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7 min
La Aventura Del Dorado
Históricos |
02.03.18
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Sinopsis

Llegaron montados en sus caballos con  sus arcabuces y su figura de guerreros extraños en la luz del día que al principio los hizo parecer enviados de los dioses por sus cascos, sus armaduras, su barba que les descolgaba del rostro y los aborígenes se anonadaron al verlos creyendo en el cumplimiento de las profecías. Habían ascendido las montañas que anteceden el altiplano, habían atravesado los valles calurosos y la selva, nada parecía detenerlos. Llegaron con el hambre del oro brillándoles en los ojos que era la más poderosa de las hambres imposible de saciar. Luego el ansia fue más grande al encontrarlo en cantidades en los adornos de los chibchas, en sus tumbas  y en las ofrendas de sus ceremonias. Había oro en todas partes pero no como lo imaginaron en un principio. Se trataba de lo que buscaban representado en figuras de ranas, rostros de hombres, figuras y figuras que para ellos eran una sola cosa: oro.

Y en esa obsesión delirante por encontrar más tesoros la pregunta volvía a ser la misma de antes ¿Dónde estaba El Dorado? Se habían preguntado desde que encontraron los primeros indicios al llegar al Nuevo continente en la boca de algunos pobladores del litoral. Se habían preguntado después en la recién fundada Quito después de oír la historia de un  lugar totalmente encantado donde el gobernante de aquellas tierras podía cubrir todo el cuerpo de oro en polvo y se oyó decir que una inmensa laguna sagrada guardaba en el fango de su lecho miles de millones de ofrendas que eran lanzadas desde las orillas en cada ceremonia. Y arrancaron los expedicionarios hacia las tierras del norte en busca de lo que algunos pensaban que también era una ciudad sumergida en el altiplano.

Una ciudad llena de edificios levantados con miles de ladrillos de oro  y hasta el cascajo que los hombres pisaban a diario, y la hierba que cundía de maleza los jardines era todo del mismo metal en la zona del altiplano oyeron decir los recién llegados a las playas del Caribe después de bajarse de los fantasmagóricos galeones de madera vieja que flotaban en el agua con su fascinante presencia al anclar en la bahía y los hombres apenas pisaron tierra empuñando las espadas lanzaron un grito al unísono porque iban a remontar el indomable río y derribar las montañas para después desocupar hasta el último muro de la ciudad. Y otra expedición emprendió viaje con sus hombres, sus esclavos, sus caballos y sus perros que ladraban de asombro mientras parecían deslumbrados por el espejismo de sus amos pero era a causa del calor de las selvas, la multitud de colores de las guacamayas, el graznido de tantas aves volando en derredor y las miles de frutas que colgaban de los árboles semejando en el enorme paisaje un infinidad de arbolitos navideños.

La certeza de encontrar tantas riquezas como nunca jamás pudieron imaginarse cegó a los alemanes que venían de Venezuela buscando un país donde el oro abundaba más que las piedras en los cerros. Navegaron ríos, atravesaron las inmensas llanuras después de mucho batallar con los pueblos que resistieron de manera digna y valiente muchos combates pero pasaba lo mismo que a los que venían por el sur y a los que se acercaban por el río. Que la cuidad si existía donde terminaban los llanos pero al llegar otro relato decía que si pero estaba donde termina la montaña, era llegar, otros decía que donde acaba la selva y luego otro más allá insistía en que debían irse hasta donde acaba la cordillera y en ese ir más allá de lo que podía abarcar el horizonte, cuando algunos creían que el dorado estaba en todas partes que también podía ser ninguna las tropas que venían del sur, las que venían del norte por el Gran Rio y las que entraron por el oriente se encontraron en un territorio habitado por hombres que no sólo eran conocedores de la verdadera ubicación del Dorado sino también eran poseedores de uno de los secretos más guardados del continente: los chibchas del altiplano cundiboyacense.

Entraron al inmenso valle de La Sabana en la tierra Muisca con la certeza de encontrar tanto oro como nunca pudieron imaginarse ni mucho menos poder fletar  en los enormes galeones que los esperaban con sus fantasmagóricas sombras en las orillas del mar de los caníbales. Allí estaba presente en forma de ranas, rostros de hombres y serpientes. Pero la pregunta volvió a flotar en el espacio poblado de brisa fría, y copetones que volaban de una rama de zarzamora a otra de espino con desconfianza de los visitantes: ¿Pero dónde está el Dorado? La respuesta empezó a emerger  después de los saqueos a las tumbas y el sacrilegio a los templos. Los indios tienen un secreto que vale más que todo el oro recogido en estas tierras, empezaron a comentar los españoles, por eso la ambición se volvió más obsesiva, más cruel, más sanguinaria a medida que seguían llegando tropas de picaros escondidos en armaduras de soldados de todas las raleas a esta región. Su deseo de saber el secreto los fue transformando en torturadores y mercenarios para quienes masacrar aborígenes podía compararse al acto de cazar un conejo con el único fin de arrancarles a como diera lugar el secreto.

Y así, la inmensa Sabana se pobló de cadáveres de hombres de piel cobriza  a los que no les lograron averiguar con sus macabros métodos cual era el secreto mejor guardado de todos los habitantes del continente, lo cual maravilló mucho más a los españoles y les puso a brillar los ojos de la codicia más maligna que no se había visto hasta entonces: los chibchas sabían el secreto milenario buscado desde los egipcios de cómo obtener el oro. Esto generó entre los peninsulares una euforia parecida a la locura y los llevó a un delirio embrutecedor. Los indios eran poseedores del secreto de obtener el oro no de otros metales como pensaron los alquimistas del viejo mundo sino de algo mucho más sencillo que ellos debían sacárselo de la lengua a cualquier precio.

  --Me vais a decir de una vez por todas–La voz rugía como el trueno-- ¿De dónde sacáis el oro?

 La escena del hombre colgado de las ramas del árbol con el cuerpo destrozado por el latigazo del extranjero se repitió en todo el país Muisca.

 --¿De dónde sacáis el oro? --Repetía la voz.

  --Del zumo de la hoja de una mata--fue muchas veces la respuesta.

  --¿Pero de cual maldita mata me habláis?

  --De una mata.  Y cada español que insistió en la misma respuesta tantas miles de veces sólo se encontró con un  silencio rígido, único, que trascendía lo profundo de las montañas mientras se  hacía oír en los matorrales el chillido lastimero de los pájaros que miraban sin entender el suelo ensangrentado de La Sabana.

 Los españoles se fueron convencidos  que el secreto seguía oculto en la malicia de los descendientes que sobrevivieron. 

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