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7 min
La escalinata infinita.
Terror |
02.02.17
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Sinopsis

Un niño decide entrar en un caserón encantado.

Le dije a mamá que me iba a jugar a futbol, pero en realidad me fui al caserón abandonado que hay detrás del parque.

No suelo mentir a mama,  pero es que Héctor me había llamado cobarde delante de toda la clase, tenia que demostrarle a ese imbécil que no soy ningún cobarde. Así que caminé lentamente hacia el caserón mientras me comía mi bocadillo de foie-gras, en realidad no tenía prisa por llegar, Héctor tiene razón…  soy  un cobarde.

Cuando por fin llegué a la casa, me paré a observarla y a reunir el valor suficiente para entrar.  La miré detenidamente, nunca me había parado tanto tiempo delante de ella, corren horribles historias a las que  nunca  he prestado mucha atención, pero entonces tras un largo rato recorriendo con los ojos sus ventanas, muros y cubiertas supe que esa casa estaba encantada.

Aspiré profundamente y con las piernas temblorosas caminé todo lo firmemente de lo que fui capaz hasta la puerta, pensaba entrar en la casa encantada, subir hasta la última planta, y volver corriendo a mi casa. Sentía más miedo del que me gustaría admitir, pero cuando se lo contará a Héctor y los demás se verían obligados a reconocer, que ningún cobarde subiría sólo las tres plantas del caserón.

La puerta principal estaba podrida y medio descolgada, por lo que no me fue difícil acceder al interior. El corazón con un latir frenético me retumbaba en la sienes, mis tripas se movían inquietas, sentí dos nauseas en el estomago y a punto estuve de vomitar en el quicio mismo de la puerta. Sólo había avanzado dos pasos en la penumbra, cuando un pájaro alzó el vuelo estrellándose contra mi pecho, grité y a punto estuvo el corazón se salirse por mi boca.

Cuando conseguí recuperar un poco de calma, mi ojos se habían acostumbrado a la oscuridad, a través de las ventanas una luz mortecina iluminaba una gran escalinata que ascendía majestuosa hasta la siguiente planta. Con la boca seca y las sienes aun palpitantes, me fui acercando a la escalera, dispuesto a realizar mi heroica hazaña y volver cuanto antes a los brazos de mamá.

El silencio era artificial, aplastante,  solo el palpitar de mi sangre retumbaba en mis oídos. Conté en alto los escalones que ascendía, escuchar mi propia voz me daba coraje.

-Uno, dos, tres…

los peldaños crujían a cada paso

-diez, once, doce…

mis manos temblaban y mi lengua intentaba infructuosamente humedecerme los labios

- quince, diez y seis, diez y siete…

Cuando alcance la primera planta me gire hacia la puerta, pero aterrado contemplé como la entrada de esa maldita casa ya no estaba allí, un escalofrió me subió por la espalda, haciendo que brotaran  gotas de sudor frio en mi frente. Era ilógico,  disparatado, pero era así. La casa había cambiado, y en lugar de la escalera que acababa de subir con la puerta de entrada al fondo, mis ojos encontraron una pared, que recubierta de un papel pintado mohoso y amarillento resultaba inquietante.

Temblando por el frio y el miedo decidí seguir subiendo, no quería rendirme con la primera dificultad, los valientes no salen corriendo antes de alcanzar su meta, pensé.

No se cuanto tiempo pase subiendo escaleras, pues estas tomaban formas irreales, curvas imposibles y se dividían incesantemente. Ya no quería subir a la primera planta, solo quería encontrar la forma de abandonar esa escalera torticera y retorcida. Comenzaba a descender las escaleras, y al momento estas cambiaban su inclinación y me encontraba de nuevo en mi ascenso infinito, entonces me giraba rápidamente y comenzaba a bajar los escalones de tres en tres o de cuatro en cuatro, dando los saltos mas grandes que podía, tenia que conseguir bajar lo más rápido posible, así a la maldita casa no le daría tiempo de cambiar, de retorcerse y multiplicarse con la aviesa intención de retenerme en sus endemoniadas entrañas.

Pero por más rápido que corriera o saltara él maldito caserón siempre era más rápido que yo, y su escalera giraba, se retorcía y cambiaba su dirección una y otra vez, encontrándome yo cada vez más atrapado.

Mis sienes y mi corazón se acompasaron a un ritmo furioso casi colérico, mi boca parecía llena de arena y sentía calambres en las piernas, pero seguí intentándolo, me lanzaba escaleras abajo con grandes zancadas, galopaba en los descansillos entre escaleras y en cuanto estas cambiaban de inclinación giraba rápidamente para intentar descender de nuevo.

Ya solo podía pensar en mi madre, seguro que se había hecho de noche y estaba preocupada por mi, con la cena esperándome en la mesa.

En uno de mis desesperados saltos me falló la rodilla, que crujió con un aullido agonizante y me caí al suelo. Me quedé encogido sujetándome la entre las manos y llorando en silencio, quería irme a mi casa, estaba muerto de miedo y no sabia que hacer.

Como pude me levante del suelo y a la pata coja me acerque a la barandilla, miré hacia arriba y los tramos de escaleras se perdían en la oscuridad, me asome hacia abajo y contemplé de nuevo una consecución infinitas de escaleras que se acababan perdiendo en la negrura, un golpe de vértigo me envolvió, y tuve la certeza de que jamás conseguiría salir de allí.

Un sabor a bilis me alcanzo la boca y mi alrededor comendo a volverse borroso, me apoye sobre la barandilla y note como cedía, y casi sin pensarlo, por un instinto enajenado y arrogante la empuje con todas mis fuerzas y me lancé.

Mi cuerpo caía cada vez a mas velocidad, las escaleras pasaban borrosas a mi alrededor, el aire polvoriento me golpeaba la cara, cerré los ojos para no ver el suelo acercarse  vertiginosamente hacia a mi, y trate de recordar la sonrisa de mama.

 Cuando ya pensaba que el impacto final era inminente, de pronto me vi de pie en la siniestra entrada  del caserón, con el principio de la escalinata a mi derecha y la puerta principal a mi izquierda. Me dolía las rodilla, las piernas agotadas aún me temblaban, mi boca parecía llena de estropajos y la sienes  que me latían encabritadas estaban a punto de estallarme,  pero no me lo pensé dos veces, como pude inicié una carrera desesperada  hacia la puerta y salí de la casa corriendo todo lo  rápido que puede.

-¿Y  que pasó después?

Interrumpió el policía que había permanecido callado escuchando pacientemente el relato de Dani.

Dani le miró extrañado, no entendía muy bien la pregunta y algo tímido le contestó.

-Pues que corrí por la acera camino de mi casa y me choque con usted, y ahora estamos aquí y seguro que mi madre está a cada minuto, más preocupada.

Dani, envalentonado miró manteniendo sus ojos fijos en los del agente, que le aguanto  la mirada uno segundos, intentando averiguar si ocultaba algo, suspiro profundamente y con la voz serena le pregunto despacio.

-Dani, la fantástica historia que me has relatado, suponiendo que sea cierta, no pudo haberte llevado mas de tres o cuatro horas… Yo, lo que quiero saber es ¿donde has estado y que has hecho en  los cinco años que llevas desaparecido?

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