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4 min
La habitación
Amor |
23.08.17
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Sinopsis

No quise conocerte, pero dependo de ti. Maldigo el día en que hiciste acto de presencia en mi vida

Era de noche, no se oían más ruidos que aquellos lejanos que dejaban los motores de los coches deslizándose por la autopista, unos en un sentido, otros en el contrario, en una especie de   banda sonora que percibes, aunque no escuchas. Desde la atalaya de mi habitación observaba las pequeñas gotas de lluvia que chocaban contra el ventanal, al tiempo que  comprobaba ,que allí debajo se desplazaban , como diminutas hormigas,  los causantes del ruido, que intentaban regresar a sus casas en esa especie de scalestric multicolor  en el que se había convertido la carretera.

La habitación en la que me alojaba no era  la más hermosa, sino más bien adusta, ni incluso la más amplia, pero eso sí,  tenía las mejores vistas, con el pequeño inconveniente del molesto ruido, aunque siempre preferí el imperceptible sonido de los coches,  a la frialdad de un lúgubre patio. En eso había tenido suerte. Sé que los que se alojaban en la zona norte tenían incluso bañera, un albornoz en  su correspondiente lote de amenities, en la mía, o más bien en la nuestra, un plato de ducha y una pastilla de jabón, obsequio de la casa, era a lo más que podíamos aspirar.

No quiero ser egoísta, ni un  desagradecido, pero si no fuera por él, seguro que estaba en mi casa, en mi hogar y no alojado en esta habitación. Me convenció o más bien me convencieron para aceptar venirnos aquí juntos, necesitaba más cariño, más amor, más delicadeza e incluso una comida más apropiada, pero era él  y no yo, el que la necesitaba.

¿Qué culpa tengo y cuál es la razón por la que  tengo que estar aquí?

Fui débil, no tuve personalidad ni las agallas suficientes para haberme negado, para haberle dejado sólo, pero era tal la unión que teníamos que me resultó imposible no sucumbir a sus encantos, o más bien a la importancia que siempre había  tenido en mi vida. No puedo negar que si a él le ocurriera algo, yo tampoco podría soportarlo y moriría y sufriría tanto o más que él.

¡Maldita la hora que te alojaste en mi vida y en mis entrañas, maldito el día en  que te conocí, en la que supe de tu presencia!

¿Por qué no puedo gritar al ver a mi Real Madrid?

¿Por qué no puedo jugar esos partidos  con mis amigos como bien hacía antes que te conociera?

¿Cuál es la razón por la que me obligas a comer lo que no me gusta?

Hubiera deseado no conocerte, no saber de tu existencia, morirme ancianito sin saber ni tan siquiera que habías hecho acto de presencia en mi vida, pero desgraciadamente caíste en desgracia y yo contigo. Po eso te cuidé y me sacrifiqué por ti.

De repente un golpe seco en la puerta, cercenó mis ensoñaciones y mi perdida mirada a través del cristal salpicado de gotas de lluvia. Me di la vuelta y apareció ella con su bata blanca. Supe que había llegado la hora. Me acosté cerré los ojos y le acaricié a él, a mi herido compañero al tiempo que la enfermera del hospital desplazaba la cama hacia la zona Norte, hacia los ventanales que daban a lo oscuros patios. Abrí los ojos y el blanco de la enfermera se había tornado en verde, en muchos verdes. Me desnudaron y tumbaron en una camilla. Varios ojos me observaron y una potente luz se encendió justo encima de mi cuerpo. Algo inhalé y comencé a entrar en trance mientras escuchaba un ruido que cada vez se hacía más imperceptible, el de los latidos de ÉL, de mi querido y odiado CORAZÓN.

Unas horas más tarde desperté y comprobé que seguía acompañado de su presencial. Puse la mano en mi pecho y le juré amor eterno, mientras escuchaba más fuerte que nunca sus latidos, mis latidos, la auténtica banda sonora de mi vida. .

 

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