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6 min
La Galería, primera parte.
Suspense |
23.03.14
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Sinopsis

Un alma atrapada entre el mito y una realidad corrompida busca la salida.

Ella abre lo ojos y ve las siluetas recortadas sobre las paredes grisáceas del túnel, expectantes, sumidas en el silencio que inunda la galería. Ella cierra los ojos, y siente el eco de sus respiraciones vacilantes, y el murmullo de muchos pies arrastrándose a lo lejos. Ella abre los ojos y ve sus manos sucias, que tiemblan y sudan de terror e impotencia, alejando de su cabeza la idea de que ese sea su destino. Ella cierra los ojos, y escucha las órdenes de los capataces, ya muy lejos, y el hierro de las puertas abriéndose. Ella abre los ojos y ve las lágrimas en los ojos de una anciana consumida y reseca que sostiene un rosario entre sus nudosos dedos. Ella cierra los ojos y se tapa los oídos al percibir la primera aguda cuchillada de los gritos de los condenados avanzando por los túneles y golpeando las paredes como un martillo en las manos de un titán. Ella aprieta las manos contra su cabeza y se balancea hacia delante y hacia atrás contado hasta cien hasta que escucha nuevamente las puertas cerrándose, puede sentir el temblor de las paredes. Ella abre los ojos y ve la oscuridad y los suspiros de sus compañeros mientras comienzan a recostarse en el suelo para dormir. ''Ellos ya no son, ellos ya no son, ellos ya no son...'', nadie llora por lo que ya no es.

 

 

No tiene nombre. Cree tener quince años, pero no puede estar segura. Aquí no existen los calendarios, ni los relojes. Tampoco conoce su rostro. Su padre solía decirle que tenía los ojos grises, como las galerías, pero una vez oyó a su madre decir que eran azul cielo. Ella no recuerda el cielo, nadie habla del cielo aquí. Por lo que a ella respecta, es mujer, joven y de estatura media. Ni siquiera conoce el color de su pelo, el polvo de las piedras lo vuelve de un sucio gris cuando se mezcla con el sudor y constantemente deben raparlo por la tiña. Al principio le dijeron que se acostumbraría a este lugar, pero, pese a no haber conocido otra cosa, ella tiene la constante sensación que una soga atada a su cuello le aprieta un poco más cada día. A veces no puede respirar. Ella quiere dormir y no volver a levantarse más. A veces intenta retener la respiración en su pecho y entonces cree que la soga terminará lo que empezó, pero nunca lo consigue.

 

La jornada es una sucesión de tareas rítmicas y sincronizadas llevadas a cabo por una masa ingente y grisácea. Todos tienen las pupilas esquivas y se esconden en el hueco inescrutable de sus reflexiones. Hablar mucho es contraproducente y si quieren salir de aquí cuanto antes deben trabajar y no hablar, porque las vibraciones de sus voces podrían derrumbar la galería, todo sus esfuerzos se echarían a perder. De hecho, cuando tienen que taladrar la fría pared, todos sienten cómo la superficies descienden cada vez más, cada vez más cercanas a sus cráneos grises...

 

En su celda hay veinte personas, esto ayuda a que sus cuerpos no se congelen, pero el constante contacto y la poca intimidad añadida a la sofocante situación que los rodea da como resultado diversas peleas a lo largo del día que van desde un simple codazo a una cabeza machacada a palazos en el suelo. Cuando esto ocurre todos saben lo que le espera al homicida, pero, aún así ocurre con alarmante frecuencia.

 

El miedo moldeaba la vida de los habitantes de la Galería. Miedo a los derrumbes cuando alguien se saltaba la ley del silencio, miedo al ascensor y al aire envenenado de la superficie, miedo al tifus, al cólera, miedo a los capataces, miedo a los camaradas, miedo a las ratas,...

 

A veces, ella podía jurar sentir más miedo que nadie, aunque sabía que probablemente no fuera cierto. No olvida los ojos desviados de pavor en su madre desapareciendo en la oscuridad del corredor. No olvida a su padre, vencido por la desesperanza y volviéndose cada vez más pequeño en el rincón donde yació cataléptico hasta abandonar su cuerpo definitivamente. No, ella no olvida, ¿cómo olvidarlo? Llevando la carretilla de un lado a otro, descargando y cargando, una y otra vez, llenándose las manos de rozaduras y callos, incapaz de enderezar la espalda, con su voz reprimida ha aprendido a no quejarse jamás, a no llorar, a no hablar...pero, ¿pensar? Nadie puede detener el maremoto de sus pensamientos, ni siquiera ella misma.

 

Se apagan las luces, se encienden las linternas. Fin de la jornada.

 

Cada grupo en su celda devora con ansia silenciosa las gachas grumosas servidas por unos increíblemente corpulentos personajes coronados con sucias rejillas sobre sus cabezas rapadas.

 

-Con sólo uno de ellos tendríamos carne para dos semanas.

 

Semejante aseveración recorre la columna de ella, porque sabe que el que lo está diciendo bien sería capaz de cometer semejante atrocidad, ella ya había visto cómo miraba al niño de la celda dos. Si se fijaba bien podía ver manar de sus labios abundante saliva.

 

-Mataría por un buen estofado del hígado de esa bestia.

 

Eso no se lo esperaba, pero no fue capaz de darse la vuelta para ver quién había articulado esas palabras. Suda. Los van a oír. ¿Cómo pueden hablar así? Corrían rumores de que, debido a la escasez de espacio, en el módulo cuatro servían a los abortos y a los progenitores que habían desobedecido la ley del control de natalidad. Nunca lo creyó, pero ahora, escuchando lo que escuchaba, lo empezaba a dudar. Observa temblando la fina piel que cubre sus rodillas y se tapa disimuladamente con el chal. Hipócrita...¿acaso tu no lo harías?¿Acaso no se te hace la boca agua al pensar en un estofado de carne en su propia grosura?¿No lo engullirías hasta atragantarte?¿Por qué no iban a hacerlo contigo, a quién juzgas?¿Lo harían los de las rejillas?¿Qué comerían si no para estar así de rollizos?

 

Ella vomita. Ellos retroceden con asco. Poco después se escucha un contundente ''luces fuera'' y el silencio y la oscuridad invaden la celda.

 

Mientras se duerme, ella siente una presencia fría que la mira fijamente con ojos brillantes desde un rincón. No aparta su mirada afilada de ella, pero ya no le tiene miedo. El horror ha sido sustituido por el deseo de dejarse llevar por esa presencia a donde quiera que ésta deseara. Sólo quiere que la sombra inunde sus ojos y no volver a ver nada más.

 

 

Y ya sabe cómo conseguirlo.

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