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23 min
La habitación cerrada
Terror |
17.06.15
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Sinopsis

Cuando traspasó el umbral y penetró en la pequeña habitación, Laura Torres tuvo la repentina sensación de haber retrocedido casi tres décadas de golpe...

~~                      LA  HABITACIÓN  CERRADA

La pequeña habitación se encontraba al lado de la capilla del palacio de Valledor, con la que se comunicaba a través de dos puertas. Un amplio ventanal se abría hacia el campo de recreo y juegos, popularmente llamado “Huerta”, y llenaba de luz la estancia. Veintiocho años atrás, servía como despacho para el equipo directivo de la Escuela Hogar de Castropol. A finales del mes de junio del año 87 el Colegio había cerrado definitivamente sus puertas, poniendo punto y final a más de seis décadas como institución académica y formativa, las dos últimas funcionando como Escuela Hogar, por la que habían pasado varios cientos de niños y niñas, la mayoría de las zonas rurales del occidente astur.
Laura Torres, hoy abogada criminalista de prestigio, había estado interna en el Palacio de Valledor entre los años 1978 a 1986.
Al penetrar en la habitación anexa a la capilla, la joven tuvo la extraña sensación de haber retrocedido casi tres décadas de golpe. Allí dentro todo estaba tal y cómo lo habían dejado los últimos inquilinos.
Un amplio mobiliario pasado de moda atestaba el reducido recinto. Había tres mesas repletas de los más variopintos objetos, la mayoría útiles escolares, algunos inesperados y fuera de lugar. Laura, sintiéndose un poco intrusa en aquella cámara de hibernación temporal, se acercó con precaución para observarlos de cerca, procurando alterar lo menos posible su disposición espacial, invariable durante seis lustros,  y los fotografió con el móvil, invadida por un fuerte sentimiento de nostálgica curiosidad.
En la más cercana a la puerta se amontonaban media docena de discos de vinilo al lado de varios libros de Séptimo de EGB, Sociales y Matemáticas, editados a finales de los 70, y una remesa de folios con los bordes amarillentos y un membrete en la esquina superior derecha que rezaba así:
“Escuela Hogar de Castropol; Fundación Valledor”
CP: 33760. Teléfono:  62 31 02”
Un enorme armario - estantería de madera ocultaba casi enteramente la pared derecha desde el suelo al techo. Laura fue abriendo las puertas, que protestaron chirriando contra la mano invasora que venía a perturbar su sueño de décadas. Descubrió numerosos libros de contabilidad, actas de claustros docentes, registros de las visitas de Inspección, unos cuantos ERPAS de los antiguos alumnos, y media docena de misales, así como biblias y catecismo de pequeño formato, custodiando un cáliz dorado y una plateada patena.
La joven abogada extrajo una carpeta repleta de expedientes académicos después de barrer de un manotazo las telarañas suspendidas sobre ella. Fue asaltada por una nube de polvillo de carcoma que le hizo estornudar. Su fértil imaginación estableció una conexión fantástica con las trampas mortales de algunas tumbas milenarias que resultaron fatales para el temerario violador.
Con dedos temblorosos fue pasando las hojas ensartadas en las anillas hasta localizar su olvidado historial académico. Le costó reconocer a la niña de la foto, con coletas y lacito, que la miraba con expresión de conejillo asustado. ¿Realmente alguna vez había tenido aquella cara tan poco agraciada o el fotógrafo la había sorprendido recién levantada, con gripe y dolor de muelas, tras una terrible noche de insomnio? En todo caso se felicitó por haber envejecido bien, mejorando sustancialmente, como los vinos con solera.
La pequeña fotografía en blanco y negro presidía su listado de notas correspondiente a séptimo de EGB. Cinco sobresalientes y 3 Notables. Vaya, no estaba nada mal. Había sido una muy buena estudiante. Laurita Torres ya apuntaba maneras como certera premonición del brillante futuro profesional que la aguardaba.
Guardó en el bolso el valioso documento, nadie lo echaría en falta, y devolvió la carpeta a su lugar.
En el hueco que quedaba entre el armario y el ventanal aparecía encajado un robusto escritorio de castaño. Y sobre él, como un ídolo en su pedestal, reposaba una máquina Olivetti de respetable tamaño que a mediados de los 80 sería el último modelo en el mercado. En la pared, detrás del veterano artilugio, colgaba un almanaque de gran formato e ilustrado con fotos de monumentos pertenecientes al Prerrománico astur. La hoja correspondía al mes de junio de 1987. Exactamente, 28 años atrás. Cuándo el Colegio se había clausurado y el tiempo se había detenido. Al menos en aquella habitación nada parecía indicar que los relojes hubieran seguido girando desde entonces. En las paredes no había ninguno. Laura discurrió que aquello era lógico: no se necesita reloj para marcar las horas en un lugar dónde el tiempo no avanza. Si hubiera alguno, estaría parado o incluso, aventuró la abogada dejándose llevar por su inventiva, puede que las agujas girasen muy despacio y en sentido contrario.
Había un folio trabado en el carro de la máquina. Laura se inclinó para estudiarlo de cerca. Resultó ser hermano de los de la pila al lado de los discos de vinilo. Presentaba los mismos bordes amarillentos y el familiar membrete en la esquina superior derecha. Contenía un texto de siete líneas y media, escrito a doble espacio, de lo que parecía ser una carta protocolaria invitando a los padres a participar en el Festival de fin de Curso. Todas las letras “e” sobresalían ligeramente por arriba y el trazo de la cabeza de las “p” era un poco más grueso que el resto.
Laura discurrió que si a alguien se le ocurría utilizar la Olivetti para reivindicar algún hecho delictivo sería pillado enseguida. La reputada abogada criminalista esbozó una sonrisa irónica. Su instinto detectivesco no descansaba nunca.
Por lo demás, los renglones se encontraban levemente desvaídos y el documento terminaba de forma abrupta amputando una frase por la mitad. Ahí estaba, una carta inconclusa aguardando durante casi tres décadas a que alguien la rematara y se despidiera poniendo la fecha y la firma.
Todo en aquella habitación cerrada hablaba de un abandono repentino e improvisado, como si sus ocupantes hubieran huido de algún peligro inminente. A Laura le recordó el hallazgo de veleros a la deriva en alta mar, con la sopa humeante en la mesa, un gramófono sonando y sin rastro de la tripulación.
Otro calendario de oficina había echado raíces en la mesa de en medio, parapetado como un paciente centinela entre varias remesas de folios con los bordes amarillentos y el familiar membrete, dos pequeñas cajas fuertes, azul y roja, de hierro y provistas de tapa con anilla,  y una pila de periódicos muy atrasados.
También señalaba el mismo mes de la abrupta despedida y cierre. Éste, a diferencia de su mural hermano mayor, tenía la mayoría de sus días tachados con rotulador rojo. El último día marcado correspondía al 24 de Junio, festividad de san Juan.
Laura comenzó a oler a humo. Miró distraídamente  por el ventanal hacia la Huerta, casi esperando ver allí afuera la hoguera ardiendo y un montón de entusiasmados escolares, corriendo y gritando alrededor de las llamas, esperando, impacientes y alborozados,  a que el fuego se convierta en brasas para formular su deseo y saltar sobre ellas. Creía recordar que eso es lo que habían hecho el último año suyo como interna, un día antes de comenzar las vacaciones de verano.
Al lado de la máquina Olivetti, verde hiedra, último modelo en el año 86, descubrió, cual castillo derribado de diminutos naipes, un montoncito de fotos tamaño carnet en blanco y negro. Laura las recogió  e igualó el pequeño mazo con mimo, delicadamente, como si temiera  que, cual fragmentos de un bonito sueño, fueran a esfumarse entre sus dedos. A continuación las fue disponiendo sobre la mesa, como si fuera a echar un solitario, formando una especie de orla cuadriculada.
Contó 35 niños y 25 niñas. Algunos los reconoció enseguida, otros le resultaban vagamente familiares y el tercio restante le resultaron completamente desconocidos. En total, más de medio centenar de caras infantiles cómo notable representación de los pequeños inquilinos que habían habitado el palacio de Valledor.
Formaban un grupo bastante heterogéneo en cuanto a sus edades, aspecto físico e indumentaria. Los había rubios y morenos; algunos, veíanse aseados, bien vestidos y repeinados; otros, en cambio, mostraban un aspecto descuidado, incluso desaliñado en algún caso.
Todos, todas, niños y niñas, mostraban, no obstante, un rasgo en común: una expresión entre ceñuda y triste. A Laura le recordaron las típicas fotos, frente y perfil, de delincuentes fichados por la policía. Se encontró con  miradas sorprendidas, asustadas, aburridas, recelosas, e incluso hostiles.
Nadie sonreía.
Una luz inquietante y extraña bailaba en los 60 pares de ojos que parecían observarla con escrutadora intensidad.
Afuera, en el pasillo, comenzaron a oírse ruidos de pasos. Alguien se acercaba caminando sigilosamente. La joven abogada respingó sobresaltada y miró hacia la puerta conteniendo la respiración.
Los pasos cesaron y luego se reanudaron de nuevo ahora a un ritmo más vivo. Quienquiera que sea, pensó Laura, habrá llegado por “La Huerta”, campo a través, pues ella misma había cerrado por dentro la puerta de entrada, después de acceder al patio.
En el pasillo, el caminante se detuvo de nuevo. Se encontraba muy cerca de la puerta. Laura oía claramente su respiración agitada tratando de recuperar el resuello. No parecía hallarse en muy buena forma. La mujer decidió salir al encuentro del inesperado visitante.
La poderosa luz del mediodía que penetraba a través de los amplios ventanales iluminaba un corredor desierto. Allí no había nadie. Laura, asombrada, se quedó muy quieta, con los brazos en jarras, aguzando el oído.
Nada. Calma total. Sólo los trinos de los gorriones y el desafinado coro de chicharras competían con el susurro intermitente del viento del Nordeste. Caminó hasta la esquina donde el pasillo torcía en ángulo recto y se detuvo de nuevo, con los nervios y los músculos en tensión.
Finalmente se relajó y sonrió, meneando con desdén su hermosa cabeza. Su melena azabache ondeó y por un momento semejó una nube de tormenta flotando a su alrededor. Sin duda, su imaginación auditiva le había jugado una mala pasada.
Desde la habitación de las fotos le llegó, alto y claro, el tecleo de la Olivetti. Alguien escribía allí dentro. El corazón se le subió a la garganta y notó como se le erizaba la piel de los antebrazos.
Obligó a sus pies a caminar.
Al llegar ante la puerta, el tecleo cesó bruscamente. Laura franqueó el umbral. La habitación estaba vacía. Al menos, aparentemente. Sintió un frío repentino, una gélida corriente de aire, como si alguien hubiera abierto la puerta de un arcón congelador.
Armándose de valor, cruzó en cuatro zancadas la reducida estancia y se plantó delante del viejo escritorio de castaño.
En al carro de la Olivetti permanecía colocado el mismo folio de bordes amarillentos con el membrete de la Escuela Hogar en la esquina superior derecha.
Y allí seguía también el texto de siete renglones y medio, la carta inconclusa con la tinta levemente desvaída, las “e” sobresaliendo ligeramente por arriba y las “p” de cabeza gruesa.
En el renglón siguiente alguien había añadido una palabra, repetida tres veces, con mayúsculas y en tinta roja.
LAURA…LAURA…LAURA…
Algo crujió a sus espaldas. Laura respingó y se giró bruscamente. Nada. Sólo el quejido natural de las maderas viejas. Tengo que tranquilizarme, se dijo, o aún me va a dar un ataque.
La abogada criminalista no era una mujer que se asustara fácilmente. En su trabajo se había encontrado con varios casos truculentos que había resuelto manejándose con frialdad y eficacia sin dejarse arrastrar por las emociones y las falsas evidencias. Decidió encarar el asunto con lógica profesional partiendo de una perspectiva racional.
Veamos, había oído claramente el sonido de la máquina escribiendo. Por lo tanto, alguien se había sentado en aquel escritorio pocos minutos antes. Entonces, ¿Dónde se hallaba ahora? No disponiendo de espacio material para esconderse dentro de la habitación, el escritor furtivo sólo podía escapar a través de las dos puertas que comunicaban con la capilla o descolgarse por el ventanal hacia la Huerta. No tardó mucho en comprobar lo que ya sospechaba: las dos puertas estaban firmemente cerradas con llave y el ventanal se encontraba atrancado por dentro. En todo caso, se trataba de una comprobación absurda, porque nadie hubiera podido evadirse tan rápido por ninguna de las tres posibles salidas, y sin hacer el más mínimo ruido.
Buscando descartar cualquier posibilidad, por improbable que pudiera parecer, miró bajo las mesas, detrás de los sofás y hasta dentro del armario, hasta convencerse al cien por cien de que se encontraba absolutamente sola en aquella habitación.
En ese momento, reparó en otro detalle desconcertante.
Las fotos que había dejado ordenadamente alineadas sobre la mesa formando cuadrículas, aparecían dispuestas de cualquier manera encima del inmueble  y algunas, incluso, se hallaban tiradas en el asiento del sofá y sobre la raída alfombra en el hueco bajo la mesa.
Y todas, sin excepción, se encontraban boca abajo.
Con mano titubeante e insegura, Laura comenzó a darles la vuelta.
Ahora,  había rostros sonriendo. En realidad, la gran mayoría. Sólo unos pocos seguían mostrando el familiar rictus de adusta formalidad que contemplara antes. El resto del grupo la miraba con una mueca maliciosa e insolente, un remedo de sonrisa perturbada que hacía brillar con un fulgor hipnótico no menos de 50 pares de ojos.
Laura soltó un chillido y se separó bruscamente de la mesa derribando el sofá, como si hubiera recibido una fuerte descarga eléctrica. Mecánicamente, como sonámbula, sin ser muy consciente de lo que hacía, se puso a recoger algunas de las fotos que se habían caído al suelo, bajo la mesa.
Retiró la mano bruscamente y volvió a gritar. Ahora más fuerte. Algo o alguien la había mordido en el dedo. Con ojos desorbitados, estudió la yema del índice de su mano derecha, comprobando con horrorizada consternación la presencia en la misma de cuatro pequeños e irregulares orificios de los cuales manaban finísimos hilillos de sangre.
- Mierda- exclamó sacudiendo el dedo y reprimiendo las ganas de chuparlo – una maldita rata, ¿o habrá sido un murciélago? No, si al final aún voy a pillar la rabia o algo…


Parapetada tras el sofá, aguardó durante un largo minuto, pero ningún roedor ni mamífero alado salió de debajo de la mesa y tampoco se escuchaba el menor ruido delator de la presencia del supuesto agresor.
Afuera, en el pasillo, retornaron los pasos de antes, aproximándose.
Pisadas lentas y cautelosas, como las del depredador acechando a la presa.
Y justo en ese momento comenzaron a oírse risas y voces infantiles que parecían proceder del patio situado a la entrada, al cual daban los cinco ventanales que se abrían a lo largo de la pared del pasillo.
Laura se quedó muy quieta, conteniendo la respiración, invadida por esa sensación de pánico paralizante que a veces aparece en las pesadillas.
Notó una extraña sensación de desdoblamiento como si flotara en una nube de irrealidad. Su fría mente analítica, curtida y entrenada por los múltiples avatares de su prosaica profesión, trató de estudiar, de encarar racionalmente los singulares acontecimientos que estaban teniendo lugar.
Como ya había discurrido antes, sabía que había dejado cerrada la puerta de entrada al caserón y la llave en la cerradura, por dentro, así que era materialmente imposible que nadie hubiera entrado por allí. Y mucho menos una pandilla de chavales, gente ruidosa por naturaleza. Por fuerza, tenía que haberlos oído mucho antes.
Ahora bien, llevaba allí dentro más de una hora y sólo había escuchado los trinos de los gorriones, el canto de las cigarras, el silbido ocasional del viento y los sonidos lejanos del tráfico.
Bueno, eso, y los pasos misteriosos.
Estos habían dejado de oírse, sepultados por la cacofónica algarabía infantil que iba in crescendo. Se acercaba y se alejaba por momentos, como el fantástico oleaje musical de alguna singular charanga verbenera a merced de los vaivenes caprichosos del viento.
En ese preciso instante, comenzaron a oírse de nuevo los pasos. Pero no eran los mismos de antes. Ahora lo que escuchaba era un tropel de pisadas, decenas de pequeños pies calzados con botas, playeros y zapatos, ascendiendo atropelladamente la escalera de piedra de la entrada desde el patio y aproximándose rápidamente a través del pasillo, sin dejar de gritar y reír, como un auténtico tsunami capaz de arrollar todo a su paso.
Laura se preparó para ver aparecer un tumulto de niños y niñas penetrando en tromba dentro de la habitación.
Comenzaron a susurrar su nombre.
La chica miró hacia el ventanal, su única posibilidad de escapatoria.
Con un supremo esfuerzo mental, ordenó a su cuerpo paralizado que se moviera y se largara de allí cagando leches. La orden sólo surtió efecto a medias. Laura decidió emular a las heroínas de las historias de miedo que tanto le gustaban y que tan mal solían terminar siempre.
Se asomó al pasillo.
La marabunta infantil cesó de repente. Fue como si alguien hubiera apagado de repente una radio puesta a todo volumen.
Allí fuera no había nadie.
Caminó hasta el recodo del pasillo, dónde torcía en ángulo recto hacia los comedores y la cocina.
Nadie ni nada.
Ya metida de lleno en la piel de la temeraria e insensata protagonista, decidió buscar la fuente, ya fuera artificial o natural, de los insólitos sonidos que la habían sobresaltado. Se imaginó, al otro lado de la pantalla, la sala de butacas atestada de cinéfilos con el aliento contenido. Algunos grupitos de chicas adolescentes se tapan los ojos entre risitas nerviosas.
Pero esto no era una película sino la vulgar realidad. Laura recorrió de arriba abajo todas las estancias del palacio y no encontró nada fuera de lo normal. Sólo muebles apolillados, libros ajados y olvidados, trastos amontonados, pálidos cuadros en las paredes, ventanas con los cristales rotos, polvo y telarañas.
En una de las habitaciones del piso superior se topó con un voluminoso radiocasete, pero por su aspecto daba la impresión de no haber sido usado en los últimos 30 años, por lo menos. Desde luego, la charanga infantil no podía haber emergido a través de sus cegados y oxidados altavoces.
Pero ella la había oído claramente. Y durante un buen rato. No había sido una alucinación pasajera, tipo pitido en los oídos o algo así.
- ¡Mierda, el móvil! – exclamó Laura, contrariada, mientras se palmeaba la frente.- ¿Cómo demonios no lo había puesto a grabar? Vaya fallo – se recriminó - menuda abogada criminalista estás hecha, maja.
Ya de regreso en la habitación del despacho anexa a la capilla, convino en que la extraordinaria naturaleza de los acontecimientos vividos había conseguido neutralizar por completo su instinto de reacción, sumiéndola en una especie de insólito marasmo que la había atrapado como una gigantesca telaraña dejándola petrificada e indefensa.
Afortunadamente, pensó Laura con alivio, logró romper el hechizo antes de que el pérfido arácnido acudiera a engullir a su presa.
Terminó de recoger las fotos que se habían caído y volvió a disponerlas todas sobre la mesa como hiciera antes.
Todos los rostros mostraban la misma expresión adusta y como disgustada que descubriera al principio, pero nada más. Ni muecas maliciosas, ni ojos brillando con aire siniestro ni nada por el estilo. Sólo gestos serios y aburridos dibujados en las caras de unos escolares enfrentados a la dura perspectiva de tres áridos meses por delante lejos de su pueblo y separados de sus padres. Allí donde había creído ver las sonrisas cuasi demoníacas  que tanto la habían impresionado, encontró ahora aires de hastío, pesadumbre y melancólica tristeza.
Laura supuso que las fotos habían sido hechas al comenzar el Curso en setiembre. A menos que fuese un poco idiota, nadie tenía muchos motivos para reírse, ni tan siquiera para sonreír. Otra expresión muy distinta hubiera animado los rostros de sus ex compañeros y compañeras de la Escuela Hogar de Castropol si el bendito fotógrafo hubiera acudido al Colegio la víspera de vacaciones.
Laura Torres se encontraba cada vez más perpleja. No conseguía encontrar una explicación racional, por lo que su irritación crecía por momentos. Aquello suponía una afrenta a su amor propio y una burla a su inteligencia.
¿Lo habría soñado todo? Si se hallara ante el tribunal, juraría y perjuraría que, en todo momento, se había encontrado totalmente despierta y en pleno uso de todas sus facultades mentales. Pero aun así, la duda molesta y soterrada seguía aguijoneándola y mofándose de su afán por someter los hechos al dominio de la lógica y el raciocinio elemental.
En ese momento, recordó el traumático incidente que, sorprendentemente, parecía haber olvidado hace un instante.
Se miró el dedo índice de la mano derecha.
Lo encontró indemne e inmaculado. No había el más mínimo rastro del doloroso mordisco. Y, sin embargo, si cerraba los ojos, veía la imagen nítida con los cuatro orificios irregulares y los finos hilillos de sangre deslizándose hasta la tercera falange.
Vaya- se dijo Laura – el catálogo de alucinaciones sufridas está resultando de lo más variopinto, abarcando todo el espectro sensorial: auditivas, visuales, olfativas, táctiles, en el caso del descenso térmico…; y capaces, incluso, de provocar imaginarias lesiones.
A ver, recapitulemos. Tomó una cuartilla y comenzó a escribir.
Los pasos, la algarabía de voces, chillidos y risas de niños, las fotos de carnet haciendo muecas como el payaso de Stephen King, el mordisco fantasma…ufff, que mal sonaba esto último…
Un repentino escalofrío la hizo estremecer y volvió a mirar inquieta bajo la mesa. Olvidaba algo, ¿qué era?...A ver si todo aquello era fruto de algún tipo de alzhéimer precoz y la terrible enfermedad había comenzado a…
El membrete de la Escuela Hogar que figuraba en la esquina superior derecha del folio que tenía en las manos atrajo de pronto toda su atención.

“Escuela Hogar de Castropol; Fundación Valledor”
CP 33760   Teléfono:  62 31 02

- ¡ La Olivetti... ¡Eso era…!
La había oído teclear cuando estaba en el pasillo investigando el origen de los pasos sigilosos. Y al volver, se había encontrado el folio en el carro…
Laura se levantó como impulsada por una catapulta y se plantó delante del viejo escritorio de castaño, encajado entre el mastodóntico armario y el amplio ventanal que daba al terreno de juegos más conocido como “La Huerta”.
Allí continuaba la Olivetti de color verde y tamaño más que respetable, y tras ella, colgando de la pared, el almanaque de monumentos prerrománicos con una foto de Santa María del Naranco presidiendo el mes de Junio de 1987.
Firmemente sujeto en el carro de la máquina seguía el folio de bordes amarillentos y con el familiar membrete impreso en la esquina superior derecha.

“Escuela Hogar de Castropol; Fundación Valledor”
            CP 33760     Teléfono: 62 31 02

Y al final del texto desvaído e incompleto, iniciado tres décadas atrás, lucían, ominosas e insoslayables, tres palabras escritas en mayúsculas con tinta roja.

LAURA…LAURA…LAURA

Una hora más tarde, mientras conducía de regreso a casa, la joven abogada criminalista y ex alumna en la Escuela Hogar de Castropol entre los años 78 al 86, llegó finalmente a la conclusión de que ella misma debía haber escrito aquellas tres palabras mientras se encontraba en alguna especie de trance hipnótico o algo así. Había leído en algún sitio que esas cosas ocurrían de vez en cuando.  
La habitación cerrada del Palacio de Valledor, anexa a la capilla y que había oficiado de despacho hasta hacía tres décadas, había causado en ella una fuerte impresión desde el mismo instante en que traspasó el carcomido umbral.
El hecho de que el mobiliario existente y su disposición, así como los objetos hallados allí dentro, crearan una atmósfera que parecía ajena al transcurrir natural del tiempo, sin duda, había sugestionado su mente, actuando como un catalizador anímico que despertó de golpe los recuerdos almacenados en su subconsciente, haciéndolos vívidos y presentes; hasta tal punto que fueron capaces de generar una completa gama de alucinaciones sensoriales, así como de provocar comportamientos automáticos que dejaron evidencias físicas y materiales pero no quedaron registrados en la memoria.
Como si estuviera preparando concienzudamente la defensa de un cliente en un caso particularmente difícil, Laura Torres pulió y repulió las causas de los sucesos vividos en la Escuela de su infancia, tratando de limar las aristas incómodas, buscando acomodar aquellas piezas que se resistían a encajar de forma natural, no forzada, en el puzle de su singular historia.
El asunto la mantuvo ocupada y absolutamente concentrada todo el viaje de regreso al hogar.
Al fin, a unos cuatro km. de casa y a la altura del desvío donde la pista de su pueblo enlazaba con la carretera general, Laura sonrió con aire satisfecho, moviendo afirmativamente la cabeza, y dio por resuelto el enrevesado rompecabezas.
A veces, la fuerza de la añoranza, el reencuentro con las cosas añoradas, agudiza nuestros sentidos, hace retornar los recuerdos enterrados en el subconsciente y alimenta insólitas alucinaciones sensoriales.
Ése podía ser el largo título como acompañante del puzle virtual laboriosamente construido en la cabeza de Laura.
Dando por zanjado el tema, puso el intermitente y giró casi 180 grados a la izquierda embocando la pista estrecha y plagada de curvas.
En ese momento comenzó a sonar el móvil situado en el asiento del copiloto. Mi madre, seguro, pensó Laura. Siempre se preocupaba si se retrasaba un poco más de la cuenta.
Con una sonrisa de tierno afecto dibujada en su rostro, la abogada aminoró la marcha, agarró el Samsung Galaxy y miró el número que aparecía en la pantalla.
El rompecabezas explotó en mil pedazos.

                                                             FIN

 

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    Magnifico, te atrapa hasta el brillante desenlace. Buen relato.
    Parece que el Palacio no se resigna a que lo abandonasen y atrae a sus antiguos ocupantes. No me acuerdo si ya te he dicho antes que me gustan mucho estas historias de la Escuela Hogar. Estás creando un personaje, el viejo colegio, con más vida y carácter que los personajes de muchas historias. Es fascinante como logras introducirnos entre sus muros con tus magníficas descripciones y como poco a poco vas creando una atmósfera de suspense hasta hacer sentir al lector la tensión de la protagonista. Como siempre, es un auténtico placer leerte. Saludos
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