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24 min
La Galería del Suicidio
Drama |
25.07.15
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Sinopsis

La Galería del Suicidio

Por lo general no dormía, hasta que no estuviese segura de que él ya lo estaba. Escuchó la puerta de entrada abrirse, un portazo y unos pasos tambaleantes desde la sala, pidió por favor, para sus adentros, entre sus sábanas, que hoy simplemente se fuera a la cama, pero cuando oyó sus zapatos cada vez más cerca supo que se dirigía a su cama. Rápidamente se incorporó sobre el colchón y pegó la espalda contra la pared, con el miedo tapándole la boca vio como esa figura gorda caminaba desde la entrada de su cuarto, atravesando la oscuridad hasta ella. El ente encendió el velador en la mesita de luz y media cara se reveló junto a dos ojos inyectados en sangre que se clavaban en los suyos, quiso gritar pero la mano en sus labios la contuvo, sabía por experiencia que eso solo le iba a hacer doler más. La tomó de los pelos cobrizos y arrastro su pequeño y menudo cuerpo por la cama hasta un rincón contra la pared y le escupió con su aliento a vodka:-¡sácate el pijama!- al tiempo que se desabrochaba la hebilla. Al ver que la otra solo se hacía un ovillo entre las dos paredes volvió a gritar-¡sácate el piyama te dije!- y alzó el cinturón en el aire. El latigazo azotó a la niña una, dos, tres, ella solo se limitaba a protegerse el rostro con las manos, del cuero y de la mirada de su padre. Así volvió a sentir el cuarto, el quinto…. Se quedó esperando el sexto, pero el mismo nunca vino, temerosa se descubrió los ojos y vio a quien la golpeaba con la mirada al frente, perdida en la nada, tenía el brazo en posición para arremeter de nuevo, pero el mismo estaba petrificado, una mano desconocida lo sujetaba por la muñeca. El cinturón calló al suelo y lentamente la mano condujo el brazo hacia el bolsillo donde había una navaja plegable, la hoja resplandeció con la pequeña lámpara y el filo se apoyó en el cuello de su padre, sostenido por su propia mano, junto a la otra extraña que desde la muñeca, condujo con indiferencia el metal frío desde un extremo de la garganta al otro. El movimiento fue tan brusco que pequeñas gotitas rojas salpicaron el rostro de la niña, su padre que comenzó a graznar como un ave buscando desesperadamente aire, cayó de rodillas al suelo. Fue ahí que un hombre apareció atrás, llevaba el torso desnudo, unos pantalones negros y una cruz invertida tatuada en el abdomen. El pelo largo le hacía sombra sobre la mitad de la cara, la cual era completamente blanca a salvo por las cuencas que rodeaban con negro a los ojos sin iris que contemplaban con interés a la niña, que con sangre en el rostro miraba asustada, el otro se limitó solo a tenderle la mano, la misma mano, en ademán de que le diera la suya y la invitó diciéndole con vos apaga:-ven conmigo y con tu sufrimiento construiré un cielo.

La frase quedó resonando en su cabeza, tapando el silencian habitual que habitaba en su pequeño departamento, a excepción del silbar del ventilador, que siempre estaba ahí, acariciándole la cara con el soplar de su viento. Se quedó disfrutando de la suavidad de las sabanas que la envolvían, pero luego el exceso de espacio la comenzó a incomodar desde adentro, con el pulgar derecho se palpó la huella que rodeaba su anular. Luego abrazó la almohada, precisándola contra su pecho desnudo, mientras contemplaba las aspas girar al lado suyo y escuchaba el aire que se arremolinaba en su oreja.

Dejo la cama, se sentó en la misma y se llevó las manos a la cara, frotándosela durante unos segundos. Entró en el baño, encendió la ducha, en eso vio en el espejo a esa mujer de pelo corto, casi rojo, luciendo un rostro joven pero con mirada cansada, como lo delataban las ojeras negruscas. Pálida, delgada, frágil, solo llevaba la parte inferior de la ropa interior, senos pequeños y puntiagudos, manos finas con dedos alargados y junto a todo esto, para decorar su cuerpo, pequeñas, medianas y grandes cicatrices, cortadas, distribuidas por toda su piel. Esto era un recordatorio para cualquiera que las viera, especialmente para ella misma. Pero también de alguna forma, era esto lo que le confería un aspecto todavía más adorable y dulce, casi comparable con el de una niña, como si esto que sentía y percibía la hubiese conservado intacta, inmutable al tiempo. Y sin embargo donde esto más se hacía ver no era en su piel, sino en su mirada, así se fue revelando a medida que se iba acercando a la mujer. Fue ahí cuando estuvo enfrente de su persona, que pudo apreciar sus ojos azul oscuro, que parecían contener cada uno un mar de lágrimas, cuyas aguas eran movidas por el llanto. Tierna miseria era lo que había en la superficie, pero a medida que uno se hundía, la dulzura se cubría en sombras, para convertirse en algo más aciago e incierto, pero que como la entrada de una cueva, te llamaba para descubrir lo que hay adentro. Esto era lo que la hacía verdaderamente hermosa, aunque lamentablemente nadie lo podía ver, nadie salvo ella, que se sumergió en el abismo y continuó descendiendo hasta sus brazos y comenzó a apreciar las marcas que había sobre los mismos. Se detuvo una por una, sin percatarse de que ya no oía nada, notando su forma, como si fueran pinceladas sobre el lienzo de su piel. Ella era la artífice de su arte, inspirado en su vida, pero sin embargo no podía hacerlo sola, necesitaba la ayuda de un maestro, alguien que guiara su mano y su pincel a trabes de la carne, ese maestro tenía la cara blanca y las manos nudosas y frías. Fue en eso que un escalofrío recorrió su cuerpo, relajándolo completamente, junto a sus parpados que se adormecieron, al tiempo que una caricia áspera le iba rodeando el hombro, descendiendo por delante de este, rozándole uno de los pechos. Dejo que siguiera por su brazo, pero cuando llegó a su muñeca, sus ojos se abrieron y vio a otro negro y blanco que la observaba por encima de su hombro. Casi por reflejo se dio la vuelta, de forma tan brusca que se tuvo que agarrar del lava manos para no caerse, al tiempo que varios mechones cayeron sobre su frente. Nerviosa y levemente agitada, miró para todos lados asegurándose de que ya no lo veía, luego se tomo un tiempo para tranquilizarse, dejó que el sonido del agua cayendo llenera sus pensamiento. Luego sacó tres cajas de debajo del lavamanos y mientra abría los blister, recordó cuando en un pasado lejano alguien le había dicho que en la carrera que iba a elegir, uno tenía la posibilidad de automedicarse, así lo había escuchado como algo improbable. Tragó primero la Quetiapina (antipsicótico) y después la Mianserina (antidepresivo), mientras que el Clonazepam (ansiolítico) lo solía dejar arriba de la mesita de luz para pasar la noche.

Se bañó, se cambió y trató de desayunar mientras veía el noticiero. Fue en eso que el teléfono sonó. Se levanto de la mesa con sorpresa, pero la misma desapareció cuando escuchó la voz del director del hospital, diciéndole que necesitaba que venga, un paciente había intentado tirarse por la ventana y necesitaba que venga a contenerlo, su primera respuesta fue poner seño fruncido, era domingo y obviamente la estaba llamando desde su casa. Pero ella no estaba haciendo guardia domiciliaria, no tenía porque ir, además por lo general en esos casos a los pacientes se los sedaban y los ataban a la cama, más teniendo en cuenta que aquel paciente era de los peligrosos, que vivian sedados y maniatados. Ella lo conocía, varias veces había tratado con él, y parecía que era de las únicas que lo había hecho, porque el mismo pedía por ella, según le contaba el director. Será tal vez por esto que termino yendo al hospital.

Estacionó el auto en la calle, bajo y la recibió una ligera llovizna, subió la vista y sintió como las diminutas gotitas le caían en la cara, estaba nublado, y nubes grises y negras se correteaban por el blanco de fondo, le gustaban los días así, aunque siendo mediodía parecían las seis de la tarde. Así continuó sin preocuparse por mojarse .Las calles entre los pabellones estaban desiertas, los árboles extendían sus altas presencias, luciendo el negro de sus troncos y el verde resaltado de sus copas. Las únicas personas que vio fueron las cabecitas de algunos pacientes desde las ventanas que se asomaban con curiosidad. Llegó al pabellón, no sabía si era la lluvia, pero lucía más desgastado que de costumbre, aunque siempre se vio más abandonado que los otros. Entró, el pasillo principal estaba vacío, fue caminado entre algunos focos encendidos, otros quemados y algunos titilando. Llegó a las escaleras, tenía que ir al tercer piso. Entre escalones llegó a un descanso, en el mismo una mujer miraba por la ventan, la vio de espaldas y cuando la pasó, pudo observar de reojo como la otra se volteaba y subiendo el brazo movió la mano en gesto de despedida, mientras la otra seguía subiendo. Llegó al tres, se dirigió directamente a la sala de entrevistas, aunque nadie le hubiese dicho que estaba ahí, caminó al compás del crujir de las baldosas salidas y rotas, mientras veía los azulejos faltantes en las paredes, los que estaban a punto de caerse y al los pacientes amarrados a las camas o con camisas de fuerza tirados o sentados en un rincón, desde las ventanitas de sus celdas. El cuarto consistía de una habitación dividida por una pared, en una se ubicaba al paciente, en la otra el que entrevistaba, a los dos lados los comunicaban grueso vidrio con pequeños agujeros en el medio. Cuando llegó no encontró a nadie, y solo entraba una escasa luz blanca por la ventana. Se dirigió primero a esta para abrirla, cuando recibió el saludo de la brisa fría, escucho un hombre le decía:-hola Caro, ¿como estas hoy?-

Al girarse vio a aquel hombre joven con los brazos apoyados en la mesa y que la miraba con la cabeza gacha. Se sentó enfrentándolo y le respondió:-Hola, todo bien gracias, me contaron lo que quisiste hacer hoy a la mañana, contame ¿que te pasó?

-Me paso que simplemente no encontraba justificación para vivir, y me dispuse a hacerlo, pero en el momento me di cuenta que no podía, no sabía porqué, era como que algo o alguien me faltaba para darme el empujón. Y fue en eso que se me apareció ese alguien, y me dijo que me daría una mano, pero que primero le tenía que hacer un favor.

La última palabra quedó flotando en el aire, la otra se lo quedó mirando con curiosidad al que ahora se miraba la mano, ya había hablado con él varias veces, y esto era lo más razonable que le había escuchado decir, ya que por lo generas sus delirios y brotes psicóticos eran permanentes, este era el motivo por lo que estaba en un psiquiátrico y no en la cárcel. Aun así sabiendo por donde quería llevar la conversación, esquivó la pregunta obvia y le respondió:- Siempre hay una justificación para vivir, eso fue lo que no te dejó hacerlo, porque no existe nada ni nadie que te tenga que dar un empujón-

-¿Qué raro?- dijo sin levantar la cabeza, -porque me dijo que te conocía, me hablo, como vos, de la justificación de la vida, que es el arte de construir la propia y la de los otros, pero también me hablo de la justificación de la muerte, que es también el arte de construir la propia y la de los demás-

Algo en el interior de la mujer empezó a florecer y a inquietarla, porque sabía de quien hablaba, pero no queriéndolo creer, sonrió y dijo con tono irónico-aaa enserió, entones decime, ¿Qué esperabas construir cuando violabas esos cadáveres desmembrados, después de torturarlas y matarlas? ¿O cuando estabas a punto de enterrar tu cabeza en el concreto?

El otro soltó una risita y la miró fijo-bueno digamos que esas dos se construye de manera diferente, yo me dediqué a la muerte ajena, a cosechar el sufrimiento de mis victimas, el cual fue tomando la forma de un templo de carne en mi interior y solamente en mi interior, porque yo era él que recibía todo de todas. Y sí, es difícil ver como es que se construye esto, pero decime ¿Dónde crees que va a parar la vida de uno cuando lo matan? La victima recibe la muerte y el asesino su vida, por eso es que se mata, para obtener por la fuerza lo que uno no es capaz de tener por sus propios medios. El problema es que esto que uno crea dentro suyo, al tiempo empieza a tener hambre y le exige que siga matando, alimentando al templo con sufrimiento y sangre ajeno. Así es como esta cosa va creciendo en el interior de su mente, siendo cada vez más parte de uno mismo, lo que lleva a que uno haga cada vez cosas peores. Porque si uno no logra saciarla, esta masa de carne comienza a devorarlo a uno mismo, a devorar su mente. Así lo experimente yo mismo, al estar acá encerrado y no poder alimentarla, me fue comiendo, triturando y engullendo desde adentro, hasta el punto que un día me percate que ya estaba muerto en vida y fue ahí que decidí terminar con migo mismo, creí que podía escapar de esa forma. Pero la realidad era que no podía, yo me tenía que hacer responsable de mi propia creación, de mi propio Dios y por más que quería, no podía saltar, porque yo nunca me había dedicado a construir mi muerte más que construí la de los demás.

Caro a esta altura, no podía creer que se tratase del mismo hombre que hace uno semana no podía armar una oración que tenga sentido. Y el hecho de que ya casi no le podía ver la cara por la oscuridad que se extendía desde las sombrar, se lo hacía creer menos. Además de que las dudas de quien era el que yacía detrás de todo esto se fueron desvaneciendo, haciendo cada vez más visible el rostro de quien más temía.-Y decime, ¿Qué más te dijo?

El hombre la seguía mirando aunque ya no le veía los ojos:- Me explicó, que existe un lugar, el altar de los que construyen su propia muerte y practican el sufrimiento propio, el templo común a todos los que comparten la misma tarea, porque al contrario de los que matan, cuyas victimas no lo quieren, los que se hieren a sí mismos, todos buscan los mismo, por eso su centro de devoción es común a todos sus miembros, como común es su sufrimiento, este monumento es la Galería del Suicidio. Este sitio les permite a todos compartir su muerte, siendo el único requisito, que cada uno entregue una parte de su vida. Y es por esto que yo no podía pensar siquiera en saltar sobre las plantas, pero fue en eso que se me apareció él, el dueño del templo, el Dios a quienes todos ellos veneran, y me dio la posibilidad de disfrutar de algo de la muerte de sus devotos, a cambio de cómo te dije, un favor.

¿Qué favor? Preguntó esperando lo inevitable.

Ocurre que vos sos de los pocos casos, cuyo sufrimiento a sido un tesoro y una contribución enorme para hacer crecer el templo, que de sangre y muerte se edifica en la mentes como una pesadilla para la conciencia. Es por eso que te ganaste un lugar especial entre sus muros, para hacer de toda tu vida sacrificada una muerte de ensueño, e aquí la invitación que me pidió entregarte, espero que aceptes, aunque él sabe que no te vas a resistir – y en la frase que escucho a continuación distinguió la voz apagada de quien la estuvo acompañando toda su vida- ¿Porque todavía seguís viviendo?

La oscuridad dominaba todo el lugar, la luz se distinguía tímidamente entre las sombras, se vio que el otro sacaba algo de abajo y se lo clavaba en el pecho, no se escucho ningún grito, solo el ruido del cuerpo caer, algo de sangre salpicó el vidrio. Pero Caro continuó inmóvil en la silla, sabía lo que se aproximaba, pero como en una pesadilla, no podía escapar, solo podía dejarse llevar.

Sin pensar qué hacía, se levanto y empujo levemente el cristal, el mismo se vino abajo y al tocar el suelo resonó como una campana de bienvenida, al pasillo negro que había a continuación. Pasó por encima de la mesa y comenzó a recorrerlo. Así a paso lento se fue internando en ese telón de sombras, hasta que no pudo percibir más que el roce de su respiración y el eco de sus propias pisadas que la iba siguiendo, mientras la cubría el frío del aire húmedo y sucio.

Fue en eso que adelante suyo a la izquierda, un alo de luz se hizo visible al ras del suelo, cuando se asomó por el portal del cual provenía pudo ver en su interior a un hombre gordo que con su tamaño aprisionaba a una niña boca abajo, de pelos cobrizos contra una cama de sabanas rosas, mientras se escuchaba que le decía:-Papi te quiere mucho, papi te quiere mucho, papi te quiere mucho- con el sonido de los resortes de fondo.

Abandonó la luz y continuó su camino, pronto se encontró con otro resplandor, esta ves a su derecha, en su interior distinguió al mismo hombre, después la niña se sumó a la escena a sus espaldas, el otro se dio la vuelta y mirándola con ojos ahogados en lágrimas, le dijo con voz quebrada mientras se llevaba el filo de una navaja al cuello:-Perdón hija-. A continuación pequeñas gotitas rojas salpicaron el rostro pálido de la pequeña, la cual se quedó mirando con ojos bien abiertos a quien ahora caía de rodillas y graznaba como un ave, hasta que se tendió en la alfombra y se dejo de mover. El metal frío quedó a un lado, una diminuta mano lo levantó y limpió su hoja con su vestido, hasta que se pudo verse a sí misma, para después sentarse en el piso y comenzar a dibujar tímidos trazos sobre su bracito.

Se volvió a internar en la oscuridad, otro alo de luz apareció a su izquierda, este le mostró a una mujer colorada de pelo corto y a un hombre joven que arrodillado le tendía un sortija, ella con los ojos llorando de alegría le dijo que sí, se abrazaron y se besaron, fue en eso que pudo distinguir las cicatrices debajo de su manga.

Dejó a la pareja feliz para continuar camino, se le apareció otro portal a la derecha, al asomarse descubrió a la misma pareja, pero el que ahora era el marido insultaba en al cara a su esposa y de una patada la tiraba al piso, para luego empezar a golpearla.

Abandonó la escena y las sombras volvieron a rodearla, las imágenes se fueron superponiendo en su mente, como una secuencia cuyo final se podía predecir. Fue en eso que llego a la última puerta, esta al contrario de la otras estaba cerrada, pero aun así la luz se colaba por lo bajo. Cuando la abrió se encontró a la esposa dándole la espalda, y tapándole lo que había adelante. La que tenía enfrente comenzó a avanzar pausadamente, se le empezaron a oír unos sollozos y una soga que colgaba de una biga en el techo se fue revelando de forma descendente. Cuando la mujer estaba lo bastante lejos, descubrió que un nudo enlazaba el cuello de su esposo, quien penduleaba suavemente de una lado al otro, hasta que la mujer lo detuvo, abrazándole fuertemente las piernas y quebrándose en llantos desgarrados que hasta le dolieron a Caro quien observaba todo esto.

Cerró la puerta y volvió ciegamente a su camino, pero ahora sentía que se aproximaba a algo. Las sombras que se ceñían sobre ella, gradualmente se fueron tiñendo de rojo, especialmente al frente donde unas tenues voces empezaron a hacerse audibles. Paso a paso lo que decían se fue haciendo más claro, mientra el negro se iba esfumando bajo la intensidad del carmesí. Así continuó caminando hasta que descubrió que más adelante el pasillo se terminaba y un puente con barandas de hierro empezaba, con las nubes de fondo, solo que el cielo no era azul, sino que era rojo como una herida recién abierta. Y cuando no hubo más techo, es que pudo ver a donde la conducía el camino de concreto: Se trataba de una gigantesca construcción, que como una torre se alzaba en lo alto como el Sol mismo (el cual no estaba). Y tenía por un lado la arquitectura de una iglesia gótica, con arcos estrechos y largos marcando las múltiples entradas y rodeando los vitros, arbotantes a los lados y dos filas de figuras religiosas aliñadas a los costados de la puerta a la cual se dirigía. Mientras que por el otro tenía aspecto de fábrica: con múltiples conductos entrando y saliendo, bajando y descendiendo, junto a chimeneas que en vez de humo expelían fuego, todo esto siendo teñido por el color del cielo.

Esto era lo que tenía ante sí, mientra seguía con su andar inconciente, siguiendo tal vez las voces que salían de aquel portal, el cual tenía por enzima un enorme ventanal circular, con un rostro de calavera tallado arriba del mismo, con un 9 en la frente y coronando todo y a ella también cuando estuvo debajo, la escultura de un torso de esqueleto alado y con cuernos.

Una vez adentro lo que las voces decían fue perfectamente entendible y pisoteándole completamente su conciencia, la condujeron como un caballo por debajo de cuerpos colgados, entre los que pudo distinguir uno en particular. Luego por tuberías entre las que encontró el cadáver del asesino y después apoyado en un conducto, a un hombre gordo degollado, a quien también reconoció. Pero fue cuando alzó la mirada y pudo ver sus propios ojos sobre el metal de un puñal clavado en el caño, que las voces arremetieron contra su mente. Cayó de rodillas, apoyando la frente en el piso y con las manos en cada sien trato de forzar la salida de las voces, pero estas solo se hacían más fuertes e irritantes, todas le decían lo mismo ¿Por qué seguís viviendo? Así siguieron hasta que llegó al punto en el que no pudo aguantar un solo sonido más, fue ahí que desde lo más profundo de su ser emergió un grito en el que no pudo distinguir su vos y que desgarrándole la garganta pronunció-¡¡¡cállense!!! Con esto con esto sin saberlo, acababa de aceptar el pacto con su destino, por lo que descolgó el puñal, rasgó sus prendas rebelando todos los cortes sanados que decoraban su pálido y delgado cuerpo, y con una sonrisa de oreja a oreja se dispuso a firmar, sobre cada cicatriz, liberando sus recuerdos amargos, cuyo dolor se revivió con el ardor de las heridas. Pero esto solo la inspiraba más aun a retomar con mayor brutalidad su frenético labor, de enterrar la fría hoja en la carne, nervios, venas y arterias, dibujando sobre el lienzo de su piel, trazos que segregaron fresca pintura roja y que la destrozaron, convirtiéndola en una obra de arte andante

El puñal empapado, se clavó de punta en el suelo, su cuerpo se fue cubierto de pequeños arroyos de color intenso, en cuyos cauces fluyó todo su sufrimiento, odio y lamento. Y al derramarse estos por las vertientes en las que desembocaban, las gotas sellaron el contrato y solo quedó en su ser, la felicidad y tranquilidad restantes. Con la paz que no tubo nunca en su vida, se dirigió a una sala dejando una alfombra de terciopelo a su paso, al entrar distinguió al amor de su vida sentado en su trono de marfil humano, mientras la observaba, admirándose de lo hermosa que se veía usando aquel vestido rojo y largo, como lo pudo leer en sus ojos sin iris, que la siguieron hasta que llegó ante él, donde se quedó contemplando el negro de aquellos dos círculos, en cuyo abismo descubrió el sendero, que siguió bajo la sombra de sus propios parpados. Se desplomó de espaldas al suelo y un colchón de pétalos de rosa color carmesí suavizó su caída, su amante no tardó en aparecer y rodeándole la cintura y el cuello con la caricia áspera de sus manos gélidas, acerco su rostro blanco al de su amada, que con el semblante pálido y frío como nieve y con su último rastro de sangre en sus labios, recibió su beso.

Caro Mazurkiewicz se suicido aquel día domingo, en un edificio abandonado del complejo neuro-psiquiátrico donde ella trabajaba. Unos pacientes encontraron su cuerpo tendido en un charco rojo oscuro.

 

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