cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

33 min
La final del Primer Torneo de Escritores 2016
Varios |
13.06.16
  • 5
  • 27
  • 9551
Sinopsis

Gracias, ha sido una experiencia maravillosa. La votación cierra cuando los 3 jueces manden su voto.

¿Sabes lo que siento en este preciso momento?

 

relato A

 

El sol se ponía tiñendo de rojo el horizonte y dibujando un reflejo escarlata sobre el espejo de la ría. Lo vi agazaparse tras las islas que cierran la ensenada, para terminar besando aquellas aguas que a principios de la primavera aún debían estar demasiado frías. Una historia de amor envidiable, pensé, pues el paso de los eones no había sido capaz de romper su hechizo.
Me gusta pasear por la playa, escuchar el rumor de las olas hablar cuando golpean contra la orilla, sentir la arena abrazando mis pies al hundirse en sus entrañas y las caricias del mar sobre la piel desnuda. Cuando las fuerzas abandonan y la nostalgia se erige en dueña de mi espíritu, la quietud de esos lugares me devuelve en parte la paz que no consigo de otro modo. Si los problemas que acechan son triviales me acerco a cualquiera de las playas urbanas que salpican la costa de la ciudad. Si las penas se clavan en el alma como mil agujas, atravesando su carne imaginaria, busco el lugar más apartado que pueda encontrar. Aquella tarde había partido de la urbe y cruzado al otro lado de la ría, recorriendo su costa hasta la punta oeste, donde la tierra se asoma al océano insondable.
Me encontraba en la playa de Melide, un extenso arenal rodeado de pinares al que no se accede más que por una pista sin asfaltar salpicada de baches cubiertos con una capa polvorienta. La playa forma una media luna de arenas blancas, flanqueada a ambos lados por sendas elevaciones rocosas sobre las que se enseñorean tres faros majestuosos. Uno en su lado oriental, más escarpado, y otros dos en la orilla occidental, por la cual serpentea un sendero que conduce hasta la punta del Cabo Home, testigo mudo de naufragios y tragedias de las que dan cuenta las cruces que en memoria de tales hechos se levantan en medio de los acantilados.
Disfrutaba el privilegio de disponer del arenal para mí sólo, pues lo poco avanzado del año y la hora tardía conseguían que pocos se acercasen hasta el lugar. Sentado junto a la orilla, oía suspirar a las olas, quejarse a las gaviotas, y la brisa no hacía más que azotarme el rostro y salpicarlo de agua impregnada en salitre. Parecía que se burlase de mí con su incansable ulular, susurrándome en los oídos frases cargadas de nostalgia. Con sólo veinticinco años sentía que mi mundo se hundía.
Poco tiempo para haber vivido y sin embargo me parecía haber vivido ya demasiado. Empecé a trabajar a los dieciséis, compaginando el desempeño laboral con los estudios. Desde entonces no dejara de hacerlo. No hasta unos meses atrás. La maldita crisis se había llevado por delante mis ilusiones. Empezaba a sospechar que aquello no era tal cosa, sino una estafa urdida por un grupo de sinvergüenzas donde perdíamos siempre los mismos. Y hacía tan sólo una semana que había roto con Laura.
Laura, la de los ojos color miel y sonrisa cálida como la lumbre. Aunque los últimos meses a su lado habían sido difíciles, todavía la quería. No estaba seguro de que ella sintiese lo mismo. Siete años de convivencia crean muchos vínculos y no menos desavenencias. En nuestro caso había pesado más lo segundo. Al repasar el por qué llegamos a esa situación no acertaba a encontrar una explicación concreta. Y sin embargo, ninguno de los dos podíamos negar que la relación se había deteriorado hasta el punto de necesitar descansar el uno del otro. Me levanté, acercándome hasta la orilla.
Agarré una rama que dormía sobre la arena y escribí unas palabras allí donde el agua del mar le daba mayor consistencia: A pesar de todo, aún te quiero. Sin duda la frase tonta de la semana, me dio por pensar. Poco duró el ensimismamiento, pues al poco rato otro objeto llamó mi atención. Algo flotaba sobre las olas.
Desconozco qué me impulsó a hacer aquello, pero corrí hacia el mar con la ropa puesta hasta que el agua cubrió mi cintura. Agarré la botella, el corazón dio un vuelco al descubrir que en su interior bailaba lo que parecía ser un papel enroscado. Regresé a la orilla. Me costó sacar el corcho, había sido colocado a conciencia. Tuve que echar mano de la navaja para deshacerlo. Saqué el contenido y desenrollé la hoja. Leí con el aliento entrecortado.
Hola. Soy Ángela, y estoy buscando un beso. Pero no un beso cualquiera, sino el Beso que sólo alguien como tú es capaz de regalarme. Porque estoy segura que este mensaje habrá llegado a la persona correcta en el momento adecuado. Si tú tienes mi Beso, todos los primeros de Octubre, a la caída del sol, estoy en el Parque del Prado de mi ciudad, Montevideo, junto a La Diligencia, vistiendo un pañuelo rojo al cuello, esperando a que me lo traigas. No te demores.
La lectura me produjo una sensación confusa. ¿Quién podía haber escrito aquello? ¿Se trataba de una broma? ¿Alguna loca sin más quehaceres que enviar mensajes absurdos en una botella desde el otro lado del Atlántico? No le di más vueltas. Guardé el papel en un bolsillo, aún hoy desconozco todavía el por qué, y arrojé el recipiente otra vez al mar que lo acogió de nuevo entre sus aguas.
En la orilla, las olas habían borrado mi frase.


— Estás muy guapa. La vida desemparejada no te ha sentado mal después de todo.
Laura sonrió con timidez. Disfrutaba al verla sonreír, pero había algo aquella vez que me desconcertó. Llevaba el pelo recogido en una trenza, lo que acentuaba la redondez de sus mejillas. Las líneas de los ojos perfectamente delimitadas y un discreto color en los labios. Iba muy arreglada, como era habitual en ella. Había transcurrido más de un mes desde el final de nuestra relación y quedamos para tomar café. Y para hablar. Fui yo quien la llamé.
— A ti también se te ve bien —devolvió el cumplido, no sé si por compromiso.
— No me va mal — mentí.
El olor de su perfume trajo recuerdos de un pasado que se me antojaba haber vivido en otra vida. Cuando le hacía el amor esos efluvios me embriagaban, habían pasado a formar parte de su ser tanto como estaban prendidos en mi memoria.
— Bueno ¿y de que querías hablarme?
El tono tan directo me desarmó. Titubeé antes de responder, seguramente a ella no le pasó desapercibido.
— Pues… de nosotros, supongo.
Me arrepentí al momento de aquella frase, pero no podía devolverla a mis labios. No estaba seguro de que todavía hubiese un nosotros.
— ¿Sigues vaciando las tiendas los sábados por la tarde? — añadí en tono de broma, tratando de desviar la atención sobre el desliz.
— Ahora sólo es mi tarjeta de crédito la que lo sufre.
Lo dijo dibujando en sus labios una media luna, pero era obvio que no habíamos empezado con buen pie. En cierto modo parecíamos dos desconocidos que hubiesen concertado una cita a ciegas. O peor aún, dos desconocidos que a pesar de serlo tuviesen mucho que echarse en cara.
— Ya sé que ahora no estamos juntos, pero podría acompañarte algún fin de semana y luego podríamos ir al cine. No veo motivo por el que no debamos ser amigos.
Bajó la vista al principio. Luego me miró a los ojos, tratando de escrutar lo que se escondía tras ellos. Yo desvié la mirada por instinto, intentando ocultarlo. Después cambió el gesto serio y tomó una de mis manos. Había olvidado lo liviano de su tacto. Es increíble lo que puede olvidarse en tan sólo treinta días.
— César, lo nuestro fue hermoso, pero todo tiene un final y no sirve de nada prolongarlo.
Hubiera deseado no seguir escuchando, pero tocaba aguantar el tipo. Después de todo yo había buscado aquello y entraba dentro de lo posible. Lo que vino a continuación también entraba dentro de lo posible, aunque yo no lo hubiese contemplado.
— Mira, te tengo cariño. Pero he conocido a otro chico. Estamos empezando y de momento nos va muy bien. Lo siento.
— A pesar de todo, aún te quiero.
Había pensado en el momento adecuado para soltar la frase. Pero se quedó anclada en mi memoria, sin atreverse a salir. Al igual que las olas la barrieron un día de la arena, sus palabras la habían hecho esfumarse hacia lo imposible. Para siempre.
Deseé escapar lejos, muy lejos. A la playa más remota que pudiera encontrar.


Los últimos meses había naufragado constantemente en un mar de desconcierto. Pero lo que estaba haciendo carecía por completo de sentido. ¿Acaso me había vuelto loco? Supongo que cuando no se tiene nada que perder la razón cede el paso a lo irracional y nuestros actos dejan de regirse por la lógica, para pasar a ser guiados por impulsos. La primavera comenzaba a despuntar y coloridas flores adornaban el parque. Me sentía extraño por vivir dos Abriles en un mismo año. Con la salvedad de que era Octubre. Primero de Octubre, primavera en el Hemisferio Sur.
El viaje había consumido buena parte de mis ahorros. No me costó encontrar La Diligencia. Siguiendo el trazado de la avenida Lucas Obes, bordeando el parque Prado, en el cruce con la avenida Agraciada se divisaba el monumento, algunos metros dentro del recinto. Un estrecho sendero empedrado conducía hasta un pequeño lago circular. En medio se levantaba una isleta y en su centro el conjunto escultórico donde una recua de caballos tiraba del carromato arrastrándolo fuera de las aguas. De pie sobre el estribo un hombre barbado blandía su látigo, con el que azuzaba a las bestias mientras a su espalda una mujer de senos generosos viajaba sentada sosteniendo a su hijo en el regazo. Delante del transporte otro solitario jinete dirigía la escena, ostentando el mando a la par que realizaba el menor esfuerzo. Caía la tarde, una tarde calurosa y llena de incertidumbre.
Buscaba sin saber muy bien el qué. Si el mensaje en la botella era cierto, debería encontrar una mujer vistiendo un pañuelo rojo al cuello. Tal vez fuese tan sólo una broma y nadie acudiría a la cita. O quizás la misteriosa chica se hubiese cansado de buscar su Beso. O puede que algún afortunado se lo hubiera regalado y ya no necesitase de ningún beso traído desde el otro lado del Atlántico. La imaginaba morena, de estatura media y ojos castaños, esbelta, de complexión delgada y una sonrisa imborrable en los labios, como Laura. O tal vez fuese rubia y más bien gordita, de ojos azules y tez inmaculada, con voz encandilante de sirena. O a lo peor, Ángela ni siquiera existía. Por si acaso me concentré en la gente que paseaba por el lugar. Entonces la vi.
Vestía pantalones vaqueros y una camisa morada que resaltaba su figura estilizada. El pañuelo rojo que se le anudaba al cuello hacía juego con sus zapatos. Estaba de espaldas, una melena ocre le caía lacia hasta casi alcanzar su cintura. Corrí hacia ella como empujado por un resorte. El corazón quería salírseme del pecho. Al llegar a su altura la tomé del brazo sin pensar demasiado en lo que hacía.
— ¿Ángela?
Se volvió y me miró desconcertada.
— Sí. Y tú ¿quién eres?
Contemplé su rostro y sus ojos marrones. Algunas arrugas le marcaban el borde de los párpados y el labio superior.
Aquella mujer debía rondar los cincuenta años.


Sentados en un banco en mitad del parque observaba como el viento ligero jugaba a despeinar sus cabellos. Ella sostenía el papel que le había dado instantes antes, por esos azares de la vida había vuelto de nuevo a sus manos temblorosas. La miraba con cierta incomodidad, esperando encontrar un momento para decir algo. Mientras tanto el silencio era mi mejor consejero.
— Nunca pensé que nadie viniera a devolverme esto.
Su voz aparentaba menos edad. Conservaba buena parte de la hermosura que sin duda la había adornado en su juventud. Tenía el rostro alargado y los pómulos marcados. Los labios finos, cuidadosamente delineados en rojo, la nariz un tanto respingona y la mirada profunda.
— Sin embargo aquí estás, primero de Octubre y puntual a tu cita — la tuteé con la familiaridad que otorgaba el haberla pensado tantos meses.
— Hace años que no venía. Fue una locura de juventud y ni siquiera entonces esperaba que apareciese ningún príncipe. No sé lo que me impulsó a venir esta vez. Ni quiero pensar en ello demasiado.
— ¿Años? ¿Qué quieres decir?
— Perdona. Tú no tenías por qué saberlo. Escribí este papel con poco más de veinte. Era una chiquilla entonces.
Me sentí ridículo. Había viajado miles de kilómetros persiguiendo una quimera. Yo ni había nacido cuando aquel tesoro fuera lanzado al mar. Se suponía que el mensaje debía haber llegado a la persona correcta y en el momento adecuado. No estaba seguro si yo era esa persona, pero dudaba por completo del momento.
— Por aquel entonces era una joven soñadora — se justificó — supongo que esas tonterías me hacían sentir viva. Cada año que venía me sentía especial, aunque nunca pasara nada.
— No eran tonterías — le dije.
— Y tú ¿has cruzado el océano por esto?
— Es una historia complicada. Ya ves que puestos a hacer locuras, yo no soy el más cuerdo de los dos.
Se apartó con la mano el cabello que la brisa se empeñaba en meterle entre los ojos. Transmitía delicadeza en cada gesto. Tan sólo habíamos intercambiado unas palabras y sin embargo la complicidad había llegado sin ser invitada.
— ¿Eres feliz? — inquirí en un impulso.
Se encogió de hombros, dándome a entender que la respuesta no era tan trivial como la pregunta. Tardó unos segundos en hablar, tal vez ni siquiera ella misma conociese la verdad.
— Tengo un marido, dinero, una casa lujosa y dos hijos estupendos — no pudo ser más concisa, ni más diáfano el significado de sus palabras.
— Bueno pues… supongo que pasaré unos días por aquí y volveré a mi país.
— Pero antes deja que te invite a comer a casa. Es lo menos que puedo hacer después de haber cruzado el océano.
No pude negarme, ambos habíamos esperado mucho como para matar aquel encuentro en una tarde. La miré directamente a los ojos y por un momento sentí vértigo.
— ¿Dejarás al menos que te devuelva tu Beso?
Sonrió. Sonrió del modo más hermoso en que jamás recordaba haber visto sonreír a una mujer. Los ojos le temblaron y las mejillas se le arrebolaron de vida. Me pareció atisbar el deseo tras sus pupilas, aunque quizás sólo fue mi imaginación.
— No. Mejor no.


Ángela vive en una casa a las afueras, con un amplio jardín sembrado de palmeras. Su marido Mario es un hombre afable, aunque está poco en el hogar. Los negocios permiten a la familia gozar de una posición desahogada, a la vez que lo esclavizan. Tienen dos hijos. Alejandro, un mozalbete larguirucho y hechizado por los coches de alta gama. Y Zulema, jovenzuela de escasos dieciocho, rubia de senos incipientes y ojos azules y vivarachos, cuyo desparpajo a veces me sobrepasa.
Comimos sobre unas mesas de jardín, abanicados por hojas de palmera. Ángela contó entre risas el motivo de mi viaje y durante un buen rato fui objeto de las burlas de los chiquillos. En algún momento creí ver asomar los celos en la mirada de Mario. Fue la primera, pero no la última, hubo más comidas como aquella, en las que compartí horas de asueto con la familia.
A veces me asalta el deseo de devolverle a Ángela su Beso perdido, ese que no pude darle en el banco del parque. Sé que ella siente lo mismo, al menos en algunos instantes en que relaja su férreo autocontrol. Pero nunca ocurre nada. Ambos tenemos mucho que perder.
Ella un marido algo aburrido que la comparte con su trabajo, una casa lujosa y una vida llena de comodidades. Y yo…


Atardece en la playa de Punta Espinillo. Los pinares que la enclaustran y su entorno salvaje me recuerdan alguna de las que he dejado en mi tierra. Se trata de un lugar apartado, un tanto alejado de la ciudad. Vengo a menudo, es la mejor receta contra el bullicio.
Llevo aquí algunos meses. Mario me ha ofrecido un empleo en el bufete, pero lo rechacé. Deseo valerme por mis propios medios. Trabajo a media jornada descargando en el puerto y por las tardes doy clase a unos chiquillos. No es un mal comienzo. Termina la primavera, no me hago aún a la idea de pasar las Navidades en manga corta, pero son tiempos de cambio.
Me he adelantado hasta la orilla. Es agradable comprobar que las olas son igualmente traviesas tanto en el sur como en el norte, siento sus frías caricias masajeando mis pies. Tomo una rama que flota sobre el mar y escribo unas palabras arañando la arena.
¿Sabes lo que siento en este preciso instante?
Contemplo la obra y me agradan sus curvas. Por lo visto escribir frases absurdas en la playa se ha convertido en mi especialidad.
— ¿Qué es eso?
Zulema ha llegado corriendo como viento fresco. No sabe de mi afición a la literatura efímera.
— La frase tonta de la semana, supongo.
— ¡Tú sí que eres tonto! — ríe.
Me planta un beso en la mejilla y la contemplo caminar hacia las aguas, el cabello dorado le campanea en una coleta sobre los hombros. Admiro las formas de su cuerpo juvenil, la redondez que le adorna las caderas y sus piernas largas, y siento celos del abrazo del mar cuando se sumerge en sus entrañas.
— Que te quiero  — me respondo sin dejar de pensarla.
En ese momento las aguas inmisericordes se llevan mi obra para siempre, como en un Deja vu al que estoy condenado no importa donde me halle. Escucho el susurro constante de las olas, las gaviotas graznan sobre mi cabeza y la brisa me habla al oído acerca de imposibles.
Pero confieso que nunca le he hecho mucho caso.

 

 

relato B

 

La pantalla del televisor se fundió en azul marino y las grandes letras blancas, cual veleros fantasmales, se materializaron sobre ella.

                           SÉ LO QUE ESTÁS SINTIENDO
                           EN ESTE PRECISO MOMENTO…

Laura Valdemar, estudiante de quinto de Derecho, sonrió complacida. El gesto acentuó los hoyuelos de sus mejillas y también el brillo esmeralda de sus ojos. Un aleteo de emoción, apenas perceptible, estremeció sus labios. Divertida, meneó la cabeza haciendo ondear su negra melena.
Las letras blancas, cual extrañas gaviotas, levantaron el vuelo y se largaron. Otra bandada, menos numerosa, acudió presta a ocupar su lugar sobre el azul del mar.

                     FALTAN DOS DÍAS…

Laura se encontraba profundamente intrigada. El insólito spot publicitario, si es que al final era eso, venía repitiéndose desde hacía cinco días. Aparecía sólo una vez al día, en varias cadenas a la vez y siempre a la misma hora. Las nueve en punto de la noche. Duraba unos 30 segundos y desaparecía sin hacer ruido, igual que había llegado, tan silencioso y fascinante como una puesta de sol sobre el horizonte marino.
Ninguna sintonía musical, ninguna voz humana, ningún sonido animal perturbaban la absoluta afonía del singular anuncio. El aparato enmudecía de repente, la pantalla se fundía en azul oscuro y hacían su aparición las grandes letras blancas. Emergían de las profundidades, flotaban durante unos segundos y se alejaban volando. Eso era todo.
Algunos telespectadores creían que sus receptores estaban fallando, y presionaban repetidamente el botón del volumen, o cambiaban de canal; algunos, incluso, llegaban a apagar el televisor.
En la versión radiofónica una profunda voz varonil declamaba la primera frase, y una cálida voz femenina recitaba la segunda. Y, en medio y al final,  dos fosas de silencio abisal que en la radio se hacían más prolongadas y resultaban más inquietantes.

                               SÉ LO QUE ESTÁS SINTIENDO
                               EN ESTE PRECISO MOMENTO…

Laura Valdemar coleccionaba alejandrinos, esos singulares versos compuestos por 14 sílabas, acentuados en la sexta y la decimotercera, y divididos en dos hemistiquios de 7 sílabas cada uno.
Éste, escrito en un solo renglón, y según la métrica tradicional, constaba de 16 sílabas. Se trataba, pues, de un alejandrino aparente o imperfecto. Esa cualidad fascinó aún más a la futura letrada. A sus ojos, ese exceso silábico aumentaba su valor como ocurría con los sellos o las monedas antiguas, cuando una pequeña tacha los convertía en piezas únicas especialmente codiciadas por los coleccionistas.
Por lo demás, la frase como gancho publicitario era un diamante sabiamente tallado que brillaba con luz propia, como si albergara fuego en su interior. Era un texto con garra, con chispa, capaz de generar expectativas, crear dudas, sembrar inquietudes, alimentar confusiones y esparcir sospechas. Podía ser tan real como fantástico, tan romántico, como aterrador.
Sea como fuere, lo cierto era que estaba cumpliendo con creces la función que se le suponía: actuar como reclamo, aguijoneando la natural curiosidad del público, potencial consumidor. En apenas cuatro días se había convertido en el anuncio más popular en mucho tiempo. Todo el mundo hablaba de él. En las tabernas, en las peluquerías, en los ascensores…y hasta en las tertulias de TV era el tema de conversación predilecto. Las redes sociales rebosaban a punto de reventar con la excepcional pesca lograda a base de cientos de fotomontajes y chistes, algunos ingeniosos, alusivos al más virulento brote vírico de los últimos tiempos.
Se lo conocía como “el anuncio marinero”, por los dos colores utilizados en él mismo.
Todos hacían conjeturas sobre su significado, aventurando cuál sería el producto anunciado. La lista de suposiciones tendía a infinito. Que si un coche, que si un viaje, que si un libro, película, reality o serie de TV, que si una infalible máquina de la verdad, que si un revolucionario medicamento, que si un invento extraordinario….
Laura continuó reflexionando sobre el asunto durante la ducha, y la posterior y frugal cena a base de ensalada y yogur. La dieta mediterránea junto con la práctica habitual de deporte le permitían lucir una esbelta y saludable figura, que, invariablemente, arrancaba más de una mirada de admiración, más o menos disimulada, entre sus compañeros de la facultad.
Indiferente ante los galantes requiebros,  la protagonista de nuestra historia, con 24 años recién cumplidos, y tras un reciente desengaño,  había decidido aparcar los asuntos sentimentales para volcarse por completo en los estudios. Ésa era la promesa que les había hecho a sus padres tras unos inicios de carrera titubeantes, y a fe que la estaba cumpliendo con creces. Éste año había obtenido las mejores notas de su carrera y, al fin, había alcanzado la salida del largo y árido túnel de leyes, artículos y disposiciones adicionales.
Compartía piso con otras dos  estudiantes de Bellas Artes. En el momento en que acontece nuestro relato, se encontraban las dos ausentes por razones que no vienen al caso. Tener el piso para ella sola le producía una grata sensación de libertad que, por alguna peregrina razón, la retrotraía a los fines de semana de su infancia, cuando campaba a sus anchas por la hacienda rural de los abuelos.
Mientras se ponía un ligero pijama de verano, Laura discurrió con melancólico pesar que era una pena no poder embotellar la inocente dicha de la niñez para tomarse un buen trago en esos momentos en los que andamos bajos de ánimo. No era el caso, sin embargo. Hoy había realizado el último examen, con resultados excelentes, y mañana finalizaban las clases. El miércoles tomaría el avión para pasar unos días en casa de los abuelos. Regresaría el jueves de la siguiente semana para recoger las notas y asistir a la fiesta de graduación. El futuro inmediato de Laura Valdemar no podía, pues, presentarse más halagüeño.
Pensando en todo esto, se durmió, feliz,  con un amago de sonrisa animando su agraciado rostro.
Esa noche soñó que circulaba por una carretera desierta surcando una interminable y desolada planicie. Las gigantescas letras blancas emergieron del lejano horizonte como una escuadrilla de aviones de guerra. Remontaron el firmamento, intensamente azul, y terminaron explotando sobre su cabeza en un apocalíptico despliegue de fuegos artificiales.
Laura despertó con el corazón acelerado. La apoteósica experiencia onírica continuaba muy viva en su cabeza.
En su colección de alejandrinos se incluían varios de su propia cosecha. Esa mañana añadió otro más a la lista.
  Arañas en la noche, tejen tus pesadillas
Al día siguiente, en el bar de la Facultad, Laura se encontraba ojeando el periódico del día cuando se topó de nuevo con el dichoso spot ocupando las dos páginas centrales.

   SÉ LO QUE ESTÁS SINTIENDO
   EN ESTE PRECISO MOMENTO…

           FALTA UN DÍA…

Grandes letras blancas sobre fondo azul marino.
El hallazgo, aunque nada inesperado, suscitó una animada tertulia entre los integrantes de la mesa, todos estudiantes de Quinto de Derecho, todos a punto de obtener el salvoconducto para entrar en el mundo laboral.
Mientras caminaba de regreso a casa a lo largo del paseo marítimo, Laura continuaba dándole vueltas al asunto. La frase de 16 sílabas había enraizado en su cerebro y crecía con extraordinaria rapidez.
…Sé lo que estás sintiendo…
La futura abogada Valdemar se encontró de pronto discurriendo, fantaseando, sobre hermanos gemelos separados al nacer y conectados telepáticamente a miles de km. de distancia. Había oído y leído sobre algunos casos documentados en los que, efectivamente, había tenido lugar algún tipo de tele-conexión sensorial con una sincronización perfecta, inexplicable a ojos de la ciencia.
…Sé lo que estás sintiendo…

A Laura le vino a la mente la famosa novela de George Orwell, “1984”, y el gigantesco ojo del Gran Hermano que todo lo vigila. Es posible, después de todo, que se tratara de algo de ese tipo: una máquina fantástica capaz de controlar no sólo tus movimientos sino también tus pensamientos, y hasta tus sentimientos.
La joven logró fusionar ambas teorías alumbrando un nuevo e inédito ejemplar de alejandrino que, inmediatamente, pasó a engalanar su imaginaria vitrina poética.
Allí dónde te escondas, te encontrará mi sangre.

Y al fin llegó el día D.
Ese 25 de mayo amaneció luminoso y cálido, con toda la fuerza y el esplendor de la primavera adulta.
Desde las primeras horas de esa jornada, la gente aguardaba con expectación creciente la resolución del misterioso mensaje. A las nueve de la mañana había aparecido lo que se suponía sería el penúltimo anuncio de la serie.

                    SÉ LO QUE ESTÁS SINTIENDO
                    EN ESTE PRECISO MOMENTO…

                          FALTAN 12 HORAS…

A medida que se acercaban las 21 horas, la hora H, la tensión y el nerviosismo que ya venían caminando a buen ritmo acabaron por galopar desbocados.
Laura Valdemar no recordaba la última vez que se había encontrado en tal estado de impaciente ansiedad, ni tan siquiera en la peor época de exámenes. La frase publicitaria, o lo que demonios fuera, el alejandrino defectuoso, había terminado por convertirse en una placentera obsesión.
A la hora de la merienda llamó por teléfono a una amiga para comentar el caso. Tras los iniciales saludos de rigor, aquella le soltó de corrido el ya célebre verso.
Ante la relativa sorpresa de Laura - pues sí que había triunfado el críptico spot de marras - , su interlocutora le explicó, divertida, que lo tenía ahora mismo delante, en un cartel de unos 4x5 metros, situado justo enfrente de su casa.
En este caso, lógicamente, se limitaban a cambiar la fecha de la cuenta atrás.
Su amiga le aseguró que le resultaba casi imposible dejar de verlo, incluso cerrando los ojos, recalcó. Laura se apresuró a revelarle que ella también pensaba en el anuncio a todas horas y que, incluso, había llegado a soñar con él.
Después de despedirse, se acercó a la ventana. La tarde rebosaba una vitalidad deslumbrante. Laura, trasmutada en Diana Cazadora, tornó a armar la trampa con mano diestra, y otro verso, complaciente, se dejó atrapar sin resistencia.
Crisálida latente, eclosiona la Tierra.
El cielo lucía un azul intenso, un azul que le recordaba mucho…
En ese preciso momento, una avioneta surgió tras el enjambre de edificios y sobrevoló su posición. Tras ella, flameando al viento, arrastraba una enorme banda azul marino portando una larga leyenda blanca.
“No puede ser”, pensó Laura; pero lo era, vaya que sí.

                   SÉ LO QUE ESTÁS SINTIENDO
                    EN ESTE PRECISO MOMENTO…

                          FALTAN 3 HORAS…

Por tierra, mar y aire, atacan por todos lados, no hay escapatoria, se alarmó una alucinada Laura. Desde luego, reflexionó la chica, el tipo o la empresa que esté detrás de todo esto no ha reparado en gastos. Menudo despliegue de medios se ha, se han, marcado. Toda esta parafernalia mediática tiene que costar una pasta. Muy bueno tiene que ser el producto anunciado, si es que de verdad hay alguno, para amortizar el gasto y, sobre todo, para no defraudar las colosales expectativas creadas.
¿Y si al final no fuera más que una gigantesca broma, qué? … Laura se interrogó a sí misma. No tardó en hallar la respuesta: sería, con toda seguridad, la broma más cara del mundo.
Tres horas, ha dicho que faltaban tres horas. Laura consultó el reloj y respingó palmeándose la frente. Con el dichoso spot se le había pasado el tiempo sin darse cuenta. Su vuelo hacia tierras andaluzas partía en apenas tres horas y media, y aún tenía la maleta por hacer. Menos mal que  ella, al igual que el gran Machado, solía andar ligera de equipaje…
Cómo los hijos de la mar”…, recitó mentalmente. Y al rato surgió la inevitable asociación de ideas. El omnipresente fondo marino…acabaría por odiarlo. Laura rugió, sacudiendo la cabeza con fingido hartazgo, y se encaminó, rauda, a su habitación.
El vuelo Barcelona-Sevilla tenía fijada su hora de salida para las 21.45. A las 20.45, Laura se hallaba sentada en la cafetería del aeropuerto esperando a que le sirvieran un capuchino. Había llegado con suficiente antelación para pillar sitio cerca del televisor.
Faltaban 15 minutos para la Gran Revelación.
El gentío se arremolinaba alrededor de las dos gigantescas pantallas ubicadas en el amplio recinto.
A las nueve en punto, como los siete días precedentes, el plasma se fundió en azul oscuro y el inefable mensaje hizo una última aparición triunfal.

   SÉ LO QUE ESTÁS SINTIENDO
   EN ESTE PRECISO MOMENTO…

El alejandrino defectuoso, nieve recién caída bajo el sol del mediodía, comenzó a pulsar, acompasadamente, mientras transitaba por toda la gama del arcoíris, y se despidió, al fin, destellando fulgurante, como una supernova en sus últimos estertores.
En un instante sublime todo el mundo se olvidó de respirar. Laura, boquiabierta, miraba embobada, con la taza suspendida y el capuchino enfriando.
En la sala sólo se oía el suave zumbido del aire acondicionado y las llamadas lejanas de los altavoces.
La pantalla cambió a negro, la negación de la luz, y así permaneció durante unos interminables 20 segundos.
Cuando, quién más, quién menos, todos pensaban que había finalizado la función, comenzaron a aparecer pequeños grupos de letras doradas, del tamaño de las precedentes, cual lingotes de diseño surcando un mar de alquitrán.

                       SÉ LO QUE ESTÁS SINTIENDO
                       EN MI PECHO HAY UN HUECO
                       TÚ LLEVAS EN EL TUYO
                       EL CORAZÓN DE UN MUERTO

En la sala se oyeron exclamaciones de asombro, gritos ahogados, murmullos de admiración y bufidos de indignación, pero nadie apartó sus ojos de la pantalla.
Una vez que el cuarteto de oro estuvo al completo sobre el escenario, comenzó su apoteósica actuación.
El decorado cambió. El fúnebre azabache mutó en rojo sangre. Las letras comenzaron a latir con un ritmo pausado y poderoso, imitando la cadencia cardiaca de un atleta a la hora de la siesta.
Transcurrió un minuto, 45 pulsaciones exactas, y todo terminó.
Laura se tomó su café frío con los ojos cerrados. Aun así, seguía viendo la leyenda palpitante formada por 4 versos heptasílabos: dos alejandrinos perfectos. Su avezado ojo métrico los reconoció enseguida, dos piezas más para su colección.
En las jornadas siguientes, el misterioso anuncio continuó siendo el tema principal de conversación en los más variopintos ámbitos.
El anuncio marinero se convirtió en el anuncio fantasma, e incluso en el anuncio del fantasma en el especial de Cuarto Milenio realizado por Iker Jiménez.
Se habló de locura surrealista, y también de experimento sociológico y sicológico, dónde todos los ciudadanos serían conejillos de indias; unos lo tildaron de broma de muy mal gusto, otros hablaron de montaje descabellado…
Sé lo que estás sintiendo…
…intriga, asombro, incredulidad, pasmo, irritación, admiración, inquietud, desengaño, alarma, desasosiego, inseguridad, decepción, estupefacción, entusiasmo, frustración…
El repertorio de emociones llegó a ser más amplio y variado que el catálogo de una tienda de Los Chinos.
Aunque las hipótesis sobre el caso proliferaron como una plaga de hongos locos, nunca se llegó a descubrir el cerebro que lo había planeado, ni la mano ejecutora, ni las causas de tan singular proceder. Hordas de avezados sabuesos rastrearon a fondo las escasas pistas con nulos resultados. Al final del hilo sólo encontraron un abismo, silencioso y vacío.
Al parecer, el spot había sido enviado a los distintos medios difusores a través de una cuenta de correo electrónico. Las astronómicas facturas se habían satisfecho religiosamente en un único ingreso mediante trasferencia bancaria. Ambas cuentas habían sido canceladas inmediatamente después sin dejar el más mínimo rastro de los titulares de las mismas.
Entre el aluvión de teorías elaboradas al respecto, cobró relativa fuerza durante algún tiempo la que hablaba de un supuesto multimillonario excéntrico cuyo hijo, muerto en plena juventud en un hipotético accidente, habría donado sus  órganos. Se trataría pues de un extraño homenaje a la memoria de su primogénito, así como al resto de personas que pudieran haberse encontrado en similares y dramáticas circunstancias.
Ahí quedó todo. Nadie fue capaz de concretar su identidad ni de aportar un solo dato que permitiera albergar alguna esperanza sobre la existencia de tan esperpéntico personaje.
Interpeladas al respecto, la Organización Nacional de Trasplantes y la Asociación Nacional de Donantes de Órganos se mostraron escandalizadas, y negaron tajantemente cualquier implicación en el asunto, calificándolo como un lamentable y frívolo espectáculo a costa de un tema extremadamente serio. Con la vida no se juega, sentenciaron, indignados, los respectivos portavoces.
Eso sí, luego, por lo bajo y en privado, reconocían a regañadientes que todo el rocambolesco episodio les había supuesto una inestimable publicidad.
Otra noticia, más trágica y repentina, compitió durante esos días con el anuncio fantasma, del fantasma, en los titulares de prensa y TV.
El avión de Iberia que cubría el vuelo de las 21.45 entre Barcelona y Sevilla se estrelló a la altura de las Lagunas de Ruidera. Como suele suceder en estos casos, no hubo supervivientes.
Según las grabaciones registradas en la Torre de Control en los momentos previos a la catástrofe, el comandante del aparato, un Boeing 767, sufrió un infarto casi fulminante. Por razones desconocidas, aunque se especula con un posible desmayo o una  eventual ausencia de la cabina, el copiloto no logró hacerse con el control de la nave.
Durante muchas noches, los vigilantes de la Torre continuaron oyendo los desesperados gritos de las azafatas y los pasajeros.
…Sé lo que estás sintiendo…

Mientras leía la brutal noticia, cómodamente instalada en uno de los bancos del parque, a la sombra de un roble varias veces centenario, Laura Valdemar no dejaba de pellizcarse para convencerse de que seguía en el mundo de los vivos.
Con todo el barullo que se montó en la cafetería, tras la Gran Revelación, se le había ido el santo al cielo mientras ella se quedaba en tierra.
Al final, el bendito spot le había salvado la vida.
…Sé lo que estás sintiendo…
Durante muchos minutos, tras enterarse del accidente, Laura había sido incapaz de sentir nada. Sólo atinó a llorar, mientras todo su cuerpo temblaba presa de incontrolable emoción.
…Sé lo que estás sintiendo…
Y como fantástico colofón a esta singular historia, hay que decir que nuestra joven y afortunada protagonista logró acrecentar su ilustrada colección con un postrero espécimen de categoría.

            Mi guardián verdadero, un falso alejandrino.

Como diría el gran Lope de Vega…
Contad si son catorce, y está hecho.

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • A
    Ante dos relatos excelentes y tan diversos es muy difícil la decisión. Respecto de los atributos literarios, ambos están parejos. Me inclino por el A porque creo que tiene los elementos que lo acercan a mi gusto personal. Enumero: nudo central muy original; diálogos excelentes; descripciones acertadas, precisas, atractivas; elegante y prolija narración; personajes que se van construyendo naturalmente; trama desarrollada eficazmente alrededor del nudo central; ritmo firme. El B tiene condimentos de excelencia tanto como el otro, pero en diferente registro. Felicitaciones para ambos.
    Los dos relatos son muy buenos, en realidad esperaba que sean aun mejores, solo para mi el final del A se lleva los laureles, felicitaciones a los dos
    A
    Aún así, gracias al magnífico hacer del autor, he vuelto a intrigarme, creándome una expectativa brutal de cara al final. Tanto es así que el mismo no me ha satisfecho como esperaba.Eso no quita para que el texto sea excelente como ya he comentado, pero ha sido mi sensación de satisfacción la que ha determinado uno por encima del otro. Simplemente creo que el A es algo más redondo, aunque es verdad que he disfrutado durante más párrafos del B,pero al acabar estaba más cautivado por las playas Uruguayas. Espero que los autores no se tomen a mal las críticas, las hago con todo el respeto que merecen los autores, para mí de los seis o siete mejores de todo TR. Gracias por vuestro gran torneo.
    Yendo ahora al B, decir que tiene un tono mucho más atrayente que el A, la frase funciona a la perfección como gancho, y no puedes dejar de leerlo hasta el final. El mezclarlo con los versos Alejandrinos es todo un acierto y además muestra un dominio de los recursos envidiable. Si no me he decidido por éste, más afín a mis gustos, es porque principalmente, la premisa de la frase me ha resultado un pelín exagerada. Es decir, que en el mundo que vivimos, una frase así haga al mundo estar tan pendiente... Hemos visto campañas más intrigantes o brillantes que esa pasar desapercibidas. El no pasar por el aro de creerme eso me ha lastrado un poco el resto.
    A parte de estar muy bien escrito, consigue una cosa muy difícil. Con una premisa demasiado cerrada a nivel emocional (la narración gira demasiado en torno a ese yo interior), consigue, gracias a la inclusión de un elemento casi fantástico, dar un gran respiro a la historia. Pero para cuando llega a la plaza, ya parece que va a echar por tierra lo conseguido con un final romántico al uso. Pero, ahí el giro (que aunque lo había imaginado no pensaba que el autor se atrevería) que tanto me satisface como lector, ese en que el amor imaginado no resulta lo esperado, pero no por ello es decepción, completa y ayuda a madurar al personaje (que a pesar de lo que diga el texto no era nada maduro).
    Tal y cómo señalan los compañeros, es realmente tomar una decisión cuando los dos textos resultan tan buenos. Pero, como siempre critico el comentario que sólo se dedica a alabar, quiero señalar que los dos relatos, siendo bastante sobresalientes, para mí no alcanzan la brillantez de los de las semifinales, el originalísimo Arte de Paco y el fenomenalmente construido Guardían del bosque de Lucio. No obstante, estos dos sentimientos tienen muchas cosas a destacar. De entrada, resulta muy interesante encontrar dos relatos tan distintos. Si bien el tono del A es un poco demasiado blando para mi gusto, lo arregla con un final bastante curioso y relativamente inesperado.
    A
    B
  • Vota por el relato que más te guste. Todos pueden votar.

    Todos pueden votar.

    Vota por el relato que más te guste, todos pueden votar.

    Todos pueden votar en este torneo. Escribe la letra del relato que más te guste.

    Vota por el relato que más te guste. Escribe la letra en los comentarios.

    todos pueden votar en este torneo de escritores. Escribe la letra del relato que más te guste.

    Todos pueden votar en este torneo de escritores. Escribe la letra del relato que más te guste.

    relato A por Javier Guerra, relato B por Sacha Marisco. Ganador relato A.

    Escribe la letra A o la letra B para votar por el relato que te guste.

    Vamos, participa. Yo sé que quieres... Hasts ahora contamos con la presencia de Ana María Madrigal, Javier Guerra, Antonio Perez, rayo de luna, Lucio Voreno, Paco Castelao, purple, y otros 10. Unos nuevos, otros veteranos.

Tienda

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
11.09.20
10.03.20
Encuesta
Rellena nuestra encuesta