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5 min
La eterna caída del hombre salvaje
Reflexiones |
15.01.14
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Sinopsis

Aquí, tratando de pegar un bocado a la dura corteza que cubre este mundo nuestro para vislumbrar qué hay realmente dentro... Advierto: es una impresión muy personal.

Me agotan las frases grandilocuentes que pretenden que nos creamos que vivimos en una época única en la Historia, que culminará, inexorablemente, con la Gran Explosión. Por desgracia, esta no es la única crisis: el hombre permanece en un estado de caída constante e imparable. Desde el principio y hasta el final, sea este cuando sea. Ninguna ideología se ha expandido en luz y felicidad para todos. Toda creencia ha sufrido el impacto de la perversión de sus ovejas negras, espantadoras muchas veces del resto del rebaño. El hombre es un salvaje.

 

Hoy la desigualdad ha alcanzado su cenit valiéndose de la pretendida globalización. Sin embargo, esta paradoja repugnante no deja de competir en miseria con la que se daba con el dominio feudal de los nobles y terratenientes, que se extendió hasta nuestra hora en demasiados espacios. Hoy el derecho de pernada lo ejercen los politicastros, los jueces vendidos, los banqueros despiadados y los empresarios que solo construyen el cemento de su bolsillo. Un día se luchó a muerte por la libertad de prensa, mas hoy los grandes medios son esclavos de intereses egoístas y ligados a cementos que preñan bolsillos; ni siquiera venden el alma por unas ideas.

 

Hoy nos llaman a la Revolución. Y no carecen de razón quienes nos convocan a la acción. Si no fuera porque la Historia enseña y nos muestra que hasta los movimientos mejor intencionados, cuando estallaron en masa y furia, tornaron en brutalidad. Hay que hacer algo, pero temo a quienes nos llaman “camaradas”, a uno y otro lado. Y no hace falta irse a las guerras mundiales, a las fraticidas, a las que hoy son muchas pero invisibles. ¿Acaso no fue la Ilustración el culmen del sano deseo por abrirse paso a la libertad, la igualdad, la fraternidad? ¿Olvidamos ya que terminó en guillotinas, en inquisiciones, en batallas, en juicios y condenas? ¿Podemos obviar que la siguió un Imperio, un nuevo colonialismo cuyas raíces profundas se perciben aún hoy, con África como paradigma de continente fragmentado con escuadra y cartabón, víctimas sus gentes del robo de soberanía y recursos, con sus hijos quedando varados en nuestras costas, atrapados en nuestras vallas con cuchillas?

 

Hoy continúan las dictaduras camufladas, las autoarquías asfixiantes, las democracias podridas. La globalización era esto, un falseado estado de artificial felicidad que solo se llena cuando se consume a costa de asfixiar al otro. Los culpables son los de arriba, nos decimos. Pero incluso hasta los más puros corren el riesgo de pervertirse: por dejarse comprar en caso de ascender o por las consecuencias de su rabia en caso de no llegar a ser escuchados. El miedo es a la brutalidad que amenaza con explotar. Somos salvajes. Me aterran quienes reclaman justicia y tienes las ideas tan claras. De poder, no tardarían en dividir entre “camaradas” y “enemigos”. Los unos y los otros, o “los hunos y los otros”, como decía el bueno de Unamuno, quien dio lo mejor de sí por aunar voluntades confrontadas, por ser puente desde la aparente contradicción de lo más íntimo que escondía en sus propios ecos.

 

Podemos hablar de justicia y solidaridad, pero nos falta el dominio de la fraternidad. Esa que habría que globalizar como motor de una sociedad al fin diferente, la auténtica empatía por el otro, sea como sea y piense como piense. Pero somos salvajes, lobos y cerdos.

 

Por ahora, la esperanza está en unos pocos elegidos, portadores del hondo deseo por ser mejores y ayudar a los demás a ser mejores. Son apenas unos pocos. Son los ángeles de este mundo loco: poetas, misioneros, barrenderos de las entrañas. Son quienes no juzgan y, por tanto, no condenan. Son testigos que solo abrazan. Hasta ahora, su inmenso hacer nos ha bastado para ir tirando, para que no llegue la temida Gran Explosión. Pero es una utopía pensar que algún día estos pasen a ser legión y hasta lleguen a ser quienes tomen las grandes decisiones. Los hilos del mundo están monopolizados por la ponzoña, por los más salvajes.

 

En medio de esa lucha silenciosa, vamos caminando, pese a irse hundiendo la vía. Seamos, por tanto, humildes. Las frases grandilocuentes sobran lo mismo que las revoluciones basadas en la desnortada ideología y no en el fecundo amor. Seguimos errantes, instalados en la eterna caída que nunca llega a su fin. Aún queda para que nos matemos del todo a nosotros mismos. Mientras, seguimos esperando a los redentores.

 

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

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Conquense y madrileño, licenciado en Historia y Periodismo, ejerzo este último. Libertario y comunitarista, voto al @Partido_Decente. Mi pasión es escribir.

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