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6 min
La fría mirada del caníbal.
Reales |
07.12.14
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Sinopsis

Un hombre observa como una mujer sufre por un abandono.

La miraba. Estaba allí a mi lado risueña y cabizbaja. Sostenía un vaso de café en la mano mientras con la otra manejaba con destreza el móvil. Admiraba imágenes que le confortaban. Sus ojos se estiraban arrastrados por el tirón de la sonrisa. Los dientes asomaban tímidos en cuanto los labios permitían tal acceso. Balanceaba la cabeza en consonancia con aquello que veía, mostrando los diferentes matices del cabello colorido artificialmente. El rostro cambió el semblante. Las arrugas en la parte externa de los ojos insinuaban el tedio corrosivo de la desdicha. Los labios se apretaron con fuerza como queriendo asumir la responsabilidad de no dejar entrar ni salir a nadie. Temblaban ligeramente mientras unas lágrimas rodaban por la mejilla. Pronunció sutilmente unas palabras que bien podrían no haberlo sido si no hubiese percibido un ligero susurro apenas audible. Lo suficiente como para denotar que aquellas palabras sí existieron y pueden así ser registradas como tales en el recóndito beneplácito de hechos ocurridos en la historia de la Tierra. Bien podría yo haberlas no escuchado y de esta forma el registro debería ser otro más íntimo, pero como tal intimidad no ofrece ventajas en las contiendas no contables demos gracias que mis oído fueron finos y capaces pues de cerciorar que aquello allí aconteció. Y es que antes de endorsarnos en otros menesteres diré que aquellas palabras fueron: “Por qué me has dejado”. Y fueron nítidas pese a la falta de decibelios, ejerciendo estas un falso vestigio de reacción emocional. Por una parte sentí la pena portentosa de observar como otro semejante se ofusca en una terrible depresión sintomática, aunque esta sea corta y pasajera, quedando paralizado por un episodio deplorable y hundido en una justificada aflicción. Por otra parte sentí la siempre agradable alegría que, pese a esta enmascarada, consigue dotar el organismo de suculentos manjares de sustancias estimulantes en beneficio del bienestar momentáneo. Dicen que no es posible sentir alegría y pena al mismo tiempo, pero no debemos dejarnos engañar por el sentir del bajo fondo que es aquel que, por cuestiones morales, nos negamos a pensar siquiera que lo hemos sentido. Como cuando alguien se muere y dices: “vaya”, o “que pena, lo siento por él” como si realmente lo sintieses. Dependerá tal estado de ánimo del trato o afín con la personalidad ya fallecida. Si el individuo en cuestión frecuentaba más la parada irrisoria de la desgana en cuanto a viajes a nuestro encuentro se refiere seguramente pese a que insistamos en no caer en tentaciones del malvado para las cosas del sentir lo que haremos será odiar irremediablemente al pobre sujeto. Y así pues la pena y la alegría convivirán juntas en perfecta armonía. Pero no es el propósito de este relato el de teorizar sobre las ecuanimidades de la emociones sino el de plasmar lo que aquella tarde aconteció entre nuestra heroína y yo. Y es que habiendo la susodicha reaccionado de forma compungida y emitiendo desde las entrañas de su porte hacia mi sensibilidad propiamente establecida una perezosa pero insinuadora compasión, a la vez que un arraigo por la más pura atracción sexual desinteresada de menesteres más formales, no tuve más que intentar reprimir las intenciones de cortejo erótico, mostrar mi más sincera empatía hacia su aciaga situación, colaborar en cuanto a mí cometiese en su inmediato consuelo y rápida recuperación anímica. Levantó la vista afligida por mi zafio propósito y aún con la mirada humedecida por las lágrimas no pudo fingir sorpresa o en el mejor de los casos una apacible curiosidad. Exculpado por actitudes diplomáticas propias de aquellos a quienes la educación ha abducido maneras menos sensibles al desagravio fui correspondido con una sonrisa reconciliadora, un tanto forzada eso sí, en señal de complicidad recurrente, como apostando por un tiempo prudente de conjunción que inmediatamente se verá roto por la intención de huída de la afectada aquí tratada. Insistí en mirarla detenidamente a los ojos y esperar recurrir a la proveniencia que, en estos casos, siempre deparará en devenires impropios del deseo más inmediato o en designios poco dados a satisfacer la animosidad imperante. Efectivamente, apartó la mirada. Visitó terrenos más obscuros desde allí donde los ojos abarcan la vista dirigiéndolos hacia la calzada, en actitud carente de interés por asimilar aquello que en el suelo pudiese acontecer, cortando cualquier tipo de complicidad que pudiese manifestarse en aguantar mirándonos a los ojos por ver reflejado el dilema que el alma expone para ser vista o, más bien, para ser reflectada en la retina de tu confidente. El silencio, amigo o enemigo según queramos entender, según situaciones decantadas por el escándalo o por la sencillez del sosiego, nos hará posicionarnos en una situación incómoda si esperamos que nuestro oído tenga otras referencias más interesantes que percibir y nuestros actos deban justificar lo impropio del resultado al que llegamos si no pasa absolutamente nada que pueda entretener la delicada escena. Llega la intención de romper ese pulcro silencio que va a ser quien depare en llevar a término los acontecimientos que sean menester para que los actos que van a ser marcados en la historia de tu vida decidan como serán estos mismos en un futuro que dejará de serlo en cuanto vivamos en el momento de la situación que ya está establecida, y es que de lo que hagamos ahora dependerá lo que hagamos después, pues los actos no pueden serlos sin antes haberlos sido ya. Solamente una palabra hubiese bastado. Nada. Silencio. El tiempo pasa. El desgaste del ánimo se pronuncia y se deja ver atormentado por el ímpetu acomplejado. Los segundos fecundan la desidia y nos avisan del tormentoso devenir del fracaso. Callados. Tímidos.

                Me despido cortésmente dejando que el destino no depare en mí; mi futuro ennegrecido por lo que pudo haber sido, frecuentando el incorregible ademán de augurar falsos presagios en detrimento de la esencia pulcra del alma que es la felicidad. Observo el agujero negro que se abre en mi suplicio, absorbiendo el colágeno suficiente para desencadenar un atropello existencial. Un desayuno con ella que ya no está, un restaurante que no acoge nuestras risas, la cena de Nochevieja, nuestro hijo que no ha sido fecundado, nuestra tumba no se halla la una junto a la del otro, el lugar del cielo donde perpetuamos ocupa plazas distantes. El sórdido ajuste de cuentas de las decisiones. Aquellas que amarran las riendas de la vida. Adiós amor mío. Que no serás. 

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Paciente pero ansioso; temeroso de ser valiente. Si supiera cómo acortar mi pene sería feliz. ¡Pena! ¡Quise decir pena...!!

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