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6 min
La Esperanza del Prisionero
Suspense |
28.11.17
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Sinopsis

Inútil es la esperanza del prisionero al que no piensan liberar jamás...

        LA ESPERANZA DEL PRISIONERO    

 

Es curioso. No creía posible poder reaccionar así, pero me estoy riendo de buena gana. Me ha hecho muchísima gracia. El hombre en el que puse mi esperanza hace dos días es un malnacido ,o un retrasado mental, nunca lo sabré a ciencia cierta supongo, pero no puedo dejar de apreciar su creatividad en la búsqueda de una solución a nuestra situación.

A veces cuando te llevas un golpe fuerte, y sientes un dolor de mil demonios no optas por llorar, más bien todo lo contrario. ¿ Quién no ha estallado en carcajadas cuando se ha caído de culo? Algo así me está pasando a mí ahora, pues aunque mi dolor no sea físico, es hondo dentro de mi alma, pues con la imagen que le ofrecen mis ojos, pierde ya toda esperanza, esperanza que me ha hecho seguir vivo aún estos dos días.

Y no ha sido fácil. La sangre aún mancha parte de mis manos.

No fue así desde el principio. Bien sabe Dios, que cuando el enemigo nos trajo en dos barcos como prisioneros de guerra, y nos abandonó en este islote yermo y pedregoso, sin más recursos que un pequeño manantial de agua dulce; respetamos todas las leyes de la ética y la humanidad. Empezamos alimentándonos con roedores que existían en la isla, y cuando éstos faltaron pasamos a los reptiles y más tarde a los seres inmundos que servían de alimento a ellos. He probado el sabor de todas las alimañas que se arrastraban por este maldito roquedal.

Han pensado bien donde traernos a sufrir o a morir, pues no se acerca ningún tipo de pescado a estas rocas, ni ningún tipo de animal que se aferre a las mismas. No hay nada que pescar en estas aguas.

Y mientras tanto, los días dieron paso a semanas, y no teníamos noticia alguna del curso de la guerra, ni de nuestros captores. Albergábamos la vana esperanza de servir como moneda de cambio en algún tratado, o que acabaran las batallas y que vinieran a buscarnos, y así poder volver a casa…

Más de quinientos hombres en un islote de menos de un kilómetro de radio hace que hasta los gusanos escaseen rápidamente. Cuando comenzamos a hervirnos el cuero de nuestros cinturones, o a hacer sopa con las ralas hojas de matorral que crecen aquí , ya llevábamos un tiempo contrayendo enfermedades relacionadas con la asquerosa alimentación que nos dábamos. Enterramos durante cerca de un mes a los primeros hombres, pero entonces hace un par de semanas todo se precipitó.

Después de más de dos meses pasando por semejante trance, el olor de un buen trozo de carne asada es inconfundible. Llegó al lugar donde estábamos acampados la mayoría de prisioneros como una fragancia de vida. Inmediatamente notamos que se nos hacía la boca agua, y como una manada de lobos rabiosa corrimos hacia un lugar más apartado del islote guiándonos por el olfato como las bestias que persiguen a su presa.

Cuando llegamos al lugar la estampa no podía ser más diabólica. Uno sólo de nosotros había desenterrado el cuerpo de uno de los hombres al que habíamos dado santa sepultura hacía sólo dos días. Había desprendido del muslo del difunto un buen trozo de carne, y después de asarlo, daba buena cuenta ya del mismo. Cuando llegamos en gran número nos miró, y, sino sé que pudo ver en nuestros rostros, juro por Dios, que en los ojos de él ya no vi el reflejo de un alma humana. Como si fuera un perro famélico apuró aún más su bocado, y a continuación sacó su ya oxidado machete y se puso delante del cadáver amenazándonos a todos.

Si en un primer momento la reacción fue de estupefacción por parte de todos, no pasó más de un minuto sin que muchos de nosotros, embriagados con el olor de la carne cocinada nos abalanzaramos hacia delante en busca de nuestro bocado, y entonces aquel hombre cometió el error de tratar de defender su “ comida”. Que Dios nos perdone, pero ese día hubo ración doble.

Hasta hoy todo ha sido una escalada hacia la locura. Se comenzaron a desenterrar muertos, aquellos más recientes que aún estaban en estado aceptable para comer. Pero para más de trescientos hombres que aún quedábamos con vida esto pronto fue escaso también , pues sólo recuperaron en los primeros días unos diez cadáveres. La consecuencia fue la lógica a estas alturas. La alimentación mejora cuando uno o varios mueren…. Por causas naturales u otras. Las escenas son dantescas, y ya apenas quedamos cien hombres con vida, por lo que el ritmo de asesinatos ha bajado. Si bien esto volverá a precipitarse cuando vuelva a escasear la carne.

Tenía miedo y repugnancia ante las perspectivas de futuro. Ya no sabía si era mejor morir y servir como alimento, que seguir viviendo con esta pesadilla infernal. Entonces se me ocurrió lanzarme al mar y que éste me engullera entre sus fauces, con la esperanza que sus fuertes corrientes en esta zona me llevaran lejos.Al menos sería una muerte digna, el caer en el abrazo de las aguas marinas. Pero entonces lo ví.

A unos metros de la orilla de las rocas. El pequeño barco pesquero, que pasaba frente al islote con aire despreocupado, en la búsqueda de un banco de peces que allí obviamente no encontró. El pescador, aún sorprendido por su hallazgo me habló y yo le hablé. Le conté nuestra situación tal cuál la estoy recordando ahora. Me escuchó, su cara mostró a todas luces su estupor y su asco… Me dijo que volvería con ayuda a los dos días, y la esperanza renació en mí de nuevo con una fuerza desbordada. Y aquí estoy dos días después, viendo cómo el sujeto se aleja de nuevo del islote. Me ha saludado con la mano, y me ha sonreído desde su barco. Luego, después de un forcejeo, lo ha tirado al agua y se ha ido.No sé cómo demonios ha logrado traerlo hasta aquí, si con engaños o a la fuerza.

La verdad es que es gracioso. Ahí viene nadando a duras penas, con el semblante aterrado. Aún no sabe lo que es realmente eso. Sí… Ahí viene la ayuda que nos ha traído el pescador, y la que nos va a salvar. Nos ha enviado a un sacerdote…

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