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10 min
La Estacion
Terror |
14.09.08
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Sinopsis

Un viejo hotel, un tranquilo balneario... y de pronto las vacaciones familiares se hundiran en un paisaje de terror.


Miró su reloj y se tranquilizó cuando la fecha en el calendario le indicó que aun le restaban cinco días a sus vacaciones. Este es el estado natural del hombre, pensó, vivir sin horarios, sin preocupaciones, comer y dormir cuando el cuerpo se lo pide y nada más. Estaba junto a su esposa y sus tres hijos disfrutando de un descanso luego de más de 2 años de correr tras sus clientes hasta quedar sin aliento. Ahora casi ni se movía, salvo las cortas distancias entre su habitación, la piscina, la playa y el comedor. Se sentía como un gordo y holgazán lagarto calentándose al sol y se alegraba de ello.
Esa tarde de sábado todo su estrés se concentraba en una partida de ajedrez en las semifinales de un torneo que el antiguo hotel del balneario organizaba para que por lo menos trabajaran las mentes de algunos de sus huéspedes. El había entrado a jugar por curiosidad y para recordar su casi olvidada adolescencia intelectual, pero de pronto se había transformado en la estrella del campeonato, cosa que alimentó su ego pero despertó protestas en su familia ante su repentino abandono de sus idas a la playa en las tardes y sus reiteradas conversaciones monotemáticas sobre sus “inteligentes” jugadas del día.
Suspiró sonriendo mientras se dirigía solo por los amplios corredores hacia el iluminado salón de juegos del señorial hotel construido a principios del siglo XX. Su hija de 12 años había dudado entre ir con su mama a la cercana playa o acompañar a su padre, pero la apacible tarde soleada la convenció para decidirse a jugar en el mar con sus dos hermanos menores.
El olor a café recién hecho y el amigable murmullo de la concurrencia lo concentró enseguida en la partida que debería ganar para jugar el domingo la gran final y… bueno basta de preocupaciones, se dijo, estrechando las muchas manos que se extendieron para saludarlo.
Esa tarde como todas, el tiempo transcurría suavemente en la ciudad balnearia construida entre los cerros y el mar por un visionario ingeniero en los 1890 y tantos. Sin muchos atractivos que no fueran los naturales concentraba un turismo tranquilo y familiar.
Pero algo sucedió. El silencioso ambiente de la sala en la que las piezas de ajedrez se enfrentaban en una meticulosa lucha se vio sobresaltado por el aullido de las sirenas de ambulancias. Se escucharon gritos de los huéspedes que se encontraban en los balcones del edificio admirando el mar. Todos se miraron entre si sin comprender el motivo de la agitación. El se olvidó de la partida y salió corriendo hacia el frente del hotel que daba a la rambla costanera. Vio que todo estaba mojado como se hubiese llovido. Había bolsos, ropas y sombrillas regadas por doquier. Todos corrían, la mayoría en mallas de baño. Comenzaron a escucharse ruidos de motores de helicópteros. Una unidad de bomberos estaba frente al hotel sin tener muy en claro que era lo que tenia que hacer.
Sintió terror. Pensó en sus hijos y su mujer. Era todo lo que tenia y estaban allí donde había sucedido algo que aún el no sabía.
¡Una ola fue una enorme ola!, dijo alguien que corría desde la playa y quizás se dio cuenta de su desconcierto. ¡Se llevo a gente a mucha gente, no lo puedo creer!, agregó tomándose la cabeza con sus manos y se fue trastabillando.
El quedo paralizado sobre la acera castigada por el sol. No podía creer lo que estaba sucediendo. Quizás en un momento se despertaría de una larga siesta a la orilla de la piscina y se reiría de su sueño, pero todo parecía real. Comenzó a caminar, casi como un sonámbulo, pechándose con los que corrían, preguntado a todos por su familia, llorando a cada paso.
Un policía le acompañó hasta una improvisada morgue instalada en una enorme carpa, le preguntó sus datos y le habló algo sobre las consecuencias de un maremoto registrado hacia días a miles de kilómetros de allí.
No vio a sus hijos ni a su esposa entre los muertos ni entre los vivos. El sol comenzaba a declinar cuando regresó al hotel. En el espacioso recinto todo era silencio. Ya no había risas ni conversaciones despreocupadas. Incluso la policía ya había instalado una oficina provisoria en el lugar como parte del plan de emergencia. Los helicópteros que buscaban cuerpos o sobrevivientes en el mar, seguían sobrevolando el hotel quebrando a ratos con su estridente sonido el silencioso estupor que había despertado la tragedia.
Nunca le pareció tan largo el camino hacia sus habitaciones a través del espacioso corredor. Habían alquilado dos que se intercomunicaban entre si, por lo que el imaginaba que iba a ser imposible estar allí, en ese enorme espacio en silencio, recordando todo y esperando nada.
Se detuvo a pocos pasos de la entrada. Aguzó el oído y miró alrededor incrédulo. Había escuchado claramente un grito de niño. Seguramente era de otra habitación pero pareció venir de la suya y se asemejaba a los de su inquieto hijo menor. Luchó por no dar vuelta y regresar al lobby, estaba convencido de no poder pasar mas de un minuto rodeado de los recuerdos de lo que verdaderamente amaba y ahora parecía que se le había escapado entre sus manos de la manera mas cruel posible.
Abrió la puerta y casi se cae de la sorpresa. Todos estaban allí. Con su típica algarabía, conversando y gritando entre si preparaban unos pequeños bolsos. ¿Cómo te fue con el ajedrez?, le preguntó alegremente su esposa.
No se animaba a hablar.
Su hija mayor corrió hacia el y lo abrazó. ¡Nos vamos papi, nos vamos en el tren!
Se recostó en la pared. Un sudor frío le comenzó a recorrer el cuerpo. ¿Adonde van, que tren?, se animó a preguntar.
Su esposa sonrió y le abrazó. No te asustes, no te abandonamos. En la playa nos dieron unos folletos sobre un paseo de un día que parece ideal. Es en un tren de hace mas de 100 años que reconstruyeron y hace un recorrido entre los cerros hasta un lago donde hay un parque temático. Hay una oferta especial que ya pagué. Sale esta noche, pasamos en una posada y regresamos el domingo al atardecer. No pensé en ti pues tienes la final de ajedrez y no te quería enfrentar a una difícil decisión. Le besó en la mejilla y volvió con sus hijos.
El suave y tibio contacto con su esposa lo volvió a la realidad. Nada había pasado, seguramente ellos habían regresado al hotel antes de la enorme ola y se habían salvado de milagro.
¿Estas segura que la excursión se va a realizar pese a lo de la ola?, le dijo, mientras la tranquilidad le iba envolviendo poco a poco.
¿Ola que ola?, le respondió.
Estamos en el medio de una tragedia, hay muertos y desaparecidos, la policía y los bomberos están por todos lados y tú me dices que no sabes nada, no entiendo, rezongó muy tímidamente.
Su esposa sonrió. Ya sabes que cuando estoy de vacaciones me las tomo en serio. Solo me preocupa mi descanso y mis hijos. Ni se de que hablas.
Y así terminó todo. Ayudó a su familia a armar el escueto equipaje y salieron en su camioneta del hotel rumbo a la estación del tren turístico. Ninguno de ellos comentó nada sobre los rostros llorosos que los miraban inexpresivos mientras avanzaban por las estrechas calles del balneario, donde ya estaban llegando equipos de transmisión de varias cadenas de televisión atraídas por la magnitud de la tragedia.
El camino que marcaba el folleto era extremadamente atractivo pues se alejaba de la costa adentrándose en los cerros. Al final estaba la estación reconstruida a nuevo al estilo de fines del siglo 19. Incluso, observó, los empleados estaban vestidos a la vieja usanza.
No vio autos en el estacionamiento, pero se extrañó de la cantidad de gente que estaba esperando el inicio del viaje. Seguramente corría un transporte desde la ciudad a la estación y su esposa no le había dicho nada.
Pensó que era increíble la superficialidad de quienes están en actitud de turistas al ser capaces de reír alegremente y planificar un paseo en medio de la muerte y destrucción. Incluso reconoció varios rostros como pertenecientes a huéspedes del hotel. No quiso profundizar mucho pues sus seres mas queridos estaban involucrados en eso, así que cambio de pensamiento. Abrazó a sus hijos y a su señora antes de que brincaran alegremente al antiguo vagón cubierto de banderas y coloridos globos. El tren con un fuerte pitazo y echando humo arrancó lentamente mientras una banda, algo desafinada, lo despedía desde el solitario andén.
Subió a su camioneta y regresó al hotel. Allí el ambiente era tristemente distinto. Cenó solo en el amplio comedor. En determinado momento, uno de los administradores se acercó y le comunicó que la final de ajedrez se había suspendido. Se inclinó, demasiado respetuosamente para su gusto y se alejó.
Se acostó temprano, pese a que ir a recoger a su familia a la estación al atardecer, era la única actividad prevista para el otro día.
El domingo transcurrió lenta muy lentamente. Casi parecía no haber huéspedes en el hotel y el único movimiento se concentraba en la oficina de policía donde se manejaba la información de las identidades de los cuerpos que seguían encontrándose en el mar.
Prefirió alejarse de ese sector y decidió que el domingo a la noche harían las valijas para regresar el lunes a la ciudad. No le vendría mal un descanso en su casa y poner en orden algunas cosas antes de comenzar nuevamente el trajinar del trabajo. Ya el ambiente del balneario era insostenible.
Luego del almuerzo quedó dormido en un sillón de la habitación y despertó bruscamente. Era casi la hora de ir a la estación. Respiró tranquilo. Necesitaba estar junto a ellos por varios días para disfrutar la sensación de ser una familia, pues aun recordaba la terrible sensación que sintió por varias horas antes de reencontrarlos.
Manejó inquieto hasta hallar el camino hacia los cerros. El sol bajaba rápidamente, pero lo comenzó a transitar aun con luz. Apretó el acelerador. Quería abrazar a sus hijos. Necesitaba el calmo ardor de su esposa.
Frenó bruscamente. Ante él, una valla, ya vieja y herrumbroso cruzaba la carretera de lado a lado. En el cartel apenas se leía “Ruta clausurada”. Claramente se notaba que hacia mas de medio siglo que nadie pasaba por allí.
Lo comprendió todo. Supo quienes eran los pasajeros del tren. Temblando manejó de regreso al hotel. No se extrañó cuando el administrador le dijo que le esperaban en la oficina de policía pues tenían información sobre los cuerpos de su familia.
Nunca sabría quien o que le había dado el privilegio de conducirlos hasta su última estación.






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  • Otra buena historia
  • Eligio un destino atrapante para sus vacaciones...demasiado atrapante.

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    Un pequeno detalle cambio la historia.

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    Pese a la opinion de la protagonista de esta historia, lo que usted va a leer es una nueva version del tradicional cuento infantil. (fe de erratas) El verdadero titulo de este cuento es: SOBRE HOMBRES LOBOS Y EL COLESTEROL, pero no cabe en el espacio reservado para este. Paciencia.

    Un viejo hotel, un tranquilo balneario... y de pronto las vacaciones familiares se hundiran en un paisaje de terror.

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