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6 min
La inspiración Del Día Nublado IV
Amor |
14.04.13
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Sinopsis

¿Será Dios la inspiración que la muchacha necesita?, Silvaín se ve forzado a retroceder para dejar a Katherina sufrir su dolor, mientras que la muchacha se convierte totalmente de lo que alguna vez fue.

Katherina.

El funeral fue un martes 3. El pueblo entero se abocó a seguir la carreta que llevaba el cuerpo de Juan Santa María arrastrando las almas tristes vestidas de negro por las húmedas calles con rastros de rosado de las últimas lluvias. A menudo que la caravana se movía, entraba por las casas un dulce olor que se mezclaba con el hedor a flores naturales que los niños confundieron con el carro que vendía maní confitado y salieron a la calle esperando ver el vehiculo en forma de tren miniatura, pero luego de ver el lento avanzar de las personas, se dieron por vencidos y entraron a sus casa nuevamente desilucionados.

Katherina seguía la carreta tomada del brazo de Felipa que lloraba desconsoladamente entre suspiros de pérdida y que contrastaba atrozmente con la seriedad y templanza de Doña Concepción que ni siquiera había derramado una lágrima de tristeza. Tanto, que cualquiera hubiera pensado que la sirvienta era la esposa del muerto y no aquella mujer de expresión siniestra.

La muchacha lucía un vestido negro con un gran sombrero de alas de cuervo, sus ojos grandes y frescos se habían convertido en un pozo sin fondo de amargura y dolor. Ni siquiera tuvo el valor para poder hacer los labores fúnebres a su propio padre y se los dedicó a Silvaín, que con una expresión más seria que de costumbre maquilló el cadáver y lo encerró en el cajón que serviría para su última morada. No se parecía al hombre que conoció  hace un tiempo, su rostro enflaquecido tomaba el extraño matiz de una calavera cubierta de piel tirante e incolora mientras que sus musculos flácidos eran solamente una masa sin contextura ni forma.

Lo enterraron en una esquina del cementerio, cerca de la capilla del pueblo que cubierta de velas tocó las campanas en señal de luto.

El aire cálido y cubierto de una nostalgia impertinente y dolorosa se coló desde ese entonces en la casa Santa María. Katherina se esimismó en sus cuadros y poco dejó para Silvaín, que sin el consentimiento de Juan, Concepción lo echó de la casa y no dejó que entrara nunca más por aquellos meses.

El pueblo entero sintió la pérdida. Las personas no volvieron a ver a Katherina pintar donde acostumbraba y cada vez que pasaban cerca de la casa, la veían más y más destruida y abandonada, como si nadíe viviera ahí. La chica por alguna extraña razón comenzó a sentir un miedo espantoso a salir a la calle, el dolor de la muerte de su padre se le fué tan adentro que la envolvió en una desconfianza por el mundo que se vió incrementada por la ausencia de Silvaín y por la dejación de su madre, que se encerraba días enteros en su habitación sin que nadíe supiera nada de ella. La única que pudo recuperarse del golpe fue Felipa. La sirvienta lloró un mes completo y después fue recuperando la felicidad que la caracterizaba y fue dando un poco más de luminosidad a la casa. Katherina sintió una nueva madre en aquella vieja mujer, tanto que le pidió consejos para poder sobrellevar el dolor y la sirvienta le respondió < Apoyate en Dios>. Y la muchacha así lo hizo.

Todos los Domingos salía con Felipa a la misa y luego se encerraba nuevamente en su casa a rezar los Padre nuestro y los Ave María enfrente de las grandes imágenes de yeso que mandó a comprar a la capital.

-Quiero ser monja- le dijo a Felipa.

-Si así lo quieres, así será- le respondió la mujer, que entre las sombra pudo ver la silueta de Concepción.

Al otro día la muchacha mandó la carta a un convento cercano y luego de un mes, la carta llegó nuevamente avisandole que había sido aceptada. Se guardó todos sus lienzos y pinturas y su habitación quedó vacía de lo que fue alguna vez ella, alistó una maleta con sus herramientas básicas y salió de la casa.

Llegó el momento- le dijo nuevamente a la sirvienta en el umbral de la casa. A lo mejor ahí encuentro la inspiración que necesito y que siempre busqué.

-Tal vez- le respondió Felipa acongojada por la partida.

Silvaín.

Decidió dejar por Algunos meses a Katherina para que se recuperara del golpe que había sufrido. Se sintió tan solo aquellos días que trabajó turnos dobles en la funeraria y se volvió a  hundir en una soledad tan grande que lo fue consumiendo hasta amargarlo en una rutina silenciosamente venenosa y traicionera que él creia conocer, pero que fue descubriendo que se encontraba tan indefenso y desorientado en ella, que no supo como salir.

Poncio Cabrera por aquel entonces se veía menos por la funeraria, cuando Silvaín lo alcanzaba a mirar, lo veía cada vez más viejo y tembloroso que de costumbre, pero sus ojos llenos de un odio templado eran los mismos, aunque ya no lanzaba los gritos que acostumbraba a lanzar a sus trabajadores, por lo cual cuando le dió el derrame cerebral y quedó en un estado casi vegetal a Silvaín no le extrañó su ausencia.

Cuando apareció un día por la funeraria caminando torpemente de la mano de su hija, quedó tan impresionado que apenas pudo balbucear <Don Poncio....>.

-Ya no es Don Poncio- respondió la hija disgustada.

Así lo descubrió Silvaín cuando miró a sus ojos tratando de encontrar el odio templado que siempre tuvo, pero en cambio encontró unos ojos tan vacíos que ni siquiera lo seguían con la mirada, simplemente se centraban en un punto del cual no podían salir, como si los atraparan en la nostalgia que pasaba por la mente de aquel muerto en vida.

Por aquellos Días Silvaín se enteró de que Katherina había decidido entrar al convento por voz de Felipa, que siempre lo apoyó en todo. Corrió hacía la casa justo en el momento en que la muchacha se subía a su carreta. 

Silvaín se sintió traicionado, pero todo fue opacado por el sentimiento de alegria cuando volvió a ver el rostro de Katherina, que tiernamente le dedicó una sonrisa que ambos interpretaron de la misma forma, pero demasiado tarde. La carreta partió inmediatamente y Silvaín por instinto comenzó a correr detrás de ella tragando la tierra que levantaban las ruedas del vehículo que a cada paso aumentaba su velocidad.

Silvaín se detuvo cuando descubrió que no podía alcanzarla, pero cuando la carreta se perdia en el horizonte pudo ver en el rostro de la muchacha una pequeña lágrima que comenzó a caminar y recorrer las mejillas hasta desaparecer en el cuello como si nunca hubiera existido.

(continúa).

 

 

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Sobre mi ...Tengo 16 años, lector voraz y seguidor del terror inimaginable de Poe, Maupassant ....y de los mios propios, Amante del realismo mágico de Allende, Garcia Marquez, y de lo cotidiano mágico que puede llegar a ser la vida, cuando se le mira con ojos de un joven lector.

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