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8 min
La inconstatada historia cubana de la prima Bernarda
Históricos |
01.10.15
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Sinopsis

Como epílogo a las andanzas de Bernardo del Carpio Morris o como lectura independiente, de todo vale.

 A la Habana, caña y ron,se fue el Pericón de Cai,

en un barco de vapor a tomá café una tarde.

   ( Popular/ Carlos Cano )

  Fue a los catorce años de edad cuando por vez primera escuché hablar de la prima Bernarda del Coño, como inmisericordemente la nombraba mi abuela paterna -la única que conocí en vida- , que probablemente tampoco estuvo nunca segura de si lo que relataba sobre la prima era verdad o apócrifa difamación, fruto de la maledicencia a la que se unieron el escarnio y la burla vertidos sobre los restos del ejército colonial español por un populacho voluble y proclive, además de a las chanzas, a la moda política del momento, que no perdonaba a los militares ultramarinos el haberse dejado arrebatar aquel indiscutible trozo de tierra patria al que el Gran Almirante de Castilla -que firmaba Xpoferens-  denominara Isla Juana y que más adelante terminaría llamándose Cuba. 

   En realidad, Bernarda del Carpio Díaz Carrasco  -que esa era su verdadera gracia- no era prima de mi abuela, sino tía política, cuñada de su madre mi bisabuela y bautizada con ese nombre en homenaje al legendario héroe leonés por ser su padre de ascendencia navarra y además francófobo impenitente desde que supo que a uno de sus abuelos en Los Arapiles le fuera abierta la barriga por la cimitarra de un mameluco egipcio del ejército de Napoleón y creyendo vengar así, al menos en parte, la afrenta familiar cometida por los gabachos adjudicando ese patronímico en la persona de su hija mayor; el mismo que ostentara aquel que en Roncesvalles de un mazazo aboyase el casco y de paso la sesera del ahijado de Carlomagno.

   La prima Bernarda habría partido de chica para Cuba desde la península, con su hermana menor y sus padres, al ir éstos a hacerse cargo de un ingenio azucarero que un tío solterón les había legado en herencia como a su única familia. Corrían ya desafortunados tiempos para el dominio español en la isla. Soplaban contrarios vientos de independencia. Los mambises metían fuego a los cañaverales cantando la Chambelona, los yorubas, esclavos a jornal, se declaraban en huelga de brazos caídos y el negocio azucarero de los Díaz se iba rápidamente al carajo, llegando al final por no alcanzar ni a cubrir los gastos de su manutención, motivando la vuelta a España de la familia entera, excepto de Bernarda, que andaba ennoviada con un sargento de la Guardia Civil de la guarnición y que acudió vestida aún de traje nupcial a decir adiós al barco que los retornaba a su tierra de nacimiento acompañada del recién maridado en tricornio y traje de gala, con el sable al cinto y un frasco de agua de azahar en la mano por si a la joven esposa le daba por sufrir un vahído.

   Cabe decir que se cuenta que el benemérito cónyuge no era de la misma edad de Bernarda, sino que la remontaba en algo más de veinte años. A esto se unía el hecho de que el sargento se pasaba semanas enteras en la manigua, persiguiendo a tiros a los insurgentes que, desde que el acorazado Maine volase en cachos, ahogando a la mayor parte de la marinería subalterna -ya que no a la oficialidad a la que se le había concedido un sospechoso permiso- eran ahora apoyados por escuadrones de caballería y compañías enteras de marines yanquis. Así que la conjunción de la ya algo mermada fogosidad del marido, aunada a sus forzadas ausencias, provocaba en la recién casada un creciente y continuado desasosiego, lo que, unido al calor tropical, la mantenía en un estado casi de ebullición constante al que ella intentaba poner alivio, primeramente con cubazos del pozo del patio de la casa cuartel y, más adelante, dada la probada ineficacia del método, en los brazos, y todo lo demás por añadidura, de un joven y apuesto mandinga que hacía las funciones de asistente personal del comandante del acuartelamiento.

   No se recataba mi abuela - a pesar de que entre su audiencia nos contábamos casi siempre algún que otro adolescente recién descubriendo los entresijos y misterios de una ya despierta sexualidad-  de referir que el mandinga poseía un instrumento en consonancia con lo que se suele afirmar de los de su raza, contando además con un prepucio que nunca en la vida se había plegado sobre el glande, debido a que de recién nacido le había sido traspasado diametralmente con la espina de un pez de especie  antillana en una cruenta ceremonia vudú, lo que, al crecer el adminículo a la vez que  su propietario, derivó en una lucrativa manera de sacarle partido al cipote, pues no eran pocas las señoronas españolas que a escondidas requerían los servicios del negro a un mayor goce clitoridiano.

 No puede precisarse cuantas veces en la noche escaló el afrocubano el muro del acuartelamiento - salvando la altura de dos pisos que había desde el suelo hasta el balcón exterior del pabellón del adornado sargento, arriesgándose a ser abatido por el disparo del mosquetón de algún centinela, confundido en la oscuridad con cualquier saboteador independientista-  para ir a encamarse con la malcasada que lo esperaba anhelante y medio desnuda, temblando de deseo y de miedo de pensar que el militar pudiese regresar sorpresivamente de la última partida y pillarlos juntos en cueros en el lecho matrimonial. Lo que se da por cierto es que una de esas placenteras noches, cerca ya del alba, los centinelas que medio dormitaban en las garitas fueron despabilados por unos gemidos, que iban en crescendo hasta degenerar en unos desgarrados lamentos que despertaron en principio a todo el cuerpo de guardia y después a todo el cuartel y que partían del pabellón del sargento, dentro del cual, y tras derribar a patadas la puerta, los primeros guardias que se asomaron pudieron contemplar, con ojos perplejos bajo el tricornio de tela de campaña, a dos cuerpos desnudos en una cama, pareciendo, a la luz de los farolillos de carburo que portaban, que el que estaba encima del otro era más oscuro que el que estaba debajo y, acercándose del todo a la misma, pudieron observar la cara contraída en un gesto de dolor de Bernarda, imposibilitada por medios naturales de liberarse de la raspa caribeña que mantenía su vagina enganchada al prepucio del mandinga, justo unas horas antes de que al cuartel llegara la noticia de que el pelotón de nativos que mandaba el sargento había caído entero  en una emboscada de los mambises, no sobreviviendo ninguno de sus componentes y siendo expuestas sus cortadas cabezas en cañas de azúcar clavadas en tierra para escarmiento de cipayos y colaboracionistas, y espanto de reclutas bisoños.

   A partir de ahí se pierde el rastro de Bernarda, llamada la del Coño, o la de la Espina del Pescao - también la de la Raspa de Pescao en el Coño- , que con todos esos apelativos se la rememora en las reuniones familiares. El resto de su vida son suposiciones y especulaciones,  inverosímiles en su mayor parte. Se cuenta, por ejemplo, que volvió a contraer matrimonio con un oficial estadounidense del ejército de ocupación -que había transformado un ya blandengue colonialismo de mulatos y zarzuela en un imperialismo agresivo de Sugar Company, cañoneras y putas culonas- , teniendo del esposo nuevo un hijo, bautizado también Bernardo, el cual, furibundo marxista, habría compuesto una versión de la Internacional en patois martiniquense cuyos primeros versos empezaban diciendo abú les puvres de la té, abú la leyón de la fem, además de algunos versos jamás publicados, y que, alistado en la Brigada Lincoln, vino de Cuba a España y murió en el Jarama en el asalto a una trinchera defendida por un tabor de regulares de Africa, lo que, de haber sido cierto, presupondría que - desde el tatarabuelo destripado en los Arapiles y pasando por el decapitado sargento- lo de perder la vida a manos de tropas exóticas habría devenido en ser cosa de familia. Otros aseveran que volvió de incógnito a España y profesó votos en un convento de carmelitas descalzas, del que llegó a ser maestra pastelera especializada en pestiños y dulces de leche, deviniendo, por alguna asociación de recuerdos, en muy devota de Fray Martín de Porres, el santo mulato, y que, era tal su aversión al pescado y a cualquier otro producto marítimo, que se negaba rotundamente a probar ni un solo bocado de las suculentas doradas o de los sabrosos salmonetes que los feligreses más piadosos donaban al convento todos los años por la cuaresma.                                 

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