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6 min
La flaqueza del jabalí
Históricos |
10.08.15
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Sinopsis

Guillermo de la Marck fue un personaje histórico. Walter Scott lo hizo morir en su novela Quentin Durward, de la cual era el villano. Yo lo hago vivir, aunque medio siglo después, en los mismos paisajes.

 Desvelado desde hacía ya varias horas, Guillermo de La Marck, se sentó en el catre de campaña y tanteó con los pies el helado suelo de tierra apisonada. Incorporándose volvió a echar la manta de pieles sobre los hombros desnudos de Tilea, la bella pirata corsa que se batía con espada y puñal a dos manos, a la que había salvado de mecerse al aire en una horca española y que ahora ronroneaba medio dormida a su lado.
 Miró con indiferencia la media cabeza embalsamada de jabalí que hacía de morrión de su casco de guerra, la cual hacía honor a su apodo: el Jabalí de las Ardenas, el capitán de mercenarios conocido y temido desde las riberas del Bulge hasta las del Elba. Los ojos de vidrio del animal le devolvieron una mirada inexpresiva, pero los colmillos le sonrieron amenazadores.

Apartó la lona que servía de puerta a su tienda de jefe. Afuera, algunos lanskenetes tostaban mendrugos duros de pan en las ascuas de las medio apagadas hogueras, mientras otros, sentados en toscos taburetes de madera y con los grandes espadones cruzados a la espalda, se dedicaban a remendar con trozos de género viejo sus andrajosos ropajes, añadiendo nuevos colorines a los que ya ostentaban las gastadas vestimentas. Volvió la vista hacia los puestos de vigilancia y observó que algunos centinelas dormitaban acurrucados en los mismos, mientras que otros, abandonándolos sencillamente, se habían ido a acostar. El hambre y la miseria no casan bien con la disciplina, pensó. Pronto, si nadie lo remediaba, empezarían las deserciones, y la mayor parte de aquellos desgraciados acabaría mendigando o haciéndose salteadores de camino o de granjas de campesinos aún más miserables que ellos.

 


 La larga caravana de anabaptistas avanzaba trabajosamente por el estrecho valle que servía de cauce al arroyo, precedida por una veintena de ballesteros a caballo que hacían de exploradores. Las carretas de ruedas macizas rodaban pesadamente, tiradas por gruesos percherones y por vacas de Flandes, flanquedas por filas de mujeres con pañuelos en la cabeza y niños vestidos con largas túnicas, cuyos salmos, cantados a voz en grito, resonaba en las abruptas laderas de los cerros que lo circundaban.

 A intervalos entre las carretas avanzaban algunos carros cubiertos en un lateral por gruesos tablones de madera, a los que se le habían practicado troneras para los tiradores, tal como los utizados por los hussitas de Bohemia en las guerras religiosas del siglo anterior. Caminaban jubilosos camino de Münster, la Nueva Jerusalén, tras de cuyas murallas se habían ido congregando los que se llamaban a sí mismos hombres santos, en abierta rebeldía contra el poder divino de la iglesia de Roma y el poder terrenal del Imperio.

 


 El primer estruendo procedente de las alturas del valle sobresaltó a los hombres y espantó a los animales antes de que la granizada de proyectiles cayese sobre ellos. Guillermo de La Marck había dado displicentemente la orden de fuego mientras aún pensaba en el brillo de los ducados de oro del cofre que acababa de recibir del legado del Emperador junto con la promesa de otros dos más cuando hubiese finalizado la campaña. Los lanskenetes volvían a recargar los arcabuces y a encender sus mechas mientras los peregrinos buscaban inútilmente refugio detrás de los carros; los tiros en parábola de las culebrinas los alcanzaban igualmente. Pronto el arroyo empezó a teñirse de rojo. Las pocas saetas disparadas desde las troneras de los carros artillados caían desprovistas de fuerza sobre la ladera.

 Súbitamente, de la Marck, que no quitaba ojo de la matanza, empezó a sentirse mareado, las náuseas y las arcadas subiéndole del pecho le estaban amargando la boca. Tomó la bocina de latón y la acercó a los labios.

 - Arretez le feu, arretez, gritó para hacerse oír por encima de los disparos.

 La primera en volverse a mirarlo fue la hermosa Tilea. Apoyó el arcabuz en las piedras del parapeto tras el que estaba situada y abriendo los brazos le hizo un gesto de extrañeza.

 - Arretez, merde ! Cornichons, je vous dis qu´arretez. Waffenruhe, arsch ! Retrait tout le monde.

 La última en retirarse fue la joven pirata. Puesta en pie, oyó que desde los carros le gritaban en una lengua bárbara: Puta de Roma.

 - Non de Roma, la putana del mío compagno solamente, les respondió a voces antes de desaparecer tras el cerro.

 


  El redoble del tambor y los acordes del pífano habían cesado. De la Marck observó con gesto adusto a la compañía de lanskenetes formados en fondo tras las descoloridas banderas. Miró de reojo a la bella Tilea, que se encontraba a dos pasos detrás suyo y, tras carraspear un par de veces para aclararse la garganta, empezó con voz tronante:

 - Chevaliers du nom et de la fortune. Aquí casi todos somos iguales, o todos casi iguales, que viene a ser lo mismo. Desde este momento termina la temporada de faena para vosotros. Cuando se rompan las filas se procederá a repartir los ducados que a cada uno le correspondan. Y procurad estirarlos para que duren, porque este año ya no va a haber más. Después podréis volver a vuestras miserables chozas a hartaros de cerveza de Lieja con salchichas y a hacerles más chiquillos a las rameras que tenéis como esposas.

 Para los que quieran volver en la primavera, hay una única cita el domingo en que resucitó nuestro Señor, en las afueras de Bastogne.

 Volvió a carraspear y, apretando la mano sudorosa sobre el asta de la partesana de jefe, añadió:

- Como al principio dije, aquí todos están autorizados a dar su opinión. Si hay alguno que esté en contra de lo expuesto, que lo diga rápido. Y yo mismo le corto los cojones y después lo cuelgo de aquel árbol, para adornarlo a falta de hojas. Quel con !

 


  

 

 

 

 

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