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4 min
La criatura
Terror |
09.09.15
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Sinopsis

Dos espeleólogos se pierden en las profundidades al explorar una cueva. Uno de ellos correrá peor suerte. Tal vez podría ser el Ebu Gogo indonesio de Flores.

Determinó que no cabía dar marcha atrás aún a riesgo de perder un hipotético contacto con el exterior que veía cada vez más lejano desde que dejó a su inerte compañero tan solo unos metros más atrás. Y no dejaba de descartar de su mente la posibilidad, certera cada minuto que pasaba, de acabar sus días allí dentro, por lo que recorrería aquel estrecho pasadizo, reptando, arañándose con los filos cortantes de las traicioneras cuchillas rocosas, pero con una inquietud creciente ante lo que pudiera encontrarse al otro lado. Tal vez el camino hacia la salida. Hacia una abertura alternativa, ignota, la vuelta a la vida.

 

Pocas provisiones le quedaban, aunque el lamentable hecho acaecido le procuraba una ventaja, ya que podía disponer de las raciones adicionales que, en otro caso, hubiera tenido que compartir. Pero ¿tendría suficiente? Se ajustó su casco y se introdujo en el túnel para no demorar un segundo su inspección de la posible vía de escape. El silencio era sepulcral, lo cual incrementaba sus temores. ¡Cuánto deseaba oír aunque solo fuera un chasquido! Algo que tuviera vida y que le diera esperanza de encontrarse cerca de la salvación.

 

Soportó estóicamente los cortes producidos por las formaciones calcáreas. Sangraba, pero no le quedaba otra que continuar. Atrás estaba condenado a morir junto a su compañero. Dos cadáveres encontrados en una sima no era la noticia que debía aparecer en los periódicos del día siguiente. Siguió recorriendo el túnel. Las formaciones calcáreas quedaron atrás y ahora solo deseaba que aquel ya largo pasillo no llegara a estrecharse tanto que le impidiera el paso y tuviera, necesariamente, que retroceder lo recorrido. Unos metros después, el pasadizo se ensanchaba y se detuvo para curar sus heridas. Sus oídos alerta solo escuchaban sus movimientos para sanear y vendar los cortes.

 

El mayor espacio del que podía disponer le permitió moverse gateando, lo cual agradeció tras los numerosos metros recorridos serpenteando. Más tarde salió a un recinto abierto y escudriñó milimétricamente el espacio a su alrededor intentando encontrar una nueva vía. Sí, algo más allá parecía abrirse un agujero por el que tendría que descender, lo cual no le planteaba ningún problema. Podría sujetar la cuerda en una roca y efectuar el descenso. Era la única salida. Entonces oyó algo. Un sonido ronco, como salido de unos pulmones.

¡¿QUIÉN ANDA AHÍ?! gritó, aproximándose a la boca del pozo.

 

No obtuvo respuesta. Fugazmente pasó por su mente la idea de que fuera otro espeleólogo. Imposible, se dijo. Habrían tenido noticias de su desaparición. La curiosidad pudo más que el miedo a lo desconocido y, una vez sujeta la cuerda, comenzó a bajar por aquel nuevo túnel. Era muy corto. Calculó que unos cinco o seis metros y se encontró ahora en una amplia zona y varias posibles salidas. Aquello pintaba bien. Pero volvió a oír la respiración. La oscuridad lo envolvía todo a excepción de donde él mismo iba dirigiendo su vista, gracias a la linterna de su casco. Aunque más que guiarse por la luz lo hacía por el oído.

 

A su espalda, y se iba acercando. Sus miembros quedaron paralizados.

 

Se volvió lentamente. Tan asustado como él podía estar la criatura, y tensó sus músculos para saltar a un lado evitando el previsible ataque inicial al encontrarse frente a frente. Un engendro peludo apareció a sus ojos, los mismos que abrió desmesuradamente intentando comprender ante qué se encontraba. El animal estaba agazapado y gruñó con el fogonazo de luz del casco, pero curiosamente no atacó. Quizá el miedo pudo más que su valor. Con lentos movimientos y sin dejar de mirar se irguió sobre sus dos patas traseras. Entonces fue cuando pudo determinar que se trataba de un crio, ¡un humano! ¿Cómo había llegado hasta ahí? ¿Cómo pudo sobrevivir? Las respuestas a estas preguntas le daban también respuesta a su interrogante de si sería capaz de salir de allí. El chico comería animales o bayas silvestres que conseguiría saliendo de la cueva.

 

Solo había que esperar a que tuviese hambre y seguirlo.

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