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7 min
La Entrega
Drama |
01.04.15
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Sinopsis

Sin alma, ¿hasta dónde se puede llegar?

https://www.youtube.com/watch?v=ACreuWnWYj0

 

Se lo había prometido. ¿Ahora qué? Miró su ausencia y lo supo.

 

Supo que era imposible, que todo le impediría que aquella promesa se cumpliera. Miró de nuevo el interior de la caja, reaccionando como si fuera la primera vez que viera el colgante de plata, legado y suerte que había brindado la supervivencia... al menos para él; mal enfocado para quién debía ser.

Era una reliquia personal para la novia de su amigo, y era él ahora el encargado de entregarlo. ¿Pero cómo? Por culpa de la guerra había perdido kilos de más... miró a un lado: y su amigo el alma entera. Se prometieron amistad eterna, y eso no le gustó al dios de la ironía.

Quedaba ahora solo, en la camilla, estúpido por cómo miraba sin parar al interior de la caja. Miró su cuerpo y se convenció otra vez por qué era mejor mirar el cartón que la carne mutilada.

Sin piernas, ¿adónde iría? Por siempre alguien que se deja llevar, casi como lo fue en vida antes de la guerra. Alma en pena que al menos conservaba, destrozada todas las intuiciones por la victoria. Se incorporó en su limitación y dejó que el colgante le inspirase por última vez. La musa de la desgracia le fue susurrando lo indefendible. Poco a poco fue prestando atención y supo que no quedaba otra...

Jamás quedaría otra.

Miró su ausencia y lo supo. Bien sabía que mejor actuar que seguir siendo el lisiado rodeado de piedad.

Envolvió de nuevo la caja con el papel y anudó la pequeña cuerda. Suspiró. Exhaló aire y lágrimas. Las palabras sobre el paquete postal siguieron henchidas de orgullo. Lo y se impregnó de la promesa y se ladeó para caer con dolor contra el suelo.

Tras el momento de recuperación y de llenar la voluntad, se fue arrastrando, ignorado por los soldados que corrían de un lado a otro. La música de aquel momento no eran ni los gritos ni los disparos, ni las explosiones causando implosiones en las emociones, era una bella música que jamás había escuchado y que provenía de él. Gritó y aceleró subiendo la cuesta que conducía al agujero lleno de luz.

Asomó al exterior, a la realidad hecha trinchera. Los efectos especiales aumentaron y eso le armó de fuerza. Con el paquete en el antebrazo, estiró la otra mano y agarró su pistola, aferrada a su dueño y compañero aun después de la ira del fuego que lo partió. Enfocó el cañón para saber que podía seguir siendo él de cintura para arriba, y no dudó en conciencia a pesar de los temblores involuntarios. Escupió como rito y se arrastró como una serpiente enorme que sorprendió a los aliados alrededor, que no tenían tiempo para distracciones ni señales del cielo –o del infierno– como aquella.

Avanzó sin camino visible, codo a codo, con único objetivo de llegar a la base alejada que la trinchera defendía. El enemigo no se había adentrado, pero traidores y aviones mancillaban aquel terreno sagrado para su bandera. Todo fue colores al son de la tela que ahonda, junto a un ruido provocando estrellas, acaso puntos plateados revoloteando por la vista como hormigas.

Continuó y siguió como si ambos verbos fuesen diferentes, claros por cada empuje de dolor de los codos pelados y de cada muñón sangrando, con impulsos cortos y certeros. Gruñó como todo humano, pero era su insistencia y meta lo que se obligaba a expresar. En ninguna guerra existe bondad, pero cualquiera diría que él la manaba.

Eso no gustó al gigantesco traidor que lo observó durante un largo minuto, ignorante como hierro frente al caos real a su alrededor. Pareció ir animándose a atacar a aquella bestia arrastrándose. No se esperó el balazo certero de la bestia que lo hizo cambiar de idea para siempre.

Más enemigos se cruzaron, pero él supo esquivarlos y saltarlos. Se escurrió entre tierra y verjas, y eludió la concertina nacida de una inspiración del diablo. Se camufló entre hombres crueles que dejaron de serlo gracias a las balas. No temió, había olvidado que era eso, y el joven enemigo que así lo distinguió en su mirada supo correr a tiempo.

Tenía parte del camino recorrido, así quiso creerlo. Su boca sabía a la tierra que tenía tan cerca, la nariz taponada por el polvo y su versión corrupta, la pólvora. No le pareció posible que en sus ojos albergara tanta lágrima. No eran de pena, sino para mantener limpia la conciencia y la visión del terreno. Disparó a otro de los hombres caídos del cielo por la única razón de vestir otro color. La bandera siguió bailando, y tuvo el deseo de disparar contra ella sin control. La tela del paracaídas terminó de caer contra el suelo, ignorada por parte del aire debido a los agujeros de bala.

Su piel se tornó pálida bajo una capa marrón y gris. Los oídos chillaban y los dientes dolían. Sentía ganas de vomitar, con la impresión de tener la bilis más negra posible. Sin embargo continuó con el mecanismo, acaso fuese un autómata por culpa del único pensamiento rodeándolo, traspasando el ambiente contaminado por la política exterior de hombres que nunca han pisado la tierra por la que él se arrastraba; por la que todos nos arrastramos. El humano nació del barro, y él no era menos. Escupió como gratitud.

Alzó la mirada sin ver. Su brazo se movió sin orden alguna. Deseo creer que el sonido del arma fuese imaginación. Insistió y supo que su pistola había muerto por la falta de balas, casi como su cuerpo por la pronta falta de sangre. La lanzó contra el enemigo al frente, sonriente y divertido por ese espectáculo innecesario en lo que supone de por sí una guerra. El águila se acercó a la serpiente y la elevó... el paquete destacó.

Durante unos segundos comprimidos en una existencia en sí, destacó la caja envuelta por el papel y la dirección postal cicatrizada. Ambos hombres no emanaron emociones, marcadas sus cabezas por conclusiones diferentes, tan extremas entre sí.

El enemigo dejó caer al hombre.

El enemigo se alejó.

Un aire naciendo recorrió la zona. Sonaba agudo y esclarecedor, como si también portara sus propios mensajes.

Él yacía. No se inmutó.

Él yació por cerrar los ojos para siempre.

Y un paquete quedó sobre el suelo. Fue recogido al cabo de un momento.

Un hombre fue enterrado allí.

 

El sol iluminaba el vecindario lleno de paz. Casas blancas con tejado azul, con jardines renovados por la primavera y perros leales hasta la muerte... por una décima se respiró eso mismo cuando los oficiales llamaron a una de las puertas.

La mujer, atiborrada de información su cabeza, se apoyó en el marco por culpa de la debilidad que sintió. Los hombres la ayudaron y siguieron consolando. Nada serviría.

Al marcharse, apenas tuvo un minuto de su recién estrenada soledad cuando volvió a sonar la puerta. Era el cartero, serio como si imaginase por el aire qué había sucedido.

Ella cogió el paquete y lo analizó en cada esquina como si acaso fuese la primera vez que viera un objeto así. Firmó y ambos se despidieron sin palabras.

Se sentó y lo analizó. Sintió temor aun reconociendo la letra y el olor. Lo abrió.

Ninguno se pudo despedir con palabras.

De haber sido otro momento habría sonreído. No era momento para nada, salvo para preguntarse si acaso aquel resto, aquella impronta en el colgante, eran la impresión de lágrimas de quien una vez conoció hasta ser uno.

El aire entrando por la ventana le dio la respuesta.

 

https://www.youtube.com/watch?v=48XabzIu7as

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