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4 min
Una historia
Fantasía |
29.11.14
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Sinopsis

"Dicen, que hay dentro de nosotros una mujer que nunca podremos sacárnosla de dentro, y no perdemos nunca la fe..." Pero la perdimos, y por fin, pudimos aprender a ver y a aprehender la belleza del mundo que nos rodea

ACORDE DE LA

 

Dicen, que había una vez, una mujer

que cuando cerraban los bares,

se iba sola acompañada de una botella

de  4 Roses, y subiéndose

a los tejados, apuraba las últimas

horas de la noche, perdiéndose en la limitada

infinitud/infinidad que le permitían las estrellas.

 

Jamás supe si su fama fue infundada por ese hecho,

o si ya le venía de antes, porque su lo externo

parecía una caracterización de un felino.

Tampoco me extrañaría, porque la Gata era una

de esas pinturas de cualquier museo que había

cobrado, injustamente, vida.

 

La Gata por sí sola era un “una cosa que no debe hacerse”.

Aquello parecía ser irremediablemente su Centro de Ser,

y muchas noches me he preguntado

si ella era consciente de eso.

La Gata, era ese “mirar a la mujer que acaba

de entrar al bar pero no mirar porque estás tomando

una cerveza con tu chica” o un “invitarle a una copa

si trabajabas en el bar que frecuentaba, si eras el camarero

y tu jefe te había prohibido invitarla a más copas”,

porque la Gata era pobre y caradura, o una de las dos,

nunca lo supe.

 

Recuerdo cuando la conocí, era una noche

en un bar de la zona de Aragó, en Valencia.

Habíamos salido fuera parte del grupo y yo

a fumarnos un cigarro, y caímos en otro grupillo,

porque estos conocían a aquellos.

También había más gente que no tenía nada que ver,

seguramente pintasen lo mismo que yo,

pero el caso que mientras me apuraba el cigarro

escuchando cosas que no me interesaban,

caí en la figura de una desconocida que la tenía

a la cuál agarrada un erasmus  por la mano.

 

El italiano fue bastante explícito, parece ser

que sin importarle la respuesta de la Gata:

“Yo quiero follar”. Ella se descojonó en su cara,

y tras repetirlo en vano otras

tantas veces el italiano lo mismo, ella se alejó.

 

Iba ya por el final de este ya asqueado cigarrillo

a esas alturas de la noche, cuando se sentó a mi lado,

después de haber ido de para aquí para allá

y con toda la cara del mundo,

puso sus piernas sobre mis rodillas.

 

No supe cuál era su intención

pero supuse que la suya no sería

la misma que la mía, así que me puse borde

porque no quería mareos de esa Belleza,

por eso cuando inocentemente me preguntó

quién era yo, le dije que era de Italia, de Milano,                                           

y que me llamaba Stefano, como el italiano de antes.

Se rió y me pasó por la cara de arriba a abajo su mano,

cómo una caricia desfigurada por lo lejano,

no sé si acariciándome, pero sí,

quitándome esa máscara que ni hasta yo

quería ponérmela pero que no me quedaban

más cojones que llevarla puesta.

Su mano me transformó con una caricia

como cuando el viento acaricia a una ola, fue

cómo si me hipnotizara y yo caía hacia arriba

extensibilizado en cada uno de sus dominios.

 

                Estuvimos apenas hablando cinco minutos,

                bueno,  hablar, más o menos, intentarlo,

                pues mi carácter introvertido y frágil

                ante tal sublimación de la Naturaleza,

                uno no podía evitar sentirse pequeño.

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                                                                                              Cuando uno se siente sólo

                                                                                              y la tiene a ella entre sus labios,

                                                                                              es como si se hiciese

                                                                                              el no pensar;

automático.

 

¿Y qué hacer con estas noches

que saben a vacío? Me preguntaba.

Me costaba mucho responder

a esas preguntas a la Gata.

Se las daba de tonta, pero había algo

en ella que te hacía intuir todo lo contrario.

 

Oh Gata, dime dónde yace tu libertad                                                

y por qué las calles son campos

 que nunca mueren.

El barco de cristal traspasa las puertas

de mi inconsciencia, llevándome

a un naufragio premeditado,

llevándome a ti a estar aquí

apoyado en tus piernas

y con mis ojos clavados en los tuyos

preguntándote, si estábamos

equivocados o enamorados.

¿En qué mundo vivimos

si el amor se confunde

o se disipa con el error?

¿Acaso estábamos equivocados?                                           

¿Acaso amarte fue un error?

 

Se las daba de tonta, pero había algo

en ella que hacía negar todo lo contrario.

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