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8 min
La foto
Amor |
22.12.14
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Sinopsis

Dicen que la casualidad es la mano anónima de Dios, pero... ¿qué nos quiere decir?

Hay mujeres, y también hombres, que se enamoran de una persona inalcanzable. Ellos, supongo que no lo sabrán, pero se enamoran de una persona inalcanzable porque, en el fondo, les gusta sufrir. Se enamoran de alguien que está casado o que tiene una relación. Alguien a quien, por la razón que sea, probablemente nunca consigan. Buscan a una persona que les haga sufrir y suspirar de amor. Cada vez que le ven les palpita el corazón y luego sufren a solas mientras le echan de menos. Es un amor que duele y que, por consiguiente, hace daño.

–Una clienta nos ha invitado a cenar –dijo Koert un viernes por la tarde

–¿Te apetece? –me preguntó girando la cabeza desde la silla donde estaba sentado detrás del ordenador en casa. Después de cenar se había puesto a terminar algunos asuntos de la administración de su empresa. Era el dueño de una empresa de materiales de construcción ecológicos en Holanda.

–Sí claro, ¿de quién se trata? –le pregunté con curiosidad. –Siempre me apetece conocer a gente nueva –le respondí.

−Es una señora mayor, tendrá aproximadamente la edad de mi madre. Acaba de renovar su casa y mi empresa le ha vendido pintura ecológica. Quiere que vayamos a cenar con ella el sábado veintinueve de noviembre. ¿Te viene bien?

−A ver que mire en mi agenda…−Sí, me viene bien –respondí resoluta a la vez que me imaginaba que iba a pasar una velada agradable en compañía de una mujer con interesantes experiencias de la vida, que de alguna manera iba a enriquecer mis conocimientos. Siempre he pensado que la gente mayor tiene algo que contar. Buenos consejos, historias increíbles de su vida o de alguien a quien han conocido personalmente.

−¿Por qué te invita a cenar? –le pregunté, porque no me quedaba muy claro. No es muy frecuente que un cliente te invite a cenar a su casa. Además hacía años que había llegado a la conclusión de que era mejor no mezclar la vida privada con el trabajo.

−Dice que le gustaría mucho que viéramos cómo ha quedado su casa.

El día de la cena llegó y ese sábado fuimos con mi hija Lucille a pasear por Heusden, una ciudad medieval en el norte de Brabante que todavía conserva el misterio de antaño. No hay en Heusden ningún edificio de apartamentos, ni tiendas en cadena. Es una pequeña ciudad con dos molinos al río Waal. Gruesas murallas, casas antiguas, bonitos y originales comercios y una galería de arte forman parte del encanto de esta entrañable ciudad. Pasear por ahí es como regresar en el tiempo a otra época. Una ciudad auténtica donde se respira pura tranquilidad. Entramos en una tienda de regalos y compramos un angelito de barro para Leonora, la señora que nos había invitado a cenar. Nos pareció un regalo apropiado, ya que se acercaba la Navidad.

Leonora vivía en Waalwijk un pueblo próximo a Den Bosch en el norte de Brabante, no me preguntes por qué, pero con frecuencia he oído decir que es un lugar horrible para vivir.

 –‘Ahí no quieres vivir’ –dice la gente.

Mientras atravesábamos el pueblo para ir a casa de Leonora me preguntaba a mí misma por qué Waalwijk tenía tan mala fama. Había casas bonitas y por lo demás no me parecía en absoluto un sitio horrible para vivir. Quizás fuera un sitio muy aburrido. ¿Quizás las gentes de allí fueran muy aburridas?

Llamamos al timbre y una señora que en realidad me pareció más joven de lo que esperaba abrió la puerta. Nos recibió algo tensa y con cierta distancia. Al principio no podía entender muy bien por qué. Llevaba el pelo recogido hacia atrás, no iba maquillada, era una de esas personas que no te dicen mucho, que no te dejan huella y que, si te descuidas, ni la reconoces por la calle un día más tarde. Iba vestida con un pantalón de pana azul y una blusa azul llena de cientos de pequeños corazoncitos.

Hacía frío y nos indicó que nos quitáramos los zapatos para entrar en su casa. A disgusto me quité mis altas botas de tacón y me quedé en calcetines, quejándome en voz baja a Koert, pues no me apetecía pasar frío el tiempo que durara nuestra visita.

Koert le entregó nuestro regalito y Leonora, emocionada, le dio las gracias por el detalle. Me di cuenta de que a mí no me había dirigido la mirada, ni una sonrisa, nada. Y así fue el resto de la velada. Yo para ella no existía, ni siquiera se molestó en hacerme una pregunta por cortesía sobre mi vida, mi trabajo, lo que fuera, nada. Sin embargo se deshacía como el chocolate caliente y se reía como una colegiala cada vez que mi novio decía cualquier cosa, ya se tratara de un comentario o una broma, no importaba. Leonora estaba deleitada, y tanto.

–Quiero que oigas una canción que me encanta  –le dijo Leonora a mi novio mientras retiraba su silla de la mesa para levantarse e irse en dirección a las escaleras, al piso de arriba. Koert y yo nos miramos algo perplejos y de repente el sonido de una canción romántica cantada por una cantante italiana en inglés, que me recordaba a una cantante de ópera llorando de amor, invadió toda la casa. El texto de la canción trataba de una mujer que estaba enamorada de un hombre y repetía incesantemente ‘I love you’ ‘I love you’.

‘No hay duda’- pensé  –‘a esta mujer le gusta mi novio’. Miré a Koert y abrí la boca para empezar una frase:

–‘Creo que……’ –y justo en ese momento Leonora se sentó de nuevo a la mesa. Quería haberle dicho a mi novio que creía que esa mujer estaba enamorada de él, pero no pude terminar la frase.

–‘Y qué te parece la canción’  –preguntó Leonora a mi novio con cierta timidez

Entonces respondí yo, aunque la pregunta no fuera dirigida a mí:

–A mí me hace pensar en una mujer berreando de amor

Leonora se quedó quieta por unos segundos, como si mi respuesta en realidad hubiera sido una especie de bofetada en la cara y luego simuló una sonrisa algo forzada. Koert carraspeó un poco, porque creo que mi sinceridad le hizo sentir algo incómodo. Yo no tenía intención de incomodar a Leonora o de dejarla en ridículo, simplemente esa respuesta salió de mi boca antes de que yo me diera cuenta.

Terminamos de cenar y Leonora nos indicó que fuéramos a sentarnos a la salita mientras ella se dirigía a la cocina para preparar té. Koert y yo nos levantamos para ir a la salita contigua y al pasar por un escritorio situado al lado izquierdo, me paré un instante para mirar los pequeños portaretratos que había ahí colocados. Una sensación extraña recorrió mi cuerpo a la vez que se me abrían los ojos como platos. Leonora entró de nuevo en la salita y yo le pregunté a cerca de una foto.

–¿Quién es ella? –le pregunté a Leonora con cierto recelo.

–Es mi hija –contestó Leonora con cara de madre orgullosa.

 No sabía muy bien cómo sentirme, creo que el resto de la velada apenas dije una palabra.

Me parecía increíble y al mismo tiempo algo cómico. Hacía dos años que había comenzado mi relación con Koert. Resulta que cuando yo vivía con Sebastián, mi anterior novio, que era once años más joven que yo, la hija de Leonora, la de la foto, era mi vecina y estaba enamorada de mi novio Sebastián. A los dos meses de romper con Sebastián conocí a Koert, algo mayor que yo y ¿cómo es posible? La madre de mi anterior vecina estaba ahora enamorada de mi novio actual.

¿Cómo es posible que en mi anterior relación la vecina de la derecha estuviera enamorada de mi novio y en mi siguiente relación la madre de la vecina de la derecha también estuviera enamorada de mi novio?

Al salir de Waalwijk pensé para mí misma que si los habitantes de allí eran como Eleonora podía entender por qué la gente solía decir:

–‘Ahí no quieres vivir’.

 

 

 

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Rosa Rivas Aranaga estudió Traducción e Interpretación de los idiomas holandés y español. Actualmente trabaja como traductora jurado y profesora de español en Holanda. Diez años le ha llevado a Rosa Rivas escribir su primera novela, que retrata la capacidad de superación de una mujer maltratada y su fuerza y valentía para hacerse valer y sobreponerse a las dificultades, haciendo frente a su maltratador para sacar adelante a sus dos hijas y brindarles un futuro feliz. Destaca la construcción de personajes opuestos y lo paradójico de sus comportamientos: mientras los amigos más íntimos pueden mostrarse completamente insolidarios, los desconocidos sorprenden a veces con pequeños gestos cargados de felicidad para quien tiene la suerte de recibirlos. La historia tiene un enfoque psicológico y espiritual, y va acompañada de anécdotas absurdas que hacen el drama más llevadero. Trata el tema de la violencia de género, la falta de preparación por parte de la sociedad para afrontar este tipo de situaciones y refleja muchas facetas del comportamiento humano. El mensaje de este libro es: SIEMPRE HAY UNA SALIDA.

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