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4 min
La Ciudad sin Palabras
Fantasía |
07.10.08
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Sinopsis

Este relato lo publiqué en tusrelatos.com hace más de un año y tras el ''problema'' que surgió con ciertos relatos me vi obligada a eliminarlo. En su momento recibió unas valoraciones que ahora no puedo rescatar, pero me decido a publicarlo de nuevo para compartirlo con todos vosotros.

Con la mano acariciando todavía la colilla humeante, me desprendí de mi angustiosa conciencia, de sus directrices y de sus ruidosas reflexiones.
Busqué un lugar que sujetara con mimo mi nuca y rogué al cielo inspiración para componer una nueva pieza. Conté diez estrellas, quince, veinte...
Los centelleantes astros se desvanecieron en la proyección de mi mente y con los ojos cerrados, descifré el lenguaje de Morfeo. Su irresistible oferta me sedujo, sucumbiendo a la tentación sin forcejeo alguno.
El ritmo de los latidos se intuía cada vez más aletargado y comencé un abrupto descenso hacia el subconsciente:

3, 2, 1...

3:
Decidí seguir el sendero delimitado por cipreses en la orilla del río. El paisaje se me antojaba atractivo a la par que turbio. Los estilizados testigos arbóreos de mi paseo, me señalaban con sifilíticas articulaciones de madera y follaje, y yo hacía ejercicios mentales para mantenerme sosegado.
Detuve la marcha en la inmensa puerta de acero y diamante ante mí, y golpeé dos veces con el puño cerrado.

La puerta se abrió dando paso a una extensa meseta, donde cinco ancianos de áureo rostro desfilaban sobre el perímetro de un círculo representado en el suelo. Cada uno de ellos portaba una vara con la que realizaba complicados ejercicios de habilidad y coordinación. Las túnicas que arrastraban en su incesante paso, mostraban que sus pies descalzos fluctuaban a un par de centímetros sobre la superficie.
Uno de ellos alzó la mirada tropezándose con mi inesperada presencia, giró de forma resuelta el bastón sobre su cocorote y me miró fijamente.
Tras aquellos grisáceos ojos de silueta almendrada, un destello me fascinó profundamente. Al instante, una irrefrenable necesidad de unirme a la curiosa meditación, me arrojó casi, hacia los inmutables viejos.

2:
Escuché los engranajes del cerrojo funcionando a mis espaldas, pero no viré el rumbo, no desvié la mirada...ni siquiera permaneció ese dato en mi mente, más tiempo del necesario para surgir y volatilizarse casi simultáneamente. Los incansables vejestorios continuaban con su frenética actividad y aproveché el trance para acompasar mis movimientos a la danza.
Me aventuré a buscar cualquier elemento visual que contuviera algún tipo de información, pero no hallé más que sus punzantes e inquietantes miradas. El que parecía más estricto con el ritual se paró en seco, dejando la vara flotar justo a su lado. Antes de darme cuenta, me encontraba justo en el centro del círculo.

1:
Decenas de imágenes fugaces iban y venían en mi disco duro, atolondrando tan torpes sentidos. Súbitamente, una compleja serie de extraños símbolos se plasmaron en la arenosa porción de terreno bajo mis pies y el anciano más sabio, mediante la telepatía, me exigió formular una combinación significante de mi pacífica misión en su casa.
Observé atentamente las caprichosas figuras allí expuestas, preguntándome de qué manera podría yo transcribir tal cuestión mediante dichas líneas y puntos. Fracasado el intento, mi cerebro imploró ayuda y piedad a los ancianos.
Éstos me rodeaban y manejaban sus bastones con destreza, mientras producían nuevos símbolos en la arena. Reían temiblemente sin apartar la vista de mi ridícula mueca de desesperación.

0...
No tuve más opción que abandonar tan caótico viaje, pues quizás mi subconsciente no se veía preparado para poder expresar los encriptados sentimientos que me embargaban.
Pero mi mente estaba cansada y su código se quedaba obsoleto para la inspiración. Solo me quedaba soñar, pues soñando me reunía con los sabios conocedores de LA PALABRA, aún a pesar de que noche tras noche fallaba en mi intento de combinar aquellos símbolos.

Mi vida se quedaba vacía, estática, inerte, en su muda reflexión. Sin palabras, mi alma acongojada proyectaba nuevas imágenes en mi cerebro. Las lágrimas que rodaban mejilla abajo, se evaporaban al no hallar mecanismo para transcribir su lamento.
La inspiración se marchitaba por el peso de tantas ideas brillantes que morían asfixiadas nada más ser fecundadas.

Escalofrío.

Abrí los ojos nuevamente.
Me levanté y comencé a perderme en la lejanía, al tanto que rezaba por llegar a ser, algún día, un sabio en La Ciudad sin Palabras.


" A todos aquellos que ansían al igual que yo, la magia de las palabras"
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