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15 min
Firma indeleble
Terror |
26.02.15
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Sinopsis

En esta historia los contratos con sangre siguen vigentes.

Firma indeleble

El médico se dirigió a la abuela y a mi mamá para decirles que Alba tenía cáncer de matriz. Molesto, les dijo, que no podía creer que no hubieran notado que llevara tanto tiempo sangrando; además, estaba anémica y piojosa. 

La abuela solo hizo una mueca.

Cuando salimos del hospital, la abuela se quejó:

“Estos señores piensan que pueden regañarla a uno como si nada. Si supieran lo difícil que ha sido cuidar a una loca”.

Mi mamá comentó que en cuanto saliera del hospital, pasaría unos días con nosotros.

En todo el camino estuvieron calladas. La culpa las dejó mudas.

A mi tía Alba, la recuerdo ya loca: hablando sola y en constante movimiento. Fuma demasiado; tiene los dedos amarillos por la marca que ha dejado el papel arroz de los cigarros baratos.

Nadie sabe cómo se las ingenia, pero siempre consigue comprar cigarros y refrescos.

Todavía conserva un vestigio de belleza: tiene bonitas piernas, sin várices y con chamorros bien definidos; sus ojos grandes y de color miel contrastan con su cabello negro, abundante y rizado; aunque ahora, ya tiene bastantes canas.

Recuerdo que, años atrás, la abuela llamó por teléfono porque no podía controlarla. Se había subido a la azotea totalmente desnuda. Para ese entonces, el abuelo ya no vivía con ellas; las había abandonado para irse a trabajar a Estados Unidos.

Con el alboroto, mis papás no impidieron que los acompañara, a pesar de que era una niña.

Al llegar, estaban arremolinados algunos vecinos en la banqueta. Todos la veían atónitos porque estaba trepada en el techo del desván de la casa. Ningún hombre se había subido tras ella, quizá porque nadie se atrevía a tocar esa piel inmaculada. Lo que más me impresionó fue su vello púbico, pues nunca había visto sin ropa a una mujer, ni siquiera a mi madre.

Mis padres desde las escaleras exteriores que están en el patio empezaron a hablarle. Mi padre le mostró una cajetilla de cigarro, ella bajó riendo como una niña, y después, la envolvieron en una cobija. La abuela le dio unas pastillas y al rato, se durmió.

Mi madre cuenta que hace veinte años, Alba llegó custodiada por dos monjas. En el convento habían decidido regresarla a su casa, a pesar de que ya era una monja consagrada.  Alba era la hermana mayor. A los doce años el abuelo la ingresó al convento para que tuviera una buena educación; por eso, sus hermanas casi nunca habían convivido con ella. El abuelo pensaba que regalar una hija a Dios traería el pase directo al cielo.

La abuela preguntó cuál era el motivo de que la regresaran. Las monjas, entre titubeos, le explicaron que Alba tenía días comportándose extraña; estaba nerviosa, irascible, incoherente, no quería rezar ni ayudar con los quehaceres en el convento, y pensaron que probablemente un tiempo con su familia le haría bien. Le aseguraron que si ella mejoraba, regresaría nuevamente con ellas.

Al rato de que se fueron las monjas, llegó una mudanza con todas las cosas de Alba, entre ellas, un piano y una mesa de escritorio. En ese momento, la familia se dio cuenta que el regreso sería permanente.

La madre Estela, que era amiga de Alba, empezó a visitarla ocasionalmente. Un día, la abuela le suplicó que le dijera la verdad. Ella tenía que saber que era lo que había ocurrido.  

“Querida señora, yo me siento muy mal por Alba; ella está enferma. Yo le comenté a la directora que tenía que verla un doctor, pero ella y algunas religiosas piensan que el demonio la hizo presa, ¡qué tontería! ¡Si usted supiera lo que su hija ha sufrido! Ella es una mujer muy sensible, hasta que su mente no aguantó más”.

“Pero, ¿por qué las madrecitas pensarían tal cosa?”.

“Bueno, doña Lucita, es porque a veces se confunde la locura con lo demoníaco. Hubieron detalles feos, pero, créame, yo estoy segura que es por la enfermedad. Dios no permitiría algo así, menos con Alba”.

“Dígame, hermana, por favor”.

 “Pues, en las noches, se escuchaban gritos desde la celda de Alba. Ay, Doña Lucita, me da vergüenza, pero creo que Alba se masturbaba”. Después de una pausa, se mordió el labio inferior, y continuó: “A las madres les asustó mucho que Alba dijera que era amante de Satanás. Una noche se metió a la cama de una de ellas y quiso tocarla, pero yo que tengo un familiar demente, me consta que a los enfermos mentales se les suben las hormonas. Perdóneme, doña Lucita, por contarle todo esto. Usted no sabe lo mucho que he rezado por Alba.  Mire, lo que derramó el vaso, fue que en plena misa, Alba se soltó riendo y no dejaba de mirar a Sor Catalina, ¿se acuerda de ella?; es una madre ya grande de edad, que dicen, encaneció de un día para otro cuando presenció el exorcismo de una persona. De eso, ya nadie quiere hablar. El caso es que a la madre Catalina, ese día, le dio un colapso nervioso, y apenas se está recuperando”.

“Hermanita, pues hasta ahora Alba se ha comportado bien. Lo único es que no quiere bañarse y a veces se ríe sola”.

“Le recomiendo que la lleve con el doctor. Esto apenas empieza querida señora”.

Las hermanas de Alba se sintieron incómodas por su regreso. Ella era muy diferente: usaba faldas hasta los tobillos y se agarraba el pelo en una trenza, siendo que en esa época se usaban las minifaldas y las muchachas se hacían crepé en el pelo. Aun así, seguía siendo la más bonita de las hermanas; tenía un rostro de virgen.   

Alba solía tocar el piano y cantar en francés. Mi madre pensaba que era muy rara. Nadie tenía tendencias a lo artístico y por eso, no sabían apreciar sus talentos. Ahora, ese piano está totalmente abandonado, desafinado y lleno de polvo.

Cuando Alba regresó con su familia, todavía no le diagnosticaban esquizofrenia ni se le había desarrollado la enfermedad mental hasta el grado de incapacidad. Sus crisis, eran sólo eso, crisis que se iban así como llegaban.

A las pocas semanas de su regreso consiguió un empleo como maestra de primaria. Los compañeros del trabajo la consideraban excéntrica, pero nada grave. Duró en el empleo cinco años, hasta que se embarazó de mi prima. Nunca nadie supo quién fue el padre y cómo lo conoció. No pudo regresar al trabajo porque tuvo su segunda crisis.

Alba siempre decía que tenía poderes de clarividencia, telepatía y profecía; y que todo esto, lo había obtenido de un contrato firmado con Satanás.

A mí me gustaba preguntarle acerca del contrato, pues aunque contaba la historia fragmentada ó era difícil agarrarle el hilo, ya que cambiaba de tema o pedía cigarros a cada rato, estos datos sumados conformaban una historia sólida.

Ella era la encargada de la biblioteca del convento. Le gustaba mucho porque tenía a la mano cientos de reliquias y libros raros. Lo que más le encantaba leer era la historia de la Iglesia, sobre todo, la época de la Inquisición. Había un libro donde venían los registros de las condenas a muerte de cientos de brujas. A todas las acusadas se les atribuía un pacto con el diablo, y se corroboraba con la marca que dejaba el demonio en sus cuerpos al concluir el rito. Mediante el pacto la bruja se comprometía a rendir culto al Mentiroso a cambio de la adquisición de algunos poderes sobrenaturales.

Me contó que había leído El Malleus Maleficarum, un libro que explicaba que la mayoría de los hechiceros eran mujeres porque la superstición se encontraba ante todo en ellas, y la mayor cantidad de los brujos eran del sexo frágil porque las mujeres eran más crédulas, más propensas a la malignidad y embusteras por naturaleza. La mayoría de las mujeres acusadas eran solteras o viudas. Existían diversas pruebas, además de la tortura y los interrogatorios, para saber si una mujer era bruja:

Primero, la prueba del agua: la mujer debía sacar un objeto del agua hirviendo o debía descender a un pozo de agua fría; si se hundía resultaba inocente.

Luego, la prueba del fuego: la bruja tenía que andar sobre hierro candente o meter la mano en el fuego.

También les hacían la prueba de la aguja: si se encontraba una marca del demonio en el cuerpo de la mujer, se pinchaba con un hierro. Si la zona sangraba se consideraba buena señal.

Estaba también la prueba de lágrimas: se consideraba que una bruja no podía llorar.

Por último, la prueba del peso: una bruja no podía pesar más de cinco kilos, ya que tenía que poder flotar y volar.

Me contó también que había encontrado un libro peculiar. En él estaban las instrucciones para realizar un rito en honor a Lucifer y después se tenía que firmar un contrato con una gota de sangre.

“Habían sólo cinco contratos. Yo firmé uno y mira la marca que me dejó mi Lucero”, me dijo Alba mientras se levantaba la falda. Alcancé a ver un lunar rojo con forma de media luna cerca de una de las ingles.

De los poderes que decía tener Alba, mi madre me contó que en una ocasión invitó a su hermana para que la acompañara a un baile. Al salir, no encontraron un taxi. Un hombre guapo que venía en una camioneta les ofreció llevarlas a su casa. Ellas aceptaron. El hombre se desvió del camino diciendo que tomaría un atajo. Al llegar a un camino de terracería, Alba le dijo a mi madre que tenían que salir inmediatamente de ahí. En un instante, y aprovechando la baja velocidad del auto, las dos abrieron al mismo tiempo las puertas traseras y salieron trastabillando. Alba le dijo a mi madre que el hombre quería matarlas. Meses después, la fotografía del hombre salió en el periódico porque se le acusaba de haber asesinado a varias mujeres.

También dicen las hermanas que hipnotizó a toda la familia porque nadie se dio cuenta que estaba embarazada hasta que les hablaron del hospital para decirles que recogieran a Alba y a la bebé.

Me gusta que mi mamá me cuente los detalles de la segunda crisis que tuvo Alba. Durante dos meses no dejaron que ninguno de los niños fuera a visitar a la abuela. Nos decían que la tía Alba estaba enferma, que nos podía contagiar, y cosas por el estilo. La verdad es que en una de las recámaras del segundo piso amarraron a Alba a una de las camas porque tenían miedo de su agresividad; tenía una fuerza extraordinaria a pesar de que casi no comía. A mi abuela y a sus hermanas les decía muchas majaderías, les sacaba la lengua, hacía voz de niña suplicando que la desamarraran.

Mi madre me cuenta que un día estaban ella y mi abuela rezando el Rosario a un lado de la cama donde estaba Alba. A la abuela se le ocurrió irse porque “quería un cafecito”. Mi mamá empezó a sudar frío cuando escuchó la risilla de Alba; no quería levantar la vista y verla porque temía verle el rostro trasfigurado.

Una mañana la crisis de Alba terminó, pero la enfermedad tomó un nuevo giro: el del olvido. Se convirtió en lo que es ahora, una mujer que ya nadie toma en cuenta, con la que ya nadie platica. Se quedó estacionada en la locura.  

De todo esto ya han pasado muchísimos años.

Me pidieron el favor que fuera a recogerla al hospital y la encontré demasiado delgada. Cuando le dije que la llevaría a nuestra casa un par de semanas, sonrió y agarró una bolsa de plástico que tenía un cambio de ropa.

En estas dos semanas, la mayor parte del tiempo se la pasó en el patio.  Ya no mostraba el frenesí de estarse moviendo constantemente, sino al contrario, se sentaba tranquilamente en la jardinera y miraba hacia el cielo.

“¿Qué tanto miras, Alba?”, le pregunté una mañana.

“Veo que ya me están esperando”, me respondió como si jamás hubiera estado loca. “Me doy cuenta que yo no firmé un contrato con Satanás, sino con Dios. Si hubiera sido con el demonio no me hubiera vuelto loca, en cambio, a Dios le gusta el sufrimiento para que nos purifiquemos”.

Después de dos días de esta conversación, Alba murió dormida. 

La abuela me habló por teléfono para decirme que fuera por el piano de Alba, sino lo vendería como chatarra.

Fui por el piano, y al estarlo limpiando lloré por mi tía. No podía creer que una persona tan talentosa se hubiera ido por el reducto de la nada. De pronto noté que en el interior del piano estaba un libro, ya deteriorado y amarillento. Lo saqué de ahí y no podía contener mi sorpresa al ver que se trataba del mismo libro extraño que me había contado mi tía. Ahí se describía un ritual para invocar al diablo y un contrato.

Me llevé el libro a mi mesa de estudio, empecé a leerlo y a pensar en lo ridículo de  acumular cosas materiales y poderes si al final todo desaparece. Cuando en eso al voltear una de las hojas me corté finamente uno de los dedos y al tocar la siguiente hoja por un descuido manché con sangre el espacio que decía “acepto el contrato”. Fue tanto mi asombro que me levanté abruptamente y tiré la lámpara caliente que alumbraba mi escritorio, la cual rozó mi pierna antes de caer al suelo. A la mañana siguiente observé que cerca de una de mis ingles estaba una media luna como consecuencia de la quemadura.

Creí realmente que esto era una macabra coincidencia. Me olvidé totalmente del asunto, sobre todo, que días después me llegó una suma cuantiosa de dinero por un negocio que pensé que ya no había cuajado; posteriormente, me ascendieron de puesto y finalmente conseguí la casa de mis sueños para irme a vivir sola.

Una noche organizamos en mi casa una reunión de amigas para festejar mi buena suerte. Vimos películas y tomamos bastante vino. Mis amigas se sorprendieron que en esta ocasión no derramé ni una sola lágrima, siendo que tengo fama de chillona cuando me emborracho. No sé porque razón me acordé de que las brujas no podían llorar.

Fui corriendo por una aguja y piqué la cicatriz de la piel quemada. No salió ni una gota de sangre. Casi me desmayo cuando en la báscula salió que pesaba 4.5 kilos. Esto no puede estar pasando, pensé. Estaba tan alterada que empecé a soñar en francés.

Los siguientes días no pude dormir ni ir a trabajar, pues constantemente tenía alucinaciones. Una de ellas era un monje con capucha negra que estaba parado en el umbral de mi recámara. Lo único que se me ocurrió fue ir a visitar a la madre Catalina para que me ayudara; la misma a la que Alba había provocado un colapso nervioso.

La monja me recibió en su celda. Era una anciana tierna de cabellos blancos. Me escuchó atentamente toda la historia, incluyendo lo que había contado Alba.

“Ni lo uno ni lo otro”, se soltó riendo. “Tu tía estaba loca como una cabra y tú lo que tienes, es una endemoniada imaginación. Te apuesto a que tu báscula ya no tiene pilas. A mí lo único que me pasó ese día fue una tremenda indigestión. Jamás, el demonio actúa de una forma burda; él es totalmente sutil y fino para estas cosas”.  Mientras Catalina hablaba, me daba la impresión que cada vez se veía más joven y bella. Luego, preguntó: “¿Quieres realmente conocer una historia verdadera?”, y al decirle que sí, empezó a subirse el hábito hasta quedar al descubierto una marca de unos cuernos cerca de una de sus ingles.

 

 

 

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    Un relato fascinante y que engancha, me gustó la parte de las pruebas de las brujas. Muy pero muy bueno y concuerdo contigo en que no hay que buscar escribir un cuento perfecto pero disfrutar el placer que produce un buen susto. Saludos...
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Muchas historias las he descartado por miedo a que no fueran lo suficientemente buenas. Entonces me di cuenta que tenía que vencer esa inercia: no tengo que escribir cuentos perfectos para publicarlos. El deleite está en compartir.

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