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8 min
La casa de mi tía
Terror |
31.05.17
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Sinopsis

...

  • Despertate que en un ratito nos vamos – dijo mamá, sacudiéndome el brazo derecho.
  •  Bueno, dame diez minutos – contesté, con desgano.

A la tía la visitábamos una vez por mes, y ese día nos tocaba. Mamá, papá y yo, que sólo tenía nueve años, pasábamos domingos enteros en su hogar. Pero aquella vez era diferente: ella se había mudado e íbamos a conocer la nueva casa.

Me levanté cerca de las ocho y subimos al coche quince minutos más tarde. El viaje fue corto y rápido: cuarenta minutos de ruta y apenas un rato dando vueltas en una ciudad, para nosotros, desconocida.      

Al llegar, la casa me impresionó a simple vista. Parecía una mansión de película, aunque en ruinas. Era de dos pisos, con balcones amplios y techo a dos aguas. Más de la mitad de las tejas, amarronadas por el tiempo, estaban partidas. Las paredes despintadas, sucias y descuidadas, le daban un particular aspecto antiguo. Tampoco estaba cuidado el jardín de entrada: había más tierra que pasto y apenas lo adornaban dos árboles secos. “La semana que viene los tengo que talar”, comentó la tía, al pasar.

La puerta era altísima, de madera rústica y con un gran picaporte de bronce. El ventanal de planta baja tenía un vidrio roto y se veía, desde afuera, el movimiento de las cortinas a raíz del viento.    

Mientras papá, mamá y su hermana charlaban, yo seguía observando. Un poco fascinado y otro poco en estado de alerta. La casa era llamativa, de eso no había duda, pero no sé por qué me generaba preocupación.     

Nosotros vivíamos en la capital, será por eso que me llamó la atención el ancho de las veredas. Había tres metros, como mínimo, desde la pared hasta el cordón. También las calles eran anchas y con un empedrado precario pero bellísimo. Justo enfrente, un caserón enorme, moderno y recién pintado, contrastaba demasiado con el hogar de la tía. “¿Te gusta más esa casa?” Me preguntó mamá, disimulando. Le hice un gesto afirmativo y ambos sonreímos.      

  • ¿Desayunaron? – consultó la tía, sabiendo la respuesta. Nunca íbamos desayunados.
  • No – contestó papá.
  • Vamos adentro, tengo el termo cargado y conseguí la yerba que tanto les gusta.

Abandonamos la vereda e ingresamos.

Los tres estaban en su mundo: “¿Te acordás cuando éramos chicas y mamá nos retaba cada vez que entrábamos a la pileta sin permiso? ¡Cómo olvidarlo, todavía tengo las marcas de los chirlos!”. Las anécdotas eran las mismas de siempre. Cuanto más crecía, menos me gustaban las reuniones familiares.

Tomaron tantos mates que pensé que la piel se les iba a poner verdosa. Mientras tanto yo, comenzaba a aburrirme. Le pedí permiso a la tía para dar una recorrida y eso fue lo que hice en los minutos siguientes.

Ellos tomaban mates en el comedor, así que me fui de allí lo más rápido que pude. No sólo para alejarme de sus cansadoras historias, sino porque ese ambiente me aterraba. El ventanal y su vidrio roto no era lo único feo de ese sector. También los pisos, de baldosas blancas y negras, emulando un enorme tablero de ajedrez. Las paredes amarillentas y con manchas de humedad. Los cuadros de payasos, reyes y gnomos. Pero sobre todo, la asquerosa cabeza de siervo, enmarcada y exhibida como trofeo de guerra.      

Comencé a desconocer a la tía. Ella era todo lo contrario a lo que se reflejaba en esa casa. Siempre odió a los cazadores ¿Cómo podía tener aquél adorno? ¿Por qué no lo quitó de la pared el mismo día que le dieron las llaves? Además, era reconocida por su buen gusto, algo que no tenía su nuevo hogar.

Ya lejos del comedor, se me ocurrió ir hacia la planta alta. Quizás allí había un salón de juegos o algo con lo que me pudiera entretener.

La escalera era de madera y parecía más vieja que la propia casa. Pisé los escalones con cuidado, tenía miedo de que alguno de mis pies se pasara para el otro lado y quedarme atascado. A las barandas, también de madera, ni siquiera las toqué, se notaban astilladas.

Yo era un chico ágil, pero esa subida la hice lento, muy lento.  

Arriba no había salón de juegos, ni nada que se le pareciera. Solamente tres habitaciones, una de las cuales era la de la tía, un baño y un pasillo largo que dividía los diferentes ambientes: aburridísimo. Pero todo era mejor que volver hacía la planta baja y escuchar a mi familia hablando pavadas. Me puse a investigar una de las piezas.

Probablemente, en algún tiempo, había sido el cuarto de huéspedes. Había una cama de una plaza, con sábanas descoloridas y bien tendidas, una mesa ratona en el centro, un placar no demasiado grande y no mucho más. “Éste es el lugar menos divertido del planeta”, pensé.

De repente escuché el violento sonido de una puerta cerrándose. Di un giro y volví hacia el pasillo.

Minutos antes, las tres habitaciones y el baño tenían las puertas abiertas. Pero la pieza principal se había cerrado, ¡y de un portazo! ¿Será la tía que se encerró en su cuarto?, me pregunté. Intenté averiguarlo espiando por la mirilla. Lo que vi, me dejó perplejo.

Un hombre, de alrededor de cincuenta años, se paseaba con un hacha entre sus manos. Al verlo, un pequeño alarido intentó escaparse de mi boca. Antes de que el tipo detectara mi presencia, corrí hacia la planta baja, sin importarme el paupérrimo estado de las escaleras.

  • Tía, tía, hay alguien en tu cuarto – grité, regresando al comedor.

Papá estaba atado de pies y manos y amordazado. Mamá tendida en el suelo. A pocos metros, un hombre, con un pasamontañas cubriéndole el rostro, empuñando un cuchillo. La tía no estaba.

Me paralicé, no supe que hacer. El delincuente me pedía a gritos que me sentara en una silla, pero mi estado de shock no me lo permitía. ¿Serán ladrones? ¿O psicópatas? Cualquiera de las dos opciones me aterraba.

No sé cómo, pero también terminé atado y amordazado. Recuerdo que mis ojos se posaron, casi instintivamente, en la horripilante cabeza de siervo que sobresalía de la pared. Juraría que ese trozo de animal también me miraba.     

Fueron minutos complicados ¿Dónde estará la tía? Me preguntaba una y otra vez ¿Estará en el piso de arriba con el tipo del hacha? ¿La tendrán revolviendo sus pertenencias? No me gustaba estar allí, pero menos me gustaban esos interrogantes.

Mamá continuaba en el suelo, sin moverse. Llegué a pensar que estaba muerta, aunque los ojos de papá me decían lo contrario: su mirada era de absoluto terror, pero si mamá estuviera sin vida, él hubiese estado algo más desesperado.

Si bien la cabeza del siervo me había aterrado de entrada, en ese momento me sirvió para distraerme. Era igual a Bambi, el de la película, pero con cuernos enormes. Sus ojos, tristes, parecían que intentaban decirme algo. Pude percibir la angustia del día en que lo mataron, su expresión era terrible.

A todo esto, los muchachos de los pasamontañas seguían paseándose por la casa, hasta que en un momento dado, se retiraron. Me llamó la atención que se fueran sin una bolsa con objetos. “Deben tener los bolsillos llenos de efectivo”, pensé. ¿Pero cómo podía ser que no se llevaran el televisor moderno que yo mismo había visto en la habitación de la tía? ¿Y las joyas? Ella tenía muchísimas.

Al rato, la tía apareció en el living. También con un hacha. Tanto papá como yo intentamos pedirle que nos desatara y nos quitase la mordaza, pero ella sólo se limitó a ubicarse a unos pocos metros, sonriendo.

  • Hay algo que no les conté – nos dijo, mientras continuábamos inmóviles – desde que me mudé, las cosas cambiaron. Los chicos que se acaban de ir, son amigos míos. Cazadores ellos. Pertenecemos a una religión nueva, aunque muchos la llaman secta. Sacrificar animales es parte del ritual. A ese siervo lo maté yo, con éste mismo hacha. Fue una sensación que no voy a olvidar jamás. Las reglas eran claras: debía decapitarlo delante de sus críos, y así fue. Hoy comienzo una nueva etapa en este extraordinario viaje. Ya no me basta con animales. Hoy les toca a ustedes, mejor dicho, a dos de ustedes. Y también tengo que realizarlo delante de la cría.

Ése día vi rodar las cabezas de mis padres.

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Soy Augusto Dipaola. Nací en la Ciudad de Campana (Provincia de Buenos Aires, Argentina) en 1984. Si quieren leer un poquito más... facebook: cuentos oscuros para niños dementes.

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