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5 min
La Guerra Inexpiable
Históricos |
17.08.15
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Sinopsis

El nacimiento de una novela inmortal

 Año 241 a C. En cumplimiento a los tratados de paz suscritos entre Roma y la República de Cartago, que acaba de perder la guerra en Sicilia, un contingente compuesto por más de veinte mil mercenarios de diversas nacionalidades, que sirven en las tropas cartaginesas, son embarcados en trirremes y trasladados al norte de África donde terminan asentados a las afueras de las murallas que rodean la metrópoli.

   Los sueldos que habitualmente se adeudaban a estos profesionales de la guerra, para ser pagados con retraso por las ciudades  estados que los empleaban, terminaban convirtiendo a éstas en una especie de trileros que invariablemente calculaban siempre a la baja el precio de la sangre vertida por los que se la habían dejado, junto con la piel, en su defensa, y así, el cicatero gobierno cartaginés, pagando una parte de lo atrasado y prometiendo una pronta liquidación del mismo, llegó a convencer a la hueste de honrados empleados de la espada de retirar su molesta presencia de las puertas de la capital y trasladarse con sus mujeres, hijos y esclavos, que también los tenían -en aquellos tiempos el mercenariado era una profesión lucrativa, siempre que se llegase a vivir lo suficiente para cobrar la sitarchia o el opsonion, que así se llamaba su soldada- a unos cuantos cientos de kilómetros de distancia, a aguardar, acampados y comiéndose los ahorros, el pago del resto de la deuda.

   Lo cierto es que no corrían tiempos como para muchas florituras ni parafernalias. Más de la mitad de aquel contingente de guerreros estaba compuesto por nativos de la vecina Libia, que había sufrido y seguía sufriendo la cruel y despótica ocupación cartaginesa y agonizaba asfixiada por los impuestos y las cargas a los que la mantenía sometida el brutal e insensible Hannón, el cartaginés y, según se dice,el hombre más perverso de la Antigüedad. Los libios, haciendo apelación a sus lazos de sangre, no tardaron en convencer a sus hermanos de raza que militaban en el ejército cartaginés a hacer causa común con ellos y volver sus armas contra la odiosa república de Cartago.

   No tardarían mucho éstos en hacerlo. Como hombres de palabra que eran -y a pesar de que una temerosa Cartago se hubiese ya apresurado a liquidar el pago de la deuda con ellos- tras una general y tumultuosa asamblea procedieron a declarar formalmente la guerra a la república, no sin antes haber lapidado con piedras a los indecisos y vacilantes oficiales chaqueteros que se oponían a ella y nombrado como jefes a tres soldados rasos de la tropa: el galo Autárito, con más agallas, el italo Spendio, con más cerebro, y el libio Matho, una especie de mezcla de ambas cosas.

   Las primeras operaciones del ejército rebelde consistieron en pasar a cuchillo a las guarniciones cartaginesas de las ciudades desafectas a Cartago que se le iban uniendo, y de paso a los terratenientes propietarios de los grandes latifundios -saludable costumbre que siglos después imitarían los gladiadores sublevados de Espartaco y los milicianos anarquistas de todo tiempo y pelaje-.

  Hasta tal punto llegó a estar acojonada la metrópoli que, tras un sacrificio multitudinario en el que unos cuantos miles de niños propios fueron arrojados vivos a la barriga incandescente del monstruoso Baal Moloch -del que, afortunadamente al parecer, sólo se acordaban en tiempos de grave zozobra- se procedió a nombrar general en jefe al brillante, aunque relegado, Amílcar Barca, el cual, tras unos meses de dura campaña en la que se prodigaron atrocidades por ambos bandos, y haciendo a la par uso de su genio estratégico y de un ejército de élite, formado por la flor y nata de la juventud cartaginesa, amén de una manada de elefantes de guerra, terminó acorralando a los mercenarios rebeldes en un valle sin salida, donde, después de haberse comido hasta al último de sus propios muertos, el puñado restante optó por rendirse para acabar decorando, clavados en cruces, la carretera que llevaba a las puertas de la ciudad.

   Dos mil años después, un escritor burguesito y francés sueña una noche con una engalanada avenida por la que un hombre de tez oscura, parcialmente teñida de sangre, y el pelo ensortijado propio de la gente libia, camina tambaleándose entre la doble fila de una muchedumbre que, a medida que pasa, le va hiriendo lentamente con cualquiera de los objetos -pinchos, cuchillos, látigos- que tiene más a mano, hasta que cae al suelo sin vida. Desde la terraza suntuosamente decorada de un palacio, una joven cubierta por un enjoyado velo celeste contempla con ojos impasibles la escena.

   El escritor despierta, se viste escrupulosamente frente al espejo decimonónico de su alcoba y baja a tomar el desayuno. Dos mil años después, empapando su croissant de café con leche y su mente de Polibio, Gustave Flaubert -el idiota de la familia, como implacable e injustamente le denominaría Sartre- da vida, a través de un sádico mar de fuego y sangre, a la inmortal Salambó.

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