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9 min
la angustia de la frivolidad
Amor |
30.10.20
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Sinopsis

El texto de La guindalera más trabajado

“Paseaba por La Guindalera cuando te vi. El suelo, espolvoreado de hojas dormidas de fresno, crepitaba con tus pasos, mientras te acercabas lentamente a la ribera del río. No era verano, no era primavera. Hacía frío aunque no había caído todavía la tarde. Acariciabas la brisa con un largo chaquetón abotonado, con el cuello ligeramente alzado, a juego con tu pelo azabache. Solo tu tez de marfil iluminaba el paisaje.  Asumí el riesgo de dejar a mi mirada posarse en tus ojos. Si pudiera tener el valor de sentarme contigo alrededor de una taza de café y decirte solamente “hola”, rompería con todas las barreras que mi soledad ha ido creando. Sería libre, sería mejor. Lo habría logrado contigo. En cambio, mi timidez escondió mis palabras y no pude despedirme de ti. Paseando por la Guindalera, te dejé de ver”.

 

Esta escueta carta había sido suficiente para conquistar a María. Había reclamado una prueba de mis dotes artísticas de las que tanto alardeaba. Ella sabía que era un cuentista, pero le hacía gracia mi atrevimiento y lo aproveché. En realidad, nos habíamos mirado los dos con complicidad y, sirviéndome de su acercamiento a la orilla del río para observar el nado de los patos que dudaban sobre su partida a aguas más templadas, me coloqué a su vera. Ella me sonrió divertida y yo acepté de buen grado. Sí, había dicho “hola” y también había insinuado la posibilidad de tomarnos un café allí mismo, en la terraza de una cafetería cercana, pero ni tenía atisbos de timidez, ni me había marchado sin conseguir a que accediera a una nueva cita. Allí comenzó nuestra relación que afortunadamente permaneció viva durante más de quince años maravillosos de nuestra ya abandonada juventud. Ella tenía veintidós, yo casi veinticinco. Compartimos viajes, experiencias, malos momentos y algunos mejores siempre juntos, salvando todas las dificultades que la vida te ponía por delante. No importaba que fuera a pasar mientras estuviéramos los dos para afrontarlo. Éramos felices y nuestro amor eterno.

Ahora quizás el hastío, quizás la inmadurez había provocado en mi interior un alud de sentimientos encontrados, de desazón. No quería dejar de ser joven y esa fue mi maldición.

 Realmente, no sabía cómo había ocurrido. Creo que fue un proceso paulatino en el cual me vi enfrascado movido por deseos escondidos y miedos mal solucionados. Cada vez me apetecía más salir con mis amigos que compartir momentos con María. Me resultaba aburrida su presencia y sus conversaciones dejaron de interesarme, solo compartía con ella el silencio de largas tardes de tedio. Nuestra convivencia tornaba a la vacuidad, no en el sentido budista de la palabra sino en la acepción más latina de “carente de interés”.

Dejé de apreciar los esfuerzos que María hacía para mantener viva la llama de nuestro amor. Sus planes eran boicoteados insistentemente por mi dejadez. Sabía que se estaba dando cuenta de lo que estaba pasando, pero ella, o eso parecía, optaba por no asumirlo.   

Un día, en secreto, rompí el voto que nos habíamos dado. Posiblemente la situación se había insinuado en algún otro momento, pero en esta ocasión la chispa encendió la madera que había estado amontonando para el inevitable final. Solamente decidí dejarme llevar.

En una de las repetidas salidas nocturnas con mis compañeros de juventud, miré a unos ojos que no eran los de María con la misma intención que había tenido en la orilla del río. Su mirada atrapó mi vida durante unos instantes, suficientes para saber que no había marcha atrás. Aprovechando la oscuridad del local y la complicidad de mis acompañantes nada garantes de la amistad, sino conocidos y celestinos que disfrutaban de la frugalidad, compartí momentos y susurros con la antítesis de María. Deseaba sentir otro calor, otro fuego, otra pasión, aunque fuera efímera, para comprender aquella necesidad que castigaba a mi espíritu. Fue breve y, sin embargo, fue para siempre.     

 

Movido por ese deseo oscuro de romper con la monotonía que atenazaba mis más profundas pasiones, tomé la decisión de abandonar a María e iniciar un nuevo amanecer lleno de sabores y aventuras. Así, un día que recordaré para siempre y que querría olvidar sin más,  abrí la puerta de la sala donde ella leía una antología de poesía de su autor favorito, un maldito en vida, un ángel tras la muerte, y acercándome con una expresión en el rostro más fría que el más eterno glacial, expulsé las palabras que condenaron definitivamente nuestra unión. Su silencio llenó mi discurso, allí sentada, su cuerpo se volvió rígido y solo su rostro se dirigió hacia mí.

Me inquietaban sus ojos, no solo su mirada que expresaba un sinfín de reproches, eran sus lágrimas que inundaban el color verde de su iris, la exaltación del dolor en su pupila, quienes gritaban con amargura y hacían tambalear mi fortaleza. Me era imposible explicar las razones que habían llevado a mi vida a despeñarse por un precipicio. Quizás la mala suerte, quizás su benevolencia. No, era injusto y cruel poner algún punto de responsabilidad a la víctima de tal sinrazón. Era egoísta e inmoral justificarse en la debilidad, en el destino inevitable como aquella canción italiana que decía: “lo siento mucho, la vida es así. No la he inventado yo”. Todo había acabado entre los dos, esa era la única verdad.

Cerró la puerta tras de sí mediante un golpe seco que dañó mi alma. En ese momento no lo sabía, pero fue así. Quise creer que ahora era libre y podía disfrutar de todas aquellas “cosas” que había dejado de hacer “por su culpa”. En fin, no es la primera ni la última vez que finaliza una relación. Tenía sentimientos encontrados, pero en el fondo, sonreía.

Había decidido que permanecer junto a María era un lastre para mi existencia, para mis ansias de liberación. La diversión se había convertido en la prioridad de mi vida. Nada ni nadie iban a limitar mi albedrío. Quería gritar al mundo que ya estaba aquí, que había dejado de ser un esclavo de las convenciones. Me importaba poco el qué dirán y menos lo qué iba a pasar por la cabeza de esos puritanos que me habían dado la espalda después de terminar mi relación con María. Habían insinuado con duras palabras que nunca encontraría a nadie como ella. Ja, me reía yo. Seguro que muchas mujeres, o eso fantaseaba yo, estarían dispuestas a compartir cama conmigo. Sentía que a mis cuarenta años era un auténtico macho alfa. Pobre de mí. Tonto de mí.

Mis noches comenzaron a convertirse en días iluminados por las luces de neón y  acompañados de sonidos repetitivos que martilleaban mis oídos, embriagado de ginebra y tónica. Mi ser se dejaba llevar por otros cuerpos, jóvenes o no, que sonreían con picardía mediante una danza iniciática de placeres infinitos. Discurrían los días, las semanas, los meses y la música paulatinamente comenzó a pararse, como si el gramófono estuviera dejando de girar. Las noches volvían a oscurecerse por la desazón de la soledad, el alcohol solo producía dolor de cabeza y los otros cuerpos dejaron de llenar mi alma.

Poco a poco comprendí mi error, mi desgraciada y fútil banalidad. Era María la única tabla de salvación, después de quince años me había dado cuenta que había despedazado una bonita historia de amor. Había dejado que se marchitara todo lo bueno que había habido entre nosotros. El puro egoísmo del “laissez faire”, del hedonismo, de vivir al máximo, de no desaprovechar las ocasiones que la vida nos ofrece, me habían llevado a la desesperación, al vacío existencial, a la tristeza infinita. Llamar a María y suplicar su perdón era injusto. El perdón es una palabra muy fácil de decir, pero sin convicción muy complicada de expresar. Por eso, solo por eso, cuesta tanto arrancarla de mi garganta. No existe arrepentimiento por mis actos, únicamente por su sufrimiento.

 No tenía derecho ni siquiera a escuchar su voz.  En este tiempo, ella sabía de mí y yo sabía de ella por terceros. Al principio no me importó, pero ahora comencé a sentir el dolor que había causado, la irreparable agonía de la soledad.

Sin saber muy bien qué hacer, regresé a nuestros orígenes, guiado por pasos invisibles hacia un destino irónico. Y así, esta vez las palabras se fundieron con la realidad, sin ficciones ni hechizos, sin falsos poetas, solamente una escena que desencadenaba nuestra historia hacia un final o un nuevo inicio: 

“Paseaba por La Guindalera cuando te vi. El suelo, sin las hojas dormidas de fresno,  olvidaba tus pasos, mientras te acercabas lentamente a la ribera del río. No alcanzaba el verano y  la primavera dormía. Hacía frío y había caído la tarde. Acariciabas la brisa, otra vez, con un largo chaquetón abotonado, con el cuello ligeramente alzado, a juego con tu pelo azabache tintado de grises. Ni siquiera tu tez de marfil iluminaba ya el paisaje que había tornado sombrío.  Allí parado, volví a asumir el riesgo de dejar que mi mirada se posase en tus ojos. Si pudiera tener el valor de sentarme contigo alrededor de una taza de café y decirte de nuevo “hola”, tal vez rompería con todas las barreras que mi soledad y egoísmo han ido creando. No sería libre, sería mejor. Lo habría logrado contigo, gracias a ti. En cambio, mi timidez y cobardía escondieron mis palabras y no pude despedirme como aquella vez. Paseando por la Guindalera, te dejé de ver”.

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