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5 min
La carta
Drama |
20.12.13
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Sinopsis

Alberto necesita encontrar esas cartas comprometedoras que durante años ha guardado y de las que nunca ha sabido deshacerse.

 

LA CARTA

«No puedo permitirlo. Si Laura encuentra esas cartas, ¿qué pasará, cómo reaccionará?», piensa Alberto mientras rebusca afanosamente por entre los cajones de los muebles del dormitorio, por entre la ropa y por encima del armario ropero, esparciéndolo todo. ¡Nada!, las dichosas cartas no aparecen por ninguna parte. Desesperado, se sienta en la cama para tomarse un respiro y pensar con algo más de claridad. «¿Dónde las habré podido guardar?», se pregunta.

Tiene que encontrarlas. Esas cartas no pueden caer en manos de Laura, se repite una y otra vez. Son cartas que pertenecen a un pasado no por lejano menos doloroso, son la evidencia de un amor profundo, la prueba palpable de una pasión tumultuosa, casi dañina. Pero, es que además, está lo otro, lo más comprometedor… «No, mi mujer no debe saber nunca de esas cartas, ni ella ni nadie».

Alberto intenta hacer memoria acerca del lugar donde pudo guardarlas, sin embargo, las imágenes que en ese momento acuden a su memoria son bien distintas.

Fue en esa misma habitación, revuelta ahora por los fallidos intentos de buscar las cartas, donde se sucedieron los ardorosos encuentros con aquella mujer cuyo solo recuerdo lo estremece y lo angustia a la vez. Fueron días y noches de entrega total, de una mezcla explosiva en la que el amor verdadero y la lujuria se combinaron a partes iguales, llevándolos al éxtasis del placer y la felicidad. Se habían conocido en uno de los conciertos que el gran Bruce Springteen había dado aquel año en España. No tardaron en intimar y, sin conocer nada el uno del otro, dejarse arrastrar por una espontánea atracción, por una pasión a la que no pudieron ni quisieron resistirse.

«¿Cómo pudo acabar de aquella manera?, ¿cómo pudo tenerme tanto tiempo engañado?», se dice Alberto agachando la cabeza compungido, con la vista en el suelo. Inesperadamente, un gesto de sorpresa y de alegría a la vez se refleja en su cara: asomando tímidamente por debajo del armario, una pequeña caja blanca aparece ante sus ojos. «¡Ahí, ahí tienen que estar las dichosas cartas, estoy seguro!», exclama mientras se arrodilla para cogerla. «¡Menos mal, menos mal!», se repite feliz al comprobar que, en efecto, las cartas tan ansiosamente buscadas se encuentran en el interior de la caja.

Remites desde Madrid o desde San Sebastián, misivas enviadas por él o por ella durante las ausencias, palabras cruzadas de nostalgia, de amor y de deseo. Así son las cartas que Alberto sostiene ahora entre sus manos. Todas, menos una: la última que recibió. La sujeta con fuerza y, como tantas otras veces, vuelve a preguntarse por qué, por qué no se ha deshecho ya de ella y de todas las demás. «¿Y si lo hago ahora?», se dice sin convicción.

Con parsimonia y añoranza, Alberto vuelve a colocar las cartas cuidadosamente dentro de la caja. «Tengo que buscarles un escondite más seguro, no me puedo arriesgar a que alguien las pueda encontrar», piensa mientras abandona la habitación. Alberto, una vez más, se resiste a perder aquellos trozos de papel, aquellas líneas plenas de vida con las que los dos amantes mantuvieron su pasión en la distancia, incluso aquella dramática y comprometedora última carta de despedida:

 

Alberto, no me perdones, no lo merezco. Esta carta que te ha sido entregada en mano es nuestra despedida, quémala en cuanto la hayas leído, nadie debe leer lo que aquí escribo. También, muy a pesar mío, te devuelvo tus cartas; es mejor así. Ante todo, quiero que sepas que te sigo amando con la misma fuerza con la que te he amado durante todo este tiempo que hemos pasado juntos; pero debo dejarte. Siento muy profundamente no haber sido sincera contigo. Mis idas y venidas desde San Sebastián a Madrid, que nos mantenían sin vernos varios días, no obedecían a asuntos de trabajo o de familia como yo te decía. Me cuesta decírtelo y no tendría que hacerlo, pero te lo debo: soy militante de ETA desde hace varios años y fui a Madrid con la misión de colaborar con el comando que perpetró el atentado de la semana pasada. Nuestro encuentro en aquel concierto de hace seis meses, que juro que fue casual, me sirvió para utilizar tu casa y tu compañía y facilitar así mis objetivos. Lo siento, siento haberte involucrado y haberte puesto en peligro. Mi amor ha sido y es desgarradoramente sincero, pero, por tu bien, no por el mío, nuestra relación nunca ha existido. Procura que así sea.

Olvídame. No intentes localizarme, las señas que había en mis cartas ya no son válidas, y solo serviría para que te relacionaran conmigo. Puede que cuando leas estas líneas yo haya desaparecido para siempre. Sé que van detrás de mí.

 

No creí en el amor hasta que te conocí.

Edurne

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