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6 min
La Habitación de Adriana
Terror |
03.11.14
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  • 2
  • 995
Sinopsis

Todo cuarto tiene su historia.

Nunca debía salir de su cuarto porque el mundo no se lo iba a permitir. Más que intuirlo lo sabía...

 

Era delgada en extremo, capaz de arañar su piel con un objeto y que quedase marca hasta en el hueso debajo. Su largo pelo tenía siempre las puntas manchadas de polvo. Sus uñas eran un arma y su tos casi que otra. Los ojos serían envidia para cualquier vigilante posible; siempre moviéndose; atentos y receptivos hasta la décima; capaces de contar sin fallo cuando la luz desvelaba la invasión de partículas de polvo en su constante flotar etéreo como en el de un sueño.

Se revolvió en la cama y ésta crujió. El colchón volvió a escupir. El olor le había matado el sentido del olfato, y a veces le costaba recordar cómo hacia para oler, deduciendo con acierto que lo permitía aquello que había entre las bolsas de los ojos, capaz de ver su perfil si se centraba con la vista... un escalofrío le hizo mirar la ventana.

El cristal de la misma estaba roto formando un círculo propio a como lo haría un niño sobre papel. Los restos rodeando estaban impregnados de innumerables grietas como líneas que habían tornado la transparencia en opaca. Destacaba el azul como cielo de dichos cristales, apagados a su vez por los restos rojos en la parte inferior, perdurados en una línea que salía del marco hasta llegar al suelo.

 

Apartó la mirada y cerró los ojos con dolor, resecos por las largas lluvias que los acontecieron y que ya terminaron. La sequía le eran grietas en la piel, pero compensaba contra las tormentas que tuvieran que ser... observó el cable pegado con cinta al techo.

Aquella extensión fina y negra tuvo a su merced una bombilla encadenada. La forzaba a encenderse cada vez que la ama pedía que lo hiciese. Tal relación llegó al punto que la bombilla dejó de obedecer, donde se descubrió que había muerto por agotamiento. La ama, siempre enojada por fatiga, buscó un sustituto que no pareció caer bien al cable. Se insistió, hasta que hubo una rebelión digna del fuego y la sangre, adornada con rayos y un olor a carne quemada, condecoración que se quedó el rebelde con restos de piel como chicle en sus puntas de cobre que ahora y por siempre quedarían apresadas.

 

Regresó la mirada a su camisón: el único que siempre había tenido. Si algo servía o funcionaba... miró a la puerta al escucharla crujir. La brisa quería jugar de nuevo con ella.

Bajó un poco la vista y se vio tumbada en el suelo como si durmiera, la cabeza apoyada contra el marco como si fuese la mejor almohada. Se encontró de espaldas, retorcido su cuerpo como en el feto a excepción de las piernas, estiradas y amontonadas por quedar interrumpidas de una acción. Lo que más destacó fue el rastro marrón casi negro en el marco, iniciado en un punto que podía medirse con perfección con la altura de ella, y dirigido hasta abajo a la perdición del suelo que obligaba a dispersarse a esa pintura de un tono único.

 

Intentó levantarse de la cama. Tras un par de minutos consiguió colocar un pie fuera sobre la superficie de madera que una vez fue lisa. Notó su calzado de polvo y pronto le acompañaría el otro pie... recordó y regresó el primer pie a su sitio. Regresó a cubrirse con la manta.

Poco a poco fue asomando la cabeza por el costado del colchón. Se dejó caer bocabajo con calma y esfuerzo y pudo alcanzar a ver debajo de la cama, lugar donde la oscuridad siempre resguarda aun rodeada de luz. Su secreto era ella misma, escondida y tendida sin casi piel ni expresión, con el único ojo observando entre marañas de pelo gris. Su camisón roído era apenas ya delicia para las polillas y su cuerpo hacía tiempo que se desvaneció con la memoria de esa cabeza que ahora yacía hueca. No importaba, ella se haría recordar aquella noche en que fue asaltada por dos hombres encapuchados como verdugos, violentos con puños a falta del hacha y consecuentes egoístas por lo que se iba a desperdiciar en el vertedero de la muerte, violándola por zonas que su imaginación jamás habría podido conocer de otra forma, y que ahora eran pesadillas recurrentes por la energía que aún quedaba vagando en la habitación.

 

Se sacudió e intentó llorar en vano. Sus brazos crujieron al regresar a tumbarse en la cama. Dio más sacudidas y no pudo aguantarlo más, así que recordó la idea inicial que brindó el olor y utilizó sus últimas fuerzas para levantarse y sacar los pies fuera, más allá del colchón. Se concienció para quedar de pie. Volvió a hacerlo para girar y enfocarse al espejo de pared. Una eternidad medida transcurrió para llegar frente al mismo; a sí misma.

Ya estaba roto, y un único golpe sirvió para desprender otra escama de su cuerpo. Agarró el trozo del suelo y apenas se concienció al rajarse de forma vertical el lado interior del brazo. Repitió el gesto a la inversa, como si cada uno de los lados de su cuerpo imitaran al propio espejo que pronto olvidaría cómo cumplir su función.

 

Miró a sus ojos.

 

Le quedó dejarse llevar...

 

Su cara se estrelló contra la superficie del espejo, el cual se quebró produciendo una onda permanente. El cuerpo quedó inmóvil figurando como la estatua más extraña y arriesgada.

Llegado el ciclo del día, se levantó con misma pasión olvidada del tiempo y regresó a la cama. Allí, visualizó el espectáculo añadido en la zona del espejo, un nuevo regalo para la habitación. Nunca debía salir de su cuarto porque el mundo no se lo iba a permitir. Más que intuirlo lo sabía... si en su cuarto todo eran peligros, ¿qué males albergaba entonces el mundo? ¿Qué males? Se estremeció hasta doler.

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