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5 min
La ciudad separada
Drama |
12.08.15
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Sinopsis

Un guiño a mis películas favoritas de cine negro, bélico y ciencia ficción, Chinatown, La Batalla de las Ardenas y Blade Runner, respectivamente.

Siempre he sido patrullero metropolitano y siempre viví en los tiempos de la Gran Partición. No entiendo gran cosa de historia ni de política, sólo sé que una guerra civil y un acuerdo internacional transformaron mi provincia en dos ciudades independientes y enemigas. Dos rectángulos enfrentados, separados por una frontera, de los que mi ciudad ocupaba todo el litoral marítimo pero teniendo bloqueado todo paso y comunicación con el interior.


 Carecíamos de agua y electricidad propias, pero a cambio controlábamos el oleoducto que venía del mar. Cambiábamos combustible con nuestros enemigos vecinos por horas de suministro de agua y luz, llevándose ellos por su situación ventajosa - simplemente les era más barato comprárnoslo a nosotros que traerlo del interior- la parte del león. Así que la electricidad y especialmente el agua habían llegado a ser para nosotros dos bienes escasos y muy racionados en su consumo. A pesar de eso, varios habían sido los intentos de los otros en privarnos del dominio sobre el combustible para tenernos completamente asfixiados. Ya durante la guerra civil, un grupo de paracaidistas enemigos, disfrazados con uniformes de nuestros soldados, tomaron durante unas horas los grandes depósitos subterráneos de la colina, pero fueron abatidos por nuestras fuerzas antes de que los tanques del coronel Hessler pudiesen afirmar y consolidar su posición.


 Conocí a Evelyn una tarde en que patrullaba en coche  los alrededores de la Albacora, la urbanización para ricos que Noah Cruz, su padre, había edificado sobre una ladera, mirando al mar. Lujosas mansiones entre pinos, dotadas de amplias piscinas llenadas con agua transportada en camiones cisternas traídos -sin duda a cambio de sobornos a autoridades y funcionarios- del otro lado de la frontera. Zonas de ocio, deporte y diversión complementaban aquel apartado paraíso, donde pasaban sus días gente ajena a las penurias del permanente estado de sitio que sufría la ciudad.


 Aquella tarde Evelyn había logrado zafarse de la perenne vigilancia a la que era sometida por Vargas, mano derecha y guardaespaldas de su padre. Verla bajada de su coche en un lugar apartado de la playa me hizo detenerme y acercarme. Me pareció triste y preocupada por alguna cosa. Fue ella la que me ofreció un cigarrillo. Pocos minutos más tarde nos besábamos en el asiento trasero de su coche, aunque yo conocía perfectamente el abismo social que nos separaba a ambos.


 Pasaron varias semanas sin que yo volviese a ver a Evelyn. A Vargas el guardián si lo veía de vez en cuando al cruzarse por la carretera en su coche deportivo. Hacía frecuentes visitas a la ciudad y se le veía entrando y saliendo de despachos oficiales, muchas veces en compañía de Noah, el padre de Evelyn. Durante esas semanas se habían producido varios casos de que residentes de la Albacora, la urbanización del padre de Evelyn, tuvieron que ser ingresados de urgencia en el hospital central. En principio, algunos comentarios hablaron del brote de alguna nueva epidemia, pero el no darse ningún caso parecido en la ciudad hizo que a la cosa no se le diese mucha más importancia.


 Aquel día muy de mañana fui requerido para acompañar a los agentes de paisano que iban a detener a Noah Cruz. Los casos de los enfermos -algunos habían muerto ya- de la Albacora habían motivado una investigación en la que se descubría que -a cambio de estancias regaladas y disfrute de copas, droga y prostitutas a autoridades civiles y militares de la provincia adversaria- se había permitido a los grandes camiones cisternas abastecer de agua a la urbanización sin apenas coste. Los análisis motivados por los casos de enfermedad detectaron en el agua un alto grado de radioactividad, letal a muy corto plazo.


 Los agentes de paisano y yo llegamos tarde al embarcadero donde se encontraba atracada la lujosa lancha  de Noah Cruz, en la cual había pensado escapar de la acción de los tribunales. El perro guardián acababa de morder la mano que le daba de comer. Vargas, el secretario y guardaespaldas de Noah, al advertir que iba a ser abandonado por su jefe, le acababa de descerrajar todo el cargador de su pistola en el cuerpo. Cuando se iba detenido por los agentes observé a ambos lados de su cuello los bubones que delataban que la enfermedad lo había alcanzado a él también. Acurrucada en un rincón del embarcadero se encontraba Evelyn, con expresión de desamparo pero sin lágrimas en sus ojos.


Cuando todos se hubieron marchado, le ayudé a subir a la embarcación, me puse a su lado y solté las amarras. Vargas la había dejado vivir y yo no sabía si ella también había contraído la enfermedad ni cuanto tiempo de vida podría quedarle. Pero, quién vive siempre ?

 

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