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3 min
La fotografía
Terror |
08.12.14
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Sinopsis

Una fotografía puede traer a la vida recuerdos preciados que creías habían muerto. Si tan solo pudieran traer de vuelta la vida misma. Sin tan solo...

Al fin la encontré, después de tanto tiempo finalmente la encontré.
Oculta entre las tablas carcomidas por las polillas. 
Todos se ven tan bien, tan felices. Todos juntos.

La fotografía a empezado a perder el color, al igual que la memoria se ha vuelto vieja y frágil.
Pero aún puedo vernos, nuestros rostros brillando bajo aquel sol de la tarde, una calidez que tanto me hace falta.
Mamá y papá sosteniendo a Carmen, Ana y Franco tomando mi mano.
Aún puedo escuchar las aves que cantaban a lo lejos esa tarde, aún siento la brisa volando las hojas y llevando una fina capa de polvo a nuestros ojos, haciéndonos fruncir el ceño.

Mis ojos están tan secos, ojalá pudiera llorar y expulsar todos éstos sentimientos dentro de mí, pero no puedo, no puedo llorar ni cerrar los ojos para evitar el dolor.
Estoy inundado por la pena, siempre estoy triste y lo único que sale son éstos horribles gemidos. El dolor siempre corta mi piel, pero no puedo sangrar y dejar que el se vaya.

Oh el frío en mis huesos es tan puro, sin importar cuan quieto me quede mis huesos siempre gritan, mis manos buscan la suavidad de las flores, del césped, incluso anhelan la áspera sensación de la tierra pasando entre los dedos.

Mas sin embargo no puedo.
Al menos ahora tengo la fotografía, puedo vernos ahí, sonriendo y viviendo.

Creí que lo que hacía era mejor, creí que así acabaría con el dolor, que nos llevaría a un mejor lugar.
Soy un imbécil, un perfecto imbécil. 

Ojalá no hubiera buscado entre aquellas gavetas y entre la ropa hasta encontrar el revólver.
Ojalá no hubiera escuchado a las voces mientras me pedían que jalara el gatillo.

Mamá en el pecho, papá en la cabeza, Carmen en su cuna, Ana gritando que me detuviera y luego cayendo a mis pies, Franco corriendo hacia mí tratando de sujetarme y luego viendo sus ojos llenos de dolor y horror cuando jalé el gatillo nuevamente.

Las voces felicitándome, aplaudiendo y golpeando mi hombro.
Todos muertos, la sangre de todos arrastrándose poco a poco por el suelo de la sala, de las habitaciones.
Jalé el gatillo y ya no habían balas para mí.

Las sirenas en el horizonte, el peluche de Carmen en el suelo con su moño enrojecido.
El silencio de la casa. Las voces no satisfechas aún, pidiendo más, buscando mas balas.

Finalmente tomé la soga con la que Ana tantas veces jugó a saltar.
Amarrada a la baranda de las escaleras en las que solíamos colgar botas navideñas.
El crujido de mi cuello al romperse, mis ojos saliendo casi de sus cuencas, mis dientes mordiendo mi lengua hasta que el sabor de mi sangre bajó por mi garganta. Y luego nada más.

Eso creí.
Ellos se fueron, ellos se liberaron y yo me quedé aquí.
Sin lugar, sin refugio, el dolor y tristeza atascados dentro de mí. 

Pero ahora al menos tengo la fotografía, al menos ahora puedo verlos.
Al menos la fotografía me aydará a "dormir" un poco, si es que eso puede existir para mí ahora.

Los veré, hasta que la fotografía se vuela polvo y yo siga caminando por el día y la noche.
Recordando cuando todos éramos felices.

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