cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

12 min
La Fiesta de la Vida 1de2
Suspense |
27.04.09
  • 4
  • 6
  • 2756
Sinopsis

      Dominique Maurier se levantó a las 8.15 como todas las mañanas para barrer las escaleras del rellano y sacar los contenedores de basura a la calle. Luego se sirvió un café con media tostada untada en mantequilla y se sentó plácidamente en una destartalada hamaca a leer el periódico con la puerta de su habitación abierta, a la espera de que algún inquilino fuera en su busca para subsanar algún pormenor de los que son tan frecuentes en los edificios antiguos. Dominique llevaba a rajatabla esta rutina desde hacía ya más de cuarenta años. Era la única vida que conocía; la única que quería conocer: un onírico mundo donde él era el rey, el mecanismo que hace girar meticulosamente las aspas de un reloj ya anticuado.

El edificio sólo daba cabida para cinco viviendas. Pero Dominique era bastante exigente con quienes las podrían ocupar; no permitía parejas fuera del matrimonio, extranjeros, músicos ni a ciertas clases sociales. Pero los malos tiempos no sólo te recortan el presupuesto, sino también los principios y valores. Y la verdad es que un hombre con poco dinero no se puede costear demasiados principios. Es por eso que aquella mañana se levantó antes de su hora, agitado por el nerviosismo y la impotencia, pues no tuvo más remedio que alquilar el ático a un grupo de jóvenes que vivirían en comuna, seguramente, entre drogas y libertinaje.
Cuando llegaron con el furgón de la mudanza el anciano casero quedó sorprendido al ver que apenas descargaron muebles; unas pocas sillas, una mesa de mimbre y unos cuantos catres. Lo que sí descargaron fue una cantidad asombrosa de lo que Dominique calificó inmediatamente de basura. Se quedó inamovible apoyado en el marco del portal contemplando con los brazos cruzados y el ceño fruncido la mudanza de los nuevos inquilinos. No recibió de éstos más saludo que una inclinación de cabeza; lo que hizo que aumentara todavía más el desprecio que ya sentía por esa gente.
Pensó que lo mejor sería llamar la atención de los jóvenes y repetirles las reglas del edificio con un tono aún más severo que cuando lo hizo la primera vez, pero en ese instante entraron en el portal la familia que se alojaba en el 4º B: un hombre de mediana edad, de notable cultura y posición, su mujer, reservada y amable, y su pequeño hijo de diez años; demasiado remilgado y repelente para la aprobación del anciano. Saludaron amablemente al casero y el padre, Kassovitz, se acercó a éste para charlar un poco como hacía de costumbre. El niño le dedicó una alegre sonrisa mientras subía las escaleras con su madre, lo que le hizo comparar a tan educados inquilinos con aquellos greñosos del ático.

-¿Los nuevos? –Preguntó el señor Kassovitz.
-Sí… -respondió molesto- Los nuevos.
-Bueno, Dominique –dijo con una sonrisa-, son raritos, pero seguro que no son mala gente.

Dominique se limitó a mirarlo fijamente durante unos segundos y volvió su rigurosa mirada a la tarea de los nuevos inquilinos. Saltaba a la vista que el viejo casero estaba algo más que molesto en esos momentos.

-Eres un buen casero, estoy seguro de que sabrás dominar la situación. -Kassovitz dio unas palmadas en el hombre de su amigo y subió a su casa.


Al día siguiente, la señora Allegret –una anciana de ochenta años que vivía sola en el segundo piso con su gato Missi- se quejó a Dominique por los ruidos que salían del ático pasada la medianoche; un tenue gemido que se confundía ocasionalmente con el mundanal sonido de la calle. Pasó tanto miedo que estuvo a punto de llamar a la policía, pero resolvió que eso era competencia del casero, pues nadie más que él es el responsable de lo que ocurriera en el edificio. La queja, la primera de ese tipo que ocurría en su edificio, lo enfureció tanto que subió las escaleras hasta el ático y aporreó la puerta con ahínco. Tras unos minutos la puerta se entreabrió unos centímetros y asomó el rostro ojeroso y abatido de uno de los jóvenes.

-¿Qué pasa?
-Greñoso, no me vengas con cuentos. Abre la puerta ahora mismo.
-Que va, tío. Esta es mi casa.
-Y un….
-Lo es mientras pague el alquiler –le interrumpió.
-Con que ésas nos gastamos, ¿no? Te lo dejaré bien claro: como uno de mis inquilinos vuelva a quejarse por el ruido os pongo a ti y a tus fornicadores amigos en la calle. ¿Estamos?
-Buenas días, señor Masie –respondió el joven mientras cerraba la puerta hubiese terminado o no de hablarle el casero.
Es Señor Maurier!


La señora Allegret ya no miraba con buenos ojos a Dominique; no había quedado nada satisfecha con la simple amonestación que el viejo casero había dado a los nuevos vecinos, pues estos siguieron con esos apagados gemidos nocturnos; demasiados afligidos para ser gimoteos de placer, declaraba Allegret. Después fue el señor Bonnel -un jubilado que vivía con su esposa en el 4º A desde hacía ya más de diez años- quien de un modo tímido y servicial -como era propio de él- se dirigió al casero para confesarle que por la mirilla de su puerta había visto varias noches alternas a los nuevos inquilinos salir a la calle a horas tardías y volver a hurtadillas con varias bolsas de basura. Y había algo que le inquietaba más, desde hacía unos días había escuchado un extraño cántico que duraba todas las noches desde las 11.30 hasta las 12.00 de la noche. Estaba seguro, le dijo señalando con un dedo al ático, que esos tipejos cantaban a Satanás, o, ¿Acaso no era eso frecuente entre esos jóvenes demasiado “guais” para la vida decente?
El color del rostro de Dominique había cambiado de color notoriamente mientras el señor Bonnel le contaba todo lo que había visto. Nunca, jamás en su vida, había presenciado nada igual en su edificio. Estaba claro que algo ocurría con los nuevos inquilinos y esta vez no se limitaría a una reprimenda tras la puerta entornada.


El agente de policía hablaba con Dominique sin prestarle demasiada atención mientras revisada la jauría de papeles que estaban esparcidos por su mesa. Sin duda era frecuente que ancianas y viejos cascarrabias fueran a quejarse a la comisaria por los molestos vecinos.

-Señor Maurier, son jóvenes, es normal que den rienda suelta a su libido. Y por lo que me dice, son modositos; sólo gimen. Debería escuchar a mi mujer. Dios… parece que estén degollando un maldito cerdo.
-Pero agente -dijo Dominique algo indignado por los comentarios del policía y su negativa a ayudarle-, molestan a mis inquilinos. La señora Allegret es ya muy mayor y se asusta fácilmente. Y no son sólo los gemidos, también es esa terrible humedad que hay en todo el edificio desde hace unas semanas; jamás había ocurrido tal cosa hasta que llegaron ellos. ¿Y si me están destrozando el piso? Y esos canticos me sacan de mis casillas. No permitiré adoradores del diablo en mi edificio; vive Dios que ni a uno sólo… Y no dejan de meter y sacar basura. Sacos y sacos de basura. ¡Mierda, coño! ¡Mierda en mi edificio!
-Un gato en celo a las cinco de la madrugada también acojona lo suyo de vez en cuando, Señor Maurier. Y como ve, no nos deshacemos de los gatos de toda la ciudad por eso. También tienen derecho a rezar o cantar los que les salgan de las narices, es un derecho constitucional. Y por lo que me cuenta, su edificio ya es bastante antiguo, ¿qué esperaba, que durara siempre en buen estado?

Dominique cogió su sombrero y se levantó bruscamente del asiento sin que el agente de policía se sintiera mínimamente indignado por su salida. Tenía mucho trabajo, demasiado como para estar escuchando disputas de vecinos. Dominique no miró hacia atrás en ningún momento, no suplicaría a ese vago funcionario. Él siempre se había ocupado de sus asuntos y así debería seguir siendo. Ir hasta allí fue un error.


Al llegar al edificio, el Señor Kassovitz se encontraba en el portal fumando plácidamente. Al ver al casero, sacó el paquete de tabaco y le ofreció un cigarrillo. Dominique lo aceptó con una media sonrisa y le preguntó:

-¿Lorella ya te ha echado de la casa?
-Ya lo creo que sí –respondió sonriendo-. Cualquiera se queda con ella allí dentro mientras prepara la comida. No he visto mujer más enérgica y resuelta a la hora preparar la carne. No entiendo cómo el pequeño Mijaíl soporta su mal humor cada vez que ésta cocina.
-Le irá bien con las mujeres cuando crezca.

El Señor Kassovitz estalló en una carcajada.

-Bueno, Dominique, vuelvo adentro antes de que me riña por no ayudar con la mesa.

Dominique tiró su cigarrillo a la acera y se despidió de Kassovitz. Él también tendría que prepararse la comida. Algo sustancioso que le hiciera olvidar sus penas con los nuevos inquilinos. Sacó unos chuletones del refrigerador y los echó a la sartén aún tibia mientras cortaba unas zanahorias y acelgas para mezclarlas con la salsa. Puso la cacerola en el fuego y agitó el contenido con una gastada cuchara de palo. La mezcla de los olores hicieron que se le abriera la boca del estomago y salivase; pero el placer se tornó en repugnancia cuando una enorme araña marrón de patas alargadas cayó sobre su salsa, y luego otras dos sobre la carne. Quedó petrificado por la escena viendo como los insectos se iban quemando vivos sin comprender que diablos estaba ocurriendo. Al levantar la vista vio cómo una docena de peludas arañas estaban saliendo por el extractor del aire. Se apartó rápidamente y sacó de debajo del fregadero un insecticida que vació sobre el extractor y la hornilla.
      Alguien gritó desde el piso de arriba, por lo que Dominique soltó el bote de insecticida y subió raudo las escaleras. Se trataba de la Señora Allegret, la escuchaba gritar tras la puerta, pero por más que el casero la llamaba, ésta no le abría. No tuvo más remedio que volver a su apartamento, coger las llaves de repuesto y volver a subir, ahora, entre jadeos. Al abrir la puerta la escena volvió a dejarle patidifuso en el umbral de la habitación sin saber cómo reaccionar. Una nauseabunda horda de peludas arañas trepaba por el costado del gato de la anciana mientras otras tantas la rodeaban y acosaban sin que el pobre animal pudiera zafarse de todas. La anciana corría desesperada entre gritos y sollozos tras el gato sin ser lo suficiente ágil para cogerlo; lo más que podía hacer por ayudar a su único compañero de piso era ir aplastando las arañas que encontraba a su paso. Tras unos segundos el gato comenzó a gemir de un modo lastimoso y sus cuartos traseros se desplomaron. En ese momento la anciana pudo atraparlo he intentó quitarle los insectos con la mano, pero éstas picaron insaciablemente la mano de la anciana. Al recuperar el uso de la razón, Dominique se quitó la camisa y se abalanzó sobre la anciana para liberarla de las arañas. La asió por un brazo y ambos salieron rápidamente del apartamento. Los gritos hicieron que todos los inquilinos salieran de sus casas. A lo lejos ya se escuchaba el ruido de la ambulancia o de la policía. Lorella y la señora Fontaine vieron a la anciana en tal mal estado que se acercaron a ella para intentar tranquilizarla, pero la señora Allegret no era consciente de nada de lo que ocurría en esos momentos a su alrededor; ni siquiera de las dolorosas picaduras de las manos, que cada vez estaban más hinchadas y oscurecidas. No, en su mente sólo había cabida para el gato moribundo que sostenía entre sus manos, con la boca abierta suplicando un poco de aire y los ojos enrojecidos y dilatados. Cuando el animal dejó de patalear, la anciana gritó desolada y lo abrazó fuertemente hasta el que el medico llegó y le administro un tranquilizante.
Dominique a penas podía creer lo que había ocurrido. Nunca había visto nada parecido; se flotaba la cara con la palma de la mano continuamente esperando despertar de aquella pesadilla. Entró en el rellano donde todos los vecinos discutían cómo era posible que semejante plaga de arañas hubiese invadido el edificio. El casero comprobó que todos los presentes habían tenido el mismo problema, aún sin llegar a las terribles dimensiones de la señora Allegret. Se preguntó si aquellos greñosos del ático también se habían visto afectados; levantó la mirada hacia lo alto de la escalera y pudo verlos asomados en la barandilla cuchicheando entre ellos, entre risitas… Al ver que el anciano les miraba con recelo, manifestaron su desdén por la situación y volvieron a entrar en el ático.
      No –dijo para sí mismo el viejo casero-, claro que no. Ellos no han tenido problemas.
Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • 69
  • 4.54
  • 209

Tienda

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
11.09.20
10.03.20
Encuesta
Rellena nuestra encuesta