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7 min
La Fiesta de Cumpleaños
Humor |
07.11.12
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Sinopsis

¿Quien no ha acudido a una celebración así?

 

La fiesta de cumpleaños se efectuaba en el pasillo de estacionamiento de una pequeña calle privada.  La diligente madre del festejado cuidaba cada detalle y se esmeraba atendiendo mesas, sirviendo sodas y rellenando platones de botanas diversas, dándose tiempo para recibir a cada nuevo invitado y asignándole su respectivo lugar.  Poco más de tres docenas de niños iban y venían cual revoltosos jabalíes por cuanto espacio libre hubiera, y algunos lo intentaban aún por donde no lo hubiera.  Los casos de choques, sillas y mesas tumbadas y ropa manchada era evidencia clara de lo anterior.  Pequeños grupos de mujeres se distribuían a través del lugar, algunas ayudando a la anfitriona en sus tareas y las más, estableciendo herméticos territorios, definidos por lazos familiares o por alguna otra afinidad, mientras que los escasos caballeros bostezaban por los rincones tratando de evitar ser atropellados por los infantes.  Estruendosas carcajadas, uno que otro llanto, no pocos regaños y los abominables e idiotizantes cantos del grupo de animadoras infantiles amenizaban la reunión.

Tras la barda que separaba a la casa contigua asomaban discretamente el par de pequeñas cabezas de cabellos negros e hirsutos de los niños vecinos, que si bien, de la misma edad que el festejado y aun compañeros de escuela, no habían sido requeridos para la ocasión.  Esto era debido a los pleitos constantes, causados por la naturaleza propia de estos últimos, que era bastante pendenciera y liosa.  La reñidora disposición de animo no era exclusiva de los niños, sino que era compartida por gran parte de la familia, constituida por la madre, la abuela y siete hermanos más, (uno de ellos en la cárcel y otro escondido en los Estados Unidos para sustraerse de la orden de aprehensión que pesaba en su contra).  El único de natural pacífico y dócil era el padre, pero ya la gente del barrio cruzaba apuestas acerca de cuanto tardaría aquel buen hombre en explotar contra su agreste esposa.

Y así las cosas, la fiesta discurría con la agitación con que suelen discurrir las fiestas.  Llegado el momento, un individuo trepó al techo de la casa sede de la reunión mientras que otro hizo lo propio pero en la residencia de atrás, uniendo ambas con una gruesa soga de la que pendía, más o menos en el medio, una colorida piñata.  El júbilo de los pequeños se acrecentó y por fin todos enfocaron sus baterías hacia un mismo objetivo, atrás quedó la guerra de niños contra niñas, que si bien estas ultimas gritaban y se quejaban más, disfrutaban tanto como los primeros.  Se declaró una tregua.  Una larga fila se formó en donde los más pequeños ocupaban las primeras posiciones, y los más grandes y fuertes iban a la zaga.  Empujones y conatos de trifulca se sucedían a lo largo de la fila y no se suspendieron hasta que una señora algo rolliza extrajo de la casa un palo adornado con papel así como un pañuelo para vendar los ojos.  Los primeros y más pequeños niños fueron exentados del trámite del vendaje y los hombres de las azoteas acomodaban la piñata a modo para que aquellos pudieran atinar sus ligeros golpes.  El conocido cántico de “dale, dale, dale, no pierdas el tino…” marcaba la duración de cada ronda.  El turno de los más briosos llegó y los de las azoteas tuvieron ocasión de demostrar sus habilidades en el manejo de la cuerda de la piñata, destreza adquirida a través de innumerables fiestas de cumpleaños.  La piñata ya comenzaba a mostrar signos de deterioro cuando tocó el turno de un recio mocetón de alrededor de once años.  Mal encarado y de mirada hostil, se aproximó a la piñata con gran resolución.  La dama rolliza procedió a colocar la venda sobre los ojos del muchacho y en seguida a guiarlo por los hombros en una serie de vueltas sobre su eje, con el propósito de provocarle un mareo que le impidiera atinar sus garrotazos sobre la sufrida piñata.  Acto seguido se decretó el inicio de las hostilidades al grito de “A la una, a las doooos y a laaaaaaas tres…”.  El vigoroso infante plantó firmemente una pierna atrás y asestó terrible golpe a la panza de la piñata, provocando admiración y expresiones aprobatorias en el resto de los chiquillos que ya deseaban abalanzarse sobre el preciado botín de dulces y frutas que formaban las entrañas de la víctima.  Al instante una tía del festejado saltó de entre la muchedumbre dando gritos de alarma y deteniendo la refriega. Había notado que además de fornido, el chamaco era tramposo, pues por la parte inferior del vendaje que le cubría, asomaba un inquieto ojo.  Nuevamente hizo acto de presencia la corpulenta matrona y corrigió las fallas en el vendaje del joven, quien entre interjecciones por lo bajito, reinició su ofensiva.  El primer golpe dio en el vacío, provocando las risas del público.  Para el segundo golpe, el chico decidió usar la estrategia de percibir el sonido y el viento que provocaba la piñata al volar sobre el y esperar al momento justo para descargar su porrazo.

Y así fue…

El jovencito volvió a colocar su pierna de apoyo atrás y con gran animo dejó caer su poderoso golpe, el cual falló por mucho a la piñata pero fue a dar a la cabeza de uno de los vecinitos asomados por sobre la barda.  Este lanzó salvajes aullidos y se desplomó desde arriba de las cajas en las que estaba trepado para atestiguar el festejo, seguido por su hermano, al cual había tomado del cuello de su camisa en un vano intento de evitar la caída.  Los aullidos se duplicaron al caer ambos al suelo desordenadamente.  Los pequeños de la fiesta estallaron en carcajadas mientras sus madres ahogaban en las gargantas las expresiones de susto y sobresalto.  Este bullicio fue aprovechado por el propio causante para retirarse la venda y notando el descuido de los asistentes, descargar un último y enérgico golpe de gracia, vaciando de una vez por todas los dulces entresijos de la piñata.  Los niños acrecentaron sus gritos al arrojarse sobre el trofeo.  Algunos padres, todavía en sus rincones, voltearon a la pared para sofocar mal contenidas risas.

Por sobre todo el griterío, se percibían ya la voz potente de la mamá de los vecinos, que desde el otro lado de la barda, sazonaba sus reproches y condenas con hartas maledicencias, de ningún modo apropiadas éstas para público infantil, y algunas de hecho no escuchadas siquiera en los más ínfimos tugurios frecuentados por la peor sociedad.

La cacofonía de quejas y lamentaciones disminuyó en cuanto los vecinos pasaban del patio al interior de su domicilio, pero esto no duró, puesto que al momento se volvieron a escuchar, y ahora más fuertes, pero provenientes de la entrada al pasillo de estacionamiento, donde se podía apreciar a la ruda mujer abrazando a sus dos lacrimosos mocosos y continuando con nuevas y aún peores locuciones, mientras en la fiesta la algarabía aumentaba.

Para finalizar su sarta de improperios, la dolida madre gritó:  “Abusivos, si no me los invitan, no me los golpeen”.

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