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6 min
La gotera
Amor |
20.01.15
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Sinopsis

Alguien puede aparecer.

Marcos miraba fijamente la gotera, sin apartar la vista de ella. Tan grande, húmeda y oscura como un pozo sin fin. A veces la tocaba. Alzaba la punta de los dedos y sentía su frío tacto en las yemas. Era una sensación que le reconfortaba. Le hacía sentir acompañado.

Marcos trabajaba como teleoperador en una compañía telefónica. Atendía las llamadas de los clientes enfadados. Para él era un trabajo perfecto. Apenas tenía que hablar con los clientes. Lo único que debía hacer era descolgar el teléfono y fingir que escuchaba. Le pagaban para eso. Pasaba horas y horas encerrado en un pequeño cubículo, descolgando el teléfono y fingiendo interés.

Pero en realidad, Marcos no sentía interés por nadie. Ni por sus compañeros de trabajo, ni por sus vecinos ni, mucho menos, por los clientes. Era un hombre solitario. Hacia ya mucho tiempo que había perdido la ilusión de conectar con alguien. La gente le parecía superficial y falsa. Todos disfrazados con sus máscaras, esperando que nadie descubriera su horrible interior. Por eso un trabajo de teleoperador era tan ideal. No tenía que ver los falsos rostros de la gente a la que atendía.

Marcos no tenía a nadie. Y sabía que nunca lo tendría.

La gotera crecía día a día.

Marcos llegó puntual al trabajo, como siempre. Y como siempre,  se sentó en su incomoda silla, miró la terminal y vio que  entraba la primera llamada. La primera de muchas iguales.

  • Buenas tardes, Retevisión ¿en qué puedo ayudarle?.

Silencio.

  • ¿Buenas tardes? – volvió a repetir Marcos con un deje de desidia en su voz - ¿En qué puedo ayudarle?.

Silencio.

Una voz femenina, gélida.

  • ¿Con quién hablo?.
  • Con Marcos. ¿En qué puedo ayudarle?.
  • Marcos, ¿has sentido alguna vez la soledad?.

La pregunta noqueo a Marcos. No la esperaba. Era extrañamente sincera. Extrañamente honesta. Extrañamente dolorosa. Solo pudo responder de una forma.

  • Si.
  • Yo la siento todos los días. Invadiéndome como la gangrena. Y no puedo soportarlo más.

Silencio.

  • No se porque te cuento esto a ti. He visto el número en una revista y he llamado. Supongo que quería hablar con alguien antes de hacerlo.
  • ¿De hacer qué? – preguntó Marcos, conociendo de antemano la respuesta.
  • De dejar de estar sola.

En ese momento, por extraño que parezca, Marcos sintió algo que nunca antes había experimentado. Sintió… que la conocía. Que no estaba solo. Que esa chica que estaba al otro lado de la línea telefónica era como él.

  • Adiós, Marcos – dijo ella con amargura.
  • ¡Espera! – grito Marcos.
  • ¿Me vas a decir qué no lo haga?.
  • No.
  • ¿Entonces?.
  • Te voy a pedir una oportunidad.
  • ¿Una oportunidad?.
  • De conocernos.
  • ¿Y porqué tendríamos que conocernos?.

Marcos buscó las palabras adecuadas que decirle, las palabras necesarias para convencerla. Pero respondió con la verdad, sin máscaras. Sin mentiras.

  • Porque siento que tú eres como yo.

Durante unos segundos hubo un profundo silencio entre los dos.  Tan grande que a Marcos le pareció un océano de tiempo.

  • Hoy a las nueve. En la esquina de la calle Navas hay un bar. Te espero allí.

Después de eso, ella colgó.

 

Llegó al bar diez minutos antes de lo previsto. Nunca había sido una persona demasiado puntual. En realidad, era algo que nunca le había importado lo más mínimo. Pero hoy era diferente. Después de esperar durante cinco minutos cayó en la cuenta ¿cómo reconocería a la chica?. Jamás la había visto. Ni siquiera conocía su nombre. ¿Cómo no había caído en una cosa tan simple?.

Pasaron las nueve, las diez y las once. Marcos no se movió ni un centimetro. Guardaba la esperanza de que una chica llegaría y le diría que era la desconocida del teléfono. Empezó a llover. Durante dos horas más Marcos permaneció quieto, en la calle, con la única compañía de  las miles de gotas cayendo del cielo. A las una se dio cuenta de que ella no iba a ir. Caminó hasta su casa. Estaba lejos del bar. Pero eso daba igual. Siempre había pensado que la lluvia era una gran compañía para los momentos de pena. Si tú llorabas, el cielo también.

Tumbado en la cama de su cuarto observó que la gotera del techo había crecido más. Ahora era enorme, como una gigantesca nube preñada de tormenta. Marcos casi podía sentir la humedad que desprendía la gotera, abrazándolo, acogiéndolo en su manto de desesperación. Y Marcos rió. Con fuerza. Con amargura. Porque comprendió que el nunca ganaría. Que la vida no estaba hecha para él. Que la odiaba. Y que el sentimiento era correspondido.

Se levantó de la cama.

El suelo del balcón estaba mojado. Hacía frio. Era lo apropiado. Despedirse de la vida con buen tiempo no tenía sentido. De hecho, Marcos estaba seguro de que el día de su nacimiento también llovió. La lluvia nunca le había abandonado. Se acercó a la barandilla. Toco con sus dedos el frió metal. Estaba dispuesto. Nada le detendría.

El portero sonó.

Marcos no entendía porque iba a abrir. ¿Qué más daba que alguien llamara?. La muerte reclamaba a Marcos y la muerte no entiende de porteros automáticos. Pero aún así, aún a pesar de la profundamente estúpido que era ir a contestar el portero cuando estas a punto de suicidarte... aún así Marcos fue a contestar.

  • ¿Quién es?.
  • Soy yo – dijo ella.

Sara era una chica normal. Bajita, de melena castaña que le caía por los hombros y enormes ojos marrones. Quizá un poco regordeta, quizá no, según a quien le preguntes. Una chica normal. Menos para Marcos. A él le pareció deslumbrante.

  • ¿Por qué no viniste? – preguntó él.
  • Si fui – respondió ella – Estuve mirándote todo el tiempo desde otro bar.
  • ¿Por qué?.
  • Por que necesitaba verte sin máscaras.

Sara se acercó lentamente a Marcos. Tan cerca que sus dedos se rozaron. Y en ese momento, los dos lo supieron. Se habían encontrado.

Estaban tumbados en la cama. Las primeras luces del día entraban por la ventana. Marcos observaba a Sara, que aún dormía. Verla dormir le hacía sentirse protector. El que está despierto siempre protege al que duerme. Ella empezó a abrir los ojos, lentamente. Sus miradas se encontraron. Se dieron un largo e intenso beso. Después, Sara miró al techo. Vio la gotera.

  • ¿Y eso? – preguntó.

Al fijarse, Marcos se dio cuenta de que la gotera había disminuido de tamaño. No solo eso. Por algún motivo, esa gotera era menos poderosa. Menos fuerte. Más débil.

  • No te preocupes – respondió él – Está desapareciendo. 
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