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4 min
La guerra de los dioses ( 1ª Parte )
Históricos |
04.08.15
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Sinopsis

La ocupación de la tierra de Canaán por los hebreos, en clave de fantasía, con un toque de ciencia ficción y de erotismo, y un pequeño guiño al Arca Perdida de Indiana Jones.

 Por muy diversos nombres me han conocido los hombres mortales desde la noche de los tiempos aunque siempre apuntando con el dedo hacia la misma estrella; esa que aún se deja ver cuando ya la presencia del astro día se empieza a anunciar sobre la tierra plana. Venerada como Afrodita, Venus o Astarté y vilipendiada como Astarot o Astoret he sido, pero siempre, desde la noche de los tiempos, preferí ser Ashera. Nunca renunciaré a este nombre ni al pueblo que me lo otorgó. Canaán fue mi única patria y a ninguna otra consideraré como tal, por más vicisitudes que haya sufrido en mi larga existencia. Allí tuve mi primer hogar y mi primera familia; mis tíos Enli e Inana, que regalaron a los hombres mortales las primeras simientes de cereal para que ellos pudieran asentar sus vidas sobre un territorio y dejaran de ser unos nómadas miserables; mi prima Anatha, la doncella guerrera y, como cualquier otra familia corriente, la oveja negra: mi primo Moloch, que sufre de especial adicción a la sangre humana, especialmente a la de los niños y adolescentes.

    Era mi tierra un hermoso país de juguete antes de que aquellas bárbaras hordas de hombres barbudos cayesen sobre ella asesinando, violando y arrasando nuestras ciudades y degollando, al pie de mi imagen, dentro de mi coqueto templo enclavado al pie de los montes de cedros, a mis niñas, las jóvenes sacerdotisas que daban sagrado solaz a los hombres a cambio de los óbolos con los que mi culto se mantenía.  

  Puta o alcahueta me llamaba por eso mismo, cada vez que discutía y se enfadaba conmigo, mi prima Anatha, que andaba siempre vestida de bronce, conduciendo carros armada de pies a cabeza, metida en todas las guerras y -entonces todavía-  virgen, a sus años, aunque la edad entre los dioses tenga un concepto muy diferente al que se le otorga entre los hombres mortales. Las escasas veces que se había permitido aludir el hecho de no haber yacido nunca con ningún varón- dios, semidiós, héroe o vulgar mortal-, siempre había sido para manifestar que ello no había tenido lugar por no haber hasta el momento conocido a ninguno que se hubiese ganado el privilegio de poseer su cuerpo.

    Era la nuestra una tierra rica de ciudades prósperas. Cereales, vides y olivos cubrían la parte fértil y la pesca abundante de nuestras costas proporcionaba una nada despreciable fuente de ganancias por su consumo fresco y su preparación en salazones y salsas para el comercio interior. Hasta las desérticas zonas cercanas a la montaña denominada Sinaí estaban salpicadas de numerosos y frescos oasis en los que crecían  las palmeras de grandes racimos de dátiles dorados que endulzaban nuestras mesas.

  Habitualmente vivíamos en paz; cada una de nuestras ciudades era un estado independiente con su rey, sus propias leyes y su propio ejército, aunque capaces, en caso de peligro de unirnos frente a la amenaza de un enemigo común, como más adelante habría de verse, aunque esto al final no pudiese evitar que pasase lo que  terminó por pasar , pero cuyos acontecimientos no voy a adelantar por anticipado, pues es este un relato nunca escrito, al menos por nosotros los cananeos, cuya narrativa, aunque prolífica, se entroncaba en la tradición oral; la de aquellos cuenteros errantes que, en cuclillas, con el culo a ras del suelo, desgranaban sus historias rodeados de un círculo de atentos oyentes.    

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