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5 min
La escucha
Suspense |
29.05.15
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Sinopsis

Un fanático de las escuchas telefónicas escuchará lo que no debió... Su único problema será ser escuchado.

La escucha

Son unos hijos de puta, esos burócratas del ministerio de salud tampoco me van a escuchar, como la policía, la municipalidad, e incluso el ministro de defensa exterior. Si no fuera por Federico jamás hubiera podido conseguir la cita. Soy una persona modesta, y no soy muy bueno con las relaciones sociales, por lo tanto nunca pude codearme con los sectores más poderosos de la sociedad. Que tengo un buen apellido es cierto, pero de nada sirve eso en el siglo veintiuno, no si ese apellido no es el mismo de alguna persona de la farándula o  algún político famoso.

Tengo que dejar de pensar en esas boludeces y actuar ahora. Por más resentido que esté con estos hombres poderosos si no logro que me escuchen cosas horrorosas van a ocurrir, cosas horribles… yo creo en lo que escuché, no tengo pruebas, pero lo creo.

Nos quedan tres días, tres días para que alguien me haga caso. Si hubiera grabado la conversación… siempre las grabo, es mi hobby. Un hobby raro y que podría ser denunciado por invasión a la privacidad. Al principio nadie lo entendía. Cuando me casé con Natalia se lo oculté, mientras fuimos novios no se lo conté. No vivíamos juntos y no tenía tanta importancia. Al inicio del matrimonio, cuando empezamos a convivir traté de dejarlo. Guarde todos los interceptores, la grabadora, todo. Pero no pude. Escuchar fue algo que me gusto siempre. Empecé cuando era chico y mi radio intercepto la señal de un Handy que usaban los guardias de seguridad del laboratorio de enfrente de casa (toda mi vida he vivido en el mismo lugar) y desde ahí no pare más. A medida que fui creciendo me fui comprando el equipo para continuar escuchando. A los treinta años comenzaron a aparecer los teléfonos celulares, eso lo cambio todo.

Natalia se enteró de que me gustaba escuchar conversaciones privadas (la mayoría telefónicas) cuando estaba embarazada de nuestro primer hijo. Ya era demasiado tarde como para mandar la familia a la mierda por un hábito estúpido y termino aceptándolo.

Malena y Pablo nunca supieron que su papá era así de raro, ellos me aman con locura, y es posible que ese amor sea el que no los lleva a preguntarse qué hace su papá todos los domingos a la mañana encerrado en el altillo. Ya son grandes, tienen la capacidad para entender que lo que hago está mal. Pero mi afición por los secretos se ha convertido en más que eso, lo considero casi una necesidad vital, ¡y no es porque sea chusma! No, es por las historias. No puedo dejar las historias inconclusas, por eso siempre escucho a las mismas personas. Las llamadas que sé que puedo interceptar para continuar las historias y no dejarlas inconclusas.

Mi vida cambió hace cuatro días a las nueve de la mañana. Estaba en mi altillo, escuchando a la señora Gómez hablando sobre el nuevo amante de su hija cuando capté una señal del laboratorio de enfrente. Ya estoy cansado de escuchar las llamadas del laboratorio, después de todo, mi primer escucha fue de allí. Pero esto me llamó la atención porque los domingos el laboratorio está cerrado.

Sentí tanta curiosidad que pensé que la hija de la señora Gómez y sus mil amantes podían esperar y me concentré en la llamada. No podía creer lo que estaba escuchando…

“Ya tengo todos los cultivos del virus preparados para que los vengas a buscar… no, tiene que ser ahora, a la tarde llega el otro seguridad y por desgracia ese no es alcohólico… venís ahora o perdes la oportunidad de ataque y si el domingo que viene a las tres de la tarde media Argentina no está infectada y la otra mitad muerta nos matan. Por ahora quiero seguir vivo... ¡pareces una vieja quejona!... dale, te espero. No te olvides de traer las cajas de seguridad. Si una de las capsulas se te rompe y no tenes el traje puesto el primero que revienta sos vos.”

No grabé nada. Malena estuvo jugando con la grabadora la semana pasada y la rompió, si tuviera la grabación… pero no la tengo, y nadie me cree. Malena y Pablo se van a morir, es posible que Natalia no llegue a llamarme para avisarme que no los puede despertar…

No. Todavía tengo tiempo, tengo tiempo hasta el sábado. Federico no me cree, pero igual me consiguió una cita con el ministro de salud. Tiene muchos contactos y me debe varios favores. Gracias a mi supo que su mujer jugaba al pool con el palo y las pelotas de su mejor amigo. Gracias a mi supo que ningún vecino había escuchado los gritos de Julia y Eugenio y nadie había llamado a la policía. Eso le dio el tiempo justo para limpiarse del lugar y llamar el, diciendo que alguien había masacrado a su pobre Julia.

En quince minutos seguro estoy en hall del ministerio, solo si el gordo del colectivero deja de toser y se da cuenta de que el semáforo ya está en verde. El hombre a su lado comienza a toser. No, no puede ser eso, no hasta el domingo. 

El colectivero escupe sangre. Los ojos se le agrandan cuando ve la mancha roja en su mano, pero cuando quiere levantarse de su asiento se ahoga. Ya no puede gritar.

Comienzo a toser.

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