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6 min
La corriente nos lleva - Zurrapa (2)
Suspense |
02.12.14
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Sinopsis

Segunda parte de Zurrapa

La corriente nos lleva 

Me pregunté qué sería de aquél ermitaño que estaba retirado del mundo purgando las faltas cometidas en su vida. Había pasado con él todo el día, no se cansaba de explicarme sus fechorías, no lo hacía como si estuviera arrepentido, sino como si no fuera con él, como si hablara de otra persona, con la que quizás en tiempos se sintió identificada, pero ahora, pasados los años, ya hubiera perdido el vínculo que le había unido a ese otro ser que llevaba dentro y del que nunca antes había podido deshacerse. 

El tiempo que pasó en soledad le hizo desprenderse de esa otra mitad que habitaba dentro de su ser, su parte buena venció, a costa de sacrificarla, a su parte mala. Le dije que no estaba todo perdido, que el mundo seguía girando, independientemente de si él estuviera o no. El mundo es cruel, nos arrastra lo queramos o no, nos lleva su torrente consigo y nada podemos hacer, salvo dejarnos llevar por esa corriente, e intentar, mientras tanto, desprendernos de ese otro ser perverso que vive, lo queramos o no, dentro nuestro, ese ser que nos invade y se apodera de nuestras vidas. 

El ermitaño había vencido a ese otro ser, a Pedro Zurrapa, a ese personaje engreído y prepotente que quizás un día en un bar de mala muerte, o de bien vestir, se había apoderado de su alma y había decidido que su cuerpo lo obedeciera, y por más que Pedro quisiera luchar, Zurrapa lo dominaba. 

Fue una conversación larga, no soy psicólogo y no he estudiado cómo se comporta la mente, pero he aprendido de la vida cómo se comporta la gente, aunque en ocasiones entenderlo me ha costado la misma vida. No sería la primera vez que algo me lleva al borde de un precipicio con la intención de dejarme caer, y justo en ese instante he comprendido que no han sido mis pies los que me han llevado, entonces, una vez consciente de ello, he dado la vuelta sobre mis propios pasos y me he alejado. 

Fui al lugar donde encontré al ermitaño, tenía la sensación que no lo iba a encontrar, que se había ido, y así fue, cuando llegué a aquella cabaña que había estado apenas hacía unas semanas, estaba abandonada, no había signos de presencia, sólo aquellos mismos gatos del infierno merodeando. Imaginé que había dado por purgados los pecados y habría desterrado a Zurrapa para siempre, y que habría regresado a su mundo de día, aquél en el que solo era Pedro, y sin saber porqué, me dispuse a encontrarlo. 

Hice memoria por recordar algún detalle que me llevara a la mercería de la que me habló, a primera vista no recordaba nada, así que me senté en aquella silla de anea, apoyé los codos en las rodillas y sobre las palmas de las manos dejé caer la cabeza, y me pregunté dónde estaría, sólo recordaba que me dijo que era en esta misma ciudad, pero no recordaba ningún detalle más, cerré los ojos y pensé por dónde debía empezar a buscar, me puse mentalmente sobre un plano de la ciudad e imaginé los barrios, descarté unos, no sé porqué, y suponer que en otros sí podría ser. Cuando no sé qué hacer, me dejo llevar por la intuición, en el subconsciente quedan retenidos detalles que pasan desapercibidos a la conciencia, sólo hay que concentrarse y dejarse llevar, en muchas ocasiones te muestra la solución. 

No me dijo el nombre de la mercería, sólo sabía que se llamaba Pedro y que hacía entre diez y doce años que había cerrado. Puede parecer una tarea difícil para una gran ciudad, pero no lo es tanto, basta con tener constancia y pensar bien los pasos que se van a dar. Así, de regreso a casa, me pareció absurdo buscar mercerías en Google, no sería ninguna de las que allí viniera, hace diez o doce años apenas existía nada en Internet y menos una pequeña mercería de barrio. Estuve mirando, sin embargo, el plano de la ciudad, es una ciudad enorme, pero la intuición me decía que debía estar por el centro, en uno de esos barrios que parecen pueblos. 

Al día siguiente me acerqué al centro, parece absurdo, pero le pregunté a una señora mayor que me dio la sensación podría ser del barrio, si recordaba una mercería que había cerrado hacía unos diez o doce años y que el dependiente se llamaba Pedro. La señora se paró a pensar un momento, después del cual dijo “no hijo, no lo recuerdo”, no caí en el desanimo, al contrario, me dio ánimos para seguir buscando. Pregunté a varias señoras más que me parecieron de las mismas características, pero todas me dijeron que no recordaban, supuse que no estaría por allí. 

Durante varios días repetí en otros, hasta que una señora dijo, “sí, la mercería de Pedro, la ha abierto otra vez”. “No me diga, y ¿sabría decirme donde está?”, la señora me indicó por aquellas calles antiguas, seguí sus indicaciones y la encontré. 

El letrero ponía “Mercería Pedro” y unos ovillos de lana pintados, me hizo una ilusión enorme encontrarla, me acerqué a la puerta, miré a través del cristal y allí estaba Pedro despachando a una mujer, había afeitado aquella barba de tanto tiempo, había cambiado su aspecto, era el Pedro que debía ser, estuve por entrar y saludarlo, pero pensé que mejor no, no quería disturbarlo. 

Me fui a casa, pero por la tarde me pregunté si realmente habría cambiado su vida, decidido a averiguarlo me fui a la tienda y desde la esquina esperé a que cerrara, después le seguí hasta que entró en su casa, y me quedé esperando a una distancia prudencial para que no me viera, sobre las diez lo vi salir, había cambiado su indumentaria, era él, pero parecía otra persona, lo seguí, y después de varios minutos tras él, lo vi entrar en un local, de lejos me pareció un bar de mala muerte, y cuando me aproximé comprobé que lo era, entré, me fui a la barra y pedí una cerveza. Allí estaba Pedro Zurrapa sentándose en una mesa con cuatro tipos a los que no me acercaría ni para pedir un vaso de agua tras atravesar un desierto. 

Pobre Pedro, de nada le sirvió el tiempo de penitencia, allí seguía, ocupando su ser, Zurrapa. Apuré mi cerveza y volví a casa profundamente decepcionado.

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