cerrar

Esta web utiliza cookies

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarte publicidad relacionada con tus preferencias mediante el análisis de tus hábitos de navegación. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso. Puedes cambiar la configuración u obtener más información aquí

18 min
La cultural tortura
Terror |
10.11.14
  • 5
  • 0
  • 658
Sinopsis

La cultural tortura

Estúpido trabajo... tantos años estudiando periodismo para hacer reportajes insustanciales, anodinos. Reportajes sobre ancianos, estorbos para su familia que abandonan en un geriátrico, darle publicidad alguna clínica de cirugías plásticas entrevistando a mujeres con problemas de autoestima, perdiendo el tiempo escuchando algún cantante que piensa que sus letras son innovadoras y transmiten mensajes hermosos... Subnormales. Cubrir eventos de películas insulsas donde sientes que el guión se desarrolló en una jaula de babuinos.

Siempre huyó de los reportajes taurinos, me dan ganas de pegarles con el micrófono hasta abrirles la cabeza cada vez que argumentan que el toro no sufre, me da ganas de coger la cámara y abrirles el cráneo cada vez que aseguran que aman a los toros, tan primitivos, tan impunes argumentando que es cultura, sanguinarias y crueles hordas de personas que disfrutan viendo como un animal agoniza, se desangra, aplaudiendo la tortura.

Esa tarde fui obligado a ser parte de ése circo cruel. Mi jefe llegó con esas ínfulas de soberbia y grandeza, con una barriga prominente y unas tetas que rebotaban en su barbilla a cada paso que daba, un bigote de productor porno de los ochenta y una halitosis tan poderosa que juraría que defeca por la boca.

!Ochoa! !Ochoa! Escucho los gritos de mi jefe desde su oficina.

Con temor por no tener una mascarilla que defienda mis desdichadas fosas nasales de su aliento putrefacto me acero a su oficina.

¿Me llamaba Sr. Romero? Pregunto y sutilmente cubro mi rostro con mi mano.

Tienes que ir a la Plaza de Acho a cubrir la corrida de un torero español...

¿No está Ignacio para eso? Le interrumpo fastidiado.

¿Quién carajo te paga a ti?...¿Ignacio? Tú haces lo que se te dice sin rechistar, me ordena con el rostro adusto.

Sí Sr. Romero, digo resignado.

Con el rostro ensimismado aviso a mi cámara que tenemos que salir a cubrir un reportaje taurino...

 

¿Vamos a poder grabar la corrida entera?... ¿Con la sangre y todo? Me pregunta entusiasmado.

 

Sólo hablaremos con las personas fuera del recinto, le informo tajante.

El jefe se va a enojar, Ignacio siempre graba las corridas y las fragmenta para el noticiero de la noche, me dice mi cámara.

Pues si no le gusta que mueva su culo seboso de la silla y que grabe él la corrida, le digo con malestar.

Siempre viajamos en una pequeña furgoneta, vemos a niños esnifando cola de contacto en las esquinas de los puentes. Mi cámara no deja de tomar fotos a niños que se acercan a la furgoneta vendiendo caramelos por unos cuantos centavos, niños sucios y abandonados que limpian tu parabrisas para poder comer, odio pasar por ésta parte de mi país, prefiero ignorar la miseria y la pobreza de mis compatriotas.

Llegamos a la plaza muchachos, nos informa nuestro chófer.

Tomas rápidas y entrevistas cortas, no quiero estar todo el día en ésta mierda, le digo autoritario.

Como usted mande jefecito, me contesta mi cámara con desazón.

La plaza está abarrotada de fanáticos, gente con camisetas del verdugo español que viene a mostrar su agudeza, su destreza toreando, amantes del sadismo. Con pericia logro introducirme en la muchedumbre expectante y consigo hablar con una pareja de españoles, están de vacaciones y al oír que su ídolo taurino se presenta en ésta humilde Plaza no han dudado en cancelar una visita guiada para darle ánimos y acompañar a su compatriota.

Hola buenas tardes ¿Usted no cree qué el toro sufre en las corridas? Le pregunto con picardía y amabilidad al caballero español.

Eso es una mentira, el toro bravo no sufre en las corridas, los que pensáis que el toro sufre estáis equivocados, me contesta con pasión.

¿Es necesario qué el animal tenga que morir? En Portugal no matan al torro después de la corrida, le digo con deferencia.

Eso no es una corrida ni es nada oiga usted, el toro bravo tiene que morir en la corrida, tiene que dar su vida luchando, me contesta con vehemencia.

La sangre poco a poco me empieza a hervir e intento controlar las ganas de abrirle el cráneo con el micrófono.

¿Qué opinión le merece la gente que junta firmas o que protesta contra la tauromaquia? le pregunto cortés.

Son todos unos gilipollas que no tiene el respeto ni la decencia de valorar algo tan tradicional y tan profundo como el amor al toro !Las corridas de toro son cultura! me informa fastidiado.

¿No cree que es un poco... incoherente decir que ama al toro cuando espera que muera ésta tarde? ¿Usted ama a su esposa y no creo que le desee el mismo final que al toro de ésta tarde? Le pregunto confundido.

Eh... eh... Bueno el toro es pasión, me contesta con malestar.

Entiendo, muchísimas gracias por éstas palabras y disfrute del espectáculo de hoy, le digo y me marcho cada vez mas asqueado.

Se siente un revuelo en las afueras de la plaza, la horda de fanáticos corren al grito de !Ole! !Ole! Dándole la bienvenida al verdugo a la plaza.

Corta, Corta, vámonos de aquí, le digo asqueado a mi cámara.

¿Pero?...

Ni peros ni peras, yo no hago un reportaje de ésta mierda, le digo al cámara.

Una hora más tarde llegué sin reportaje, con asco, sintiéndome culpable de la muerte de esos pobres anímales, que su dolor y su agonía sean usados para vitorear las hazañas más impunes que se ejecutan en la actualidad, pero claro... Los toros son incapaces de sentir dolor como aseguraba aquél turista español, incapaces de llorar mientras repetidas veces penetran su piel con esas banderillas y ridiculizan su sufrimiento con aplausos y desenfrenado júbilo.

!Ochoa! !Ochoa! vuelvo a escuchar los gritos del obeso de mi jefe llamándome.

Me acerco a su despacho con desidia.

¿Me llamaba Sr. Romero? Le pregunto irónico. Sus gritos se podían escuchar hasta la otra calle.

Que carajo me ha contado Claudio (El cámara) ¿Te has negado hacer el reportaje que te ordené? Me pregunta con los ojos abiertos.

Lo intente hacer... pero no pude, no me hice periodista para cubrir un culto al sadismo, le digo con frialdad.

Se levanta de su silla y se acerca a mí, doy pequeños pasos hacía atrás asustado por su apestoso olor bucal.

!¿Quién carajo te crees que eres huevonazo?! Me grita y siento como su saliva salta a mi rostro.

Intento limpiarme por miedo a que se me derrita la cara.

!Te ordené que hagas el maldito reportaje Ochoa! Tus principios me importan una reverenda mierda, eres mi putita, tú haces lo que te ordene, me dice iracundo y puedo ver sus dientes color mostaza.

!No! Yo hago lo que a mí me da la gana hacer, le dije que no hacía reportajes de mierda ni escribía sobre farándula, tiene un montón de periodistas dispuestos a escribir artículos sobre las cremas hidratantes que usa alguna actriz de mierda, le digo enojado y me intento alejar unos pasos de su aliento.

!¿Quién chucha te crees para hablarme así?! ¿Por qué has terminado una carrera? ¿A quién chucha le has ganado en la vida? ¿Que chucha eres? Eres un mierda, eres un don  nadie Ochoa, me grita con el rostro y la mirada enardecida.

Aliviado de haberme alejado de su apestoso aliento me quedo en silencio.

Hay que los toros, hay que quiero salvar a los animales, los animales sufren, eres como todos idiotas que han crecido con los dibujos de Disney y piensan que los animales tienen sentimientos pero no haces nada, vete de mi despacho inútil de mierda, estás despedido, resucita al toro y dile que te pague el salario, me dice y se ríe.

Ahora que paga un salario menos... váyase a un dentista gordo bigotudo asqueroso, que te apesta la boca a desagüe, Le digo y me retiro dando un portazo.

Esa noche pensé en las palabras del gordo hediondo y tiene razón, no hago nada, vivo quejándome con indignación sobre el maltrato, soy palabrería redundante sin hechos contundentes.

Al día siguiente me desperté distinto, sentía que mi cuerpo había sido poseído, imaginé mi redención, sentía como mis entrañas hervían, los argumentos que innumerables veces había gastado iban cogiendo forma, como si una cruel y sanguinaria obra de teatro se apoderase de mi cerebro.

Pensé en la decimonónica casa de mi abuela en las afueras de la ciudad, en su solitario vecindario, en la inquietante soledad que abraza su barrio, hace dos años que había muerto por un derrame cerebral, yo era su único heredero, pensé en los pocos conocimientos de albañilería que tuve a aprender para poder costearme la carrera.

 

 

Mi redención

 

MONSTA - Holdin' On Skrillex me acompañó en mi reforma, dos meses de trabajo para preparar mi escenario de liberación, contemplaba mi obra de arte con excitación y expectación, las lentejuelas de mi flagrante y pomposo traje de luces me cegaban, mis herramientas afiladas y hambrientas de justicia, sólo me faltaba el protagonista de ésta velada inolvidable.

Alquilé una pequeña furgoneta y con el deseo de un niño que espera con aguardo su cumpleaños me acerqué a la tan amada Plaza de Acho. Con profesionalidad empecé a escanear a los fervientes militantes, analizarlos uno por uno, hasta que una deliciosa pareja se cruzó en mi línea de visión. Volví a mi furgoneta y con paciencia me senté a esperar, me miraba en el espejo retrovisor y era imposible borrar esa sonrisa, ese deseo.

Ni las tres interminables horas y las dos cajetillas de tabaco aplacaron mi apetito.

Buenas tardes, perdone que los molesté, me gustaría hacerles unas cuantas preguntas sobre la formidable corrida de toros que han presenciado, es para el canal nacional, les digo y les enseño mis credenciales.

Guay, me dice la mujer y noto un acento español.

¿Españoles? les pregunto extrañado.

Sí, de Andalucía, venimos a la boda de mi hermana y aprovechamos en venir a ver a nuestro torero peruano favorito, me cuenta el marido con una sonrisa que ignora su futuro más próximo.

Sólo falta esperar a mi cámara que ha ido a cubrir el evento por otro lado, la televisión nacional que a las justas tiene fondos, les digo con una sonrisa.

Es lo que tiene la televisión nacional, me dice el marido con guasa.

Si les parece les voy haciendo unas cuantas preguntas ahora, tendré que escribir una columna de todas maneras y así puedo usar las declaraciones como inspiración, les digo agradable y añado, darme permiso que saco la grabadora de la furgoneta.

Guay, contesta la excitada española.

Abro las puertas de atrás y sin darles tiempo a reaccionar les asesto con una porra en la cabeza y los dejo inconscientes, con cinta americana les amarro las manos y los pies y los acomodo en la parte de atrás de la furgoneta, silbando y bailando me subo con destino a casa de mi abuela.

El salón es hermoso, he construido un banco con grilletes y dos cadenas que sujetan sus brazos a la pared, lo he pintado de color celeste intentando emular el cielo. He atado a la mujer al banco y al marido le he amarrado los tobillos y las muñecas al suelo dejándolo a cuatro patas.

Veo que ya están despiertos, sé que es una grosería dejarles las mordazas puestas pero es que con los gritos y los llantos no me hubiesen dejado hablar, les digo.

Una gota de sangre resbala por la frente de la mujer, en su camino ha teñido de rojo ese rubio artificial, se puede percibir el terror en sus ojos, el marido intenta con vehemencia sacudir los grilletes, los miro con una sonrisa.

Les voy a contar lo que va a pasar aquí, es inconcebible que los protagonistas de éste acto de pureza no estén informados, vamos a recrear una corrida de toros, no se preocupen que sodomía no va haber, les digo con una sonrisa.

Me acerco a una de las esquinas del salón para ubicar mi cámara, no puedo dejar escapar la oportunidad de inmortalizar la desesperación, el dolor en estado puro.

Voy a dejarlos tranquilos ésta noche, son casi las doce y estoy bastante cansado, voy a dejar que se puedan despedir, se puedan decir cosas hermosas, mañana uno de los dos morirá en ésta íntima y fascinante corrida de toros, les digo frotándome las manos.

Les quito las mordazas y la señora intenta morderme.

¿Qué cojones quieres pirado de mierda? me grita la señora.

!Ayúda! !Socorro! empieza a gritar el señor que yace a cuatro patas en el suelo.

Empiezo a reírme y a gritar con ellos.

Les recomiendo que no pierdan el tiempo gritando, nadie los va a escuchar, asimilar el hecho que mañana uno va a morir, asimilar el hecho que mi cara torturándolos va ser lo último que van a contemplar, les recomiendo que se tranquilicen y que se despidan, al menos ustedes tienen ese privilegio, me voy a dormir.                                                             

                                                             La despedida   

 

 

Me calenté unos macarrones instantáneos en el microondas, un vaso lleno de gaseosa, conecte mi portátil para poder presenciar las últimas palabras que se iban a poder dirigir en tranquilidad. Gritaron durante veinte interminables minutos, me insultaron, recordaron a mi madre repetidas veces hasta que se dieron cuenta de la inevitabilidad.

Nadie nos va a escuchar nena, me cago en dios, le dice el hombre. Te quiero cari, le dice la mujer llorando.

¿Ves algo que puedas usar para liberarte? le pregunta con la voz desesperanzada.

Vamos a morir cari, no pude ni decirle adiós a los chicos, María de viaje con el instituto, Manuel tenía un partido importante, no pude ni besar a mis hijos, le dice la mujer llorando.

Maldita la hora que aceptamos venir a ésta boda ¿Por qué cojones no se casaron en España hostias? dice el marido sollozando.

¿Por qué nos pasa esto a nosotros? Somos buenas personas, no le hacemos daño a nadie... creo que me he meado encima cari, le dice la mujer.

Nunca he amado a nadie más que a ti nena, me gustaría decirte que todo va a estar bien, pero tengo miedo nena, tengo mucho miedo, le dice el marido.

Me viene a la cabeza la primera vez que nos vimos ¿Te acuerdas? le pregunta la mujer.

En la feria de Fuengirola, nos presentaron y a las dos horas nos habíamos ido a nuestro a rollo, recuerdo que gasté cincuenta euros intentando ganar el peluche de Bob Esponja, le dice con la voz resquebrajada.

Ni su desesperación, ni su terror sobornaba mi misericordia, los escuché veinte minutos más, fui parte de sus recuerdos, de sus anécdotas más íntimas y divertidas,  pero odio a los humanos, es paradójico pero todos lo días se contempla tanta maldad, tanta crueldad, rechazo ser parte de ésta raza tan indolente, de ésta raza sanguinaria.    

                                                            Redención Final   

Son las dos de la tarde y todo está preparado, me enfundo en mi traje de luces, adopto un porte más matador, Pascual Marquina me acompaña en ésta búsqueda de liberación. La música se apodera de mi plaza, de mi perversa arquitectura, entro al ruedo y los gritos desesperados azotan mis oídos.

Nada de lo que pueda salir de sus bocas cambiará el final de esto ¿Ahora no es cultura? ¿Ahora no es tradición? les digo mientras le coloco unos cuernos de plástico en la cabeza al marido.

¿Quiere dinero? ¿Qué cojones quiere? Somos buenas personas ¿Por qué cojones hace esto? me grita el marido.

¿Buenas personas? ¿A cuántos animales ha visto agonizar mientras disfrutaban del show? ¿Ahora les parece esto atroz? mentirosos de mierda, le digo al marido mientras le sujeto el rostro con mis manos.

¿Cree que matándonos va a solucionar algo? soy madre, soy una buena madre, me dice la mujer llorando.

No, pero es un comienzo, le digo y cojo una banderilla y se la incrusto en el lomo al marido.

!Pare por favor! !Pare hostias! me grita la mujer desesperada escuchando los gritos de dolor de su marido.

¿Parar? pero si estoy calentando, le digo y me río.

Paso el capote por su rostro y le clavo otra banderilla en el lomo.

Grite conmigo !ole! !ole! le digo que no deja de gritar.

Pare por favor, se lo ruego, pare por favor, me suplica la mujer.

¿Ahora no es cultura no? ahora soy un enfermo que tortura a su marido, que lo desangra y hace oídos sordos a su sufrimiento, abra los ojos mierda, no los cierre, contemple esto bien porque es lo que llevan haciendo ustedes durante siglos, le digo y le clavo otra banderilla.

Me acerco a la mujer y con mis manos le sujeto la cara y la obligo a mirar como la sangre se abre camino por la espalda de su marido.

Hace meses le pregunte a una persona si el toro sufría, me dijo que no, con vehemencia afirmo que no ¿Piensa que su marido está sufriendo? le pregunto sujetándole el rostro.

Deténgase por favor,  me ruega intentando apartar la mirada de la espalda sangrante de su marido.

Mejor preguntémosle a él ¿Está sufriendo? ¿Le duele? le pregunto al marido.

!Sí! grita con todas sus fuerzas.

Pronto todo va a terminar, le susurro a la mujer al oído. Me acerco a la mesa y cojo mi estoque.

Esto me recuerda mucho a una frase de uno de mis cantantes favoritos, prefiero quemarme que apagarme lentamente, les digo y dibujo una sonrisa en mi rostro.

Busco su corazón con la punta de mi estoque y con la intención de terminar con el sufrimiento del desgraciado, siento en mis manos como el estoque se abre camino hasta llegar a su corazón.

Y la faena ha terminado,  digo y giro el estoque que traspasa su cuerpo.

La mujer está en estado catatónico, con la mirada perdida mientras las lagrimas siguen deslizándose por sus mejillas. Me siento a su lado con las manos ensangrentadas y cojo un puñal.

No creo que esté de ánimo para cortar dos orejas, le digo y le clavo el puñal en el corazón.

Me enciendo un cigarro mientras observo como mi búsqueda de justicia acaba de empezar, los envuelvo con una alfombra y los vuelvo a meter en la furgoneta.                                                            

                                                                             Final  

Edité y mandé el vídeo a todas las televisiones del país, que sentido tiene empezar algo si el mundo no puede ser testigo y tomar conciencia. Quemé la casa de mi abuela y me marché con mis tíos a España, nunca descubrieron quien torturo y asesino a ése matrimonio.

Sentado en un restaurante y escaneando el lugar, buscando más almas a las que liberar se acerca el camarero a preguntar:

¿Qué desea comer el señor?

Un rabo de toro por favor, le contesté.

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor

Me refugio escribiendo, intento aislarme de la realidad y jugar a ser Dios en mi mundo. akumajzp.blogspot.com.es

Tienda

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
Encuesta
Rellena nuestra encuesta