás de una puerta arrimada. Los espiaba. Necesitaba saber si los dos estaban armados, o si sólo uno. Miraba sus cinturas, pero las camperas de los ladrones eran tan grandes que no le permitían darse cuenta. Si ambos tenían armas, la cosa estaría difícil.

Los encapuchados seguían revolviendo y dialogando. Willy llegó a oír una sola palabra: SOBRE. La semana anterior había habido un torneo de karate en Capital Federal en el que Willy se consagró ganador. El premio fue una cifra importante de dinero en efectivo que, obviamente, se la habían entregado en un sobre de papel madera. Los delincuentes, quedaba claro, estaban al tanto de todo. ¿Los conoceré? Se preguntó Willy, con ganas de arremeter contra ellos, sacarles las capuchas y destrozarlos a trompadas limpias. Pero no. Eso era muy riesgoso y él lo sabía. Entonces los dejó seguir revolviendo. En esos cajones no estaba lo que ellos buscaban.

A Willy le vinieron unas fuertes ganas de estornudar, pero pudo evitarlo tapándose la nariz. No era momento para cometer una torpeza semejante. Un estornudo lo delataría y eso podía derivar en el fin de su vida.

  • ¿Dónde mierda está el sobre?
  • No sé, seguí buscando. Willy siempre guarda las cosas importantes acá.

Willy escuchó esas palabras a la perfección y pudo confirmar lo que sospechaba: no sólo lo conocían, sino que eran de su entorno. Envuelto en ira, pero a la vez con mucha calma exterior, se dirigió hacia la cocina en busca de la cuchilla más grande que tenía. Era una cuchilla enorme y muy bien afilada que, por lo general, utilizaba cuando hacía asados en la parrilla del patio. Volvió hacia el comedor, caminando aún más cuidadosamente que antes. Cuando los tuvo a pocos centímetros, insertó la filosa cuchilla en la espalda de uno de ellos, dejándolo fuera de combate. El otro, sorprendido, amagó con quitarse la capucha, pero Willy no le dio tiempo. La puñalada fue en el pecho, a la altura del corazón.

Con los dos usurpadores caídos en medio de un charco de sangre que se agrandaba rápidamente, Willy sintió una fea mezcla de sensaciones. Por un lado, intentó convencerse de que, si no hacía eso, el muerto podía llegar a ser él. Pero por otro, lo invadió una potente angustia. Era la primera vez que le quitaba la vida a alguien y supo que, de ahora en adelante, ya nada iba a ser lo mismo.

Se agachó, apoyando las rodillas en la sangre tibia. Le quitó la capucha a uno y luego al otro. Eran sus sobrinos. Sus amados sobrinos. Los hijos de su hermana mayor. Uno tenía catorce años y el otro quince. Willy no lo podía creer. Le pidió a Dios que todo fuera un sueño, una horrible pesadilla. Pero sabía que no lo era. Él había criado a esos dos chicos. Su hermana enviudó al poco tiempo de parir a su segundo hijo. Más que un tío, Willy se sentía el padre.  

Les revisó los bolsillos, confundido, asustado y enojado con él mismo, y encontró una carta. Dedujo que la idea de ellos no era robar, sino todo lo contrario. Leyó esas pocas líneas y su desesperación llegó al límite: “Tío, sos nuestro orgullo. Queríamos dejarte ésta carta en el sobre, junto con la plata que ganaste en el torneo, para que cuando vayas a usar ése dinero, te acuerdes de la admiración que te tenemos. Te amamos.”.

Willy volvió a empuñar la cuchilla, llorando como un nene. Acarició las mejillas de sus sobrinos y, acto seguido, se clavó el filo en la garganta.

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Soy Augusto Dipaola. Nací en la Ciudad de Campana (Provincia de Buenos Aires, Argentina) en 1984. Si quieren leer un poquito más... facebook: cuentos oscuros para niños dementes.

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