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4 min
La Galería, tercera parte.
Suspense |
25.03.14
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Sinopsis

La sombra no existe; lo que tu llamas sombra es la luz que no ves. (Henri Barbusse)

Ella avanza a través de la oscuridad intermitente y comienza a vislumbrar la silueta de las puertas de metal, que se alzan graves e imponentes al fondo del corredor. Su interior comienza a sentir el vértigo del peligro, aprieta más fuerte la mano de él y afirma sus pasos. De repente la mano de él se suelta de la suya, se ha parado y mira con los ojos muy abiertos la puerta de metal.

-No puedo.

Ella le mira confundida, luego impaciente.

-Vamos, ya queda poco.

-No me pidas esto por favor.

-¿Prefieres pudrirte aquí dentro?Acabarás allí arriba tarde o temprano.

-No me pidas esto por favor, si alguna vez me has querido,¡no me lo pidas!

El estruendo de la turba se hace más grande en el corredor, cada vez suena más cerca.

-Vienen aquí.

-No me lo pidas por favor, vámonos.

-A mí no me va a poner nadie la mano encima.

-¡¡VÁMONOS!!

Ella se da la vuelta, abre el cerrojo de la puerta, corre hacia el fondo, el ascensor esperando, pulsa el botón, pasos que corren, desciende la cabina, pausada, voces luciferinas, sedientas de muerte, se abre la puerta, alguien la empuja, se cubre la cabeza, ya la tienen, abre los ojos, es él, pulsando repetidamente el botón, se cierran las puertas, sombras de cientos de pies deteniéndose a la luz del ascensor,silencio. Murmullo, traqueteo, espera, pecho trémulo, vacilante, palpitación en las sienes, aún no, él no la mira, no mira a nada, la luz se refleja en su piel gris, ya llega, expectación, ya no hay vuelta atrás, su mente le grita peligro y lucha por salir de su cráneo con fuertes embestidas, podría morir ahora mismo...


 

El ascensor se detiene. Las puertas se abren. Un pasillo y una escalera se extiende ante ellos cual laguna estigia. Una corriente de aire frío hace parpadear los ojos de él, que despierta de su inconsciencia y contempla la escena pasmado. Ella se levanta, toma su mano. Morbo y temor se acumulan en su garganta, la corriente se hace más presente, el aire frío y húmedo roza sus mejillas y seca sus ojos, ¿está pasando, son sus pies los que caminan, son sus ojos lo que miran? Avanza por los escalones, la mano de él tiembla incontrolable.

Y entonces un techo negro enorme se extiende sobre sus cabezas. Colosales pilares parecen sostenerlo y esqueletos metálicos yacen a lo largo de una galería imponente y fría que parece no tener fin. Ella cae al suelo y se cubre el rostro con las manos, no puede respirar.


 

**********

Sus rodillas parecen caer derribadas por un mazazo invisible. No puede dejar de mirar. La luz de la luna llena le nubla la vista. Contempla los edificios como quien contempla los fantasmas de amigos muy queridos. Los árboles se han apoderado de todo y se alzan salvajes a lo largo de la gran avenida. Siente la hierba bañada en rocío en sus manos, suave, el fragante olor de la tierra mojada, el aire frío congelándole la nariz, canto de búhos y grillos, y ranas, la tierra respirando, la tierra palpitante, la tierra jubilosa. Todo está vivo.

Se percata de la presencia de ella temblando en el suelo junto a él. Le acaricia la espalda, ella reacciona, parece sorprenderse de que no esté muerto, alza la vista pero no la cabeza, sus pupilas danzan frenéticas de un lado a otro ante susurro de los muchos sonidos que nunca escuchó. Alza la cabeza, se pone en pie, tiritando, gira sobre sí misma, devora con los ojos el paisaje, advierte la hierba en sus pies, y los aparta violentamente, le mira, inquisitiva, él responde acariciando la vegetación con aire ausente, ella entiende y hace los mismo. Sus ojos se abren, se levantan al cielo, su garganta empieza a gorjear, su pecho convulso ríe y sus ojos lloran alzando los brazos, invicta, como si quisiera sostener el cosmos. Son libres.

 

 

 

 

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