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6 min
La Cabaña Siniestra.
Terror |
30.11.14
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  • 818
Sinopsis

Más de cuarenta kilómetros al norte de un pueblo fantasma, se encontraba un bosque deshabitado y solitario. Una cabaña inmersa en una oscuridad siniestra con sonidos que sólo podrían escucharse en la noche ocupaba el centro de dicho bosque...

Más de cuarenta kilómetros al norte de un pueblo fantasma, se encontraba un bosque deshabitado y solitario. Una cabaña inmersa en una oscuridad siniestra con sonidos que sólo podrían escucharse en la noche ocupaba el centro de dicho bosque.

Rincones oscuros se llenaban de sombras y voces mudas, los días pasaban como fugaces estrellas en el firmamento lejano. El aire podía sentirse asfixiante y, aunque la razón era desconocida, podía respirarse la muerte.

Alex y Meryl habían decidido mudarse a aquélla cabaña olvidada, con la inocente idea de llevar una vida tranquila en un lugar alejado. “Sólo será por un tiempo”, habían acordado, pero ni una ni la otra sabían lo que les esperaba en realidad.

Era una noche fría de diciembre, Meryl había salido de la cabaña al cuarto de herramientas por un poco de leña. La chimenea, con la madera casi consumida, daba sólo un poco de luz a aquél gran salón donde Alex intentaba escribir su historia. Si ella hubiera sabido lo que se aproximaba, probablemente escribir no hubiera sido su mayor preocupación.

Un golpeteo incesante se escuchó en la puerta principal, Alex supuso que Meryl necesitaba ayuda con la madera, así que dejó su labor para encontrarse con ella. Caminó apresuradamente por el pasillo hasta llegar a la puerta, dio vuelta al picaporte y, sorprendida, se encontró con una noche silenciosa y un bosque lleno de sombras. Meryl no estaba ahí.

Extrañada por haber sido víctima de los juegos de su propia mente, cerró la puerta y regresó al salón. El fuego que se hallaba en la chimenea ahora se encontraba siendo alimentado por más leña. Su amiga debía haber entrado por la puerta trasera y dejado la madera en la chimenea.

“Meryl”, llamó al aire, sin recibir respuesta. “Meryl”, repitió una vez más, preocupada. Tomó una linterna del viejo escritorio sobre el cual habría intentado escribir su historia momentos atrás, corrió al cuarto de herramientas que se encontraba fuera de la gran cabaña y gritó el nombre de su amiga un par de veces más. El silencioso bosque parecía reírse de sus miedos y, como si cientos de ojos le miraran ocultos tras los árboles, temió no poder encontrar a Meryl.

Alex entró al pequeño cuarto y, sin mucho esfuerzo, se dio cuenta de que su amiga no se encontraría ahí. Un escalofrío tajante le recorrió la espalda. En seguida comprendió una cosa, el problema no sería que Meryl desapareciera, que se hubiera ido y no volviera… El problema real era que Alex, quizá, no se hallara tan sola como pensaba.

Salió del pequeño espacio y se dirigió a la cabaña, una luz encendida en la planta alta, proyectaba una sombra desde la ventana. Pero esa sombra no pertenecía a su amiga, ciertamente, esa sombra no podría pertenecer ni a Meryl ni a ninguna otra persona, puesto que esa silueta no parecía humana.

Una ráfaga de viento le cortó el aliento, sin saber muy bien qué hacer, contempló dos posibilidades: entrar a la cabaña en busca de su móvil y de las llaves de su auto, consciente de la alta probabilidad de encontrarse con aquélla criatura, o adentrarse en la oscuridad del bosque, en busca de refugio a esperar que amaneciera. Pero… ¿Dónde se encontraba Meryl?

Decidida y temerosa, regresó al cuarto de herramientas por un desatornillador que utilizaría como arma en caso de necesitarla, se dirigió a la cabaña con pasos firmes y silenciosos. Lo mejor era buscar su móvil y sus llaves sin que el intruso la viera.

Entró despacio a la cabaña y cruzó el pasillo hasta llegar al salón, buscó en un cajón de su escritorio el móvil y, con la esperanza de tener recepción, encendió la pantalla que al instante la desilusionó. No tenía cobertura.

Se guardó el móvil en el bolsillo de su suéter y siguió escaleras arriba; las llaves debían encontrarse en la bolsa de uno de sus abrigos, que se hallaban colgados en el armario de su habitación.

Al llegar a la planta alta, una corriente de aire frío se coló por la ranura de una ventana que se hallaba, en apariencia, cerrada. Anduvo en silencio un pequeño trecho, y justo al llegar a la puerta de su habitación, su móvil sonó. Era Meryl.

Asustada y con el desatornillador fuertemente empuñado en su mano izquierda, contestó.

-¿Meryl? –Susurró. Esperó un momento, y tras escuchar la respiración entrecortada de su amiga, la llamada se cortó.

Temblorosa, cruzó el umbral de su habitación, en busca de las llaves de su automóvil. “Sea lo que sea, Meryl necesita ayuda”, pensó.

-Alex -. Se escuchó la voz de su amiga.

Alex dio media vuelta para encontrarse con su amiga, o lo que quedaba de ella…

El cuerpo inerte de Meryl se hallaba colgado de una viga de madera, se columpiaba lentamente formando círculos alrededor del salón. Alex se paralizó y, temblando incontroladamente, dejó caer el desatornillador que llevaba en mano. Abrió las puertas del armario y buscó las llaves en cada bolsillo, hasta encontrarlo en un viejo y desgastado abrigo.

Rodeó el cuerpo, sintiendo náuseas. Bajó apresuradamente por las escaleras y, antes de cruzar el umbral de la entrada, la voz de su amiga muerta llenó con gritos desgarradores la cabaña. Se volvió y, justo detrás del péndulo que formaba el cadáver de su amiga, una criatura horrible le regresó la mirada.

El rostro de la criatura se deformó hasta enseñar la dentadura grisácea que le abarcaba media cabeza, le lanzó una carcajada estruendosa y, en un segundo, el ambiente se llenó con una peste que le atravesó las fosas nasales.

Presa del pánico trató de llegar al auto pero, cuando se encontraba cerca, la criatura ya le había alcanzado.

Alex no se dio cuenta de lo que había pasado hasta que era muy tarde. Miró a los ojos de su asesina y la gran sonrisa de satisfacción que esbozaba. La criatura se transformó y retomó su aspecto inicial, un rostro conocido apareció ante Alex, y como si nada hubiera pasado, Meryl sonrió.

-¿Sorprendida? –Escuchó la voz de su amiga.

Al instante cayó Alex, desangrándose por la herida abierta que la gran garra de una criatura hostil le provocó. Su mirada se perdió en el bosque y ya sin vida, la luz del amanecer comenzó a cubrirla. Un espasmo fugaz sacudió su cuerpo, y como si hubiera intentado ponerse de pie, adoptó una nueva posición. La sangre corrió por el pasto y, a su espalda, se dibujaron un par de pequeñas alas rojas que le hacían lucir como un ángel… Un ángel caído.

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