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8 min
La comezón
Terror |
26.01.15
  • 5
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  • 1206
Sinopsis

Una vez estuve sentado por más de una hora en una presentación, una enorme comezón empezó a recorrer mi cuerpo, entre más rascaba, más intensa se hacía. No podía salir, ni al baño, no podía evitar sentir miles de pequeñas patas en todo mi cuerpo. Cuando finalmente pude salir...el placer fue enorme. Por suerte, en aquel momento de locura, no encontré nada filoso, sino, no sé que hubiera pasado.

Samuel no podía pensar en nada más, sus ojos miraban a todos lados, todos se veían tan tranquilos, sentados sobre sus enormes traseros en sus sillas giratorias, mirándo con atención hacia el frente.

   "Necesitamos buscar nuevas ideas para vender Solex, no podemos perder esta cuenta, ya hemos perdido..."

La voz de se alejaba más y más, Samuel parecía estar yéndose en un túnel, alejándose de todos, parecía que un cuchillo atravesaba su pecho, no sabía si sudaba o no, no parecía que nadie lo notara de todas formas. Todos estaban concentrados en lo que el señor Robinson decía, todos querían parecer interesados.

Samuel no podía enfocarse, a su cerebro no le interesaba vender el producto, no le importaba nada más que la maldita comezón, los malditos ciempiéses.
Podía sentirlos en todo su cuerpo, arrastrándose con sus cientas de diminutas patas. El problema era que nadie podía verlos, pero estaban ahí, él lo sabía. Sus pies se retorcían bajo la mesa, sus dedos se enredaban entre sí, sus fosas nasales se expandían una y otra vez. Samuel no quería moverse, no quería hacer nada, la comezón empeoraba cada minuto. Había rascado su brazo una y otra vez ya, su piel seca se había enrojecido. Samuel se detuvo cuando notó que alguien lo miraba, sonrió levemente y aquel hombre volvió a enfocarse en la presentación

Samuel había rascado su cabeza, su cuello, su espalda, tratando de disimular, pero en aquel salón, el sonido de sus uñas rasgando su piel parecía hacer eco. "Oh por favor, acaba de una vez" pensaba una y otra vez. Pero ¿cuánto tiempo había pasado?, observó su reloj: 3:15 pm. Quince minutos habían pasado, quince minutos de una sesión de una hora. Los ciempiéses seguían caminando.

Entre más rascaba, más intensa se hacía la comezón, había rascado brevemente su entrepierna, pero ahora sentía que todo ahí abajo estaba envuelto en llamas, había rascado su mano izquierda frotándola con un tornillo suelto de la silla, el placer había sido inmenso, pero el tornillo hacía un ruido demasiado fuerte. Así que con tristeza lo dejó en paz.

  "Por favor...déjenme en paz" su pecho dolía, su cerebro ardía ante la necesidad de eliminar aquella molestia, ¿por qué simplemente no me levanto y voy al baño", eso estaría bien, si tan sólo tuviera un momento a solas, rascaría su piel hasta sangrar. Oooh eso estaría bien.
El problema era que, justo antes de empezar, el señor Robinson había pedido que todos fueran al baño, no quería ninguna interrupción. Unos cuantos se habían levantado, Samuel no, "sólo una hora" pensó, además no tengo ganas, pensó. Maldita sea, maldita maldita sea.

  "Y si miran la gráfica observarán como las ventas han disminuido..."
3:25, tres y veinticindo...treinta y cinco minutos más.
Samuel llevó su mano a su cuello, dio pequeños pellizcos a su piel, nuevamente su cerebro se llenó de placer, podía sentir la piel entre sus uñas, gracias a Dios las tenía un poco largas, podía sentir las pequeñas cortadas que causaban. Bajo sus brazos y empezó a pellizcar sus dedos, ooh el placer...

Los ciempiéses seguían arrastrándose por todo su cuerpo, con la suela de su zapato había rascado su pierna izquierda, el cuero lo había quemado, pero el placer...todo por el placer.

  "A ver, ¿alguien tiene alguna sugerencia?" dijo el señor Robinson.
"No a mí, no a mí" pensó Samuel, su garganta estaba reseca, sus labios estaban unidos como por pegamento, no sabía si sudaba, pero su rostro ardía. "Tú" dijo el señor Robinson, Samuel sintió otro cuchillo en su pecho.
  "Si, usted, eem, Pamela, ¿cierto?"
"Si, eem, pues la verdad creo que si queremos vender el producto..."

Samuel, sintió un enorme alivio, un breve respiro de su infierno. Pero entonces lo ciempiéses volvieron a marchar sobre él.
Millones de patas, docenas de bichos caminando sin dirección alguna, dos en su cuello, tres bajando por su pierna derecha, siete rodeando su espalda. Uno por aquí, otros tres por allá.

Samuel pensó que su corazón estallaría en cualquier momento, su presión arterial debía ser increíblemente alta, había dejado de respirar, el poco oxígeno que entraba en sus pulmones causaba que el cuchillo se hundiera más y más en su pecho, su piel estaba en llamas, cada centímetro, cada dedo en sus manos y pies, sus orejas, su cabeza parecía ser un nido de insectos, enredándose en su cabello. Eran las 3:50, ya casi.

Samuel no podía moverse, entre más rascaba, más bichos aparecían, había pellizcado sus brazos hasta que sangre había brotado de las pequeñas cortadas, se sentía tan bien, pero ya había llamada la atención varias veces.
Su cuerpo estaba rígido en la silla, la ropa parecía estar llena de espinas, clavándose por todos lados. Su mente estaba por romperse.

  "Bueno, creo que el tiempo que agendamos no será suficiente, si bien tenemos varias buenas ideas, aún tenemos que determinar cómo presentaremos el producto a nuestros..."
Samuel sintió como sus entrañas caían hasta el fondo, ¿no es suficiente?, ¿NO ES SUFICIENTE? ¿¡CÓMO QUE NO ES SUFICIENTE!?, su sangre hervía, apretó sus dientes hasta el punto de casi quebrarlos.

  "Así que, descansemos unos minutos, tal vez debamos estar aquí hasta las cinco, vayan almuercen algo rápido, los veo a las..."

Samuel no escuchó nada más, al instante en que vio que los demás se levantaban, él hizo lo mismo, lo mas casual que pudo.
El pasillo estaba vacío, gracias al cielo, debía ir al baño, sus manos ya recorrían su cuello, su mente se llenó de imágenes de objetos filosos, clavos, navajas, cristal. Cada uno de ellos cortando y rasgando, piel abierta, piel roja y sangrante. Divino.

  "No, no poor favooor noooo, esto no puede seer. ¡NOOOO!"
Sus manos movían la perilla, pero la puerta no se abría, sus ojos colorados y llorosos vieron aquel letrero "CERRADO, NO FUNCIONA :(, LO SENTIMOS :("

Sus manos temblaban sin control, Samuel empezó a llorar tirándose al suelo.
Entonces vio la puerta, aquella hermosa puerta. "ARMARIO DEL CONSERJE" leía, no hay ninguna carita triste, pensó, maldito el que las creó, pensó Samuel.

A Samuel no le importaba nada más, había estado en esa habitación un buen tiempo, se preguntarán en dónde estoy, pensó mientras pasaba sus uñas por todo su cuerpo desnudo, se había arrancado la ropa, no hubo tiempo para los botones, las puntas de sus dedos ya estaban adoloridas, se había rascado de manera orgásmica todo ese tiempo, pero los malditos ciempiéses seguían escurriéndose por su piel.
Entonces vio la cuchilla, la hermosa y oxidada cuchilla con su mango amarillo, la tomó y empujó el botón, la cuchilla pasó de sobresalir unos milímetros, hasta llegar a los tres centímetros. Samuel sonreía mientras sudor caía entre sus ojos, su cabello enmarañado y su piel roja e inflamada. Puso su dedo en la punta y vio una gota de sangre deslizarce por la cuchilla, filosa, pensó. Perfecta, pensó.


  "Quién está ahí"
Nada.
  "Ábra la puerta, sé que está ahí, llamaremos a la policía..."
Nada.
  "Oiga, salga por favor..."
"Señorita, llame a la policía por favor"

Samuel escuchó los tacones resonar en el suelo del pasillo ahí afuera, él se sentía tan cómodo en aquel estrecho armario. Observó sus piernas retorcidas, se fijó en la piel y nervios que colgaban de sus muslos, miró la sangre que aún escurría, había cortado demasiados tendones, sus pies ahora eran pálidos y marchitos. Miró con fascinación como el hueso de su rodilla se distinguía de entre la carne y y piel mutilada. Samuel sonreía.
Miró su pecho bañado en sangre, la comezón se había calmado, vio las lineas de piel abierta que bajaban hasta su entrepierna, su ombligo cercenado (había metido la punta de la cuchilla y la había girado como un destornillador), miró su brazo izquierdo, los dedos de su mano se movían moribundos. (Había cortado su antebrazo hasta dejarlo como papel de regalo rasgado por las manos de un niño emocionado) Oh cuanto placer...

Samuel no podía pensar en nada más, los golpes a la puerta parecían venir de algún lugar lejano, un lugar en donde su mente no estaba, él estaba en otro lugar, un lugar lleno de ciempiéses, enormes y escurridizos bichos.
Y cuando uno de esos enormes bichos empezó a subir nuevamente por su cuello, Samuel tomó la retorcida y ensangrentada cuchilla, sonrió mostrando todos sus dientes, inclinó su cabeza como lo hacía en las mañanas para afeitarse, y empezó a cortar.

 

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