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7 min
KUNKÚN
Fantasía |
17.04.08
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Sinopsis

      Harold era un hombre rudo de las montañas. Un americano muy orgulloso de su país cargado de sueños posibles. Su familia, generaciones atrás, había constituido uno de los primeros asentamientos colonos del Nuevo Mundo. Probaron suerte con la búsqueda de oro, con las plantaciones de maíz y, finalmente, con la explotación de fosas contenedoras de petróleo. En esto último les fue bien. Harold era el último varón nacido que quedaba como testigo de aquella fortuna y, lejos de ser presuntuoso, siempre había preferido estar rodeado de vastos parajes que de inmaculados edificios que rascaban los cielos. Sin embargo, no cejaba en su intento de buscar nuevos pozos que aumentaran su riqueza. Por ese motivo, allá por los años setenta, se aventuró hacia la América Septentrional y allí, con ayuda de una especie de zahorí y su vara de avellano, anduvo localizando la sangre negra de la madre Tierra.

      Conoció allí a los miembros de una reserva decreciente de indios iroqueses. Le recibieron, a pesar del peligro que entrañaba para sus tierras y hogares, con afecto y alegría. Ya no había enfrentamientos entre el hombre blanco y aquellos otros de tez morena y rojiza. Harold, acostumbrado al trato con los de otras clases, mandó de vuelta a casa a su equipo y tan sólo se quedó con el adivino y los indios. Dijo a los suyos que ya les avisaría si había novedades. En caso contrario, los volvería a ver en la reunión de la semana siguiente en Iowa.

      Los tres primeros días con los indios, apenas puso un pie en la superficie seca del lugar. Pasó las jornadas conversando con los grandes sabios de la tribu y las noches fumando y compartiendo su agua de fuego con el resto. Tamok, el añoso nativo con el que mejor llegó a llevarse Harold, le contó muchas de las leyendas de sus ancestros y el empresario se regocijó recordando las que su abuelo le contaba, muy parecidas.
      
      Al cuarto día, Harold preparó algunos víveres para pasar el día junto a su buscador de oro negro fuera del poblado. Tamok se puso muy nervioso al conocer la noticia, pues una gran tormenta se avecinaba y era más que probable que les pillara en mitad de su intención. Harold arguyó que su potente todoterreno aguantaba muy estoicamente las inclemencias del clima y se desentendió del anciano. Tamok lo cogió por el brazo y le miró con gravedad en los ojos. “No vaya” le había dicho. Harold hizo un gesto despreocupado con la mano y Tamok volvió a insistir con un “No vaya, por favor. El Kunkún viene con la tormenta”. Al oír esto Harold, que ya conocía la historia del cabezudo personaje, mostró un gesto de burla y palmeó el hombro del viejo. Subió a su coche y marchó hacia la tormenta. El zahorí había puesto la oreja en lo que el indio había dicho a Harold y, él que evidentemente creía en esas leyendas, trató de disuadir a su jefe para que dejaran el trabajo para el día siguiente. Harold comenzó a irritarse. Una absurda historia no le demoraría más de lo que ya lo había hecho él mismo. El tiempo se echaba encima. En tres días quería llevar algo tangible a la reunión.

      La tormenta sobrevino a la pareja antes de lo previsto y tuvieron que dejarlo todo y apresurarse a subir al coche antes que fuera demasiado tarde para volver. Derraparon por el vasto terreno y se dirigieron a la reserva india. Doce kilómetros más tarde, la batería del coche dejaba de latir y quedaban varados en mitad del azote climático. El zahorí comenzó a temblar y Harold trató de calmarle mientras marcaba un número de ayuda en su teléfono móvil. No dio señal alguna. Sin cobertura sólo podían esperar. El poblado aún estaba demasiado lejos como para hacer el resto del camino a pie. El montañés trató de buscar algo en la radio, pero tan sólo captó la estática en todas las emisoras.
      
      Dos horas después de quedar tirados, una tromba de agua apuñaló el coche con gotitas azuzadas por el intenso viento. Su empleado buscador de petróleo estaba temblando como un niño. Entonces les pareció oír un ruido. Harold movió la rueda de la radio por si se trataba de ésta. Estaba apagada. Una voz les vino de la nada. Sin embargo, aunque no veían a su emisor, el mensaje era cristalino.

      -      Kunkun, prepárate para morir. Kunkun, prepárate para sufrir. – Dijo con un tono gutural.

      El adivino no pudo soportarlo más y salió del vehículo dispuesto a correr todo lo lejos que fuera capaz. Harold, animado por la estima que le tenía a su mejor explorador, salió detrás de él. El viento apenas le dejaba moverse y la llovizna impedía una visión clara. Aún así, siguió avanzando como pudo. No tardó en tropezar con su acompañante. De hecho, casi le pasa por encima al encontrárselo arrodillado en el suelo. Miraba hacia delante y Harold no comprendió porqué hasta que siguió la trayectoria de su mirada. La voz sonó de nuevo, con idéntica cadencia y tono, sin mutar una palabra.

      -      Kunkun, prepárate para morir. Kunkún, prepárate para sufrir.

      Una cabeza enorme, de miles de arrugas y ojos grandes y profundos apareció frente a ellos, flotando en el aire con su larga cabellera oscura ondeando desordenadamente. Su boca estaba plagada de afilados dientes dispuestos a desgarrar la carne. Harold trató de levantar a su compañero. El Kunkún, que después de todo existía, se acercó con una sonrisa en los labios hacia donde estaban. El adivino permaneció con las rodillas clavadas en el terreno. Harold desistió y se alejó un par de pasos hacia atrás. Y la gran cabeza rodeó con su melena el cuerpo de aquel resignado y lo atrajo hacia sí. El gran magnate del petróleo vio horrorizado como la enorme cabeza arrastraba a su víctima hasta perderse en la tormenta. Fue una pérdida muy sentida. Al asimilar lo acontecido, temió por su vida y volvió al coche. Giró la llave sobre el contacto y arrancó a la primera. Inaudito. Apretó a fondo el acelerador y se alejó del lugar chirriando ruedas, sin apenas control sobre el vehículo. Tres horas después, llegaba a la reserva de los indios iroqueses. Tamok aguardaba a la entrada, ataviado con su traje ceremonial, su diadema de plumas y los brazos cruzados sobre el pecho. Sus ojos decían un “te lo dije” amplio pero nada orgulloso. El anciano hubiera preferido no ver partir a dos y volver tan sólo a uno. Harold frenó en seco justo delante de él. Bajó del coche asustado. Las piernas le fallaron y cayó de rodillas frente a Tamok. Con la respiración entrecortada únicamente atendió a decir:

      -      El Kunkún es real... ¡es real! – Tragó saliva y sintió el dolor de su garganta. – Se ha llevado al zahorí.

      Tamok no dijo nada. Asintió y ayudó a levantarse al montañés. No había nada que decir. El anciano sabía que Harold había tenido mucha suerte. Había estado a punto de cerrar el capítulo de su familia. Dos días después, Harold partió hacia Iowa. La reunión llevaría a los suyos a buscar petróleo en otro lugar. Lejos del Kunkún y del recuerdo de la muerte de su compañero.
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