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4 min
La estación
Terror |
19.04.15
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Sinopsis

Estaba casi anocheciendo y hacía un frío húmedo que no invitaba precisamente a salir a la calle.

Aquel viernes, Nico se encontraba cansado, había sido una larga semana de estudio pero los exámenes del primer cuatrimeste de la Universidad habían acabado y era libre para pasar el fin de semana con su familia.

Se dirigió a la estación, pequeña para ser la única de la ciudad. Como consecuencia de la crisis las taquillas estaban cerradas al público al igual que el acceso al interior asique los billetes se compraban directamente en los autobuses. Aunque era viernes, no había ningún otro viajero, absolutamente nadie a su alrededor. Estaba aún más desolada que de costumbre lo cual era en parte lógico pues estaba casi anocheciendo y hacía un frío húmedo que no invitaba precisamente a salir a la calle.

Miró al reloj y luego al cielo, estaba empezando a llover y el viento soplaba con gran intensidad. Por suerte habían habilitado un pequeño recinto, una especie de cabina de unos 10 metros cuadrados, para resguardar a los viajeros en situaciones como ésta.

La puerta estaba atascada y tuvo que forzarla un poco para poder entrar. La lluvia no cesaba, era como aguanieve y parecía que la fuerza descomunal del viento iba a llevar por los aires aquel recinto con frágiles cristaleras. La humedad se adhería a sus huesos, tiritaba y no dejaba de mirar al reloj. Entonces la puerta comenzó a abrirse al son de la ventisca, rechinaba y parecía simular la entrada a la cabina de viajeros invisibles. Los cristales temblaban tanto como él. La atmósfera era tétrica. Se estremecía cada vez que sentía que la puerta se iba a abrir de nuevo y se dirigió a ella para apoyarse y así evitar aquel escalofriante ruido. Su acción surtió efecto e intentó guardar la compostura. Sin embargo, la situación se tornó estremecedora cuando comenzó a ver luces y sombras reflejadas con nitidez en el cristal de enfrente. Parecían rúbricas humanas y una desconocida sensación de pánico recorrió cada poro de su piel. Frunció el ceño, pestañeó varias veces y pensó que sólo eran alucinaciones. El autobús seguía sin llegar y la espera se hacía cada vez más larga.

De repente, sintió una brisa helada sobre su hombro derecho y ya no pudo soportarlo más, abandonó aquel lugar siniestro y echó a correr sin saber a dónde, perdiéndose en las tinieblas de la oscuridad. Volvió la vista atrás y se percató de que su autobús estaba entrando en la estación para pararse en frente de aquellas cristaleras temerosas.

Se tranquilizó y volvió hacia allí sin poder disimular en su rostro el horror por lo que había ocurrido. Estaba afligido, agotado pero en cierto modo aliviado. El joven subió los cuatro escalones de dos saltos y el conductor le recibió con una leve sonrisa. Rápido observó su cara de susto y le preguntó:

— ¿Qué te pasa? Estás empapado, parece como si hubieses visto un fantasma.
— Nada, es que llevaba bastante tiempo esperando.

En realidad sólo habían sido 10 minutos pero a él le parecieron toda una eternidad.
Por fin se sintió a salvo y se dispuso a pagar su billete, simultáneamente el conductor metió la mano en el bolsillo de su pantalón, dirigió hacia él una mirada amenazante y sacó algo de acero. Su rostro era la viva imagen del delito que estaba por acontecer.

— ¿Por qué? — preguntó Nico.

Esas fueron sus últimas palabras, una pregunta sin respuesta. Un río carmesí recorrió las escaleras del autobús.

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