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3 min
La ley de la anticipación
Amor |
16.05.15
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Sinopsis

Cuando dos personas tienen una conexión se presenta la ley de la anticipación. No se requiere de un vínculo muy especial o fuerte, basta que se abra una rendija en el subconsciente de ambos.

La ley de la anticipación

 

            Cuando dos personas tienen una conexión se presenta la ley de la anticipación.  No se requiere de un vínculo muy especial o fuerte, basta que se abra una rendija en el  subconsciente de ambos.  Cuando me di cuenta de esto, anticipaba en que calle me lo toparía, qué palabras utilizaría de saludo. No importa cuantos imprevistos o aparentes obstáculos se atravesaran. Esto era parte del plan: que con motivo del tráfico optara por transitar una calle fuera de mi ruta, o que el vaso derramado en la mañana hubiera provocado cinco minutos de retraso. Eso tenía que suceder para que precisamente nos encontráramos en ese semáforo. Dos minutos antes o después sería otra historia. Anticipaba por ejemplo, que día soñaría con él.  Lo gracioso del asunto es que el otro no veía lo que estaba pasando. El comentario más común:  ¡Qué casualidad verte por aquí! Parece que nos hubiéramos puesto de acuerdo.  

            Con el amor más importante de mi vida fue una excepción. Su coraza no dejó atravesar los miles de pensamientos dirigidos ni los intentos de soñarlo. Nunca apareció cuando creí por un segundo tener la certeza de que daría la vuelta en esa esquina. Todo fue errático. No hubo la música que nace cuando el universo se confabula para esta sincronización. No valió que mi corazón estuviera encendido con múltiples colores ni que mi boca invocara mantras sagrados. Su mirada siempre se mantuvo fría.  Juro que no perdonaré que se haya perdido de esta magia.

            Pero de esto, ya ha pasado mucho tiempo, y con el tiempo esta ley fue letra muerta.

            Terminada la magia, se instaló la rutina. El mismo trabajo durante quince años: llenar registros burocráticos. Todos los días empezar con un café en la oficina. Luego, atender a los clientes, sobre todo, al señor Rodríguez. Día tras día verle el rostro, conversar del trabajo y del clima. 

            De antemano sabía que estaba pagando la factura de haber vivido tanto tiempo sin la magia: vivir los días iguales y lentos. El único acto heroico para romper esta monotonía fue renunciar al trabajo.

            A partir de ahí empecé a soñar con la vieja rutina que tenía. En mis escenarios nocturnos volvía a llenar los registros burocráticos y ver los rostros conocidos. En los sueños conversaba con el señor Rodríguez del trabajo y del clima como antes lo hacíamos; pero, con una pequeña variación: empecé a fijarme en su nariz recta, en el color almendra de sus ojos, en sus párpados caídos por la edad, en su mechón de canas, en sus finos labios. Al despertar, una añoranza me punzaba: volver a tener esas pláticas aburridas con el señor Rodríguez, al que casualmente me encontré la semana pasada en una pequeña zapatería en esa calle desolada. A ese señor que en la mañana casi me da un susto de muerte cuando nos topamos de frente en esa esquina ¡Qué casualidad verlo por aquí! !Nunca hubiera imaginado coincidir en este lugar y en este instante! le dije un poco nerviosa. Él solamente sonrió.  

 

 

 

 

 

 

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  • Disculpa el suelen por pueden
    La anticipación en sueños suele ser veleidosa porque en la realidad suelen ser solo anhelos
  • Era una locura no lucir esta segunda piel sin imperfección. Cero varices, arrugas, celulitis y estrías. Quien no ha recorrido con la mano esta piel lisa, inmaculada se ha perdido la esencia de estos días: un avatar que te permite ser lo que quieras.

    Cuando dos personas tienen una conexión se presenta la ley de la anticipación. No se requiere de un vínculo muy especial o fuerte, basta que se abra una rendija en el subconsciente de ambos.

    Esa misma noche, los tíos de Elvira se reúnen alrededor de la mesa redonda para discutir los acontecimientos, sin imaginar jamás que a algunos kilómetros de ahí, en otra casa y en otra mesa redonda, se estaba decidiendo su condena de muerte por familiares cercanos de la odiada mujer.

    Supe finalmente cuál era el infierno del soldado: un hambre que recorre el cuerpo como un látigo, un abismo que se instala en el estómago, escalofríos que te empujan a querer comer lo que sea. Pero también supe cuál era el paraíso...

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