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23 min
La cena
Terror |
11.05.15
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Sinopsis

Esta es la crónica de una lúgubre tortura. Esta es la historia de Sebastián Frontera, y de como fue encontrado, más muerto que vivo, un 5 de enero de 1998 en el sótano nº 66 del Puig de Sant Pere.

La cena

 

Quiero creer y creo que jamás fui merecedor de tal atroz condecoración. Mi vida no había sido fácil hasta entonces, y sí, lo admito, me equivoqué. De mis acciones engendré el mayor de los castigos; fui carne viviente de posesión lujuriosa; bajé, lúcidamente, a las entrañas más pestilentes y zozobrantes del pecado. Sin quererlo, y al galope de pasiones reprimidas, me convertí en lo que siempre quise ser y no supe. El no salir, el no quedarme, el no extinguirme para siempre en esa bóvida del terror es de lo único que hoy me arrepiento.

Ahora he decidido sentarme frente a la mesa que preside la habitación comunera de los locos (calle Jesus 30), víctima de un arrebato fratricida, para desencapotar la pluma, y aflojar de mis tuétanos lo que ninguno de los cuerdos creía verme capaz.

No se engañen, no busco padecimientos del alma: jamás me consideré un recolector de empatías no comprendidas. Ni sientan el más mínimo resquicio de compasión por este curtido sufridor. Puestos a sentir, sientan, pero sientan por ustedes, estimados lectores, que seréis los victimarios de un relato sobre el más mugriento y tétrico martirio jamás afligido a un ser. Que la lectura sea durante el día, cuando la luminosidad les otorgue una adulterada e inservible percepción de seguridad. Con llave, cierren ventanas, puertas, excusados, grifos, y cualquier entresijo donde lo no humano pueda adentrarse con ruin fin. Si me leen en una planta baja, suban al terrado. Si me leen en el campo, suban al árbol. Si están postrados sobre cualquier lecho, ¡por dios! ¡Levántense! Salgan de la habitación, revisen armarios, tapien los conductos de ventilación, no se enclaustren y póngase en alerta. Esta es la crónica de una lúgubre tortura, esta es la historia de Sebastián Frontera, y de como fui encontrado, más muerto que vivo, un 5 de enero de 1998 en el sótano nº 66 del Puig de Sant Pere.

 

Estaba casado, felizmente, con una mujer que quise a medias. Mi vida era simple, como la de un Antonio García, la de un Miguel López, la de un Carlos Fernandez, de a pie. Trabajaba para llenar mi boca y la de una esposa vacía y estéril con la que mantuve una actitud deliberadamente machista desde el “sí, quiero”. Me esperaba para almorzar, me hacía la cena, y por la noche, me daba placer. Las zurras vinieron después.

Por aquél entonces era empleado de la Opel, un simple operario que hacía años había dejado de mancharse con grasa de motor. Tenía un sueldo meritorio, que nos daba para vivir dignamente en la barriada obrera de Pere Garau, “tot ple de foresters”. Cada jueves, cola de muertos de hambre y demás chusma que esperaban a los de la sotana. Cola negra, niños-mono con buena dentadura. Y yo, yo un Frontera Ramis, de dios sabe cuantas generaciones mallorquinas arraigadas en el país. Autóctono como el que más, “i que més volia”.

El primer síntoma fue en otoño y apareció como todo lo ruin: con nocturnidad. Volvía a casa de la Opel, Gran Vía Asima 30, con mi scooter Vespa PK 125 Primavera -86. Eran las nueve de la noche y en Pere Llovera las putas empezaban a esparcirse. En el primer semáforo de la calle, a un cigarro del lecho, empecé a sentir una leve sensación de cosquilleo doloroso en las piernas, a la altura de la rodilla. En el segundo semáforo, el hormigueó fue a más y empezó a propagarse suplidamente hacía la cadera. Yo estaba parado en el semáforo, con el pie derecho en el asfalto, mientras intentaba sostener todo el peso de la scooter. Al poco me abordaron unos escalofríos acompañados de una ráfaga de temblores que recorrieron todas mis extremidades. Tal era su brutalidad, que me hubiera ido de bruces contra el asfalto de no ser porqué el semáforo decidió al fin mudarse al verde. Di gas y salí disparado con velocidad. Al instante sentí que las piernas no me respondían. Reduje drásticamente la velocidad para ver si aquel ataque repentino apaciguaba. No lo logré. Un paso de peatones se cruzó en mi camino. Al parar, sentí como si los huesos fueran a partirse en mil trozos. Crujieron, rechinaron y chirriaron. Al compás de mis gritos de congoja, una vieja jorobada cruzaba la calle vestida de luto. -Señora, llame a la ambulancia-, la llamé pidiendo auxilio. -Señora, me muero, Señora, ayúdeme-. No se inmutó y seguía su paso. -Maldita vieja, ¿es que está sorda?, ¿No ve que me muero?.- Insistí. -Llame a la puta ambulancia-. Ni me miró. Yo estaba en el suelo retorciéndome de dolor y chillaba como mamífero recién nato. La vista se me empezó a difuminar mientras observaba de perfil la silueta tullida y cheposa de la anciana. Cuando todo parecía perdido, cuando pensaba que la vida se me iba, la vieja empezó a acercarse de una forma cruelmente pausada. Sin fuerzas, e incapaz de articular palabra, vi por vez primera esa horrenda y monstruosa cara carcomida por la edad. Era lo más repulsivo y aterrador que había visto con vida. Pestañeé. Al abrir los ojos, su repugnante cara estaba a un palmo de la mía. Su boca, desdentada y negra, era morada de gusanos y larvas que convivían entre las concavidades de sus encías. Los pelos de la nariz eran gruesos, espesos y verdosos, pintados con reseca mucosidad. Quiso besarme. Boca con boca, noté en mis labios la picazón de sus bigotudo y hostigoso pelaje facial. Aspiré sus pestilencias bucales y una cucaracha se introdujo en mi boca. Noté como recorría mi paladar. Me desmayé entre arcadas.

A la mañana siguiente desperté en una camilla del hospital de La Sang. Me habían traído por la noche, después de que unos turistas me hubieran encontrado en plena calle inconsciente y bañado en vómitos. Lo primero que vi al despertar fue la cara de Mercè, mi esposa, tan mustia como de costumbre. La escupí con todo el desprecio y asco que el recuerdo de la anciana y sus insectos produjo en mi. -Donde cojones estabas mientras moría en plena calle, le dije -¿O es que acaso no estás cuando tu marido te necesita?-. Recriminé con cara de asco. No respondió.

Los médicos me hicieron toda clase de pruebas para tratar averiguar que es lo que me había ocurrido y que clase de enfermedad podía padecer. Con el transcurso de las horas fui mejorando. A los tres días, empecé a caminar y a los siete, me dieron el alta. Los dolores cesaron y me sentía como nuevo. Durante la semana de ingreso hospitalario, no dejé por un momento de dejar de pensar en la insólita e infecta anciana y su beso robado. La sola idea de que alguien pudiera saber de lo ocurrido me ruborizó. En esa época era todavía demasiado orgulloso. ¿Qué pensarían en el Bar?

A la semana de salir el médico quiso citarme. Tenía diagnóstico. -Escúpalo doctor, no tengo todo el día-, le dije con aire chulesco sentado en una diminuta consulta de la Seguridad Social. -Se lo diré sin tapujos, señor Frontera: usted padece el “Sindrome de Guillain-Barré”. Una enfermedad rara que le producirá pérdida de reflejos, entumecimiento u hormigueo, dolor muscular, descoordinación funcional, hipertensión, visión borrosa, visión doble, contracciones musculares, palpitaciones, dificultad respiratoria, dificultad para ingerir alimentos, pérdida de control, babeo, mareos, inflamación de tórax y diafragma, calambres repentinos, hormigueos, y lo más importante, parálisis ascendiente que empezará por las pierdas y se irá diseminando a los brazos hasta afectarle a todo el cuerpo. Lo siento señor Frontera-, El muy cabrón trató de impresionarme y no lo logró. A los 10 minutos ya estaba en el Bar de Sant Joans, y Manolo, el andaluz, me servía el whisky de las ocho. -Como te va la vida, Sebas,- se interesó. -Ya ves, Manolín, la sobrevivo-, respondí con desgana. La conversa no fue a más. Entre trago y trago, un suspiro. Y entre suspiro y suspiro, un reflejo conocido en mi copa llamó súbitamente mi atención. Fue inconfundible. Era la vieja, y estaba pavoneándose delante de mis propias narices tras la cristalera del Bar. -Manolo, cóbrate. -¿Ya?. -¡Que te cobres hostia!-. Con un manotazo solté un billete de 10 euros en la barra y salí disparado en su acecho.

La seguí por más de cien calles de forma sigilosa mientras caminaba cabizbaja, sin rumbo aparente, limitada a la altura de su escueta fisionomía. Sus pasos, cortos y fluidos, me recordaron a la forma en que las ratas silvestres de la Dragonera huyen cuando los destellos de los barcos anuncian la llegada de un nuevo día.

Se adentró por el casco antiguo, donde la luz del Sol se pierde entre laberintos entrecruzados de callejuelas mozárabes y costanillas cristianas. Yo iba camuflándome entre las farolas y patios señoriales de Ciutat. Di vueltas durante dos horas; volví sobre mis pasos en repetidas ocasiones; me escondí bajo coches; entré en Iglesias y monasterios; tomé café; di de comer a las palomas; y compré romero a una gitana hasta que al fin se decidió a entrar en un céntrico portal de planta baja. La puerta era antigua, de color pardo y de 6 cerrojos. Me mantuve a una distancia cautelosa, de manera expectante. Estaba ansioso. La observaba como a una presa indefensa. No solo quería matarla. Quería darme el gusto de hacerlo. Tras una espera eterna, y una vez acabado de abrir el último cerrojo, tuvo la osadía de voltearse y mirarme de manera desafiante mientras me señalaba con un dedo putrefacto el umbral de su guarida ya descubierta. Había sabido de mi persecución silenciosa y me invitaba a pasar. Entró.

La puerta estaba abierta de par en par y desde el final de un pasillo tétrico y oscuro me dio la bienvenida. Me lancé sobre su escuálido y pellejudo cuerpo como un carnívoro salvaje en ayunas. Quería matarla con mis propias manos. La agarré por los cuatro pelos grisacios plantados en su diminuto cráneo y la golpeé contra el suelo con todas mis fuerzas. Seguí golpeándola hasta que la sangre me salpicó la cara y su cerebro estalló en mil pedazos. Perdí la cuenta de los impactos. Antes de marcharme, quise limpiar el desperdicio humano. Con los restos de sangre y sesos esparcidos por el suelo, pinté el cuadro de una rata sin dientes en la pared. Cerré con llaves y de camino a casa me paré a tomar un vermú en el Bar Bosch. Asesinar me dio sed.

Del trabajo me echaron sin indemnización tras 27 años de servicio comprometido y leal. “Por la presente carta, el grupo de dirección de la empresa OPEL S.A. le comunica que ha tomado la decisión irrevocable de proceder a la finalización de su contrato profesional por imposibilidad sobrevenida y no justificada de seguir realizando su labor profesional como técnico operario”. Acabé por abandonarme a la voluntad anárquica de la ciudad, preso de un círculo vicioso de alcohol, putas y violencia. Pasaba las mañanas sentado en el banco de los vagos, en Plaça Cort, lanzando improperios contra el orden y el poder establecido ante un tumulto de turistas rusos y alemanes devotos del derroche. Por las tardes me adentraba a los recónditos más oscuros de la ciudad sumergida, al acecho de historias extraordinarias jamás narradas, de protagonistas de novelas no escritas. Las fulanas africanas de Avenidas y sus rituales satánicos en pisos clandestinos fueron el mayor bálsamo para los achaques de la enfermedad. Colocado de opio, entre altares de cabezas de gallo y ojos de gato, me sentí poseído por hechizos sureños. Fui poseso de su sexo esponjoso, barato y oscuro, recién importado de los desiertos del Azawad. Frecuenté bares de mala muerte camuflados entre las esquinas húmedas de los orines, repletos de hombres sin motivaciones. Una noche, tras horas de excesos y desenfrenos, me encontré mi maleta plantada en la puerta del que hasta entonces había sido mi hogar. Quise largarme del barrio con dignidad, sin armar jaleo.

Con el sobrante de mis vicios, reuní lo necesario para alquilar un sótano convertido en apartamento por el casco antiguo, entre la Catedral y la Plaza del Ayuntamiento. Era poco luminoso, con cocina americana y letrina. Sin rastro de espejos, y con una pequeña ventana con rejas y vistas al suelo empedrado. Durante una larga temporada, me entretuve imaginado las historias de vida de los centenares de pies transeúntes que día tras día podía observar tumbado en la cama. Recluido física y mentalmente, me dediqué única y exclusivamente a ver la vida pasar. De día.

Hacía ya unos meses que mi mujer me había sacado a la calle sin preaviso. No la echaba de menos, ni me apetecía verla más. Tras el placentero recuerdo del último encuentro con la anciana, la separación me permitió seguir con mis incursiones nocturnas y viciosas, sin que nada ni nadie pudiera impedírmelo. Todo. Hasta una noche. Esa noche.

Volvía a casa bebido. Bastante borracho. Me habían sacado a patadas de un bar de copas llamado el Guirigall tras tirarle los tejos a la chica del dueño. -“Lárgate, rata”-, me dijo, la muy puta. Subí las diminutas escaleras que coronaban la Plaça de Cort de dos en dos, para no tropezar. Al llegar arriba, vi al olivo centenario plantado en medio de la plaza con una inmensa Luna de fondo en su plenitud. Era 5 de enero de 1998, víspera del día de Reyes, y sentí como la inmensidad del satélite me hacía volver a la cordura. Atraído por una fuerza sobrenatural y descomunal, me arrepentí de todo el mal que le había causado a Mercè, mi esposa. Pensé en el crimen, pensé en la vieja. Empecé a experimentar algo que hasta ese momento desconocía ¡me estaba arrepintiendo de haberla matado! Me inundaron los remordimientos. No recordaba el porqué del crimen. -Sí, la maté, lo sé!-, exclamé en voz alta, arrodillado ante el olivo, diminuto, a ojos de la Luna. Pero, ¿cual había sido el motivo exacto? ¿Por el beso? ¿por la humillación? ¿por la cucaracha repleta de huevas? ¡La había matado! Y nadie se había interesado por mi. Nadie había venido por mi. No recordaba la calle. No recordaba el día. Ni la hora, ¡Si quiera sabía como se llamaba! Empecé a dudar. Quizás todo había sido un sueño. Sí, un sueño. Quizás todo lo vivido no era más que un fruto podrido de mi imaginación. Claro. De mi enfermedad. El médico me lo había ocultado, o, como de costumbre, yo no le había prestado la suficiente atención. Todo empezó a cuadrar, la enfermedad, la paranoia, las alucinaciones.... la confusión, ¡la cólera final! ¿Me estaba volviendo loco? No. No aún. Yo sé porqué. Ahora. Y ustedes a continuación.

Al cruzar la Plaza y adentrarme a los laberintos de cemento y piedra, volví de nuevo a mi hábitat, a mi estado natural. De camino a casa, quise seguir a dos gatos pardos negros, los mayores conocedores del barrio y la noche. Quise perderme adrede, sin prisa por llegar a mi nicho de vivos, como si ya intuyera que esa podría ser mi última noche en el reino de los cuerdos. Empecé a dar tumbos a causa de lo mucho que había bebido esa noche. Sentí mi cuerpo mutar, como si al salir el sol y al girar la esquina, sería expuesto públicamente en la Plaza, a pleno luz de del día, y alguien iría a señalarme exclamando -¡miren! ¡Es Gregorio Samsa!

Hacía ya tiempo que había perdido el rastro los dos gatos pardos. Hasta que logré localizar a uno cerca de casa, muerto, asesinado. Se lo habían comido vivo. El rastro del crimen se esparcía por mil y una direcciones sangrantes y diminutas. Me sentí observado por miles de ojos. ¿pero por qué no habían acabado el trabajo? Paranoico con razón, me asaltó la prisa y aceleré el paso. Tras ello, recuerdo sentir un temblor profundo, ya conocido, como si acabara de recibir un balazo de plomo que me hizo caer de bruces contra el suelo a escasos 20 metros de mi guarida. Las luces de farola colgantes empezaron a parpadear de forma intermitente y tenebrosa. Miedoso, perdí el control sobre la vejiga e intestinos y literalmente me lo hice encima. Arrastrándome como pude, logré levantarme del pegajoso suelo para abrir la puerta. Empapado de sudor, orines y mierda, caí por los 4 escalones de la entrada que marcaban la frontera entre lo propio y ajeno. Del suelo, escalé la cama y me desnude como pude para tumbarme sobre ella. Me sentí a salvo. O eso creía.

Embriagado y paralizado de arriba abajo, con la mirada perdida, empecé a observar atentamente la vida nocturna tras el tragaluz. Un trueno atronador reventó de un solo golpe los nubarrones que aguardaban la ciudad milenaria, y una tromba de agua empezó a caer violentamente sobre las piedras medievales. En pocos minutos, la calle se convirtió en un rio caudaloso imparable y purificador que se llevaba consigo toda la suciedad de la urbe. Deliberadamente hostil, observé la fuerza de la naturaleza en tierra artificial. Vi al gato guía parcialmente devorado sumergirse en el agua negra, rumbo a la inmensidad del Mediterráneo. Temí que el sótano se inundara conmigo dentro, un inválido incapaz de dar un paso, borracho y paralizado. Una muerte segura. Temí ahogarme vivo ¿podría haber algo peor que eso? Sí que lo había. Yo no lo sabía, pero era cuestión de tiempo. El reloj de mi mesita de noche marcaba las 6.00 de la mañana. Una hora para el amanecer.

Tras la tempestuosa tormenta, una calma aparente yació sin sol. Tenue, traté de moverme sin éxito. La enfermedad se había manifestado con una brutalidad jamás conocida. Totalmente paralizado, lo único movible de mi cuerpo era el cuello, útil para comprobar que seguía estando solo en mi cuchitril. Supe de mi debilidad. Temí de mi indefensión. Era una presa demasiado golosa. Fácil. Y lo peor: seguía sin tener la certeza contra que ni contra quién me estaba enfrentando. Aún así, sabía de su presencia y así se lo quise hacer saber. -Ven aquí, te espero. No te temo-. Grité desafiante, a sabiendas de que mentía.

Instantes después de escupirlo de mi boca, y como si hubiera estado a la espera de mi llamada, una enorme y asquerosa rata negra de grandes orejas recubiertas de pelo grueso y larga cola gris parduzca posó sus dos patas delanteras sobre el vidrio de mi ventana. Era la más grande que había visto en la vida. Las movía de arriba abajo, de izquierda a derecha, con ritmo, rasgando el vidrio. El ruido de la fricción con el cristal, mezclado con sus aterradores chillidos de roedor hambriento, resonaron lúgubremente por todo el cuchitril. Pavoroso e inmóvil, chillé como nunca antes lo había hecho. Los gritos sirvieron de efecto llamada para sus compañeras, que muy organizadas, siguieron el ejemplo de la instigadora, acumulándose tras la cristalera. Conté una docena. Doce roedores carroñeros con 264 dientes afilados dispuestos a despedazarme lentamente. El ruido empezó a ser ensordecedor a la par que horrendo. Empecé a sudar como el cerdo que era. Podían oler el miedo líquido que se evaporaba de mis poros. Cuanto más sudaba, más se excitaban. El olor las instigó. El corazón me empezó a bombear salvajemente al ritmo de sus escarbas. Seguían llegando, y más y más, y más y más, gigantes, peludas, medianas, carnívoras, de barrigas oscuras, con orejas largas, cortas, de cloaca, enfurecidas; turnándose, trabajando en equipo, rasgando el cristal con sus afiladas uñas. Se multiplicaron de tal manera que algunas empezaron a roer la puerta. No las veía, pero sí las oía arañar las paredes, morder la madera, hacer saltar astillas, impacientes, en la oscuridad, tras el umbral. Empecé a cerrar los ojos con fuerza para abrirlos segundos después. Al cuarto o quinto intento, creí que la pesadilla había finalizado pues al girar el cuello para contemplar el espectáculo animal, me percaté de que todas habían desaparecido. Apresuradamente, volví a girar el cuello para inspeccionar las cuatro esquinas del apartamento y confirmar que efectivamente ninguno de los roedores había logrado su objetivo de adentrarse en el. El cristal había quedado difuminado tras los miles de rasguños y mordeduras, pero había resistido lo suficiente para contenerlas. Y ahora solo quedaba esperar a que amaneciera. Resoplé. Me había salvado. O eso creía.

Tras una calma tensa, el horror. La traca final. Dos puntos rojos, una cabeza del tamaño de un gato se asomaba amenazante, mirándome fijamente, desde el agujero de la letrina. Por primera vez desde hacía años quise rezar, rogarle a Dios que esa imagen, ya intrusa, solo fuera fruto podrido de mi imaginación. Que fuera una especie de castigo en forma de aparición maliciosa. Momentáneamente paralítico, pero con el sentido del tacto intacto, me preparé para ser devorado en vida por las ratas. Asumí la condena, ya hacia minutos que había dejado de sollozar de pánico.

La primera entró sin prisa, saboreando el momento, ante mi cuerpo, sucio, sabroso, dulce festín de carne humana. Sigilosa, decidida y desesperadamente rápida, la tuve en un santiamén a los pies de mi cama. Escaló el edredón más rápido de lo que uno podía llegar imaginar. Sin perder tiempo, se adentró en mi cama. Sentí su pelo sucio, frondoso, aún mojado, acariciar los dedos de mis pies con delicadeza. Las prisas de las que había hecho gala al principio de la función parecían haber desvanecido, y ahora, todo lo hacía con una suplida y cruel lentitud. Como si su único propósito fuera darse el placer de jugar con el humano antes de hincarle el diente.

Me di cuenta del tamaño exacto del espécimen cuando, una vez llegado a la altura de mi rodilla izquierda, noté aún la punta de su cola sobre mis pies. ¿Se imaginan lo grande que era la bestia? La inmensidad del animal.... Recuerdo su asquerosa cara, su hocico y la forma en que me sobaba, me olía, me rastreaba, buscando la parte más sabrosa del manjar. Tuvo la osadía de venir a saludarme (a su manera), de olisquear mis labios, mis orejas, mis ojos. Se posó sobre mi cabeza y me defecó en la boca. Y bajó finalmente de nuevo por mi pecho en zigzag para ahora ya sí, morder.

Lo primero fueron los dedos, por orden, de menor al mayor. Cada mordisco que daba era más fuerte que el anterior y menos que el siguiente. Yo ya había perdido eso a lo que llaman miedo ¿Que más me podía pasar? Lo único que esperaba era morir con un mínimo de dignidad. Y si chillé, fue por instinto, de dolor y rabia. De asco.

Una vez descorchado el champán de mi éter, el olor dulzón de mi sangre fue público y notorio para las demás comensales invitadas a la orgía culinaria de la que yo era el plato principal. Ni las vi, pero sí las sentí, como roían todas y cada una de mis extremidades. Como entre ellas mismas, malas compañeras, se enzarzaban en combates a muerte para degustar la mejor parte. Como una trato de trincharme por detrás, escarbando el grueso colchón para acceder a lo hasta entonces inaccesible. Como otra se encaprichó con los cartílagos de mis orejas mientras dos de sus compañeras insistían en acabar con mis esponjosos pómulos. Como grité, cuando dieron con los huesos.

Me descubrieron a las 7.00 de la mañana tras tirar la puerta a patadas. Carne y hueso, todo al descubierto, tuve la desgraciada suerte de no perder el conocimiento en ningún momento. Dado el panorama y la falta de medios, los policías descubridores tomaron la decisión de sacarme a rastras. Después de regurgitar sus estómagos vacíos, y sin tiempo para llamar a la ambulancia, decidieron sacar lo que de mi quedaba tirando de un cordel debidamente atado a mis desollados tobillos. A las más reacias a soltar la presa, las despegaron a culatazos desde lo más profundo de mis entrañas. Me arrastraron, como a una bestia de plaza por la puerta chica, ante la muchedumbre de convecinos y periodistas que se agolpaban en el portal. Fui expuesto a la plebe mientras era llevado con los pies en alto por el adoquinado. Observado por sus caras de asombro y de asco; olido involuntariamente por sus narices fruncidas, fui bañado en vómitos a lo largo y ancho de la calle.

Para sentirme menos solo, para no ser testigo ciego del grotesco espectáculo, levanté la cabeza para ver el rastro humano que iba dejando tras de mi. Al final de la calle y desde una esquina humeante, una vieja desdentada me despedía con un beso al aire.

 

Carlos Garfella Palmer. 

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Derecho en UIB. Posgrado en Comunicación de Conflictos Armados y Paz en Univ. Autònoma de Barcelona. https://twitter.com/CarlosGarfella

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