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6 min
La diosa metroaca de Peñarrubia
Varios |
07.10.15
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Sinopsis

Hay algún guiño a la condesa Bathory, a La Noche de los Generales ( magistralmente exagerado Peter O Toole ) y a la Lista de Schindler.

A principios de los años setenta del siglo pasado, durante la construcción del embalse del Guadalteba, que terminaría por convertir al malagueño pueblo de Peñarrubia en ciudad sumergida, tres ingenieros que participaban en las obras -aficionados por demás a la espeleología- descubrieron en lo más profundo de una de las cuevas del entorno, junto a lo que parecían restos de huesos - de los que no supieron determinar su especie- una tosca figura de aspecto antropomorfo tallada en piedra caliza, que a ellos se les antojó ser la representación de una mujer esculpida a tamaño natural, probablemente por alguna de las tribus prerromanas que se establecieron por aquella abrupta geografía del sur peninsular.

   Pensando en el valor que el hallazgo podría alcanzar en el mercado ilegal de piezas arqueológicas, los tres se comprometieron en guardar el secreto del descubrimiento en espera de la ocasión favorable de dar salida a su afortunado encuentro. En el ínterin, las aguas del nuevo pantano anegaron la zona y los tres juramentados fueron incapaces de volver a encontrar la cueva, que ha permanecido sumergida hasta el día de hoy. Del hecho tuvo conocimiento mi amigo Celuí -a través de una confidencia que, entre tragos de Pedro Ximén, le hizo un borracho en el mostrador de la Campana de Puerta del Mar- el cual, pretendiendo vender la piel antes de cazar el oso, se puso en contacto con algún que otro marchante de antigüedades, comprometiéndose a dar con el tesoro cuando el descenso estival de las aguas dejase al descubierto la entrada de la gruta -de la que aseguraba haber obtenido las coordenadas exactas con ayuda de  un plano con cotas de altitud numeradas, elaborado por los servicios topográficos del Ejército y la consulta de la guía Michelín de paradores de carreteras para ubicarse correctamente- desistiendo de ello al final por falta de apoyo financiero - a través de amigos y conocidos- al proyecto.  

 En el Anecdotario de Curiosidades e Inverosimilitudes Malagueñas, de Hipólito Bustamante, se recoge la estancia en la comarca del río Guadalteba -situada en el noroeste de la provincia- en la primera mitad de los años treinta, de una legación de técnicos alemanes llegados para el proyecto del tendido de una línea ferroviaria -destinada al establecimiento de un tren comarcal- que nunca llegó a realizarse, quedando definitivamente abandonado tras el estallido de la guerra civil, y coincidiendo a los pocos meses de su llegada a la zona con las sucesivas desapariciones  de seis niños, que jamás fueron encontrados. Desapariciones que casualmente cesaron al marcharse los alemanes, expulsados por el gobierno del Frente Popular, volviendo, apenas un año después, algunos de ellos a Málaga, formando parte de la Legión Cóndor, que desfiló desde la estación de ferrocarriles hasta el puente que Alemania había regalado a la ciudad por el auxilio a la tripulación de la Gneisenau, naufragada a principios del siglo frente a la escollera del puerto.

   En el ensayo, más o menos científico, titulado Magia y ocultismo en el Tercer Reich, de Grogorovius de Mendoza -encaminado a desvelar los ocultos recovecos esotéricos del nacionalsocialismo- así como en un artículo publicado por Louis Pauwels en un número de la revista Horizonte, se hace mención del grupo Atargatis,  liderado por el ingeniero ferroviario y sturmbanfürer de las SS Martin Kruger, supuestamente devotos de una divinidad cuyo culto se perdía en la noche de los tiempos, identificada con la Magna Mater a la que ciertos pueblos de Anatolia - como los gálatas de Pesinunte, cuya diosa les fue arrebatada por un cónsul para ser venerada en un templo de Roma- y del sur de la Península Ibérica habían llegado a ofrendar ritualmente, además de animales, a niños y adolescentes.

Dice Mendoza que las reuniones periódicas de ese grupo tenían lugar en espaciosas grutas de la alta Renania, iluminadas artificialmente a través de enormes generadores, en las cuales Kruger -vestido con una túnica alba y ataviado con una diadema dorada- oficiaba, en presencia de los demás acólitos, un complicado ritual al final del cual terminaba degollando un cordero o una oveja ante una rudimentaria imagen de mármol esculpida según unos bocetos realizados por él mismo.  El grupo fue investigado secretamente por la Gestapo en relación a las desapariciones de dos niños de etnia gitana, aunque las desganadas y poco eficientes pesquisas policiales quedaron interrumpidas y definitivamente archivadas por el ataque alemán a la Unión Soviética y la partida de Kruger hacia el campo de guerra del Este de Europa.

   En archivos clasificados como secretos, y sacados a la luz en la URSS  tras la muerte de Stalin, un legajo  de más doscientos folios narra que el mayor Martin Kruger, desde mediados de 1943 y hasta su liberación por el Ejército Rojo, ejerció el mando de uno de los campos de concentración nazis que en las cercanías de Kiev se dedicaban al metódico exterminio de eslavos y otras razas consideradas por los arios como inferiores. Declaraciones de prisioneros y también de algunos guardianes atestiguan que, en ciertas noches de plenilunio, algún prisionero adolescente era trasladado por los guardias ucranianos a un pabellón apartado- donde Kruger aguardaba ataviado en una especie de vestidura sacerdotal- y después, completamente desangrado por un tajo en el cuello propinado con una espada de hoja cóncava por el sturmbanfürer, era sacado del pabellón por los mismos guardias y arrojado a la fosa común excavada detrás de las alambradas. Un oficial subalterno que se atrevió a protestar por esa forma antirreglamentaria de ejecutar prisioneros fue expeditivamente despachado con un disparo de Luger en la espalda y una acusación de traición con efecto póstumo.

    Termina diciendo el informe que, cuando los tanques rusos se aproximaban al campo de prisioneros y los SS y guardias ucranianos se apresuraban a evacuarlo, Kruger se quedó esperando tranquilamente la llegada del Ejército Rojo, aunque no vestido con la blanca túnica ritual sino con su impecable uniforme negro de la Orden de la Calavera. Menos ceremoniosos, dos oficiales soviéticos se limitaron a pasar por su cabeza el nudo corredizo de la cuerda que habían fijado a una viga del techo y a volcar de una patada la silla donde antes lo habían hecho subirse.      

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