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8 min
LA EXTRAÑA
Fantasía |
18.11.14
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Sinopsis

En el fondo del río, Mauricio se encuentra con una extraña y bella mujer, Belinda.

 

 

Aunque en el horizonte se avistaban nubes pesadas que amenazaban lluvia, tal vez una intensa lluvia que caería durante horas y horas, Mauricio se olvidó de los malos presagios y bajó las escaleras de madera hasta llegar hasta el muro de piedra que contenía la corriente del río. El río se deslizaba al otro lado, como una presa que retiene la suficiente agua. Mauricio no se dejó amilanar por el agua oscura del río ni por las nube plomizas del cielo.

Lo que hizo fue despojarse de la ropa. Se desnudó y dejó las ropas sobre una roca gris. Dejó camisa y pantalón uno junto al otro como si uno viese la figura de un hombre aplastado contra las rocas por una fuerza de magnitudes desconocidas. Después se metió en el agua hasta los tobillos. El agua estaba fría. Todavía no era verano. Pero el agua helada era reconfortante. Era como meterse en un país nuevo sin pasaporte.

Después de pensárselo se dejó caer en el agua. Pero no sintió frío. Era como si lo ciñesen unos brazos invisibles.

No había nadie en los alrededores y podía morir sin que nadie se diese cuenta. Nadó hasta el centro del río, donde la corriente era más fuerte. Se mantuvo firme unos segundos. Vio su ropa desplegada sobre la roca. Después se zambulló en lo más profundo del río. Donde apenas poda vislumbrar sus propios brazos. Era como nadar en la oscuridad del universo.

Creo que fue cuando la vio. Era una barca hundida en el fondo del cauce. Pudo distinguir sus formas. Pero no pudo decir de que color podía ser. Luego le pareció ver otra cosa. Era una mujer sentada en ella, como si fuera de piedra o de madera, pero que parecía que lo estuviese mirando. Era como si ella estuviese remando en la barca hundida. Sin pensárselo, Mauricio nadó hasta el fondo y vio a la mujer que era joven. Le tocó el hombro para ver de que estaba hecha y, en el momento en que la tocaba, la hermosa criatura reaccionó. Le sonrió o le pareció que le sonreía y comenzó a nadar de forma ágil hasta la superficie. A Mauricio apenas le quedaba aire en los pulmones. Y echó a nadar hacia la superficie. Al llegar tomó una gran bocanada de aire y vio cerca de él la figura sonriente de la mujer. Más bonita de lo que había visto en el agua.

-¿Quién eres tú? Si es que se puede saber. Eras de piedra y luego cambiaste.

-Soy siempre la misma -dijo la muchacha- tú no hiciste nada. Siempre estoy en el fondo esperando a que alguien viniese. No esperaba que viniese nadie hoy. La verdad es que hoy hace bastante frío. Lo reconozco. Soy Belinda. Por si lo quieres saber.

-Belinda, Belinda... -repitió como una salmodia Mauricio el nombre de la extraña criatura. Entonces sintió un enorme frío. Se dirigió hacia la orilla y Belinda entonces lo seguía con una facilidad pasmosa. Como si hubiese nacido en el agua.

-¿Se puedes saber lo que haces? -le preguntó Belinda.

-¿Qué hago? Salir del agua. Me estoy helando. Estos no son días para meterse en el agua, hay que reconocerlo.

-El agua está buenísima -dijo Belinda con una amplia sonrisa. Estaba flotando en el agua y sus cabellos caían sobre sus hombros. Ella salpicaba con el agua. Como para que Mauricio no saliese del agua. Pero Mauricio, a trompicones, salió del agua. Y Belinda se rió de el- no te vayas -pero ella sabia de sobras que saldría del agua y la dejaría sola- ¿me abandonas? Te he estado esperando durante tanto tiempo…

-Tú no estabas esperando por nadie. Eres una mentirosa. Sé que lo dices solamente para burlarte. No sé qué clase de ser eres tú, como para estar viviendo allá abajo.

-¿Y a ti qué te importa lo que sea? Lo que me importa es que me ames.

-Otra mentira -rezongó Mauricio mirando como Belinda salía del agua. Era tan alta como él. Y estaba desnuda.

-No puedes estar desnuda...

-¿Y tú?

Pero Mauricio ya se había puesto los pantalones y su cuerpo se había secado con la brisa.

Hubo unos truenos que parecían que crujían lejanos pero Mauricio conocía esa clase de truenos y sabía que en pocos minutos estaría encima de ellos con su parafernalia de rayos y de lluvia despiadada. Puso la mano sobre los ojos para ver mejor el horizonte. Para ver las nubes oscuras. Sonrió sin saber exactamente porque sonreía. Ta vez satisfecho al ver que sus presentimientos se cumplían. Después se abrocho el pantalón y le entregó su camisa a Belinda.

-No puedes estar desnuda todo el tiempo.

-¿Por qué no?

-Puede venir gente.

Belinda se echó a reír ante los escrúpulos de Mauricio. Después cogió la camisa y se la abotonó hasta el último botón. Le cubría hasta los muslos. Mas que camisa parecía un vestido un tanto descocado. El cabello que le llegaba mas allá de las rodillas también le servia para cubrir sus impudicias. 

-Creo que en poco tiempo echará a llover -dijo Mauricio.

-No me gusta la lluvia. Solamente me gusta el agua que viene en la corriente del río. ¿Por qué tiene que llover tanto?

Mauricio no supo qué contestarle. Llovía demasiado en los últimos años, pero era inevitable.

Debían de encontrar un lugar donde refugiarse. El conocía el lugar. Solamente había que trepar las escaleras de una colina y llegar hasta una cafetería junto a un pequeño lago lleno de agua.

Belinda parecía que estuviese cansada. Los escalones de madera que llevaba hasta el bar le costaba subirlos. Mauricio detrás de él escuchaba sus jadeos. Se detuvo un instante y la cogió de la mano y la ayudó a trepar por la escalinata estrecha, bordeada por matojos salvajes.

-¿Es que nunca has salido de ese río? -le preguntó Mauricio.

-La verdad es que no -contestó ella con el aliento contenido.

-¿Quieres que paremos?

Belinda adoptaba una actitud estoica ante la ascensión. Se puso una mano en el pecho cuando llegaron hasta el último de los escalones. Y no puso objeción cuando se sentaron en una de las sillas metálicas. En el momento en que se sentaban sonó otro trueno y comenzó a llover tremendo. Las gotas con la fuerza con que caían, rebotaban en el cemento.

-¿Alguna vez has visto llover de esta manera? -preguntó Mauricio.

El camarero quiso saber lo que querían los dos.

-Algo dulce -dijo ella- hace tiempo que no tomo algo dulce.

-Tómate una coca-cola.

A través de la camisa blanca de Mauricio se transparentaban los pechos de Belinda pero le importaba más bien poco. Pero le llamó la atención el aspecto oscuro de la bebida.

-Parece agua de río -dijo ella y después saboreó su coca-cola y sonrió complacida. 

Belinda tenía en sus dedos el vaso con la coca cola. Dentro de la cafetería había una máquina de pin-ball.

-¿Quieres que juguemos? -le preguntó Mauricio a Belinda. Y Belinda le dijo que nunca había jugado a esa clase de juegos. La máquina era de madera y no funcionaba. Era antigua y solamente lanzaba las bolas de metal por los pasillos, pero ninguna luz se encendía ni sonaba ningún timbre- lo siento -le dijo a Belinda- estas máquinas están pasadas de moda.

-¿Quieres decir que son viejas? -dijo Belinda que llevaba su bebida en la mano. Dejó el vaso después de beberse un trago sobre el cristal del pin-ball- tengo que decirte una cosa -le dijo a Mauricio.

-¿Qué? 

-Tengo que marcharme. Es mi sino. No puedo estar demasiado tiempo fuera del agua. Mi cuerpo se resiente. Pero puedes venir a verme cuando quieras.

El río estaba a unos cien metros de distancia. Y ella se dirigió hacia el camino que llevaba hasta el río.

-Al menos devuélveme la camisa -le gritó Mauricio, la gente murmuraba al ver a un hombre com el torso desnudo y a una muchacha con una camisa y además descalza.

Pero más se sorprendieron cuando Belinda se quitó la camisa y vieron su reluciente desnudez. Ella bajó hacia el río sin despedirse de Mauricio, solamente dejando un beso húmedo en su mejilla izquierda. Después desapareció.

Mauricio se puso la camisa y miró hacia la superficie negra del agua y pensó que de ninguna de las mas maneras le gustaría vivir dentro del río. Se bebió su cerveza y luego tomó la coca cola para recordar si los refrescos eran tan dulces como recordaba en sus años de juventud. La escasa gente lo miraba de forma inquisitiva.

El entonces se encogió de hombros.

-Para mí no es nada más que una extraña -dijo y siguió bebiendo. 

FIN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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