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20 min
La Flor Dorada
Fantasía |
13.05.15
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Sinopsis

Christian cree que es un chico más del montón; va a la escuela, hace los deberes y espera con ansias las vacaciones. Sin embargo, todo eso cambia cuando es conducido hacia Gammidge, un mundo donde habitan criaturas que en la Tierra únicamente las encontraría en un libro. Sin embargo, al llegar a ese mundo, se encuentra con que los humanos y las criaturas mágicas están enemistadas, por lo cual inmediatamente es enviado hacia un refugio, que en realidad es escuela para seres mágicos. Allí, Christian hará amigos a la vez que enemigos, además de que descubrirá que no es un simple chico como él creía ser, sino que su verdadero nombre es Sehrbaz y en realidad es un mestizo entre un humano y un Nogradan, una especie de reptil gigante muy parecido a un dragón, y que su misión en aquel mundo es proteger al príncipe de Kerlath, uno de los reinos de aquel mundo, para que juntos puedan restaurar la paz en aquel mundo cuando el príncipe ya sea mayor. Sin embargo, las cosas se complican aún más cuando llega la noticia de que el príncipe que Christian debe proteger ha caído enfermo y nada parece poder curarlo. Es ahí cuando Christian y sus amigos escuchan que en un lugar bastante lejano se encuentra una flor de color dorado con propiedades mágicas que, si se sabe preparar bien, puede curar al príncipe. Inmediatamente, Christian decide ir en busca de esa flor en compañía de sus amigos: Kale, un semi-elfo, Amicia, una cambiante, y Corin, un mago. Los cuatro juntos deciden embarcarse en un viaje en búsqueda de una flor legendaria de la cual nadie ha oído hablar en años y que no saben con certeza si existe o no... Un viaje que estará lleno de peligros y del que ninguno saben si volverán.

Capítulo I.
Un monstruo mitológico quiere convertirme en su cena.

Era un espantoso día de primavera. Yo observaba desde el asiento del acompañante del auto de mi madre, como los vehículos pasaban a gran velocidad por la ruta. En realidad solamente veía pasar luces rojas y blancas ya que el agua que caía no me dejaba ver gran cosa.
Mi madre y yo nos encontrábamos yendo en ese momento a la casa de mi abuela en Atlántida. Y la razón por la que nos estuviéramos dirigiendo allí con esa lluvia era que mi madre se había enterado que mi padre le había sido infiel y entonces decidió marcharse a casa de su madre junto conmigo, por lo menos hasta que encontrara un otro lugar donde vivir. En realidad, la infidelidad de mi padre hacia mi madre había sido hacía tiempo, pero ella no logró soportarlo y decidió marcharse. Poniéndome del lado de mi madre, yo creo que eso fue lo mejor que pudo haber hecho, pero desde mi punto de vista, yo estaba en desacuerdo con eso. En primer lugar, porque eso había sido hacía mucho tiempo y a pesar de todo, él era mi padre y lo quería y como cualquier chico yo no deseaba que mis padres se separaran. Y en segundo lugar porque mudarme a casa de mi abuela, no sólo significaba dejar Montevideo, sino también a mis amigos y todas las cosas que yo apreciaba de ese lugar. Ahora tendría que hacer nuevos amigos y adaptarme al nuevo liceo. Y para colmo estábamos a mitad de año, por lo cual también tendría que adaptarme al tema que estuviesen dando en ese momento.
—Cariño, ¿te encuentras bien?— me preguntó mi madre mientras me miraba un momento y luego volvía a poner los ojos en la ruta.
No podía decirle la verdad. No le podía decir que en realidad no me quería ir de casa y dejar a papá y a todos mis amigos, pues sabía que ella no daría marcha atrás. Ella siempre me decía que estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por verme feliz, pero estaba seguro que aun así no regresaríamos a casa porque yo se lo pidiera. Así que le mentí.
—Estoy bien. Perfectamente bien.
Ella no pareció convencerme mucho de mi respuesta.
—¿Estás seguro, cielo?
—Sí. No te preocupes— traté de sonar lo más convincente posible ésta vez, incluso la miré con una sonrisa.
—Si hay algo que te incómoda... o te hace sentir mal, no dejes de decírmelo. Sabes que yo haría lo que sea por verte feliz— me dijo sonriendo y luego volvió a mirar hacia delante.
Menos volver con papá, pensé para mis adentros mientras miraba por la ventanilla que se encontraba a mi derecha.
Desde Ciudad Vieja a la casa de mi abuela en Atlántida había una hora de viaje en auto, aproximadamente. No me desagradaba del todo tener que viajar una hora o más en auto, de hecho me gustaban los viajes largos, pero debido a la intensa lluvia y mi pésimo estado de ánimo, no había podido disfrutar de éste viaje como lo había hecho en otros.
Había dejado de llover cuando llegamos a nuestro destino y el sol parecía tratar de hacerse un espacio entre las nube y dejarse ver.
La casa de la abuela Silvia era una casa grande y espaciosa que se ubicaba a poco menos de dos cuadras de la playa. Obviamente, ya había estado allí en otras ocasiones aunque eso había sido hacía mucho tiempo, por lo cual Silvia se mostró bastante complacida de que mi madre y yo nos fuéramos a vivir a su casa por un tiempo ya que en las únicas ocasiones que estábamos allí era en verano, las vacaciones de julio o algún fin de semana largo.
—Aunque me hubiese gustado que decidieran venir a quedarse aquí por otro motivo menos triste que este— nos dijo mientras nos ayudaba a bajar algunos bolsos con ropa mía y de mi madre y llevarlos adentro de la casa, aunque en realidad no parecía decirlo de corazón.
Hasta lo que yo tenía entendido, mi abuela odiaba a mí padre desde el momento en que lo conoció, pero como su hija (o sea, mi madre) era feliz con él, no tuvo otra que bancársela. Por lo cual, ahora que ellos dos se habían separado, en cierta forma estaba feliz de que hubiese ocurrido eso. Exceptuando eso, y, que a veces ella sin querer me trataba como si todavía tuviera cinco años, ella era una mujer dulce que se preocupaba por todos, como mi madre. Ella ya me había inscribido en el liceo más cercano, ahora solamente tenía que encargarme de tratar de encajar entre mis nuevos compañeros y hacer nuevos amigos, aunque en realidad yo ya había hecho algunos las veces que yo iba a quedarme a su casa, pero hacía tanto tiempo de eso que ya casi no recordaba cómo eran.
Luego de entrar los bolsos a la casa, yo tomé los míos y entonces mi abuela me guío, escaleras arriba, hasta el cuarto que yo usaba cuando me quedaba en su casa, y que antes había sido de mí tío.
—Notaras que no han cambiado muchas cosas. Aunque en realidad lo he limpiado y pintado cuando supe que vendrían— me dijo —Espero que te guste.
—Es perfecto. Gracias, abuela, pero no tenías que hacer todo eso— dije mientras entraba y observaba el cuarto, a decir verdad, no estaba nada mal.
Todo estaba como lo recordaba.  Las paredes pintadas de un color celeste claro, el piso con baldosas de un celeste más oscuro, una ventana bastante grande que daba al patio. La cama también se encontraba en la misma posición que la recordaba, frente de la ventana y la mesita de luz al lado de ella. También se encontraba un escritorio de madera clara en una esquina del cuarto con una silla frente a él y varios libros sobre la mesa, de niño me gustaba leer y me seguía gustando. Mi antiguo armario seguía allí, también en una de las esquinas. Las únicas cosas que no recordaba y que suponía mi abuela las había puesto, era una alfombra de colores al lado de la cama y las cortinas de tela de color beige.
—Me alegra que te guste— me dijo en un tono que demostraba estar orgullosa de ella misma —Bueno, iré a ver a tu madre. Si necesitas algo me avisas.
Eso era otra de las cosas buenas que mi abuela Silvia tenía. No se quedaba alrededor de uno, hablando sin parar, por lo cual yo pude deshacer mis bolsos e instalarme tranquilamente y sin la necesidad de estar sonriendo y fingiendo estar feliz de encontrarme allí cuando en realidad me regresaría a Montevideo con mi padre si me dieran la oportunidad.
Por la noche me acosté temprano ya que estaba bastante cansado y nuevamente tuve esa pesadilla que llevaba teniendo durante días. El cielo estaba completamente oscuro, tanto que parecía de noche, y había empezado a llover bastante fuerte. Tronaba y relampagueaba. Yo estaba allí, con el uniforme del liceo. Me encontraba corriendo baja la intensa lluvia mientras una cosa gigantesca me perseguía de atrás. Una cosa que no podía distinguir lo que era. Un chico que al parecer era alguna especie de conocido mío pero que no podía darme cuenta de quién era, corría a mi lado. Debido a que estaba más preocupado por salvar mi vida, no le presté mucha atención al chico, aunque por lo que pude notar a simple vista fue que era más o menos de mi altura y su cabello era negro. En ese momento no había nadie en las calles, salvo algún que otro auto que pasaba con los parabrisas a más no dar. De repente, esa cosa se nos para enfrente, cortándonos el paso. Nosotros dimos media vuelta y quisimos seguir corriendo, pero lo que fuese lo que nos perseguía, me dio un golpe que me mandó a volar e hizo que me golpeara con la pared de una casa...
Después de eso, el sueño se terminó, pues yo desperté tras escuchar al despertador sonar. Entonces me levanté, y, tras ponerme unos pantalones vaqueros, una camisa celeste, corbata roca y una campera azul. Ese era el nuevo uniforme, más una campera un poco más abrigada que me había puesto por el frío. Tomé mi mochila y me fui sin desayunar, pues ya era tarde y no quería hacer el papel de llegar tarde el primer día. Así que salí afuera y empecé a caminar por la calle dirigiéndome hacia donde se encontraba el nuevo liceo, según me había indicado mi abuela la noche anterior.
El día no era muy diferente al anterior. Lo único que lo diferenciaba era que no llovía y el sol parecía querer descubrir, pero de todas formas el cielo seguía encapotado de nubes grises.
Mientras caminaba y la música que salía de los auriculares conectados en mis oídos, inundaba mi mente, pude ver a chicos de edad mis variadas caminar al liceo como yo, e incluso a la escuela.
Aun así, todos tenían algo en común: no podían evitar verme al pasar. Yo trataba de no prestarles atención y seguir con mi camino, cuando entonces un chico se me acercó y me habló. Entonces me saqué los auriculares de las orejas y lo miré. Era de estatura media, como yo, su pelo era negro y sus ojos marrones. Al verlo lo reconocí de inmediato, jamás podría olvidarme de él después de todas las travesuras que habíamos hecho juntos cuando éramos niños cada vez que yo iba a casa de mi abuela.
—¡¿Maximiliano Santos?!— dije sorprendido, pero feliz, al verlo.
—Qué alegría volver a verte.
De repente, la idea de vivir en Atlántida, e ir a un liceo nuevo, no me parecía tan mala. Hasta ese momento creía que todo sería gris para mí, gris como el clima, pues no recordaba que tenía aquí tantas buenas amistadas como en la capital. 
Ambos seguimos caminando juntos al liceo, hablando de nosotros, sobre nuestras familias y recordando las cosas que hacíamos de niños. Entre una cosa y otra pronto llegamos al liceo; un edificio alto aunque solamente de dos pisos, pero lo suficientemente grande como para impartir clases en el turno matutino a trecientos chicos que estaban entre primer y tercer año y a trecientos alumnos por la tarde que eran los que estaban desde cuarto y a sexto. El frente estaba pintado de blanco mientras que el interior era un color verde claro. En la entrada, ubicado en la pared sobre la puerta, se encontraban las letras que formaban la frase Liceo Nº 1 y al lado de ellas estaba el Escudo de Armas del Estado. La puerta principal era ancha y vidrio, y al entrar había una escalera enfrente y para ir al segundo piso y dos pasillos a cada lado. El salón que me tocó se encontraba en la planta baja y era el mismo de Maxi. En ese momento nos tuvimos que separar, ya que él se fue directo al salón y yo tuve que ir con el adscripto de tercero y esperar a que todos ya estuvieran dentro.
Eduardo, el adscripto de tercer año, era un hombre alto y clavo y sus ojos eran de color marrón claro. A pesar que tal vez fuese algo pronto para tener un concepto de cómo era su personalidad, él se mostró bastante amable conmigo y casi enseguida simpatizamos. No obstante, con el tiempo me di cuenta de que esa era su verdadera personalidad y no estaba siendo bueno conmigo porque era nuevo o algo así.
El timbre sonó, pero el adscripto me dijo que esperaríamos cinco minutos más para que todos estuvieran adentro del salón y ya se hubiesen ordenado. Así que luego de cinco minutos, Eduardo me acompañó al que sería mi salón. Al llegar, él abrió un poco la puerta y asomó la cabeza por ese espacio que había abierto.
—Permiso, profesora. Espero no interrumpir— dijo él.
—Adelante, adelante. No hay problema, no interrumpís nada— escuché que le contestaban a Eduardo desde adentro.
El adscripto, tras la respuesta, abrió completamente la puerta y pasó, y luego yo. Caminó hasta llegar donde estaba la profesora y yo me mantuve cerca de él, viendo como todos me miraban. Seguramente durante los siguientes días yo sería una curiosidad para ellos y todo el turno matutino, y tal vez el vespertino, el chico nuevo que venía de la capital... un bicho raro.
—Alumnos— dijo Eduardo mirando a toda la clase —, Cecilia— dijo después mirando a la mujer alta y de cabello largo y castaño que se encontraba detrás de un escritorio. Entonces puso su mano sobre mi hombro y dijo —: él es Christian Pietra y a partir de hoy formará parte de este grupo.
—Bien, Christian, puedes tomar asiento. Allí en el fondo hay uno libre— me indicó la profesora.
Yo la miré a los ojos y un extraño escalofrío me recorrió la espalda. Estos eran grises y al hacerlo fue como si hubiese visto más allá de lo que cualquier persona corriente ve. Fue algo extraño, pero traté de olvidar eso y me dirigí al lugar que la profesora me había indicado.
Cecilia López, así se llamaba la profesora, y era profesora de
Historia, de cuya materia teníamos dos horas ese día.
El resto del día pasó rápido para mí y pronto se hicieron la una de la tarde. Yo, que había pasado prácticamente todo el día adentro y no me había dado cuenta de cómo estaba afuera, me sorprendí al ver que las nubes grises que cubrían el cielo habían sido reemplazadas por nubes negras que no presagiaban nada bueno. Pronto empezaría a llover fuertemente, seguramente. Maxi y yo tratamos de no hacer mucho caso a eso y empezamos a caminar hacia nuestras casas, pero cada vez el cielo se ponía más oscuro haciendo que en vez de parecer la una de la tarde parecían las nueve de la noche. Incluso las luces del alumbrado público que se habían encendido. Entonces, me entró un escalofrío que me hizo poner los pelos de punta. Estaba con el uniforme del liceo, el cielo estaba tan oscuro que parecía ser de noche, y a mi lado había un chico. Esas tres cosas eran las mismas de la pesadilla que llevaba teniendo hacía unos días. El chico que estaba a mi lado y que en mi sueño no podía reconocerlo, parecía ser Maxi, incluso respondía a las características que ese chico tenía: estatura mediana y pelo negro.
De repente, se empezaron a ver relámpagos en el cielo y enseguida se escucharon fuertes truenos hasta que de repente se vino un bombazo de agua. Entonces los dos apuramos más nuestro paso para tratar de llegar a nuestras casas lo antes posible y mojarnos lo menos que pudiéramos. Pero nos habríamos alejado de liceo solamente una cuadra cuando entonces la tierra empezó a temblar.
—¿Qué rayos sucede?— dijo mientras caminábamos.
Maxi no dijo nada pero al ver su cara pude ver que estaba aterrado. Entonces noté que todo eso realmente se parecía a mi sueño y de un momento a otro empecé a temer que se estuviera cumpliendo.
De repente, vi una cosa inmensa aparecer por detrás de las casas. Esa cosa se estaba dirigiendo a nosotros, no había duda... pero, ¿qué era? Y de improviso los dos nos encontrábamos corriendo.
—No te detengas, Chris. Pase lo que pase— me indicó Maxi, aunque en realidad pareció más una orden y yo no supe completamente el por qué.
Aunque él jamás había volteado la cabeza para ver qué era lo que nos seguía, él parecía saber lo que era, además de que parecía mucho más asustado que yo. Obviamente, no me detuve ni aminoré la velocidad en ningún momento. No quería que lo que fuese que no perseguía (que no podía ver bien lo que era) nos atrapara.
Las calles estaban desiertas. No había nadie en ellas salvo nosotros dos y lo que corría detrás de nosotros. Llovía y relampagueaba todavía, incluso parecía que se había puesto más oscuro y llovía con más fuerza. De vez en cuando yo volteaba para ver si habíamos perdido de vista a la cosa, pero no era así. Hasta una vez pude verlo bien y entero. Era gigantesco. Tenía una cabeza grande y redonda. Un cabello oscuro y duro le caía por detrás de las orejas, las cuales también eran grandes. Además tenía varias cicatrices en el rostro. Sus manos eran muchísimos más grandes que mi propio cuerpo, además de que parecían ser macizas y en una de ellas sostenía un garrote. Y ni que hablar de sus pies; eran enormes y los llevaba calzados con una sandalias. Sus uñas, tanto las de las manos como las de los pies, eran gruesas y sucias. Mientras que en los pies llevaba sandalias para arriba estaba vestido con una camisa debajo de una especie de chaleco de pieles de animales, el cual lo llevaba desprendido, y unos pantalones. Cualquiera de sus prendas era bastante vieja. Su tez era oscura y sus ojos grandes. No, espera un minuto. Quise decir ojo. Esa cosa tenía un solo ojo.
Hace falta tiempo para relatar todo esto, pero a decir verdad, el tiempo que yo tuve para poder advertirlo todo fue muy corto pues pude escuchar que Maxi me decía que doblaríamos en la próxima esquina a la izquierda y que nos esconderíamos en esa especie de callejón a esperar que el cíclope pasara. Por lo cual miré hacia adelante enseguida que él me habló, para poder ver el lugar en el que íbamos a doblar. Llegamos a la próxima esquina y entonces doblamos a la izquierda, como él me lo había dicho, y entramos a ese callejón. Los dos apoyamos nuestras espaldas contra una pared mientras que nuestras respiraciones eran bastante aceleradas. Ahora que nos habíamos detenido pude darme cuenta de que estaba empapado de pies a cabeza.
—¿Lo habremos perdido?— le pregunté a Maxi, luego de haber recuperado un poco el aliento.
Él se asomó un poco para ver (pues era el que más cerca de la esquina había quedado).
—Creo que sí, pero será mejor quedarnos aquí un poco— me contestó.
—¿Qué era eso?— me atreví a preguntarle.
—Era un cíclope, Christian— me respondió mirándome y por su tono supe que estaba hablando muy en serio.
—¿Un cíclope de verdad?
—Así es— me contestó él —Mira, es normal que no lo entiendas ahora pero no puedo explicártelo en este momento. Tenemos que buscar un lugar seguro primero y luego...
En ese momento el cíclope apareció en la entrada del callejón mientras agitaba furiosamente su garrote y entonces trató de golpearnos con el pero nosotros logramos esquivarlo, adentrándonos más al callejón. El monstruo empezó a seguirnos mientras volvía a agitar su garrote. En realidad, solamente me seguía a mí. Entonces volvió a tratar de golpearme. Esta vez con su gigantesco puño, y, para mi mala suerte, logró acertar ese golpe haciéndome volar varios metros y finalmente golpeándome fuertemente contra una pared.
Milagrosamente no morí en ese momento pero aun así no pude ponerme de pie cuando lo intenté ya que el golpe me había dejado algo débil y aturdido.
A pesar de que tenía la vista algo borrosa, pude ver una figura gigantesca acercarse a mí y no podía ser alguien más que ese cíclope. Pero si había algo que no entendía, aparte de cómo era posible que todo eso fuese real, era ¿por qué una criatura mitológica se empeñaba tanto en tratar de matarme? Pues eso estaba haciendo ese cíclope. Solamente me perseguía a mí y trataba de deshacerme de mí de todas las formas posibles. A Maxi no le prestaba la menor atención, por lo menos no se la prestaba hasta que él sacó un arco y le lanzó una flecha al cuello. Entonces el cíclope se volvió furioso hacia Maxi mientras agitaba su garrote. Al ver su reacción, Maxi volvió a disparar otra flecha pero eso solamente lo enfureció más. El cíclope levantó el garrote y le asestó un golpe que lo mandó contra una pared. Después de eso volvió a acercarse a mí. En ese entonces yo ya me había logrado recuperar un poco del golpe y ya estaba de pie nuevamente. Al darme cuenta de que se estaba acercando de nuevo a mí, traté irme como pude. Pero el cíclope rodeo mi cuerpo con una de sus manos y luego me levantó del suelo. Yo forcejee para tratar de soltarme pero todo fue en vano. El monstruo ya me tenía bien sujeto y no había nada que pudiese hacer para salvarme. Maxi estaba inconsciente, y aunque no le estuviera seguramente no habría podido hacer mucho.
Ahora solamente tenía que esperar que me matara. ¿Cómo se sentiría morir por una criatura mitológica? Pronto lo sabría. Cerré los ojos, esperando que la forma en la que ese cíclope me matara no fuese dolorosa. Entonces, mientras esperaba que la criatura me matara rápido, escuché una voz firme.
—¡Suelta a ese muchacho ahora!
En ese momento abrí los ojos y puede ver que detrás del cíclope se encontraba un hombre de unos treinta años. Su cabello, de color castaño al igual que su barba, le caía sobre los hombros. Estaba vestido con una túnica de color marrón y en su mano derecha sostenía un bastón tan alto como él.
—¡Suéltalo ahora!— vociferó nuevamente el hombre y entonces una esfera de color morado salió de la punta el bastón y dio contra el cuerpo gigantesco del cíclope.
Eso solamente hizo enfadar más a la criatura que me soltó de golpe y yo caí fuertemente al suelo desde varios metros de altura y me golpee la cabeza, quedando inconsciente enseguida.

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