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26 min
LA HORA DEL TE II
Drama |
13.01.13
  • 4
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Sinopsis

A veces se escoge el camino equivocado para llegar a un fin...

 

 

*    *   *

 

“Mi querida amiga: Sé que esta carta no te dejará indiferente, porque si ha llegado a tus manos es que se ha cumplido mi objetivo.

No quisiera ser la causa de tu sensación de fracaso. Me ayudaste y mucho, sin ti, no hubiera conseguido poner cierto orden en todo lo que sucedió en mi vida en los últimos meses.

Gracias pues, por tu tenacidad y empeño en componer de nuevo el puzle de mi vida, me vino bien. Fuiste como un oasis para mí. No he bebido toda el agua que me ofreciste, pero descansé del desierto en el que se había convertido mi existencia.

La declaración que te adjunto, es para el tribunal. Les evitará trámites y tiempo, sobre todo, si la sentencia no tiene ya valor. Pero no quisiera que te quedaras con la frialdad de una declaración jurada que subestime tu trabajo de tantas tardes. Seguramente habrás ido encajando todas las piezas que durante nuestras sesiones has ido recopilando con paciencia, pues siempre estaba predispuesta a colaborar.

¿Te acuerdas de nuestro primer encuentro? Después de presentarte me dijiste ¿quieres contarme algo? ” ¡Que simple es la vida”!- Me dije a mí misma al verte – “vienes de tu casa, de estar con tu familia, te sientas frente a mí, y te cuente lo que te cuente, haces tú informe y a casa otra vez…”

Te pido disculpas, en aquellos tiempos, encontrar culpables, era una constante para mí.

Considera esta carta como nuestra última sesión, espero no confundirte porque no podrás hacer preguntas.

Si no te importa, saltaré los tiempos bonitos, no me apetece hablar de la felicidad ahora, aunque eso no quiere decir que no haya sido feliz en su momento. Me he preguntado si no sería esa dicha la que me hizo la persona más infeliz de la vida.

Ángel y yo nos quisimos mucho, apostamos por ello cuando nos casamos y seguimos certificando nuestro amor después de la luna de de miel, ¿Te he contado que fuimos a La India? “Cuando tengamos niños, no podremos ir…” –solía decir Ángel.

Habían pasado cinco años de vida conjunta, en los cuales me consideré una mujer  feliz, amaba a mi marido, él correspondía a este sentimiento, tenía una bonita casa, viajábamos y disfrutábamos de buenas relaciones con familiares, amigos y vecinos, los mismos que empezaron a interesarse en el por qué  no habíamos tenido hijos aún.

Al principio lo tomamos como un tópico, pues todos ellos empezaron a tener descendientes. Inconscientemente nos metimos cierta presión a nosotros mismos. Como no tuvimos resultados positivos, empezamos a usar evasivas de puertas para fuera. Que si estábamos absorbidos por el trabajo, que aún éramos jóvenes… hasta que sin darle importancia, cuando estábamos separados, empezamos a echarnos la culpa el uno al otro, diciendo que era el ausente el que no quería tener hijos.

Lo que al principio era una excusa con licencia, terminó siendo una ofensa para el ausente.

Para evitar suposiciones, decidimos acudir a una clínica especializada en estos problemas.

Todo aquel asunto, lo llevamos en el más velado secreto. Quiero ser sincera si digo que ambos estábamos deseando que fuera el otro el culpable. Por mi parte, lo necesitaba porque deseaba ser yo la que apoyara, porque estaba convencida de que así lo haría, pero me visitaba la incertidumbre cuando pensaba si lo haría él.

La tarde en la que el especialista nos dijo la causa de los problemas de fecundación, le cogí la mano, él apartó la suya bruscamente. Entonces deseé con toda mi alma, ser yo la culpable, para que él me apoyara, pero en aquel momento supe que algo se complicaba entre nosotros.

Nos dimos una tregua los días posteriores. Pero lejos de ser una tregua para sentar las bases y solucionar el conflicto, Ángel la aprovechó para cambiar radicalmente.

Se quedaba a comer en el trabajo, no me llamaba para que lo acompañara. Dejamos de desayunar juntos en casa, con la excusa de que tenía mucho trabajo y debía irse antes, y con la misma excusa volvía tarde. Por mi parte, no quise saber nunca la verdad.

Se tornó taciturno, lo poco que hablábamos, era de temas superfluos y el silencio nos convirtió en convidados de piedra. Yo estaba desesperada, impotente, sola…

Nuestro distanciamiento empezó a delatarse fuera de casa, por lo que todos se creyeron con derecho a intervenir, lo que empeoró las cosas. Primero dejamos de ir a casa de familiares para acabar yendo por separado cada uno con la suya. Cuando empezamos a quedarnos a dormir en nuestros cuartos de solteros…supe que la corriente nos arrastraba sin remedio.

Mis sentidos, rastreaban continuamente posibles soluciones, pero siempre morían en el mismo final: un hijo.

La posibilidad de una adopción no la habíamos  planteado. En mi historial médico, constaba  el trastorno mental de mi padre: esquizofrenia, y en el de su padre, mi abuelo, de haber historiales médicos en su época, probablemente constaría lo mismo.

Me había informado. Los asistentes sociales indagaban en los historiales médicos de los posibles padres adoptivos, así que descartamos tan posibilidad. Me avergonzaba que llegado un punto del expediente, me denegaran un hijo por la hipótesis de que un día heredara el defecto de mis antepasados. Me angustiaba que me consideraran trastornada mental antes de estarlo.

Como Ángel se quedaba la mayoría de los días a comer en las cercanías de su empresa con sus compañeros de trabajo, yo hice lo mismo, pero no por revancha, sino por evitar sentar a mi mesa a la soledad. Me sentía sola y despreciada. ¿Se darían las mismas circunstancias si fuera yo la “culpable” de no concebir un hijo?

A fuerza de comer con las compañeras de trabajo, fuimos compartiendo penas y pesares.  La hora de la comida se fue convirtiendo en una terapia de grupo. Empezaron a entrar en el menú las miserias de cada una. Era un consuelo saber que cada una tenía su ángel caído, aunque yo seguía echando de menos los tallarines a la carbonara, hechos y comidos de prisa en compañía de Ángel y sus besos de despedida  con sabor a menta del enjuague bucal.

En la comida de un viernes, Isabel, una compañera del departamento de suministros, nos invitó a su cumpleaños. Daría una fiesta en un local del centro. Si en aquel mismo momento, hubiera sonado el teléfono y Ángel me hubiera dicho que el sábado íbamos a Segovia a comer.... ¡cómo habrían cambiado las cosas!

Todas fueron aceptando la invitación. Cuando las miradas me cercaron, no había encontrado la excusa que dignificara una disculpa. Tuve que decir que si.

Cuando le comenté a Ángel lo de la fiesta, su respuesta fue  humillante: “Te vendrá bien distraerte un poco”.  Si me hubiera pedido con un abrazo que me quedara en casa con él a ver una película de blanco y negro...me hubiera muerto de felicidad.

Llegué a la fiesta con el rostro sucio de lágrimas y rímel. Las demás, ya estaban entonadas y bailaban con ritmo desordenado una canción de Alaska y los Pegamoides.

Me refugié en un taburete de la barra para alejarme de los decibelios. Pedí una coca cola, por pedir algo, dejé que se aguara con los cubitos de hielo para que pareciera que estaba mezclada con alguna bebida alcohólica.

Cuando la música hizo una pausa para cambiar de ritmo, Isabel se pasó por la barra, sin mediar palabra ni dejar de bailar, me llevó a la zona donde habían instalado el campamento para la celebración. 

Aún no estábamos todas acomodadas, cuando un grupo de chicos se acercaron.  Seis chicas en una noche desenfrenada, no fallaba como reclamo.

Richard hizo que no pasara desapercibida como era mi deseo.

Al final de la fiesta, ya en la calle, se obligó con timidez  a pedirme el número de móvil.  Le expliqué la intranscendencia de aquel momento para no dárselo. Entonces insistió en que tomara nota del suyo. Me sentí dueña de la situación y accedí, más por no tener que explicar razones que por interés.  Nos despedimos con palabras sordas porque en esos momentos pasaba un camión de la empresa municipal baldeando la calle.

Cuando me dejó el taxi en la puerta de casa, al remover en  el bolso para encontrar las llaves, tropecé con el móvil. Se iluminó la pantalla táctil y apareció en número de Richard que ni siquiera había memorizado en la guía. Busqué la opción “borrar”  y mientras se actualizaba la pantalla, miré a la persiana cerrada de nuestro dormitorio.

“Sería una noche ideal si detrás de esa persiana, estuviera Ángel cuidando de nuestro hijo, porque yo hubiera tenido un compromiso del cumpleaños de una compañera de trabajo. Volví la vista a la pantalla luminosa y busqué la opción “guardar en la guía”.

La luz de las farolas, teñía la calle de gris. Me pareció un escenario  perfecto para empezar el rodaje de una película en blanco y negro. Antes de entrar en casa, ya estaba escrita la primera página del guión.

Un simple “¿Lo has pasado bien cariño?”, me hubiera hecho la mujer más feliz del mundo y apartado de mi pensamiento la descabellada idea que estaba urdiendo.

Su ignorancia manchó de nuevo la almohada de rímel y lágrimas.

Cuando pasaron dos semanas, ya me había memorizado su número de teléfono. Lo marcaba pero nunca esperaba el tono. Un día dudé más de la cuenta y le di tiempo a contestar.

Cuando me identificó, no se molestó en fingir sorpresa, su presunción de dar por hecho que le llamaría, me ofendió. “Sólo tengo que seguir el guión”, me dije para reanimarme. No pensaba en otra cosa que no hubiera meditado antes para no volverme atrás.

En la tercera cita, rompimos las reglas de la cordialidad. Los dos teníamos prisa, él por una muesca más en la cuenta de sus conquistas y yo por pasar las páginas del guión que más me incomodaban.

Y en medio de esa inquietud, siempre esperando una reacción de Ángel, pero nunca llegó. Al principio, le daba alguna excusa por mis salidas, pero cansada de que me ignorara, dejé de hacerlo. Me tenía en vilo, la idea de que en cualquier momento saliera la palabra divorcio a escena.  Por eso, inconscientemente, aceleré mi plan. Pero Richard se lo tomó como un apasionamiento por mi parte.

Empezó a tener detalles conmigo, me recordó a Ángel cuando éramos novios. Eso me desconcertó y bajé la guardia. Dejé de agobiarme por no tener síntomas de un posible embarazo y no sé en qué momento pasé la línea que separaba a los dos hombres.

En la clínica nos habían dicho, que antes de  que Ángel se sometiera a un tratamiento, lo siguiéramos intentando un tiempo. Cuando pasó ese tiempo, no hablamos de ese tema y lo seguíamos intentando. Estaba en el guión que así debía ser, aunque fuera de forma fría y distante.

Richard era analista de sistemas, no tenía problemas económicos, vivía en un apartamento de soltero en el centro. Nos veíamos a menudo.

Un mañana, me desperté con nauseas. Si alguna cosa abundaba en casa, eran los test de embarazo. Para estar segura, hice dos seguidos.

Ambos dieron positivos. Desconfié de la certeza de los  tests. Era como si me hubiera tocado la lotería y no estuviera segura de ver bien los números. Necesitaba una confirmación oficial.

Cuando le comenté a Ángel que me encontraba un poco indispuesta, simplemente se ofreció para hacerme una infusión.  Se despidió con un hasta luego, sin mirarme, por lo que no pudo descubrir en mi semblante la incredulidad de una vulgar indisposición.

Posiblemente llegué a la clínica, antes que Ángel a su trabajo.  Después de unas simples pruebas, me dieron todas las garantías de que la gestación estaba en marcha.

La satisfacción de la noticia me lleno de codicia, acaparé todo el éxito para mi, hubiera querido que en ese momento, hubieran desaparecido todos los hombres de mi vida. Sin duda, acababa de entrar en escena un nuevo protagonista que cambiaría el guión.

Ni sentí curiosidad por ver la cara de Ángel cuando le diera la noticia. Se lo dije por teléfono, con la misma imparcialidad que si le hubiera dicho que trajera tomate frito del supermercado para la cena. Aunque deduje que se había alegrado, me fui a casa y monté guardia con los sentidos, por si se le ocurría venir.

Me obsequió con una llegada temprana a casa, se mostró más cariñoso y amable, pero en su rostro permanecían las huellas del desencuentro que nos separaba.  Masqué mi desilusión y pensé que le costaría cambiar el paso en nuestra relación.

Esa actitud por su parte, hizo que Richard siguiera en escena. Por mi parte, no me di cuenta de que empezaba a sentirme a gusto cuando estaba con él. En ningún momento supo que Ángel y yo teníamos problemas de gestación.  Cuando le dije que estaba embarazada, se mostró interrogante sobre de si había alguna posibilidad de que fuera su hijo. Me sentí objeto, pero no me ofendieron sus dudas porque todo marchaba según lo planeado.

Cuando ya no hacían falta palabras para explicar mi estado de embarazo, noté como Richard no tenía tanta premura en nuestras citas.  Nos veíamos una vez por semana, a veces, ni eso.  Por su parte, Ángel, estaba más pendiente de mí, bueno, en realidad de mi embarazo. Yo era un vientre que gestaba lo que él suponía su hijo.

Ya te revelé en alguna de nuestras sesiones, que en algunas ocasiones, hasta que nació mi hijo, me sentí como una madre de alquiler.  Cuando se enteró que nuestro   hijo sería varón, no ocultó que era su preferencia.

Faltaban tres meses para el nacimiento, cuando Richard, alegó que la multinacional para la que trabajaba, le trasladaba a Sevilla. Me sonó a excusa. Lo que estaba escrito en el guión, ahora me desagradaba. Me sentía rechazada por estar gorda. Para darle gusto a mi ego, comprobé si era verdad.  La tarde que nos despedimos, le pedí disculpas.  Prometimos hablarnos a menudo, pero no lo hicimos.

Mi vida, cuando nació Víctor, empezó a rotar a su alrededor y aún ahora, cuando te estoy escribiendo esta carta, sigue haciéndolo.

Pasaron ocho años sin nada que tuviera relevancia, salvo lo relacionado con mi hijo o mi trabajo. Promocioné en mi empresa y no fui una de los tres delegados nacionales porque no quise separarme de mi hijo.  Una decisión que le pareció bien a Ángel, porque como padre, colmaba sus obligaciones con los entrenamientos y el partido del domingo de Víctor.

Un lunes, cuando estaba relatando a mis compañeras de trabajo, la euforia de mi hijo del día anterior, por haber marcado dos goles, tuve noticias de Richard.  No supe como reaccionar porque no lo tenía escrito.

Confirmé mis sospechas cuando lo vi. Estaba irreconocible.  La ropa, con más puestas de las necesarias, nada tenía que ver con sus trajes de boutique, siempre impecables, el pelo largo y la barba, muy descuidados, ojeras pronunciadas y la piel cuarteada. Dejamos el saludo en una cogida de manos que me enseñó sus uñas sucias e irregulares. Me dijo que se hospedaba en una pensión del barrio viejo. Me contó por encima sus peripecias de esos años, de cómo no pudo adaptarse a otro ritmo de vida cuando su empresa prescindió de él. Olía a rancio, una mezcla entre sudor y vino barato.  Le ofrecí mi ayuda para evitarle la vergüenza de pedírmelo.

Fuimos a un cajero cercano y le di el doble de lo que me pidió, en aquel momento no me hubiese importado darle diez veces más y que desapareciera.

Con unas monedas, de ese préstamo sin vuelta que le di, me llamó pasados unos días. Acudí a la cita planteándome todas las hipótesis posibles de lo que pudiera pasar en nuestro encuentro.

 Con aspecto más aseado, sin barba y el pelo recortado, me recordó al Richard de hacía años. Debí mostrar debilidad porque me propuso que le acompañara al hostal donde pernoctaba.  Fue tan rotunda mi negativa, que sus ojos se pusieron vidriosos como una botella de vino tinto. Me insultó con palabras que definían la clase social en la que tan a gusto se había sentido él.  No quise llamar la atención de transeúntes y le dije que se tranquilizara.  Lo hizo cuando le extendí la ayuda del anterior encuentro. Le dije que sólo le podía dar lo que llevaba en metálico, porque si iba al cajero mi marido me pediría cuentas. Me dio el número de su nuevo móvil. En ese momento descorché en el brillo de sus ojos la avaricia del chantaje.

Los sucesivos encuentros, ninguno sobrepasó los cinco minutos, fueron marcando señales en mi rostro de que algo no iba bien. Me costaba conciliar el sueño, en el trabajo me aconsejaron descansar, mi médico me dio un complejo vitamínico…Incluso Ángel me recordó mi visible cansancio.

Llegó un momento, que empecé a tener problemas para pagar los tranquilizantes de mis encuentros con Richard y decidí romper el guión. No cogía el teléfono y dejé de acudir a los encuentros. Cuando llamaba a la oficina, le decía a la centralita que no me lo pasaran, que era un cliente muy pesado.

Pasó un tiempo y dejo de dar signos de vida. Su repentina ausencia, me trajo más intranquilidad. 

Un día que Ángel y Víctor estaban en el entrenamiento, al salir a pasear a Cásper, el cachorro de pastor labrador que mi marido le había comprado a nuestro hijo sabiendo el disgusto que me daría, me encontré a Richard frente a la puerta del garaje.  El animal debió intuir que no se avecinaba nada bueno porque empezó a ladrar como si hubiera visto al mismo diablo.

Tenía peor aspecto que en nuestro primer encuentro.

Se vino furioso hacia mí, me gritó que lo hiciese callar, pero el perro estaba fuera de sí y no obedecía a nadie. Los nervios no me dejaban pensar. Abrí la puerta de mano y dejé al animal dentro, caminé de prisa con la intención de que me siguiera y alejarlo del vecindario.  Apenas unos metros más adelante, se puso enfrente, yo me quedé quieta para no irritarle más.

Cuando me zarandeó para reprocharme que no respondiera a sus llamadas, noté su aliento ácido, sentí náuseas y un fuerte dolor en las sienes que me hizo cerrar los ojos. Cuando los abrí para despertarme de un mal sueño, me vi inmersa en una pesadilla. 

En el lado opuesto de la calle, se detenía el coche de Ángel, del que salió mi hijo corriendo. Sin dejar de llamarme, cruzó la calle perdiendo la chaqueta del chándal.

A día de hoy, no se como puedo recordar aquella escena de forma tan nítida, la única explicación de ello, es que sea por revivirla a cada instante desde entonces,

Cuando compramos el adosado, Ángel se fijo en un esquinazo de jardín que no tenían las demás viviendas, pero yo, que el manejo del automóvil no es lo mío, me di cuenta de que la rampa del garaje desembarcaba en la calle justo después de una curva. Ni para el promotor ni para mi novio entonces, fueron razonamientos suficientes para dejar escapar aquellos palmos de tierra que serían el hecho diferencial con el resto de las viviendas que componían la manzana.  Luego resultó ser un trozo de tierra, al que nunca le daba el sol, donde se moría todo lo que plantábamos, así que acabamos cubriéndolo de cemento.

Por esa curva apareció el deportivo rojo, Su rugido, acompañado de los ladridos de Cásper, impidieron que Víctor tuviera en cuenta mis gritos de advertencia.  Ángel salía en esos momentos de nuestro coche, cuando llegó desorientado al otro lado del coche rojo, yo estaba mirando mi mano derecha sobre la que había descansado la nuca de Víctor, su vida roja, se escurría entre mis dedos, un pinchazo de odio cubrió mi corazón con un velo negro.

Cuando los sedantes permitieron que se movieran mis labios, unos días después, gasté mis primeras palabras para decirle a Ángel que no quería verle más. Se acercó a mí y me susurró al oído que ahora le tocaba a él.

Tres semanas después, fui a trabajar, mi aspecto era lamentable, había adelgazado mucho y no tenía apenas fuerzas para moverme. Los compañeros no me molestaron demasiado con los pésames de consuelo, pero aún me había sentado en mi silla, cuando el médico de la empresa me llevó del bracete a su consulta.

No se creyó que los hematomas que tenía diseminados por todo el cuerpo fueran de caídas fortuitas por mi debilidad física, pero ante mi insistencia, no insistió en la denuncia, con la condición deque no volviera a mi casa.

Fui casa de mis padres, pero allí los recuerdos de Víctor eran más débiles, así que volví, sin temor a la alimaña que ahora vigilaba el santuario donde se guardaba el único hilo de vida que me quedaba. Pero sólo encontré muerte. Aprovechó mi ausencia para mandar retirar cualquier resquicio que fuera o hubiera tocado mi hijo, no encontré en toda la casa nada que pudiera testificar que allí había vivido un niño de ocho años.  Todos los insultos que me dirigía a mi, chocaban contra mis carnes anestesiadas por el dolor, pero los que dirigía contra mi hijo, movían el velo del odio.

Me amenazó con cortarme las venas de las manos, para que me desangrara lentamente, que pareciera un suicidio. Por el estado físico y mental en el que me encontraba, sabía que su amenaza era factible.

Me fui a casa de mis padres de nuevo. Con el tiempo y los cuidados de mi madre, fui levantando mi dignidad. Cuando tuve las fuerzas necesarias, sustituí las últimas páginas del guión, empezaba a cogerle gusto a eso de los guiones, aunque seguían sin satisfacerme los finales, debía mejorarlos.

Lloraba por las noches y me reponía por el día. Es asombrosa la claridad con que piensa un ser humano cuando tiene metas tan claras.

Aún conservaba en el móvil el número de Richard, recé para que tuviera el mismo, si no, sería imposible localizarlo. Dios sabe que me alegró oír su voz. A él, le extrañó la mía, estaba sumiso, muy educado y hasta me pidió perdón. Le comenté que me había separado de mi marido, que había comenzado una nueva vida, aunque estaba aún muy afectada por la muerte de mi hijo, pero que sería bueno hablarlo con alguien cercano. Me dijo que había encontrado trabajo y que de nuevo le iba bien la vida. Te juro, mi querida amiga, que aquello me hizo feliz, muy feliz.

Desde el coche de uno de mis hermanos, vigilé las proximidades de la que había sido mi casa, observé las salidas y llegadas de Ángel. Cuando la estadística me garantizó el éxito, hablé con el abogado del gabinete jurídico de mi empresa. Le dije que llamara al aún mi marido y concertara una cita en día y hora señalados, en la que el letrado me acompañaría para retirar cosas personales de la casa.

Intentó disuadir al abogado, diciéndole que dentro de la casa, ya no quedaba nada personal mío, pero que era mi casa y que podía ir cuando quisiera.

El día anterior a la cita, notifiqué al abogado que se aplazaba la cita con mi marido, lo dejaríamos para la siguiente semana. Sonreí cuando vi al licenciado cambiar la fecha en su agenda electrónica.

Las fuerzas me abandonaron cuando divisé de lejos la curva. Caminé con la mirada fija en la casa vecina como referencia, para no revivir la escena en el lugar de los hechos.  Me sentí protegida por el guión, este final estaba muy ensayado y debía ejecutarlo con precisión para no fallar.

Miré la hora. Toqué el timbre, no contestó nadie, pero se abrió la portezuela de la calle. La puerta principal estaba entornada pero abierta. Entré con decisión, sólo cuando le vi a él, sentado en el salón, me temblaron las piernas haciendo que se me cayera del hombro la bolsa de color caqui que llevaba. La sujeté a un palmo de que llegara al suelo para evitar el sonido metálico.

No dijo nada, pero lo vi interesarse por mi abogado. Me adelanté a su pregunta diciéndole que estaba a punto de llegar de tribunales donde había tenido un juicio.

Siguió callado, hojeando una revista para hacerme sentir ignorada.

Recoloqué la bolsa en el hombro y me fui al aseo de la planta baja. Él me siguió de reojo. Cuando cerré la puerta por dentro, oí el sonido nervioso de las hojas de la revista.

Abrí la bolsa y coloqué sobre una toalla las piezas ordenadas. Las podría ensamblar con los ojos cerrados. Mi padre y mi hermano mayor siempre las tenían en perfecto orden de revista. Rechacé sus recuerdos para no enturbiar mis ideas.

Vibró mi móvil en el bolsillo del pantalón, identifiqué la llamada y contesté a mi interlocutor diciéndole que pasara, que la puerta estaba abierta. Abrí el cerrojo de la puerta pero no salí. El sonido de la puerta de la entrada acalló las hojas de la revista. Entonces salí. Richard estaba paralizado por la confusión en la puerta del salón. Ángel avanzaba hacia él maldiciendo a los pocos santos que conocía y a la madre de Richard, a la que tampoco tenía el gusto de conocer.

Cuando estuvo lo suficientemente cerca, vio en el rostro de Richard el reflejo de un condenado a muerte. Se giró instintivamente y a menos de dos metros de distancia,   coincidieron sus miradas en la profundidad de los cañones de la Beretta, la escopeta preferida de mi padre para la caza mayor. Solía decir que con la munición y distancias adecuadas podía matar de un disparo a media manada de rebecos.

La pausa fue breve, no hubo tiempo de súplicas ni de lamentos ni despedidas. Los cristales de la puerta del salón pintaron en las paredes del vestíbulo un firmamento lleno de estrellas rojas, fue como la creación de un nuevo mundo que había vencido a las tinieblas.

Mientras esperaba a la policía, en la cancela de la entrada al jardín, saqué por la ranura del buzón la correspondencia que sobresalía. Identifiqué un sobre con el emblema de la clínica donde habíamos acudido por el problema de la fertilización.

Venía a nombre de Ángel, mientras lo abría, pensé que se habría puesto en tratamiento pensando en futuras relaciones.

 “….por lo que damos por hecho y como tal certificamos, que las muestras analizadas son vinculantes con un 99% de fiabilidad de que los sujetos Ángel Vilanova Seco y Víctor Vilanova Sanz,    COMPARTEN EL  MISMO CUADRO GENÉTICO.

Quedando archivado con nº de registro 44/56 A-267...”

Justo en aquel momento, dos coches de policía, con las sirenas encendidas aparecieron por aquella curva que no me gustó nunca porque estaba en frente de la rampa de mi garaje…

 

Lo que vino a continuación, ya lo sabes o te lo puedes imaginar, pues son trámites que pasan todos los días por tus manos. Intenta que tu vida sea una película en color.

Muchas gracias por tu ayuda y tu comprensión.”

                                                                         Fdo

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  • Tremenda la historia de Loreto atrapada en ese triángulo fatal, cuadrilátero si contamos a Víctor. Los problemas de infertilidad, su infidelidad, el desprecio de su marido, el chantaje, el accidente, la amarga sorpresa final...la telaraña va creciendo y termina por atraparla fatalmente. Un gran relato. En otro orden de cosas, Lucía, me alegro de que te gustaran mis relatos. Del asunto de las estrellitas, la verdad ya ni me acordaba, no tienes porque disculparte. Ya me lo explicaste en su momento y lo entendí perfectamente. Un saludo afectuoso. Te sigo leyendo.
    Sin duda es el mejor relato que leído en mucho tiempo. Te felicito.
    Por otra parte, hace falta una foto tuya en tu perfil. No la olvides porque es importante para que todos nos conozcamos mejor
    Lucía con respecto a tu duda el foro de T.R. no está en esta página, sino en el perfil de Facebook de tusrelatos. Búscalo, entra al foro, acepta la aplicación y únete al post de Venerdi. Aún no está todo decidido y nunca sobran talentos como el tuyo. Un saludo
    Hola , querida Lucy, no creas que me he olvidado de ti. Pero tengo tanto trabajo en el Campus (¡y que no falte, jeje! "con la que"está cayendo" -el tópico de hoy en día en toda Europa-) que tengo que robar minutos al sueño para disfrutar de este "ya casi eterno retorno" a estos momentitos de fruición en TR en la que tanto disfrutamos una vez... aunque todavía se hace lo que se puede. Borré el comentario de tu 1º capítulo donde ya te expresé mi contento por tu vuelta... Y vamos ya a lo que importa, que es tu nueva imagen como escritora. Tu madurez ha alcanzado un nivel sensacional (perdona si me pongo en plan profe, será por deformación profesional), una narrativa espectacular digna de todo elogio. La gestación de esta HORA DEL TÉ va a construir un templo (yo siempre tan griego) literario fascinante por lo que llevo leído. ¡Enhorabuena! Hasta pronto, un besote y buenas noches. Pablo
    Me encantó la forma en la que escribes. También creo que este ha sido el primer relato que leo tuyo, y agradeciéndote también tus palabras para conmigo, te digo que yo también te seguiré muy de cerca!!! un abrazo, Claudia
    Me ha gustado el relato, verdaderamente es magistral la manera en que los has contado. Bravo, simplemente genial
    Escribe tus comentarios...¿No te gustó mi relato? Bueno, a mi el tuyo me ha encantado. El camino de la vida a veces es doloroso, como el de Loreto. Buena narración y los diálogos acertados, ya en la atmósfera que se crea en la primera parte te atrapa. Dijiste que serían tres o cuatro partes y eso me crea una duda, puesto que la historia de Loreto finaliza en este capítulo, creo. Pero el como acaba da a entender que hay una continuación con la siguiente presa que ha entrado. O al menos me gustaría. :)
  • Llegó mi turno... esta semana estaba muy liada pero no he querido que pasara más tiempo... así que Roberto es hora de que pienses en una buena venganza... jejeje. Esto se acaba y me da penaaaa...lo he pasado bien. Gracias a todos por dejarme compartir espacio en estas páginas.

    La historia se reparte en tres capítulos...los niños soldados y el porqué de su crueldad. Siempre detrás de ellos está la mano negra...

    La historia de Samir la voy a repartir en tres entregas...

    Espero que no tengamos que esperar a esto para firmar un contrato indefinido... ojalá se arreglen las cosas pronto...

    No he podido evitar incluir un toque de romanticismo...drama...y alguna sorpresa. Espero que os guste,lo he escrito con mi mejor intención y he disfrutado haciéndolo. Ahora le toca a nuestra compañera Marfull así que ánimo, y a seguir escribiendo que es lo de que se trata.

    De lo bueno a lo malo solo hay un paso...y viceversa...

    A veces se escoge el camino equivocado para llegar a un fin...

    Una ilusión... un hecho... y no solo una vida destruida. Es un relato largo y por eso lo enviaré en tres o cuatro capítulos. Me apetecía volver...

    A escribir se aprende escribiendo, no dejemos nunca de hacerlo.

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Me gusta escribir para transferir a la realidad cosas positivas. Y en esta balanza de la vida además de obligaciones compartimos aficiones.

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