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9 min
La Era de las Miradas Bajas
Reflexiones |
23.12.14
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Sinopsis

un manifiesto rescatado de la oscuridad, del caos, de la sinrazón de una existencia que se a mirado en el espejo de lo absurdo y lo banal, una identidad que ya ni se reconoce cuando ve su reflejo en ese cristal sucio y opaco, enmarcado; eso sí; en biseles dorados que adornan una realidad inconexa con los anhelos del espíritu humano.

LA ERA DE LAS MIRADAS BAJAS

Aquella mañana Rubén se despertó a las ocho como de costumbre, tras el sobresalto de la estridente alarma de su teléfono móvil, tardó unos instantes en encontrarlo a ciegas entre el desorden de su mesita de noche, entreabrió los ojos, molesto por la intensa luz del aparato y oprimió; también como de costumbre; el botón posponer a la izquierda de la pantalla táctil. 
"Diez minutos más"- Pensó; No volvió a dormirse, pero tuvo tiempo de dar unas vueltas entre el edredón y las sábanas, desperezarse y estirarse, mientras gemía perezosamente entre bostezos; que mas bien recordaban a sollozos. 
Era Lunes, un Lunes nublado y con resaca; Rubén abrió las persianas y ligeramente la ventana, para sentir la brisa matinal, ventilar la habitación, e ir recobrando poco a poco las ganas de enfrentar su rutina. 
Se lavó la cara, se miró al espejo y pensó que no tenía buen aspecto, tenía ojeras, barba de tres días y un aliento de dragón que incluso para él era ingobernable.  Sentía unos incómodos pinchazos en las sienes, resultado de las varias cervezas de la noche anterior en casa de unos amigos. El partido fue interesante, pero aquello fue ayer y hoy estaba pagando el precio. 
Se vistió, desayunó, tomó su café y salió a la calle dispuesto un día más a encontrar trabajo. Esta cuestión le preocupaba sobre manera, ya que su prestación por desempleo estaba a punto de agotarse. 
Rubén acababa de cumplir treinta y dos años, vivía solo y no tenía demasiados estudios, aunque sin embargo estaba acostumbrado a trabajar desde muy joven, leía con frecuencia y en general era una persona educada y culta. 
Desde hacía algunos meses aquello de las resacas se había convertido en algo más que habitual, la cerveza y el ron eran ya, dos compañeros de penas y alegrías... (más penas que alegrías) pero cada día esto le preocupaba menos. A tal punto, que casi sin darse cuenta se había alejado de sus amigos habituales, para empezar a salir con otro tipo de gente, con los que, las únicas pasiones que compartía giraban entorno a sustancias algo más peligrosas que el alcohol. Esto le empujaba a estados de depresión y ansiedad que podían durar semanas. Había llegado el punto en que la realidad en crudo, la vida sin adulterar le parecía aburrida y carente de motivaciones. 
Rubén como casi cada  día tomó la línea azul del metro y se encaminó hacia la oficina de empleo. Las puertas del tren se cerraron. y el tren comenzó su monótono traqueteo rumbo a su destino. En el vagón había varias personas, todas casi sin excepción con expresión ausente, cabizbajos, mirando aburridos su pequeña pantalla, o conectados a sus cascos, lo que hacía aun más sepulcral el silencio del lugar; que tan solo interrumpía el traqueteo del tren sobre las vías.
Él miró a su alrededor, pero nadie pareció advertirlo; justo enfrente viajaba una hermosa joven de unos veintitrés años, quién sujetaba una tablet en la cual no parecía estar haciendo nada, o tal vez estaba a la espera de una señal, un inbox de alguno de aquellos cientos de amigos agregados a su red social y a los cuales ni siquiera conocía. Rubén, casi sin darse cuenta clavó su mirada en ella, pensó que era muy guapa; quiso preguntarle su nombre, escuchar su voz e imaginó alguna, frase ingeniosia. "Estúpido subconsciente..."- ¿Qué clase de ideas eran aquellas?-. Pensó. Tal vez hubiera sido una buena idea si aquella chica le hubiese sonreído, o se hubiese percatado al menos de su presencia. Entonces sonó un móvil interrumpiendo bruscamente el subconsciente de Rubén. 
Aunqe era el teléfono de Rubén, todo el mundo pareció agitarse un poco, buscándose los bolsillos y bolsos, por si eran a ellos a quien les sonaba. (Aunque el tono de Rubén no fuera ni parecido al de los demás).
Sólo en ese instante, en ese preciso y fugaz instante, la chica de la tablet levantó sus largas pestañas de la pantalla para dedicarle una delicada mirada a Rubén, pero ya era tarde, Rubén ya había clavado los ojos en su pantalla mientras leía un SMS. Toda conexión se esfumó entonces. 
"Soy Ali; pdems qdar xa tomr 1café?
Tnms q hablr, Bss! ;)!
Ali vivía cerca del centro, a sólo un par de paradas de donde él se encontraba. Así que decidió posponer su visita al mismo para más tarde, o quizás para eldía siguiente. Poco importaba ya.
Rubén sabía que aquel "Tenemos que hablar" no eran buenas noticias. Desde hacía algún tiempo la relación con Ali se había deteriorado mucho, llevaban saliedo más de dos años, pero hacía aproximadamente seis meses, que Rubén había perdido su trabajo y eso había frenado en seco los proyectos de vida en común e ilusiones que durante aquel tiempo habían construido juntos en sus ideales de pareja. Ali trabaja en una compañía de telemarketing par auna conocida empresa de internet y telefonía. Sus comisiones eran bajas y su salrio mínimo, pero aun con todo, hacía tiempo atrás que era el pilar económico de la relación; una idea que torturaba a Rubén y con la cual cada vez le era más difícil convivir. 
 Mientras miraba ensimismado la pantalla y pensaba en qué contestarle, la chica de la tablet ya se había bajado en la parada anterior. Pero cuando levantó de nuevo la mirada, él ni siquiera pareció darse cuenta.
Quedó con Ali en la cafetería habitual, cerca del centro. Él pidió un cortado y ella un café con leche, como de costumbre. La mirada de ella delataba tristeza, sus facciones estaban tensas, y la sonrisa con la que le recibió no podía ser más forzada. Bastó esa sóla mirada para confirmar lo que Rubén ya sospechaba. Aquello había terminado ya. Antes de aquel instante, antes de aquel último café, antes incluso de que Rubén hubiera decidido tomar la apatía como actitud habitual en la relación. Había terminado para ella y para él, quién tenía la autoestima tan baja que ni siquiera le brindó oportunidad de hacer un drama, tenía el dolor tan arraigado en su alma, la desazón tan presente en su vida, que ni siquiera pudo, ni quiso,  demostrar sorpresa ni tristeza ante ella.
Sonó un móvil; era el jefe de Ali, debía volver a la oficina, se había excedido en su tiempo de almuerzo. Rubén no quiso esperar a que ella terminara de hablar, retiró dulcemnte con sus dedos el pelo de su fino rostro, la besó suavemente en la mejilla. Un beso suave, marcado, con la dulzura de una caricia y la pasión del "hasta siempre". 
Este beso la dejó marcada, solto su teléfono, el cual cayó ruidosamente sobre la taza vacía y con lágrimas en los ojos vió como el hombre de su vida se alejaba, por la avenida hasta desaparecer entre el tumulto. En la mesa de la cafería justo al lado de la taza volcada y salpicado con unas gotas de café, el auricular del celular reproducía una voz intelegible, que seguramente preguntaba por Ali. 
Aquella mañana Rubén no fue a la oficina de empleo; marcó el número de su camello y fue directamente a recoger su mercancía; no sin antes pasar por el supermercado a surtirse de alcohol. 
Cuando llegó a casa, bajó las persianas, encendió su portátil y volcó toda la merca sobre la mesa. Bebió compulsivamente y juró no llorar. Algunas horas mas tarde después de ver una y otra vez las chorradas que subía la gente a la red social, concluyó que la vida de mucha gente, al igual que la suya, era, hablando mal y pronto; una auténtica mierda, vacía y artificial. 
Tal vez pasaron dos o tres días, en completa oscuridad, sin apenas dormir, con las drogas y el ron como únicos compañeros. Ellos y su ordenador portátil. A ratos caminaba por los pasillos de su casa, desorientado, sin saber que hora era, a ratos fumaba, y a ratos pensó en que su vida no tenía sentido. Pensó en quitarse la vida, bajo la ansiedad del speed, la cocaína o el cristal. llevaba tantos días consumiendo tanto, que ya ni siquiera lo sabía. No sabía si estaba triste o alegre, si estaba vivo o muerto, y la verdad tampoco le importaba, como tampoco le importaba si Ali le extrañaba o si sufría por él o no. Lo cierto esqque quizás le importaba demasiado. Algo que su autoestima mermada por la oscuridad y el caos no le dejaba reconocer.  En algún momento casi sin darse cuenta cayó rendido en la cama durante largas horas, que parecieron minutos. 
Aquella mañana Rubén se despertó a las ocho como de costumbre, tras el sobresalto de la estridente alarma de su teléfono móvil, tardó unos instantes en encontrarlo a ciegas entre el desorden de su mesita de noche, entreabrió los ojos, molesto por la intensa luz del aparato y oprimió; también como de costumbre; el botón posponer a la izquierda de la pantalla táctil.
"Me pregunto si hoy también me cruzaré a la chica de la tablet en el metro"; se dijo.
"Si al menos le hubiese pedido el facebook"; se lamentó ella en algún lugar...

FIN

R,L "Caminante"

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    un manifiesto rescatado de la oscuridad, del caos, de la sinrazón de una existencia que se a mirado en el espejo de lo absurdo y lo banal, una identidad que ya ni se reconoce cuando ve su reflejo en ese cristal sucio y opaco, enmarcado; eso sí; en biseles dorados que adornan una realidad inconexa con los anhelos del espíritu humano.

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Viajero empedernido, escritor de poesía urbana, alma viva, libre, a veces ingenua. Una persona transparente. Enamorado de la libertad y de la vida, poeta y dramaturgo de las cosas cotidianas.

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