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18 min
LA GRUTA DEL ORO
Terror |
05.11.17
  • 5
  • 2
  • 1778
Sinopsis

El precio de la Ambición puede resultar muy caro en ocasiones...

LA GRUTA DEL ORO

En el corazón del África negra en el año 1895, dos hombres hablaban entre sí mientras miraban un viejo y amarillento pergamino en el que alguien, hacía muchos años, había dibujado un mapa con la ubicación exacta de un antiguo tesoro de las tribus pigmeas.

―¿Has visto esto, Harry? –El más alto de los dos hombres levantó la mirada del dibujo y la clavó en los ojos de su amigo―. Si lográsemos encontrar el tesoro...

―Tú lo has dicho..., –suspiró Harry―, pero es algo imposible, si ese estúpido jefe pigmeo sigue negándose a acompañarnos en nuestra aventura.

―Tranquilo Harry, eso es un problema menor.

La puerta de la cabaña de juncos se abrió, y un pequeño hombre de color penetró en el habitáculo.

―Saludos Bwana Carter, nuestro Rey desea hablar con usted.

―Gracias, puedes decirle a tu Rey que me reuniré con él en un momento.

―Vaya, parece que nuestro problema va a solucionarse.

―Esperemos que así sea –respondió Carter saliendo de la chabola.

Caminaron hasta donde les esperaba el reyezuelo pigmeo, notando cómo decenas de oscuros ojillos les observaban con mucho interés y, como algunas sonrisas maliciosas iluminaban los rostros de los pequeños hombres de color.

―¡Saludos Bwana Carter, saludos! –El jefe de la tribu los recibió sentado sobre una hermosa piel de leopardo y una sonrisa de oreja a oreja.

En su mano derecha sostenía su cetro real y con la izquierda señalaba a los dos hombres para que tomasen asiento frente a él.

Los sonidos de las bestias salvajes llenaban la noche provocando escalofríos en Harry.

―¿Ha cambiado de opinión? –Preguntó Carter clavando su mirada en la del pigmeo.

―¿Mi opinión? –Repitió el pequeño hombrecillo sosteniendo la intensa mirada. –Sí, he cambiado de opinión, con una condición –sin dejar de sonreír hizo un gesto a uno de sus súbditos, que se acercó portando en sus brazos una vieja estera hecha de junco y hojas de helecho, para extenderlo a los pies de su rey.

―¡Es un dibujo de nuestro mapa! –Exclamó Harry señalando la alfombra.

―No, Bwana Harry, es nuestro mapa –por un momento el jefe pigmeo dejó de sonreír, aunque sus ojos seguían brillando alegremente―. Hace muchos años, cuando mi padre era todavía un pequeño príncipe, un hombre de su misma raza hizo un dibujo de nuestro mapa e intentó encontrar la Gruta del oro.

―¿Fracasó?

―Los guerreros de mi tribu, lo encontraron a él y a sus hombres muertos sin una sola gota de sangre en los cuerpos, y las gargantas desgarradas –hizo una pausa y bajando la voz añadió―: ¡Fueron asesinados por Cheetah, la bestia humana que guarda los tesoros de nuestra tribu desde hace cien generaciones!

―Una historia terrible –convino Carter mientras acariciaba la estera.

―Es sólo una leyenda –ante su asombro, el pigmeo lazó una sonora carcajada, y empezó a danzar por toda la estancia.

Un momento después, el reyezuelo volvió a sentarse ante los dos aventureros y cogiendo la vieja alfombra la enrolló y se la entregó al sirviente que la había traído.

―¿Piensa ayudarnos a encontrar el tesoro?

―Un poco de paciencia, amigo Carter –Harry hizo un gesto con su mano derecha y le sonrió al jefe de la tribu pigmea.

―Les ayudaremos, no se preocupen –el pigmeo extendió una mano señalando hacia el Oriente―; mañana partirán, pero ahora tienen que dormir.

―De acuerdo –Harry cogió a su compañero por el brazo y le obligó a levantarse.

Una vez estuvieron de nuevo en su choza y mientras se preparaban para dormir, Carter volvió a desdoblar su plano y le echó otra mirada la luz de la lámpara de aceite.

―¿Carter?

―¿Si? –el aludido levantó los ojos del pergamino y plegándolo de nuevo esperó a que su amigo siguiera hablando.

―¿Qué opinas sobre esa historia del hombre que hizo este dibujo? –Señaló con un gesto de cabeza el mapa plegado.

―Seguramente lo mataron los propios pigmeos.

―¿De verdad creíste esa tontería de Cheetah?

―No, estaba disimulando –Carter sonrió con malicia―. Esta gente suele ser muy recelosa con la gente que se burla de sus leyendas. Ya me entiendes.

―Sí, te entiendo.

Tras esta pequeña conversación, los dos hombres se acostaron y se durmieron en cuestión de minutos, por lo que no se enteraron cuando uno de los pigmeos penetró en su choza y, por mandato del brujo de la tribu, dibujó en el suelo un extraño símbolo y vertía ante la puerta de la choza, un líquido maloliente elaborado a base de arcilla,  sangre de rinoceronte y hierbas pulverizadas.

Mientras, en el centro del poblado, un miembro de la tribu pigmea golpeaba el tam―tam rítmicamente llenando la noche con el sonido mágico del tambor ritual, alejando a los demonios y a los malos espíritus del lugar.

―¿Han dormido bien, mis queridos amigos? –A la mañana siguiente, el jefe de la tribu se presentó en la choza, pletórico de alegría, despertando a los dos aventureros, batiendo palmas y riendo como un niño.

―Oh, si –con una sonrisa, Carter se alzó del camastro y saludó al reyezuelo negro―, he dormido como nunca.

―¿Qué hora es? –Con un gruñido, Harry abrió los ojos y miró el techo del recinto.

―Hora de levantarse –respondióle Carter al tiempo que se terminaba de abrochar la camisa.

―¡Dios! Hoy es el gran día –Harry se incorporó de un salto y comenzó a vestirse a toda velocidad.

―Bwana Harry –el rey lo miró desde el umbral de la puerta agitando en su mano la estera con el dibujo―. ¿Está listo para la expedición?

―Sí, Carter y yo estamos a punto.

―Bien, si es así, mis hombres, están dispuestos para la partida –dicho esto, se alejó dejando a los dos hombres preparando las cosas para la expedición.

Poco antes de las nueve de la mañana, Richard Carter y su amigo Harry Coppel, junto a los nueve porteadores pigmeos, abandonaban el poblado en busca de un fascinante tesoro.

Al atardecer, el grupo hizo su primera pausa en el camino, habían recorrido unos doce kilómetros.

Mientras descansaban, uno de los pigmeos se acercó a Carter y, cogiendo una rama de un árbol dibujó algo en el suelo y comenzó a gritar algo en su lengua mientras señalaba el dibujo con la rama.

―¿Qué ocurre?

―No lo sé –Carter miró a su compañero y se encogió de hombros―; ha dibujado algo en la tierra, y ha empezado a gritar como un loco.

―Ser el símbolo de la bestia –otro de los pigmeos se aproximó al trío y se inclinó sobre el dibujo―. Mi compañero dice que oído a Cheetah a pocos kilómetros de aquí.

―¡Oh! –Los dos amigos intercambian una mirada y una sonrisa.

―Si los otros porteadores se enteran, se negarán a continuar la marcha –informó el hombre de color sentándose en el suelo.

―¿Y no podrías convencerlos para que no se vayan? –Preguntó Harry borrando con la mano la extraña figura.

―Supongo que puedo hacerlo –convino el pigmeo dispuesto a hablar con sus compañeros.

Tras unos diez minutos de intensa discusión, el pigmeo se dirigió a los exploradores y les sonrió.

―Bien, un problema resuelto –suspiró Carter, incorporándose y desemperezándose ruidosamente.

―¿Continuamos? –Se dirigió a Harry, el cual con ojos fijos en el mapa, estudiaba la ruta más conveniente para seguir la marcha.

―Sí claro –finalmente levantó la cabeza y sonrió.

Al llegar la hora de acostarse, habían recorrido ya cerca de treinta y cinco kilómetros y, a pesar de que se encontraban a gran distancia de su punto de destino, el grupo estaba bastante animado y los nueve porteadores pigmeos se atrevieron a danzar alrededor de la hoguera para mantener alejados a los espíritus nocturnos que pudieran atacarles durante el sueño.

Mientras dormían una misteriosa figura se aproximó al improvisado campamento y observó a los que allí dormitaban. Los olfateó uno a uno y se alejó después, tan silenciosamente como había llegado.

En ese mismo instante, en el poblado pigmeo, el brujo de la tribu poseído por algún espíritu sin identificar se dejaba llevar en frenéticos bailes y desgarradores gritos al ritmo del tam―tam.

Cuando despertaron a la mañana siguiente, comprobaron consternados que parte de las provisiones habían desaparecido así como tres de los porteadores.

―¡Sucios negros traidores! –Rugió Harry, dando una patada contra el tronco de un viejo árbol―. ¡Si los vuelvo a ver juro que los mataré con mis propias manos!

―Coppel, será mejor que te tranquilices –pidióle Carter, ofreciéndole un trago de whisky de su petaca―. Cuando encontremos el tesoro te olvidarás de todos los problemas –y, dicho esto, lanzó una carcajada.

Tras desayunar rápidamente, echar una mirada al mapa y recoger el pequeño campamento, el grupo partió de nuevo.

―¿Falta mucho para llegar?

―No, estamos cerca –el jefe de los porteadores le mostró a Carter su blanca dentadura en una simpática sonrisa.

―¿Cómo de cerca?

―Cerca, cerca –insistió el pigmeo sin dejar su blanca sonrisa y señalando el sendero, aceleró la marcha dejando atrás al explorador.

Un poco más adelante volvió a girarse y respondió, esta vez con expresión seria:

―Llegaremos mañana, cuando el sol esté en lo alto –y señaló al cielo.

Carter asintió y se encogió de hombros.

Alrededor de las dos del mediodía ocurrió algo que afectó de manera brutal a los miembros de la expedición.

Acababan de cruzar una grieta de unos cuarenta y tantos metros de profundidad, caminando descalzos, sobre el grueso tronco de un viejo cedro abatido por un rayo.

Se detuvieron a reposar bajo la sombra de otro grupo de cedros.

Coppel sacó su tabaquera y su papel de fumar, y se lió un cigarro. Estaba a punto de encenderlo cuando, de las ramas más altas de uno de los árboles, una bandada de pájaros remontó el vuelo agitando el ramaje del enorme árbol.

Coppel alzó la mirada y observó espantado como un cuerpo humano, completamente despedazado de cintura para arriba, le caía encima.

―¡Mierda! –Soltó el pitillo y se apartó, temblando de miedo y nerviosismo.

―¡Ha sido Cheetah! –Gritó el jefe de los porteadores, señalando con la cabeza un nuevo cadáver que permanecía colgado de la rama de un árbol, cabeza abajo.

―No queda ni rastro de sangre en ninguno de los dos cuerpos.

―Si, es como si se hubiesen bebido la sangre ¿verdad? –Harry más calmado, se acercó a su compañero y asintió con la cabeza.

―Bwana Carter, mis compañeros están asustados.

―¿Y? –La voz de Harry sonó con dureza―. Si están nerviosos, cálmalos.

―No creo que pueda lograrlo Bwana Coppel –el pigmeo señaló con la mano al grupo de porteadores que se alejaba, cruzando el árbol caído a gran velocidad.

―Odio a los traidores –antes de que ninguno de sus compañeros pudiera reaccionar, Harry Coppel sacó el revólver de su cartuchera y disparó sobre el grupo de fugados, alcanzando a tres de los hombres por la espalda.

―No los necesitábamos –sonriendo despectivamente, guardó el revólver y comenzó a caminar en dirección opuesta al barranco―. Podemos llegar nosotros solos.

El resto de la jornada, ninguno de los tres hombres dijo una palabra sobre lo ocurrido, y sólo al llegar la noche, Harry se acercó al pigmeo y llevándoselo a un lugar apartado le amenazó.

―Escucha negro, si intentas dejarnos tirados a mi amigo y a mí, juro por Dios que te buscaré hasta el fin del mundo y te volaré la tapa de los sesos, ¿has entendido?

―Sí, Bwana –el negro sin inmutarse por la amenaza asintió con la cabeza y se marchó a dormir, dejando a Harry fumándose un cigarro.

En ese mismo momento, a unos trece kilómetros del trío de aventureros, algo atacaba salvajemente a los dos porteadores fugados, desgarrando sus carnes y machacando sus huesos con toda facilidad.

―Mañana encontraremos el dichoso tesoro –se dijo Harry, mientras se tapaba con la manta e intentaba conciliar el sueño sin conseguirlo.

La luna llena iluminaba la noche con su pálido resplandor, y el hombre optó por contemplarla mientras daba vueltas a una idea para quedarse con todo el oro sin tener que compartirlo con su compañero.

En las cercanías del campamento, una misteriosa criatura vigilaba a los tres hombres, encaramada a un frondoso árbol, relamiéndose y mostrando a la luna sus largos y afilados colmillos.

Pero sabía que no podía atacar, no mientras el brujo pigmeo siguiera tocando el tam―tam y entonando sus mágicos cánticos.

―¿Harry, has oído eso? –Alertado por un ruido extraño, Richard Carter se había despertado súbitamente y se había aproximado al lugar donde suponía dormía su amigo.

―¡Carter, estoy aquí! –Coppel, pistola en mano también se había alzado y miraba alrededor con ojos muy abiertos.

―¿También tú lo has oído?

―Sí, yo estaba despierto y noté como algo se movía cerca de aquel árbol –Harry señaló con su arma el cedro en el que había estado encaramada la criatura nocturna.

―¡Cuidado Richard! –Un ser negro como boca de lobo, y veloz como una centella pasó entre los dos exploradores y se alejó a toda velocidad internándose en lo más espeso de la selva.

La sangre fluía de las heridas abiertas en el costado derecho de Harry y el pigmeo despierto por el escándalo, decidió curárselas.

―Ha sido Cheetah –dijo mientras aplicaba a los cortes el ungüento recién preparado. No dijo nada más.

El amanecer cogió a los tres hombres despiertos y excitados.

Harry, dolorido y de mal humor, comenzó a recoger sus cosas y una vez terminó se las cargó al hombro y esperó pacientemente a que terminasen sus compañeros.

―Estamos preparados, Harry.

―De acuerdo –Coppel se llevó una mano al costado derecho y reprimió un gesto de dolor―. En marcha, ¡el tesoro nos espera!

Los tres exploradores siguieron su andadura internándose en la espesura, siguiendo los pasos y marcas dejadas por la criatura que la noche anterior había atacado a Harry, pero sólo el pigmeo conocía el significado de aquellas huellas y decidió mantener la boca cerrada.

A media mañana, descansaron para almorzar y Harry aprovechó para curarse de nuevo las feas heridas.

―Tienen mal aspecto –decretó su amigo mientras untaba el medicamento fabricada por el pigmeo―. Quizás deberíamos descansar hoy y seguir mañana...

―No –Coppel le lanzó una furiosa mirada―. Vamos a llegar hoy a la gruta, cogeremos todo el oro que podamos cargar y regresaremos a Londres convertidos en héroes y millonarios –dicho esto se incorporó, se abrochó la camisa y cargó con su mochila a la espalda.

La pequeña comitiva siguió abriéndose camino a través de los matorrales durante cerca de hora y media sin descanso.

Finalmente, el pigmeo para sorpresa de los dos aventureros, se detuvo, miró a su alrededor y, señalando un grupo de matorrales y arbustos, empezó a gritar:

―¡Por aquí, la entrada a la cueva, está aquí!

―¿Dónde? –Lleno de excitación, Carter dejó caer la mochila y se aproximó a los arbustos.

―Entren, entren –sonriendo, el pigmeo apartó el ramaje de los arbustos que ocultaba la entrada a la tan soñada gruta.

―Richard, ¿puedes venir un momento? –Apoyado en el tronco de un árbol, Coppel limpiaba su arma con delicadeza y esmero.

―¿Hay algún problema, Harry?

―Sabes, amigo –con una amplia sonrisa en los labios, Harry pasó una mano sobre el hombro de su amigo, apoyó el cañón del revólver en el costado izquierdo de Carter y apretó el gatillo―. He decidido no compartir el tesoro.

―¡P-pero! –Tambaleándose y con la ropa empapada de sangre que manaba de la herida, Richard Carter se retiró del lado de Coppel y cayó al suelo muerto.

Durante este tiempo, el guía pigmeo se mantuvo al margen, esperando junto a la entrada de la cueva.

―¿Ya han terminado? –Preguntó cuando vio como Harry guardaba el revólver.

―Sí, ahora muéstrame el tesoro.

―Sígame, por favor –con no poca dificultad, Harry siguió al pigmeo a través del diminuto pasaje principal de la gruta a través del laberinto.

Una vez alcanzaron la sala principal de la caverna, los dos hombres sacudieron la suciedad de sus cuerpos y miraron a su alrededor, maravillados ante el cegador brillo de las paredes de roca fosforescente.

―El oro está bajo aquella roca –señaló el pigmeo y las paredes de la cueva, repitieron las palabras hasta la saciedad.

―¿Y bien, a que esperas? –le espetó Coppel impaciente―. Levanta la roca, deseo ver mi tesoro.

―Si, Bwana –sin rechistar lo más mínimo, el pigmeo se puso manos a la obra y poco después, el escondrijo del legendario tesoro quedaba al descubierto para gozo y júbilo de Harry.

―¡Todo esto es mío, sólo mío! –Loco de contento, el explorador se inclinó sobre el agujero y acarició las antiquísimas monedas de oro.

―Bwana Harry...

―Sí, ¿qué quieres? –Harry se alzó furioso, revólver en mano y apuntó con él al negro.

―Debe recordar que nuestro Rey espera una recompensa por su ayuda –dicho esto y sin dejar de sonreír, dio un paso al frente y extendió una mano.

―Lo recuerdo, sí, claro –el explorador cogió un puñado de monedas y lo observó con mucha atención―. Tranquilo, no soy desagradecido, cuando salgamos de aquí le daré a tu rey todo lo que desee, ¡ja ja ja, ahora soy rico!

―La verdad es que mi rey no necesita ese oro ni nada de lo que usted pueda ofrecerle, Bwana.

―¿Qué quieres decir con eso? –Harry amartilló el arma y dio unos pasos hacia el pigmeo―. ¡Explícate!

―El tesoro no ha de salir de aquí, si no has hecho la ofrenda –el pigmeo hizo una pausa y sonrió maliciosamente―. La ofrenda de sangre. Tú no puedes hacerla.

―¡Este tesoro es mío! –Harry disparó las cinco balas que quedaban en el tambor del revólver sobre el pigmeo―. Y ni tú ni nadie, va a arrebatármelo.

―Sí, ya me he dado cuenta de que eres ambicioso, Bwana Coppel, muy, muy ambicioso –mientras agonizaba, el hombrecillo de color sonreía sin parar y seguía hablando –pero debes seguir el ritual, y ofrecer a Cheetah un sacrificio humano vivo para satisfacer su hambre y sed de sangre..., pero ya no puedes, no tienes a nadie para la inmolación, y eso Bwana... No va a gustarle nada a Cheetah.

―Todavía te tengo a ti.

―¿Yo? Yo estoy muriendo, y no soy lo bastante bueno para el Guardián –dicho esto, expiró dejando solo a un asustado y sudoroso Harry Coppel, solo y sin salida.

―Mierda, no van a detenerme –el eco repetía la voz provocándole escalofríos en la nuca, mientras llenaba su mochila de valiosas monedas de oro―. Nadie, nadie va a detenerme, ni los malditos pigmeos, ni Richard, ¡nadie, nadie!

Las monedas caían al suelo tintineando, haciendo que Coppel aguzase todos sus sentidos.

―¿Quién hay ahí? –Se alzó y comenzó a caminar hacia la entrada del laberinto que debía llevarle al exterior de la caverna, tropezó varias veces y, en una de las veces, cayó sobre el cadáver del pigmeo y lanzó un desgarrador alarido que hizo vibrar las paredes de la caverna luminosa.

Volvió a levantarse con lágrimas en los ojos y el corazón palpitándole a toda velocidad.

Sonidos de pisadas y de una respiración jadeante.

Una especie de rugido animal llegó a oídos de Harry, seguido de un olor nauseabundo.

Lentamente, Harry se dio la vuelta y se encaró con Cheetah.

―¡Dios mío! –Temblando de miedo, soltó la mochila, cuyo contenido se esparció por el suelo de piedra y se llevó la mano al revólver, olvidando que estaba descargado.

La criatura tensó sus poderosos músculos, sacó sus afiladísimas garras, se relamió y saltó hacia delante, sus uñas cercenaron limpiamente la mano derecha de Coppel que rebotó en el suelo aferrando todavía el arma descargada.

Un nuevo ataque, y Cheetah desgarró el pecho del hombre, alcanzando su corazón.

Harry Coppel cayó al suelo, pero antes de morir pudo contemplar como la bestia recogía, una a una, todas las monedas y las depositaba de nuevo en el agujero.

FIN
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