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5 min
La camelia y el violinista
Amor |
27.04.15
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Sinopsis

Mírala, tan tersa tan fina como la nota en el pentagrama que quiere escribir su propia sinfonía.

La dulce camelia que crece en el inmenso desierto, es más bella que la rosa de suelo fértil. Así como las melodías  de Kreisler son ambiguas, el mundo es un sinfín de dualidades contrarias. La difusa lluvia de abril inunda el lago de perturbaciones de mi mente, invitándome a plasmar en el papel pensamientos difusos. Ella viene a mi memoria: Margarita Cueva, de radiante cabellera castaña,  bamboleándose en un sinfín de tribulaciones. Como si sus rasgos fueran contrarios a sus pretensiones, se acerca distorsionada a mi mente, como una nota en el pentagrama que quiere  construir una sinfonía. En efecto su imagen evoca en mi recuerdos lejanos, como aquella noche en Londres amándonos sin fin en un cuarto de la ciudad, bendecidos por la luna mágica de las islas británicas. Mi violín y ella han sido mis únicos compañeros en esta partitura (es así como concibo mi vida, un sin fin de melodías, de diferentes escalas y colores). Margarita me ha atado a la realidad como una cadena de acero a un globo de helio que quiere volar y soñar. Sin embargo su luz se apaga cada vez que la recuerdo, mis memorias se revuelven en el mar de la razón. ¡Quédate un rato más a mi lado! En la esquina en el cuarto donde me encuentro hago una pausa de mi escritura y agarro mi violín, pues ya he hablado de Kreisler, aquel gran maestro del violín que igual que yo es habitante del mundo dual, por lo tanto me dispongo a tocar su obra: “Love’s Sorrow”, “Liebesleid” o “El dolor del amor”  Las notas de su canción, me transportan a un lugar más lejano en la línea del tiempo. Margarita su sonrisa resplandece, tan intensa que puede iluminar la ciudad. Tan prohibida, tan lejana. ¿Acaso mi música puede tocarla? Cada día toco las mimas melodías intencionalmente en su ventana. ¿Margarita me escuchas? Así como la camelia que ha florecido en desierto, tu mirada me transporta al oasis de tu origen. Aquella mirada que despierta mi instinto, instinto que me incita a buscarte. En la noche bohemia de la luz trémula de la luna oriental, una vez más toco tu cancón, tu ventana está encendida, ¿quizás me invita a entrar? El alcohol en mi sangre hace su trabajo trepó las escaleras empinadas con la rapidez de un jaguar que acecha a su presa. Estás ahí, con tu piel canela, dorada y tersa, desnuda envuelta en una sábana blanca, con una botella de vino, incitándome a lo prohibido. –Toca, tócala una vez más como lo has hecho durante todo este tiempo- Por tanto la toque, creo que es la sinfonía, la canción más memorable que he impregnado en mi alma. Margarita extasiada envuelta en la sábana blanca, con el rostro puro y cínico de una mujer que ha decidido entregarse, me ha despojado de mi violín invitándome a descubrir de su mano, una nueva melodía de un sin fin de colores. , bajo la luna llena oriental. Me despierto, observo su rostro pueril sin fin, que  esboza una sonrisa enigmática que demuestra dolor y alegría. ¡Margarita donde estas en estas noches de luna, donde mi corazón y me mente se hacen una! Vuelvo a la realidad la canción se ha terminado, pero la interrogante es ¿Dónde me encuentro? Es una confusión eterna, llameante casi escarlata, parece como si he acabado de recordar algo importante, en fin me lo he olvidado. Me pregunto: ¿Por qué mi violín está en mis manos? Mi respiración esta acelerada, mis recuerdos distorsionados, observo tinta derramada en un papel blanquecino. ¿Sobre qué he estado escribiendo? Quizás una aventura, o tal vez un relato, pues bien es enigmático. Etérea, sin fin parece que sus manos tocaran mi rostro, y me invitaran a recordarla a no perderla de mi memora. Yo en un estado casi senil la veo de entre ojo en su típico corsé, encajado en su piel morena y su larga cabellera. ¿Dónde estás te busco, sin fin? Un espejo aparece en la oscuridad infinita el cuarto recóndito y me observo, solo soy un anciano difuso, distorsionado cuidando de una camelia que se está marchitando al cuidado del violinista, por fin te encuentro estas a mi lado, en mi cama como en la noche de la luna oriental, somos dos maniacos casi locos, idos, despojados de recuerdos. Margarita despierta, me abraza y en un beso infinito me otorga un momento de lucidez, lo se soy un viejo poseído por el demonio del exterminio del recuerdo.

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