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16 min
La clínica del dr. Baermann: Los traficantes de órganos
Terror |
23.10.20
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Sinopsis

En las afueras de Düsseldorf hay una pequeña clínica dirigida por un hombre llamado Baermann. En esta clínica, según dicen, ocurren cosas... extrañas.

9 de septiembre de 1932.

El vestíbulo de la clínica del dr. Baermann estaba lleno de médicos, enfermeras y celadores; una visión poco habitual, pues rara vez se reunía todo el personal. El director encabezaba la comitiva y ya estaba terminando su discurso.

—…así pues, dejándome de rodeos, es mejor que lo diga de una vez: gracias por estos 35 años de servicio, doctor Richter. Esta clínica quedará huérfana sin el médico que más tiempo lleva aquí. Le prometo que las nuevas generaciones sabremos cuidar de este lugar mientras usted disfruta de su jubilación.

Todo el personal irrumpió en aplausos. El dr. Richter, un hombre bajito e inquieto cuyo pelo ya era blanco, miraba de un lado a otro con gestos de agradecimiento, visiblemente emocionado.

—Le hemos comprado esto…

—Oh, no hacía falta, por Dios, no hacía falta.

Baermann le entregó un reloj de plata y los aplausos, gestos de emoción y apretones de mano se alargaron durante unos minutos más. Cumplido el ritual, finalmente, Richter se marchó acompañado por Ehrlich, que, siendo el único bedel en aquel momento, se había ofrecido a llevarle las maletas hasta el coche que le esperaba fuera de los terrenos de la clínica.

El director miró cómo se alejaban. Probablemente eso suponía una molestia menos. Richter estaba en la clínica desde antes que él y nunca había visto con muy buenos ojos los experimentos que se realizaban allí, si bien era lo bastante inteligente como para mantener la boca cerrada y hacer notar que seguiría haciéndolo. Un doctor bastante reticente a ensuciarse las manos, pero que tampoco delataría a quienes se las ensuciaban. Tenía cierta utilidad para atender a los pacientes con los que no se experimentaba, y por eso Baermann había querido mantenerlo; pero ahora, con el recién contratado Kleiber, tenía una plantilla sobrada para realizar tanto las intervenciones éticas como las menos éticas. Siete doctores –incluyéndose a sí mismo- bastaban de sobra para una clínica que muy rara vez llegaba a tener una veintena de pacientes al mismo tiempo. Precisamente en ese momento se le acercó el dr. Meyer, interrumpiendo sus reflexiones con el mismo tema.

—Sobre lo que habíamos hablado, doctor Baermann—dijo—, creo que es muy claro que el personal médico cubre perfectamente la actividad de la clínica. Podría ser útil contratar una secretaria, pero entre la srta. Becher y la srta. Müller ya llevan  el archivo muy bien, la verdad. Creo que lo que sí hace falta…

—…es otro celador, después de que falleciera el pobre Wiegand—terminó Baermann—. Lo tenía en mente desde hace unas semanas, pero gracias por tu opinión de todos modos. Es bueno ver que estás de acuerdo. Te alegrará saber que ya tengo un candidato, y mañana mismo le entrevistaré.

—Oh. Sí, son buenas noticias.

 

10 de septiembre de 1932.

—Adelante, caballeros.

Tres hombres entraron en el despacho del dr. Baermann, dándole la mano sucesivamente. El director de la clínica caminó, ayudándose del bastón, hasta detrás de su escritorio, al tiempo que invitaba con un gesto a los hombres a sentarse en las tres sillas dispuestas para ello.

—Bueno, ya hemos hablado por teléfono—empezó uno de ellos. Era un hombre de unos 45 años, pelo rubio que empezaba a encanecer, gesto serio—. Yo soy Hemmer; él es mi socio, Klausen, y él es Lustig.

Señaló sucesivamente a un hombre algo más joven que él, muy delgado, con una cicatriz de un corte en la mejilla y pelo castaño algo más largo de lo socialmente aceptable, cubierto por un sombrero que tampoco se había quitado al entrar en la clínica; y a un hombre ya más joven que los otros dos, corpulento, con pelo rapado al uno.

—Bien. ¿Desean tomar algo, o pasamos directamente a los negocios?

—Pasemos a los negocios. Tiene usted una clínica muy acogedora. Pequeña, pero parece eficaz.

—Sí, es muy moderna. Realizamos cirugías bastante innovadoras y siempre contamos con los últimos avances.

—Ya veo. ¿Es usted el dueño, o sólo el director?

—A efectos prácticos, sí. La clínica pertenece a la Fundación Rosenzweig. Como, lamentablemente, toda la familia Rosenzweig murió en un trágico incidente, la fundación desde entonces ha seguido una corriente muy laissez-faire. El director actúa como dueño a todos los efectos y designa a su sucesor. Cuando yo llegué a la clínica, el dr. Furtwängler  era su director, y tras su muerte en 1927, le sucedí en el cargo. Si yo muriera, el dr. Friedman heredaría mi cargo, cosa que no será en absoluto necesaria hasta dentro de mucho tiempo, pues, dejando aparte el problema de mi cadera, gozo de una excelente salud.

—Y que siga así, dr. Baermann—intervino Klausen. La cicatriz de su mejilla se deformó al sonreír—. Y que siga así.

—Volvamos entonces a esas cirugías innovadoras que realizan aquí—apuntó Hemmer—. ¿Qué me puede decir de los trasplantes…? Como ya sabrá, es uno de los campos de interés de nuestro negocio juntos.

—Hemos realizado sucesivos trasplantes de piel, tejido muscular y córnea con notable éxito. Estamos a la vanguardia en otros tipos de trasplantes y pronto esperamos conseguir adecuadamente trasplantes de riñón y de médula ósea, que serían pioneros en el mundo.

—Interesante. ¿Cree que pueden lograrlo?

—El trasplante de riñón es casi una realidad. Yo mismo repliqué con éxito el experimento de Ullman antes incluso de trabajar en esta clínica: extirpé el riñón a un perro para después implantarlo en los vasos de su propio cuello, produciendo orina con éxito. Resulta una imagen impresionante ver al animal corriendo y ladrando con el riñón colgando de su cuello, se lo aseguro. Estoy interesado en probar este mismo experimento con humanos, y creo que podremos hacerlo y que el sujeto viva varios días más sin ningún problema.

—Ya veo. De modo que los trasplantes de estos órganos son complicados…

—Oh, sí. Y, por desgracia, a veces las restricciones legales y la moral puritana nos impiden avanzar en lo que podrían ser importantes desarrollos. Ahí es donde entra en juego nuestro negocio.

—Efectivamente. Porque los trasplantes de piel y músculo son relativamente sencillos…

—Sí, sin duda. No hay forma de fracasar en algo así.

—Conocí a un tipo al que le volaron la cara en la Gran Guerra—intervino de nuevo Klausen—. El pobre desgraciado perdió la nariz, un trozo de mandíbula y todo el labio superior. Era un cabrón escalofriante, se lo aseguro: parecía la misma Muerte, al tener siempre los dientes al descubierto. Así es como le llamaban, la Muerte. Después le hicieron un trasplante y le dejaron bastante arreglado… dentro de lo que cabe, claro.

Hemmer miró con tedio a su socio, cansado de escuchar por centésima vez aquella anécdota, que surgía tanto si hablaban de trasplantes como si hablaban de la muerte, de la guerra, de heridas graves , de hombres con poco éxito entre las mujeres y un largo etcétera. Decidió ir al grano.

—Bien, entonces dejemos claro el trato: intercambiaremos órganos para beneficio mutuo y de otros cirujanos interesados en el tema con quienes nosotros estamos en contacto. Usted nos ofrece piel, músculo, cartílago, córnea… los trasplantes más comunes. Nosotros le ofrecemos riñones, médula ósea, pulmones y otros órganos. Así se aprovechará todo el cuerpo tanto de sus donantes como de los de los otros hospitales con los que nosotros mediaremos.

—Bien. ¿Y lo del celador…?

—Afortunadamente, Lustig sigue permaneciendo anónimo, así como su nombre. Sin embargo, es cierto que en cierta operación que llevamos a cabo en Berlín varios testigos llegaron a ver su rostro. Por eso creemos que estará más seguro aquí y usted también puede sacar provecho de ello.

—No tendrá ningún problema conmigo, doctor Baermann—habló Lustig por primera vez—. Trabajaré como cualquier otro celador, simplemente necesito un alojamiento y un trabajo lejos de Berlín.

—Tal vez una cirugía facial también ayudaría—propuso el director—. Con cambiar un poco la forma de la nariz ya eliminaríamos por completo todo riesgo, y es una operación bastante sencilla. Pero bueno, hablaremos de los detalles más tarde. ¿Hay algo más que quieran comentarme?

—Sólo tenga en cuenta que la duración del intercambio de órganos no puede extenderse más de unos meses para no levantar sospechas. También podríamos realizar una donación a la Fundación Rosenzweig… como incentivo para que usted acepte el trato.

—Delo por hecho entonces.

Baermann y Hemmer se estrecharon nuevamente la mano.

 

Ciudad de Düsseldorf, a orillas del Rin. 17 de septiembre de 1932.

Baermann entró en uno de los almacenes del puerto. Estaba prácticamente sumido en la oscuridad, la trémula luz del único farol colgado en el exterior no llegaba dentro. Sin embargo, tras unas cajas y a la luz de una ventana, Baermann creyó divisar algo, al tiempo que oyó el ruido de cajas moviéndose.

—Soy yo—dijo en voz alta el director de la clínica—. Traigo el último.

Efectivamente, Baermann portaba un maletín. Con su traje, bastón, gafas y una barba que empezaba a encanecer daba impresión de ser un respetable médico, que es casi que lo era; pero nadie habría podido predecir que en el maletín llevaba en una pequeña caja un par de dedos amputados para venderlos ilegalmente.

Tras las cajas asomó Klausen, empacando los últimos órganos para enviar por barco.

—Bien, bien. Déjelo ahí, dr. Baermann.

—Perfecto. Respecto al pago…

—No habrá ningún pago.

—¿Perdón?

Klausen aferró la palanca que reposaba allí para abrir las cajas de madera y, en un abrir y cerrar de ojos, golpeó fuertemente en la cara a Baermann, tirándole al suelo con un gemido de dolor.

—Ha habido un cambio de planes. Creo que tengo un negocio mejor que hacer.

—Mi bastón…—murmuró Baermann arrastrándose. Uno de los cristales de sus gafas estaba totalmente roto y la sangre resbalaba por su sien.

—Ya no lo necesitará, doctor.

El criminal arrastró sin problemas a un médico en mala forma física, mayor que él y con sus evidentes problemas en la cadera hasta la cámara frigorífica que usaban para almacenar los órganos. Le arrojó allí y cerró por fuera.

Baermann jadeó, expulsando vapor. Con el frío, el golpe de la palanca dolía más. Su cara se estaba hinchando. Pero ése no era el principal problema: en cuestión de dos horas, como mucho, sufriría una hipotermia. Poco después estaría muerto, y nadie de la clínica sabía que estaba allí.

 

18 de septiembre de 1932.

Pasaba la medianoche en la pequeña ciudad de Paderborn y Hemmer continuaba haciendo papeleo. En el mundo del crimen también era necesaria la burocracia, al fin y al cabo. Y, aunque se suponía que ya tenía que haber acabado, Hemmer era un hombre metódico al que le gustaba repasar todo una y otra vez. Gracias a eso nunca había sido descubierto por la policía, y gracias a eso, aquella noche encontró unos documentos que le sorprendieron en una carpeta que ya no se suponía que tuviera que volver a revisar.

Se quedó un rato mirándolos intentando asimilar lo que implicaban. Allí había contactos y transferencias de dinero que no le sonaban de nada. No tardó en asimilar que Klausen les había traicionado. Y aquella noche se reunía con Baermann, lo que sólo podía implicar dos opciones: o bien Klausen y Baermann estaban compinchados para traicionarles a Lustig y a él, o bien Klausen mataría a Baermann para no dejar pruebas de su traición.

Hemmer continuó razonando. Baermann tenía una clínica allí cerca, que le reportaba la mayoría de sus beneficios. Mientras que para Klausen toda la operación de intercambio de órganos suponía una suma de dinero a la que no estaba ni remotamente acostumbrado, Baermann podría ganar esa cantidad en apenas unos meses. No tenía sentido que se buscase dos enemigos mortales. Por tanto, la opción correcta era la segunda: Klausen había planeado en secreto vender todos los órganos –de las dos partes- a otros compradores, quedarse el dinero y desaparecer con todo, y mataría a Baermann porque éste sería necesariamente un testigo, al acudir al almacén por el que Klausen tenía que pasar de todos modos.

El criminal descolgó rápidamente el teléfono y dio instrucciones rápidas a la telefonista. La voz de Lustig sonó al otro lado de la línea.

—¿Sí?

—Lustig. Soy Hemmer. Klausen nos ha traicionado y se va a ir con todo. Tienes que llegar al almacén antes de que se vaya. Rápido y haz lo que tengas que hacer. Mañana te lo explicaré todo.

Hemmer colgó y cruzó los dedos. Al otro lado de la línea, Lustig tardó unos segundos en reaccionar y, finalmente, se puso los zapatos a toda prisa, salió a la calle y subió a su Mercedes-Benz Mannheim W10 de un salto.

 

Baermann siempre había razonado que el calor era un indicativo de vida. Todos los seres vivos necesitaban calor y lo emanaban, y, cuando morían, volvían a quedarse fríos. Por eso él siempre había pensado que, de haber un Infierno, no consistiría en lagos de azufre y llamas, sino en una inmensidad vacía y fría, un frío que te penetrase hasta los huesos. Encerrado en aquella cámara frigorífica, esa idea le parecía más convincente que nunca.

Las horas pasaban lentas. Había pasado de medianoche, pero sabía por los ruidos que Klausen seguía allí. Cuando él había llegado, tenía trabajo para varias horas. Eso no jugaba precisamente a favor de Baermann: mientras Klausen estuviera allí, probablemente nadie acudiría a rescatarle.

Baermann tardó varios segundos más en darse cuenta de que daba igual que Klausen estuviera allí o no: nadie acudiría a rescatarle, porque nadie sabía dónde estaba. En la clínica se había limitado a decir que iba a cerrar un trato comercial con el futuro celador. El frío empezaba a embotar su cerebro, y no podía pensar con claridad.

Todo su cuerpo estaba temblando; su piel, adormecida. Como médico, Baermann sabía que primero perdería las extremidades, cuando el riego sanguíneo no pudiera suministrarlas suficiente calor. Pronto vendría la pérdida completa de memoria, que ya estaba empezando a experimentar parcialmente. Después dejaría de temblar, dejaría de notar el frío y probablemente comenzaría a tener alucinaciones. Moriría poco después. Al menos su cuerpo se conservaría bien.

Aturdido, Baermann oyó cómo se abría la puerta de la cámara frigorífica. Una voz preguntaba por él, pero el doctor no reaccionó. Ni siquiera cuando la figura de Lustig apareció ante él se dio cuenta de lo que pasaba, hasta que el futuro celador le levantó y le sacó a rastras.

Ya saliendo de la cámara, Baermann empezó a reaccionar. Tenía cierta hipotermia, estaba recubierto de escarcha, pero estaba vivo. Se recuperaría. ¿Qué hacía allí Lustig? Todavía no conseguía encajar las piezas en su cerebro entumecido, pero le había rescatado. Le había salvado la vida.

—Mi… bastón…—balbuceó Baermann.

—No se preocupe ahora por su bastón, doctor. Vamos, tenemos que salir de aquí y encontrar a Klausen.

El rostro de Baermann era un poema: aturdido, confundido, indefenso, con las gafas rotas y sangre congelada manchando todo el lado izquierdo de su cara.

—No… mi bastón…

No pudiendo andar, ya no sólo por sus lesiones permanentes en la cadera sino por el entumecimiento de sus músculos, cayó al suelo de nuevo. Intentó arrastrarse hacia el bastón.

—Joder, vamos…—murmuró Lustig.

Entonces, un golpe seco en la cabeza derribó a Lustig. El criminal cayó al suelo, inconsciente al momento. Klausen había vuelto con la palanca, y un golpe a traición por la espalda había bastado para derribar a su ex socio. Baermann, arrastrándose por el suelo, acababa de aferrar su bastón. Sus músculos apenas reaccionaban.

—No se preocupe, doctor—dijo Klausen—. Ahora mismo me ocupo de usted. Deme unos segundos…

El traidor dio la espalda a Baermann y alzó de nuevo la palanca de hierro, dispuesto a rematar a Lustig con un golpe que haría pedazos su cráneo. Pero el doctor fue más rápido. Con un giro de muñeca, desenroscó la empuñadura de su bastón, desvelando una fina hoja de acero de casi quince centímetros que había permanecido oculta dentro del bastón hueco. Con otro movimiento calculado, la hoja atravesó la espalda de Klausen a la altura del pulmón derecho. El traidor tosió algo de sangre al tiempo que recibía una segunda puñalada.

 

Lustig despertó aproximadamente un cuarto de hora después.

—Bienvenido de nuevo, Lustig—dijo Baermann—. Debo agradecerle que me haya salvado la vida; me alegro de haber podido devolverle el favor.

El futuro celador se giró, aún aturdido. Klausen estaba muerto en el suelo, había mucha sangre.

—He decidido aprovechar este espacio de tiempo en el que se recuperaba para recolectar algunos órganos más y poder mejorar nuestro trato.

El criminal se fijó en que Klausen estaba desnudo y había sido diseccionado prácticamente en su totalidad. Baermann iba y venía hacia las cajas  con órganos. Su rostro aún estaba manchado de sangre, sus gafas rotas, pero ahora esgrimía una sonrisa diabólica. Llevaba la camisa empapada de sangre hasta los codos, ésa ya no era suya; en las manos sostenía el hígado de Klausen. Lustig también sonrió. Parece ser que su nuevo jefe iba a ser un cabronazo mucho más eficaz de lo que le había parecido en un principio.

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